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Para un mejor conocimiento de TÚ Y TU ESPEJO transcribimos a continuación el inicio de uno de los capítulos del libro.


    VI. MANIFIESTO ANATHEORÉTICO

CONSIDERACIONES PREVIAS


    En el inicio del texto de este libro te hice una pregunta, lector: ¿Conoces a tus hijos? Y opino que ha quedado claro ya que los conocemos muy poco. Y que no conocerles es no comprenderles. Y si no los comprendemos, o los comprendemos muy poco, es por la sencilla razón de que nos desconocemos a nosotros mismos.
En Tú y Tu Espejo has podido leer algunos de los errores de comportamiento a que nos lleva el mal uso de nuestra lateralización cerebral. Un mal uso condicionado por la topografía traumática de nuestros CATs. Este último apartado del libro es, por tanto, un intento de mostrar –una propuesta más que un manifiesto– cual sería nuestra cultura surgida de una mejor sincronización cerebral. Trato, en definitiva, de generar profilaxis, porque sólo con una adecuada utilización de nuestros estadios de percepción podemos alcanzar el bienestar emocional necesario para una vida tan saludable como placentera.
No olvides, lector, que carácter y enfermedad son una misma cosa. La enfermedad es simplemente un rasgo de tu forma de sentir –y en consecuencia de pensar y actuar– que ha alcanzado una cumbre somática de malestar que consideramos ya insoportable y que acabará llevándonos a la muerte. Que morir es alejarnos de la vida. Es aceptar la muerte.
Tampoco olvides, lector, que no hay respuestas. Que las respuestas son tan sólo preguntas sin interrogante que inducen a la acción. Y que, además, no sólo tus respuestas están condicionadas por tu biografía oculta, sino que las que yo puedo darte lo están por la mía. De manera que las respuestas que yo puedo darte son mis respuestas, no las tuyas. Así que no esperes de mis respuestas fijas, imperativas. Este no es un libro de autoayuda al uso. Uno de esos libros que a nadie ayuda. Eso cuando no induce al error. De manera que llevado por la comodidad de no pensar, no caigas en el equívoco de esperar que alguien –en este caso yo – dirija tu pensamiento dándote toda clase de soluciones a todo tipo de problemas. Ya sabes, todo eso de: ¿Entre biberón y biberón tienen que transcurrir tres horas o tres horas menos cinco minutos?. Preguntas estúpidas de manual que muestran hasta qué punto los adultos de nuestra cultura han hipertrofiado el HCI. ¿O es que acaso el HCD afectivo de una madre no sabe lo que tiene que hacer si su bebé llora pidiendo alimento?
No trato, por tanto, de dar soluciones tan tajantes como definitivas. Ni respuestas personales. Trato aquí, tan sólo, de exponer mi experiencia anatheorética con la mayor objetividad posible. O sea, trato de mostrar aspectos básicos de como podríamos paliar los errores perceptivos a que nos llevan nuestros CATs y los CATs de nuestra cultura al educar a nuestros hijos. Y esto fundamentalmente a fin de que nuestros hijos, ya adultos, cometan menos errores que nosotros. Y al tiempo que su existencia sea más feliz por más saludable. Integralmente saludable, tanto emocional como mental y físicamente. Que nuestros muchos cerebros son el devenir de uno solo.
Insisto, no olvides, lector, que yo no soy más ni mejor que tú, que yo también soy mi biografía oculta, así que, por favor, no aceptes mis conclusiones –ni siquiera mis razonamientos, que son interpretaciones – cual si fueran una verdad revelada. Considéralas a la luz de tu biografía oculta –o sea, teniendo en cuenta, en lo posible, cuales pueden ser tus errores de percepción al formular tus juicios ante los míos–, procurando, por tanto, que tu biografía oculta opaque o distorsione lo menos posible tus decisiones.
Pero al igual que no debes aceptar de mí aquello que no consideres aceptable, tampoco caigas en la obcecada sinrazón de negar antes de experimentar. No olvides que mis conclusiones, aun siendo ahora mías, son las conclusiones observadas y coincidentes en cientos de personas –de ambos géneros y de distintas edades y culturas– que han exteriorizado sus errores perceptivos en el espejo IERA de la terapia Anatheóresis.

LA GESTACIÓN

Si volvemos a ese metafórico útero que es la caverna de Platón sabemos que, ya adultos, allí estamos encadenados por nuestra biografía oculta, cara a la pared, contemplando las fantasmagóricas sombras que los CATs de esa biografía oculta actualizan caracterológica o patológicamente. Pero si cierto es que, ya adultos, las cadenas-CATs nos mantienen en las fantasmagorías propias de una percepción espuria, no menos cierto es también que esas cadenas-CATs no forman parte de nuestros posibles daños genéticos, sino que se van formando –ya lo hemos visto– en el transcurso de aquellos de nuestros estadios de percepción en que predominan las ondas cerebrales lentas. Indudablemente, no nacemos con una omnipercepción que nos haría eso que llamamos dioses, que nos permitiría no solo ver, sino ser esa luz platónica que opacamos con nuestros CATs. Evidentemente, nuestra percepción está limitada por nuestros umbrales de conciencia, pero, si bien poseedores tan sólo de una capacidad perceptiva limitada, aun así esa limitación no impide que podamos captar la suficiente luz como para alcanzar la designación de seres humanos. Y nada más, pero nada menos, que auténticos seres humanos seremos si logramos que nuestra percepción se mantenga totalmente limpia de CATs. Y si esto es imposible –que me temo que sí lo es–, en este caso seamos, por lo menos, suficientemente humanos procurando, para ello, que la despensa de nuestra biografía oculta –que será la de nuestros hijos– almacene la menor cantidad posible de alimento espurio. Y para eso, a entender de la experiencia anatheorética...

La vida del bebé nonato


Sabemos ya cual es el proceso de maduración perceptiva que vive el nonato en el claustro materno. Sabemos, por tanto, que su vida es la vida emocional que corresponde a los ritmos cerebrales lentos Y que esas emociones son –sean IATs o IAGs– las que van conformando las estructuras sinápticas iniciales. Esas autopistas por las que luego circulará el pensamiento. Unas autopistas susceptibles de ser más o menos dañadas por unos CATs que no sólo al nacer nos pertenecerán, sino que serán nosotros. Porque por ellas circulará nuestra forma de ser y actuar. Y ellas serán las que dirigirán nuestras vidas, toda vez que ellas serán nuestros deseos y nuestros temores.

¿Quién traza esas autopistas?

Todo hijo es básicamente de la madre. No hay que olvidar que el nonato no existe por sí mismo. El nonato es su madre. El nonato –en mayor o menor medida de acuerdo con el mes de gestación en que se encuentra– es un injerto que vive mimetizado con la madre, que sólo al nacer iniciará una vida propia. Que no será propia puesto que se llevará consigo cuanto de bueno o malo le ha llegado de su madre.

¿Por qué básicamente es hijo de la madre y no del padre?

Teniendo en cuenta que es la madre la que alberga al hijo en su seno y que lo alberga no como algo ajeno, sino unido a ella, siendo ella; y sabiendo que la percepción del nonato es emocional, es indudable –y así puede verse en Mi Vida en Theta– que las emociones que vive el nonato son las que vive la madre, aun cuando las haya causado otra persona.
Supongamos a un padre que llega a su casa ebrio y golpea a su mujer embarazada. El nonato no sufrirá –ni almacenará como memoria sentida– el estado anímico del padre, sino la forma emocional con que la madre reciba ese maltrato. Porque esa respuesta sentida de la madre a la actitud agresiva del padre es lo que le llega al nonato. Y que duda cabe que ante un mismo hecho la respuesta de una madre gestante puede ser muy distinta de la respuesta que le dé otra, dependiendo de cual sea la biografía oculta de cada madre. Puesto que ese cauce de emociones que toda madre es para su hijo nonato mantiene propias impurezas. Y esto modifica el mensaje. Así, ante una agresión una madre puede comprender el estado de su marido y otra, en cambio, reaccionar con el más profundo de los odios hacia él. Un odio que recogerá de forma global el nonato.

¿Cuáles son los peores daños que puede transmitir una madre?

Ante todo debe tenerse en cuenta que los peores daños a entender del HCI no tienen porque ser los peores daños que una madre puede transmitir a su bebé nonato. Y esto por la sencilla razón de que la gravedad de un daño en los primeros estadios de percepción depende básicamente de la capacidad perceptiva que un nonato tiene para defenderse. Así, es especialmente grave no aceptar emocionalmente el embarazo toda vez que esa emoción la transmite la madre a un pre-embrión. O sea, a un ser sin capacidad alguna de defensa perceptiva.
Por otro lado, es importante tener en cuenta que hay dos tipos de daños. Los emocionalmente continuados y de fondo, sin hecho concreto, y los puntuales. Así, es especialmente grave que una madre vaya transmitiendo –por el solo hecho de tenerlo– un estado emotivo característico de su personalidad de fondo. Por ejemplo, una madre triste como la mía, u otra cuyo rasgo peculiar puede ser el rencor, etc. Y esto por la sencilla razón de que esas emociones son un rasgo de fondo que va coloreando emocionalmente el proceso de maduración perceptiva del nonato. Algo así como si una de esas madres fuera tiñendo la estatua-hijo que se está formando con una determinada coloración. Algo, por tanto, que pasa a formar ya parte de la personalidad de fondo de ese futuro niño. Algo, por otro lado, dificil –muy dificil– de limpar, porque esa coloración será el yo y el soma del hijo.
El otro daño, el puntual, presupone la existencia de un hecho. Por ejemplo, la caída sobre el vientre de una madre gestante o el miedo vivido por una madre gestante ante un atraco. En ambos casos sabemos que el impacto que recibirá el nonato no es el hecho, sino la emotividad con que viva ese hecho la madre. Y no sólo con el tipo y grado de emotividad que lo viva la madre, sino también del estado perceptivo –más o menos maduro– del nonato. Pero, aun pudiendo ser importante el IAT que comporte un hecho puntual, se trata en definitiva de algo que ocurre una vez, no de algo que forma parte de la naturaleza caracterológica de la madre.
Aclaro aquí que un hecho puntual puede, no obstante, estar motivado por un daño de fondo. Así, volviendo al caso que explico en El Arreglo –véase Tú y Tu Espejo– el agobio que sintió la madre al pelearse con su marido y que la llevó a caerse y a golpearse el vientre era tanto efecto como causa de la pelea puesto que el agobio era el CAT básico de fondo de esa madre. Algo que impregnaba todos sus actos.
Y aclaro aquí también que los impactos de fondo son especialmente graves para el nonato debido a su persistencia. De ahí que un hecho puntual, por su no persistencia, aun pudiendo ser considerado grave por el HCI puede no dejar secuelas en el nonato. Que lo grave no es que una madre muestre su disgusto al saberse embarazada, lo grave es persistir en este sentimiento de no aceptación un mes tras otro.

¿Qué debe evitar una madre?

Las raíces de nuestros CATs, que son las raíces de nuestras verdades sentidas, esas verdades ocultas que ya nacidos serán el motor de nuestra vida, esas raíces las implanta la madre en el transcurso de la gestación. De ahí que, madre, tu hijo básicamente será lo que tú hayas hecho de él.
Pero no te preocupes, lograrás hacer de él ese ser feliz e inteligente que pretendes que sea. O por lo menos casi ese ser feliz e inteligente que de hecho todos los padres desean sean sus hijos. Que ya sabemos que en este mundo los logros nunca son totales.
De momento tú, madre gestante, sabes ya que tus impactos emocionales negativos llegan a tu bebé nonato. Y que si tú puedes defenderte de ellos, aun cuando sea imperfectamente mediante falsos olvidos y compensaciones, tu bebé nonato, por el contrario, no tiene otra defensa que la somática defensa de contraerse, dar vueltas en el agua amniótica y como mucho –avanzada la gestación- patearte el vientre.
Así pues, si eres una persona triste, pesimista, si vives en el desánimo, si, en definitiva, tu personalidad profunda está teñida de un rasgo emotivo negativo evita en lo posible que ese rasgo se manifieste en ti. Si bien lo ideal sería que lo resolvieras, en la medida de lo posible, antes de quedar embarazada.
Pero no sólo debes cuidar de que no afloren tus adicciones emotivas profundas, sino también evitar aquellos hechos puntuales que comportan una emotividad negativa. Si bien nunca podrás evitar que una desgracia –familiar, económica, contraer una enfermedad, etc– pueda sorprenderte estando gestando. Pero sí puedes evitar daños menos puntuales pero más controlables como gestar estando sometida a fuertes impactos de tensión estresante. Y puedes evitar también –evitarlo es mostrar tu amor al bebé que anidas– adicciones físicas –pero con un fondo emocional– como el fumar o cualquier otra dependencia.
Insisto, madre, tu sabes muy bien lo que puede dañar o no a tu bebé. Yo sólo añado que no olvides que tu bebé no es un adulto aun cuando su figura sea ya prácticamente la de un ser terminado. Tu bebé nonato vive en un mundo perceptivo de ondas cerebrales lentas y, por ello, capta con una terrible receptividad tus sentimientos y emociones. Incluso tus sueños abreactivos –portadores también de altos trenes de ondas lentas en algunas de sus fases– llegan al frágil cerebro de tu hijo. A ese cerebro que inicia su trazado de autopistas mentales con las verdades sentidas que tú, madre, le mandas.
En todo caso, para más información, te aconsejo que acudas al Tratado. En él, entre otros casos de actualizaciones patológicas, encontrarás los daños causados por hechos tan incomprensibles como los de los padres que han buscado en un embarazo ese hijo de repuesto que sustituya a otro recientemente fallecido. Algo que prueba que la estupidez humana no tiene límites. Espero que no caigas en esos mismos errores.

Entonces, ¿qué debo hacer?

La explicación cabe en dos líneas: Profunda –pero tranquila– aceptación del bebé y amor, mucho y auténtico amor. O lo que es lo mismo, desea a tu hijo, deséalo ardientemente y siéntelo en tu seno. Siente constantemente su presencia sabiendo que tus goces son los suyos y tus pesares los de él.
Eso es todo. Y, por favor, olvida a quienes te aconsejen convertir tu vientre en una escuela. Porque cierto es que un nonato es susceptible de aprender ciertas habilidades emotivas. Y así, por ejemplo, nada impide que tus habilidades o gustos musicales no estridentes los lleves a tu hijo, pero no fuerces la Naturaleza. El bebé nonato está ya en otra escuela, la de mantenerse, lo más fielmente posible, dentro de las pautas de maduración perceptiva que la vida le va dictando.
Así que, madre, ya sabes, un amor profundo y relajado. Esto es todo. Y evitar, claro está, toda adicción emotiva dañina, especialmente el miedo en todas sus formas, y más especialmente el miedo a la propia vida. Tú, madre, eres el faro de tu hijo. Condúcele con tu luz, no le lleves a la oscuridad.

Y esa luz, ¿cómo se la doy?

Si amas al ser que anida en ti sabrás cómo. Pero observa que aqui, en este Manifiesto Anatheorético, no hago sino intentar aplicar en su justa proporción perceptiva cuanto en Tú y Tu Espejo ha sido exposición de nuestras facultades perceptivas, por un lado, y de nuestros errores perceptivos, por el otro. De manera que basta recordar la necesidad, ya expuesta, de mantenernos en una comunicación integral. Y que no comunicarnos con uno de nuestros órganos es dejarlo en la oscuridad traumática de una enfermedad. Abrir un hueco por donde esa enfermedad somatizará. No olvides, por tanto, a tu hijo, comunícate con él. Tu hijo no es un simple tumor benigno que un día echarás fuera de ti. Tu hijo es una vida que aun habiendo sido nutrida emocionalmente por ti –y por su padre– está destinada a ser él. Así, aun cuando dentro de ti su vida es la tuya, considéralo ya ese él que está destinado a ser.
Así, por ejemplo, háblale, háblale constantemente, explícale en casi todo momento lo que estás haciendo, aun cuando sea algo para ti tan nimio como freír un huevo, cuéntale cuentos, explícale aspectos gozosos de la vida a la que va a surgir, celebra su cumplemeses y explícaselo... Indudablemente tú y yo sabemos que no entiende las palabras, pero sí el amor con que las expresas. ¿Has tenido un perro? ¿Recuerdas con cuánta atención te escucha cuando le hablas y, lo que es más sorprendente, en qué gran medida ha entendido tus palabras?
Con las mil formas que tú, madre –y tú también padre, que ya hablaré de ti–, idearás para comunicarte con tu hijo –y no sólo verbalmente, sino también acariciando tu vientre al tiempo que piensas que estás acariciando al bebé– se trata simplemente de estarle diciendo “estoy aquí”.
Bien entendido que esas mil formas de decirle al bebé “estoy aquí” deben ser hechas sin tensiones, con naturalidad, con afectividad y pensando en el nonato, viéndole feliz en tu seno.
Y creo adecuado indicar aquí que, basándome en las técnicas anatheoréticas, he creado un curso de Prenatal en el que se lleva a la práctica cuanto aquí estoy explicando, así como la manera también de visualizar al nonato estando la madre en estado IERA.
Pero insisto, curso de Prenatal al margen, siempre debes dar amor y nunca nerviosismo. Nunca estados tensos, malhumor, irritación, discusiones... El nonato es emotividad, vive en un estado de alta receptividad relajada, no le dañes con tus problemas.

¿Y el padre?

Indudablemente, un hijo es cosa de dos. Pero ya hemos visto que hay razones lógicas y probadas de que de esos dos la madre es, de momento, más de uno. Y ese de momento se refiere, lector, al proceso perceptivo de identificación que ya he explicado y al que más adelante volveré. Y del que aquí recuerdo tan sólo que el hijo se identifica primero con la madre y sólo después, cuando van madurando los ritmos cerebrales beta, el hijo pasa a ser un apéndice del padre. No obstante, ese proceso natural de identificación no significa que el padre deba mantenerse al margen de la gestación del nonato.
He explicado que en la gestación el protagonismo de la madre se basa en que es ella, no el padre, quien anida al bebé en su seno y que, por ello, las emociones, gratas o no que le llegan al nonato, son las que la madre transmite, no las que genera el padre. Pero es indudable que un padre ausente –física o emocionalmente–, un padre maltratador, un padre con prácticas sexuales violentas, un padre agobiado y malhumorado, un padre agresivo, un padre... Es indudable que un padre así provocará en su mujer estados de ánimo no precisamente gozosos. Y que difícilmente esa mujer embarazada podrá sustraerse a esas provocaciones emocionales, con lo que, aun siendo la madre la que dañe al nonato con la emoción personal que le transmite, quien lo daña realmente es el padre que ha provocado esa emoción traumática en la madre.
De manera que no se requiere mucho espacio en este libro para explicar que la colaboración del padre en la adecuada gestación del bebé, aun no comportando el grado de importancia que corresponde a la madre, es, no obstante, también fundamental. Y por ello fundamental es que en ese acariciar el vientre grávido de la madre, en ese hablar al nonato, también él intervenga. Y por descontado que haga también lo posible para que sus problemas no inicien una cadena de transmisión emotiva dañina que llegue a la madre y de ésta al embrión o feto. Lector, si vas al Tratado allí encontraras una amplia casuística de padres perturbadores. Con perturbaciones a veces tan graves en sus efectos como idiotas en su exigencia, tal el caso de esos padres que insisten en que el hijo que está gestando su mujer debe ser varón. Con lo que generan un constante estado de tensión e inquietud en la madre, que nada puede hacer por cumplir esa exigencia.

Además...

Ya he escrito que éste no es un libro de autoayuda al uso. No intento imponerte mis conclusiones. Lo que estoy intentando es darte mis experiencias anatheoréticas para que tú, lector, saques tus propias conclusiones. De manera que no voy a detenerme en las muchas formas de concepción y gestación que la ciencia está ensayando. Y esto, entre otras razones, porque esos nuevos hijos todavía no han sido observados bajo la luz del estado regresivo IERA. No obstante, por cuanto en este libro ya he expuesto...
Supongamos los dos casos límite de las madres de alquiler, por un lado, y la gestación en una matriz-matraz, por el otro.
Lo de las madres de alquiler ya está en el mercado y dos de las muchas posibles preguntas a hacer son: Aun teniendo en cuenta que una madre de alquiler es tan sólo el envase en que el nonato madura, ¿con cuál de las dos madres se identificará el nonato? Y la segunda y más importante pregunta, ¿los CATs que van configurando la biografía oculta del futuro neonato, quién los transmite? Creo, lector, que te será fácil adelantar una respuesta.
En cuanto a un futuro posible hijo de una matriz que sea un matraz, esto suena a una virgen sin CATs cubierta por el Espíritu Santo, sólo que el resultado no sería un Jesucristo, sino un hijo sin madre. O el hijo de una madre matraz, que vete tú a saber qué es esto.