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Para un mejor conocimiento de TÚ Y TU ESPEJO transcribimos a continuación el inicio de uno de los capítulos del libro.


    V. TÚ Y TU ESPEJO

JANO BIFRONTE


    La película está ya en su bobina. Madre, padre y pocos más han sido las circunstancias que han puesto el the end en la película. Una película impresionada con impactos emocionales que han generado formas. Y esas formas, resonando con otras formas, alimentándose entre sí, han generado, a su vez, otras más potentes formas. Y a los siete a doce años somos ya la configuración final de esas formas.
Y esa configuración final es una estructura emocional cerrada –y encerrada en la caverna de la biografía oculta- que se limita a proyectarse. Cuanto ocurre, aun cuando sean hechos sentidos, no son ya hechos a impresionar, son hechos a contrastar. Porque el personaje-película no se siente ya pantalla aun cuando lo sigue siendo. Ahora es el espectador que –con un yo que es su propia película- se limita a contrastar las películas ajenas con la suya. Solo proyecta, solo somatiza y -véase el Tratado- se limita a actualizar sus CAGs y especialmente sus CATs. Se mueve entre el deseo de visionar películas que le lleven a sus CAGs y el temor de encontrarse cara a cara con sus CATs. Es ya el adulto perceptivamente dual, esquizofrénico por su lateralización cerebral que, no obstante, endiosado ante su adquirida capacidad de razonar –lo que equivale a la capacidad de juzgar y culpar- se cree en posesión de unas verdades que ha de imponer a los demás. Especialmente a sus hijos. Sin tener en cuenta que su juicio, inevitablemente, está adulterado por sus CATs. Y así, habitualmente, su juicio no es un justo juicio, sino la impuesta proyección de una película que, si bien grabada por antecesores, es no obstante ya la película de un yo bipolar, esquizofrénico. Inevitablemente esquizofrénico por el sólo hecho de su lateralización cerebral.
Dado que no es fácil que nos demos cuenta de que no somos el juez impoluto que intenta mantenerse limpio y, al tiempo, mantener limpios a los demás, he aquí algunas muestras de nuestro Jano Bifronte, ese ser de dos cabezas que no las sincroniza, que en todo momento se limita a estar vigilando temeroso la oculta doble esquina desde la que se acecha a sí mismo creyendo que le acechan los demás.

Espeleología perceptiva.

    Suponte que eres un espeleólogo y que tratas de explorar una caverna. Si, ya adulto, utilizas para ello tan sólo el HCD, en el mismo instante en que tomas conciencia de la caverna ésta se hace totalmente presente en tu percepción. Es un flash holístico vivo, que te muestra la caverna no sólo con una estructura visualizada, sino también vivenciada. Porque si sabes cómo es la caverna –cómo es de acuerdo con la realidad formal perceptiva del HCD- esto se debe a que la has experimentado emocionalmente. Hasta el punto de que tendrás la impresión de que si ves la caverna es porque la sientes. La ves desde la piel, desde el sentimiento, no con los ojos. Es un impacto, algo que, en mayor o menor medida, te golpea dejando huella en tu memoria emocional. Algo, por otro lado, que por ser global -intuitivo, holístico- te resulta inefable. No puedes comunicarlo fonéticamente en su emotiva realidad. De hecho no puedes comunicarlo de ninguna manera, ese impacto queda en ti de la misma forma en que quedan en un nonato los impactos que sufre o goza. Caverna y tú sois uno mismo. Has establecido una comunicación que es comunión. Y más que conocer la caverna, la comprendes. Es tu caverna. Tu verdad sentida.
Supón ahora que puedes prescindir del HCD y entras en la caverna con solo el HCI razonador. En este caso tu mente actúa como una linterna de mano. Y esa linterna –dirigida por ti- va iluminando –seguramente con una muy aceptable nitidez- trocitos y más trocitos de caverna. Porciones del techo, porciones del suelo, alguna oquedad... No toda la caverna, pero si lo suficiente a tu entender como para poder sacar una conclusión. Y la conclusión será la interpretación fría, sin sentimiento alguno, de lo objetiva y fraccionadamente recogido. Es un juntar piezas de un puzzle del que no tienes todas las piezas y del que, por descontado, no puedes comprobar si tu interpretación está dando una imagen mental correcta de cómo es realmente la caverna. Aunque bien es verdad que también el HCD te dará una caverna que corresponde a su modo de percibir, puesto que toda realidad es la realidad proyectada por la lente perceptiva utilizada para conocerla. El problema, por tanto, no está en cómo es en su auténtica realidad la caverna –suponiendo que tenga una realidad preexistente-, sino en el desajuste, en la no sincronización, entre una y otra caverna perceptiva.

Ver y mirar

    Ahí, ante ti, hay la tapa de una simple caja de cartón. Y supón ahora que la observas con el HCD, un cerebro que nada sabe de cajas ni de cartón, que ve formas y se siente inevitablemente impulsado a utilizar esas formas lúdicamente. Eso que llamamos creatividad y que es una innata y grata manera de aprendizaje.
Supuesto lo anterior, comprobarás que simplemente ves, que no apresas mentalmente el objeto. De manera que primero observarás esa tapa, luego puede que te la lleves a la cabeza –¿para protegerte mimetizando un sombrero?–, luego, poniéndola boca arriba, puede que la llenes de quién sabe, quizás de tierra, y tires de ella –¿eso que el HCI llama un camión?–, también es posible que seas tú quien intente subirse a ella, y yo que sé cuantas mil cosas harás con esa simple tapa de cartón, aunque sí sé que acabarás golpeando algo o a alguien con ella, quizás te golpearás a ti mismo a fin de sentir y sentirte, y que finalmente, si su contacto no ha sido grato, tras rasgarla o no, la arrojarás lejos de tí. Y que si, por el contrario, el contacto ha sido grato, la llevarás constantemente contigo, en comunión, hecha tú, hasta que esa sensación de gozo que te produce se disipe o sea sustituida por la de un nuevo objeto. Y esto es ver. Es recibir información, ser receptivo a cuanto llega. Es estar emocionalmente abierto -inevitablemente abierto- a cuantas formas nos puedan impactar.
Por el contrario, ver por el HCI es mirar, es saber –en realidad creer que sabemos-, es cerrar la lente perceptiva llevándola de lo holístico a lo unidimensional, es observar con lupa, ver solo una palabra en un párrafo. Mirar es haber dado un nombre y una utilidad precisa a un objeto o persona. Que ya se sabe que la capacidad de dar nombre a las cosas es el primer paso para apoderarse de ellas. Para el HCI la tapa de una caja de cartón es eso: la tapa de una caja de cartón. Más todavía, sabe que es la tapa de la caja en que guardas unos concretos zapatos. El HCI ha excluido toda otra posibilidad. Y esa tapa de una caja de cartón ciertamente es eso y solo eso. ¿Qué otra cosa puede ser? ¿Acaso no está claro que tapa la caja en que guardo los zapatos más lujosos, esos maravillosos zapatos por los que tanto he pagado? Mirar, en definitiva, es ver con las propias -aunque ajenas- ideas. Es encerrar un todo de sensaciones y posibilidades en una rígida y fría -pero manejable- jaula fonética. Y cada vez que miramos generamos un paradigma. Porque cada vez que miramos, que focalizamos un centro de atención, creamos un centro en torno al que gira todo lo demás.

Las dos metodologías

    Ver o mirar la caverna -esas dos formas de percepción espeleológica- conforman la doble metodología generada por nuestra lateralización cerebral.
El HCD -el límbico, el cerebro emocional-, subjetivo y holístico, percibe analógicamente. Bien entendido que por analógico se entiende que es anterior -ana- a la lógica del HCI. Anterior, por tanto, a su opuesto metodológico que, como sabemos, percibe dualmente. Una dualidad a la que el concepto tiempo eleva a la categoría perceptiva básica de causalidad.
En el capítulo El Nuevo Mito de la Caverna, donde he establecido una analogía entre los distintos estadios de percepción y la técnica cinematográfica, he descrito ya el mecanismo espacial de generación de formas. O sea, de imágenes. O sea, de símbolos. Aun cuando deberíamos entender por símbolos aquellas imágenes que provocan en nosotros una descarga emocional.
Importa, por tanto, señalar aquí cuál es la estructura sintáctica de la ya descrita morfología analógica. Esas relaciones por semejanza denominadas correlaciones simbólicas. Habitualmente mal descritas por carencia de precisión.
Lo usual es que las analogías sean correlaciones simples. Así, en el mundo de las analogías una gota de agua del Océano es como -y ese como ha de entenderse que es semejante, no idéntico- a todo el océano. O el mundo invisible es como el visible. O la expresión de la ira es como un volcán en erupción. No obstante, las correlaciones simbólicas más genuinas son aquellas que se remontan de lo sensible y físico a lo suprasensible e incluso a lo metafísico, siendo su formulación: A es a B como C es a X. Por ejemplo, la guitarra es a la música como el cerebro es a la mente. O también, A es a B como B es a X. Pero no relacionando la similitud incompleta de dos cosas, que eso no es analogía -por ejemplo la similitud entre las alas de dos aves distintas-, sino relacionando una similitud de dos cosas distintas y completas. Un ejemplo puede ser: una célula de mi cuerpo es a mi cuerpo como mi cuerpo entero es a la humanidad. Bien entendido, insisto, en que cada término de la correlación analógica debe ser una totalidad. De manera que cada término de la analogía no es una parte -en el HCD todo es plenitud sin límites-, sino un todo en sí mismo. Es la grabación espacial de una forma en el fotograma de nuestra película metafórica. Ese fotograma que no se mueve, sino que es la memoria holística y emocional de la lente la que establece las correlaciones de formas. Cada una entera, plena, hecha totalidad, y ocupando un espacio, no deslizándose una tras otra en el tiempo. La analogía -la auténtica y plena analogía- es, en definitiva, una resonancia emocional por similitud entre formas. Una resonancia de ritmos que las une. Que no las segrega como hace el HCI. La analogía acerca, la causalidad aleja.
Más concretamente y a nivel práctico recuérdese que los CATs se forman por acumulación de IATs analógicos. De manera que si yo he somatizado una constante tendencia a la sordera, en mi caso personal no ha sido esto por una causa orgánica -que ahora a mi actual edad sí sufro ya un deterioro orgánico- sino debido a mi biografía oculta, que me ha llevado a una actitud de defensa análoga a la que básicamente establecí cuando, al nacer, mi dolor de bebé gravemente atrancado en el conducto de nacimiento iba unido a los gritos histéricos –disonantes- de mi madre. En este caso y en casi todos los casos en que un paciente -en IERA- va haciendo conscientes sus analogías traumáticas el proceso sintáctico suele ser: A es a B como X es a B, siendo X la incógnita que esconde una de las analogías traumáticas. Por ejemplo, un paciente que descubre que su actitud de indefensión ante un socio que le roba es porque la mano de ese socio es análoga a la de su padre. Un padre autoritario que golpeaba a su madre cuando ésta estaba gestando al paciente y también cuando éste era niño, Algo que el paciente había desterrado, por excesivamente traumático, de su memoria consciente (véase el Caso 1 en el Tratado ) Así, la mano de su padre golpeando (A) era al paciente-niño (B) lo que la mano del socio (X) al paciente adulto (B), un simple desplazamiento por analogía. De hecho, todas nuestras actitudes son respuestas analógicas a las que adoptamos básicamente en los tres primeros estadios de percepción. Somos esclavos de nuestras respuestas cuando nuestro mundo era subjetivo. No olvidemos que subjetivo es sub-jectus . O sea, sometido a sentir.
Para una mejor comprensión de nuestro proceso perceptivo analógico insisto en que aquí me estoy refiriendo a la percepción adulta, cuando las correlaciones simbólicas se establecen ya, en mayor o menor medida -según el estado de conciencia en que la persona se encuentra- dentro de un marco paradigmático beta, lo que supone la existencia de un proyector que pone una cierta distancia entre el perceptor y la imagen y que, asimismo, permite, en la correlación, términos simbólicos fonéticos o cercanos a éstos. Lo que supone, asimismo, una cierta adulteración de los estados analógicos estrictos que vive el nonato, puesto que en éste no hay una externalización de las formas.
Por otro lado, insisto en que la resonancia de formas es, de hecho una resonancia de vibraciones, de ritmos, puesto que son éstos los que -en cada fase perceptiva- establecen las formas. Por eso, como veremos, toda resonancia analógica es una identificación. Y de ahí que el símbolo -que es una resonancia de ritmos en sentido estricto- sea, a su vez, una carga emocional que puede poseernos. Esto en mayor o menor medida, de acuerdo con la potenciación cultural de esa carga simbólica. Una potenciación cultural que, tanto en lo colectivo como en lo personal, va siempre enmarcada en unos determinados CATs. Así, la cultura Oriental, que es básicamente una cultura del HCD, se mantiene en su actitud de percepción analógica por los CATs que alimentan esa cultura. En tanto que nosotros, los occidentales, si bien en gran medida todavía identificados con nuestra cultura cristiana -cuyo símbolo básico es la Cruz-, debido, no obstante, a nuestra mayor potenciación cultural del HCI, hemos ido generando una cultura llamada científica que es ya en sí misma un símbolo cultural con el que empezamos a estar totalmente identificados. Un símbolo cultural este último no menos condicionado que el de la cultura oriental por unos determinados CATs colectivos que, generadores, por un lado, y consecuencia, por el otro, de esas culturas son, por ello, su energía condicionante. En el fondo la misma fuente energética condicionante -o sea, deseo y temor- si bien manifestándose de acuerdo con una u otra metodología.
Ciertamente, los símbolos, esa especie de estructura de partículas moduladas por el sentimiento, lo son todo. Todo es símbolo. Todos nosotros, en su conjunto, somos un símbolo. Y cada uno de nosotros lo es también...