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Para un mejor conocimiento de TÚ Y TU ESPEJO transcribimos a continuación el inicio de uno de los capítulos del libro.
III. MI VIDA EN THETA
EN EL LABERINTO
Tú, lector, conoces ya mi vida en beta. Y si bien es verdad que he narrado mi vida adulta con una urdimbre emocional, no por ello la vida en beta que has leído deja de ser la vida de mis recuerdos. Y una vida, por otro lado, a la que el HCI ha dotado de un hilo argumental.
Sé que así entendemos nuestras vidas. Sé que la psicología académica basa el discurrir de nuestra existencia en los acontecimientos, en lo que considera verdades objetivas, y sé también que al considerar las actitudes se da por cierto que éstas son la consecuencia de los hechos que nos ocurrieron en la infancia. O sea, la vida que vivimos es para nuestro cerebro beta la vida que este mismo cerebro procesa. Y como entendemos que no hay más vida que la consciente resulta elemental que nuestra vida –a entender de beta– es sólo la vida de nuestros recuerdos. Y consiguientemente, la vida de los hechos que han jalonado esos recuerdos.
Pero, ¿eso es todo? ¿Tenemos un solo cerebro? ¿Percibimos tan solo en beta? ¿Somos sólo recuerdo? Y aun aceptando que fuéramos sólo eso, ¿podemos aceptar que esos recuerdos beta se sustentan sobre un estrato de emociones theta no recordadas por beta? Y si así es, ¿mi vida es una vida de hechos o de sentimientos? ¿Y mi vida está condicionada tan sólo por los acontecimientos que me han ocurrido en la infancia? Cuando fui incapaz de introducirme en la vagina de Adela en aquel mi primer frustrado intento de acabar con mi virginidad, ¿qué ocurrió realmente? ¿Simplemente estaba atemorizado y tenso ante un acontecimiento para mí entonces tan trascendente o era otra –o además otra– la motivación de mi incapacidad sexual?
En definitiva, ¿he estado sujeto a unas motivaciones desconocidas que han regido mi vida cuando creía ser yo quien, en mayor o menor medida, las motivaba? ¿Eran mis decisiones y actos de voluntad simples actitudes movidas por fuerzas interiores de las que no era consciente? ¿He sido una ficha de ajedrez que creía moverse por sí misma cuando era una mano emocional oculta la que me movía?
Cómo acceder a la banda cerebral theta
El lector sabe que en el primer apartado he dado ya respuesta a los interrogantes que anteceden. Pero afirmar no es mostrar ni es demostrar. De manera que aquí voy a mostrar y a demostrar que sí hay unos recuerdos no recordados y que estos no recuerdos –que no son recuerdos olvidados, sino vivencias, algo vivo y actuante, si bien oculto en nuestra biografía theta– es el auténtico condicionante de nuestra vida. Es, con su topografía emocional oculta, la planilla en la que escribimos nuestra vida beta.
Somos pasado, somos casi totalmente vida intrauterina, somos lo que nuestro cerebro era en sus fases primeras formativas, algo que ahora puedo mostrar porque mi técnica terapéutica Anatheóresis me permite acceder a las ocultas mazmorras en donde fui encerrando y olvidando –que no borrando– el dorso –el dorso siempre es sombrío– de mis genuinas vivencias.
Cuantos han seguido mis cursos y ejercen la terapia Anatheóresis o, simplemente, cuantos han leído mi Tratado saben que me refiero a ese estado de relajación especial –sin pérdida de conciencia– que denomino Inducción al Estado Regresivo Anatheorético (IERA), estado que permite transitar por las ergástulas de nuestros olvidos. Especialmente por las oscuras estancias de esa celda donde hemos encerrado las vivencias de nuestra gestación, de nuestro nacimiento y de nuestra infancia preverbal, esas tres edades de nuestra auténtica biografía que, por haberlas encerrado en nuestro substrato carcelario, creemos muertas cuando siguen vivas, actuantes, conformando nuestra vida de adultos.
La memoria de la desmemoria que sigue es, por tanto, una auténtica autobiografía. La auténtica realidad de mis más afilados sufrimientos vividos en el claustro materno, al nacer y en la primera infancia. No trato –se hace evidente– de narrar el elogio de mi cordura de adulto, sino el elogio de la locura de mi sombra viva. Y trato, sobre todo, de describir –al describir la mía– la locura que tú, lector, encierras en tus colectores carcelarios. Porque –seamos sinceros– tu locura no es menor que la mía. Ni es mayor que la de otros. Eres un desterrado más, un ser del submundo que cree vivir en la luz. Y no pienses tú, zombi, que en estas páginas voy a sacarte de la tumba en que vives, aquí muestro sólo –y sólo en parte– mis carencias, no las tuyas. No obstante, al igual que todo rostro humano se asemeja al de los demás sin ser idéntico, también lo que vas a leer te sumergirá en tu lodo aun no habiendo sido mi celda carcelaria igual a la tuya. Y sabrás también qué papel te has visto obligado a asumir en esa larga condena que es toda vida. ¿Vas de alcaide y estás dispuesto a encadenar a todos porque no has podido liberarte y ser tú mismo? ¿O te contentas con ser un funcionario guardián y apaleas tan sólo a los que consideras más débiles, a los que el alcaide mantiene encadenados? ¿O buscas fugarte aun a costa de perder la vida, esa vida carcelaria que nos mantiene muertos?
Ciertamente somos eso: alcaide, guardián, preso...,cuando no un poco de todo eso, y aquí, en los textos de las sesiones anatheoréticas que siguen, podrás comprobarlo, pero podrás comprobar también –y éste es mi propósito– que este libro –no sólo este apartado de sesiones– es una posibilidad de puerta abierta para quienes quieren salir de su celda.
Cada uno de nosotros –dentro de los muros de nuestra realidad perceptiva– ha trazado el plano de su propia celda, con la ayuda de otros, es cierto, pero ahora vivimos, cada uno, en nuestra propia celda y para salir de ella lo primero es estar dispuestos a encontrar ese plano que creímos haber destruido al guardarlo en los estantes de la amnesia. Y esto supone un auto preguntarse, un decidido buscar en nosotros mismos. Esto es la terapia Anatheóresis, encontrar salidas por nosotros mismos, no que otro nos dé respuestas. Porque las preguntas abren puertas, nos liberan. Las respuestas de otro son puertas cerradas, las respuestas de otro son, de hecho, preguntas que el otro se hace a sí mismo. Y la celda del otro no es nuestra celda.
El hilo de Ariadna
Puesto que se trata de entrar en el laberinto de mi propia vida, que es mi propia celda en la cárcel perceptiva, preciso es que antes, cual nuevo Teseo, exponga de que hilo de Ariadna voy a servirme para enfrentar al Minotauro que habita en mi cerebro y es guardián de las puertas que, hechas muro, me mantienen encerrado en la mazmorra de mis vivencias olvidadas por ocultas.
Para entrar en mi propio cerebro y ahondar en sus laberínticas profundidades, lo he escrito ya, poseo el mecanismo infalible del estado de conciencia IERA, que es una simple relajación a cuatro hertzios de frecuencia cerebral. Una simple pero especial relajación a la banda cerebral theta que requiere, no obstante, una Ariadna que nos dé el ovillo de su afectividad y la valentía o desesperación de que nosotros queremos ser quienes realmente somos, sabiendo que para ello tendremos que comprender antes qué nos impide serlo.
En Anatheóresis hilo de Ariadna es todo sentimiento –generador o no de sufrimiento–, y esto se hará claro más adelante, cuando describa mi inmersión en el infierno de mis cúmulos analógicos traumáticos (CATs). En definitiva, Ariadna somos nosotros mismos porque en IERA –al volver a los ritmos cerebrales que teníamos cuando ascendimos del cigoto a la primera infancia– todo es subjetivo, todo es nosotros mismos. El otro no está. No está aun cuando esté. De manera que los daños que nos llegan del otro los recibimos como daños propios.
Y no hay peligro. Si la locura es quedar encerrados en nuestro propio laberinto cerebral, dando vueltas en un ir de aquí para allá sin encontrar salidas que, al final, ya no se buscan, si esto es locura, que lo es, no hay peligro, el hilo de Ariadna en IERA siempre nos devuelve a nuestra realidad. Y cada vez que vuelve, en cada sesión terapéutica, trae a la luz el trofeo de algún olvido. De algún auténtico olvido porque son olvidos vivos, actuantes, no los olvidos reflejos, compensados, de nuestra memoria-recuerdo.
Mi vida en theta es, pues, una auténtica indagación policiaca en la que el yo se busca a sí mismo en sí mismo. Única forma de conocer qué hay de no yo en mi yo, para que pueda ser más yo. Y aclaro que si me he elegido a mi mismo como sujeto anatheorético de este libro, esto se debe a que he querido tener un material no ya de primera sino de propia mano para poderlo comentar mejor.
Pero para poder llegar a mi mismidad, para poder llegar hasta el Minotauro que soy yo, para despojarle de la máscara y verme a mí mismo en su auténtico rostro, que es el mío, para eso he tenido que bajar al submundo laberíntico de mi gestación, nacimiento e infancia, que en estos estadios theta de percepción fue cuando escribí y potencié mi auténtica biografía. Una biografía que, por dolorosa –siempre y en todos es dolorosa– me oculté a mi mismo al llegar a los siete a doce años, edad en la que una nueva percepción –de ritmos cerebrales más rápidos– nos lleva a todos a un mundo nuevo, al mundo beta, dicotómico, de vigilia, en el que ya todo relato es argumento e interpretación.
Cuatro observaciones
Aclaro que las sesiones anatheoréticas que siguen no son una terapia. Son las sesiones que he considerado más idóneas para que el lector entienda en qué medida nuestra vida de adultos está basada en nuestras vivencias básicamente intrauterinas.
De hecho, yo nunca me he sometido a una terapia anatheorética en su sentido estricto, entre otras razones porque no he sufrido patologías que la requirieran. Pero esto no significa que haya dejado de ser objeto de gran número de sesiones en IERA en mis muchos años de investigación. Así pues, las sesiones que siguen –y que aun no siendo una terapia completa ni ordenada suma más sesiones que muchas terapias a personas realmente enfermas– inciden en ciertos momentos en CATs que ya había exhumado, aunque no en todos los casos disuelto, en tanto que en otras surgen daños cuya profundidad desconocía. De todas maneras, he centrado especialmente las sesiones que siguen en los estadios perceptivos de mi vida intrauterina –especialmente en el nacimiento– que son los estadios en que suelen generarse –y por tanto tienen sus raíces– los CATs que luego somatizan en patologías.
Por otro lado, la dialéctica anatheorética (DA) de las sesiones que siguen no es la estricta dialéctica que exijo a los terapeutas. Y esto porque no se trata de una terapia escueta en la que poco o nada se explica –en beta– al paciente. Aquí, donde era necesario exponer y describir mis vivencias, me he permitido –y he permitido a Verena, mi terapeuta ocasional– una mayor libertad dialéctica. Una libertad lo suficientemente amplia para que las sesiones se comprendieran mejor, pero no tan amplias como para que desvirtuaran el material caracteriológico-patológico extraído.
Porque –y esta es la tercera observación– cierto es que un mal terapeuta puede provocar vivencias espurias con una deficiente IERA y una también inadecuada dialéctica, pero también es cierto que si la terapia Anatheóresis se efectúa con el adecuado rigor –y ese rigor no está reñido con una inteligente amplitud dialéctica–, de ser así, de darse ese adecuado rigor, cuanto surge es cierto, es una realidad vivida. Y que a nadie extrañe que un nonato pueda saber qué está haciendo su madre en un determinado momento en que a él le está llegando un impacto traumático o que un hijo adoptado, al margen de que sepa o no que lo ha sido, vivencie en IERA a su madre biológica. Algo, sí, difícil de aceptar por el lector que desconoce la técnica IERA, pero algo real y demostrable. Que a fin de cuentas Anatheóresis es el resultado de numerosas experiencias prácticas, de hechos probados, no de fantasías puramente teóricas.
Y finalmente –última observación–, la terapia Anatheóresis pocas veces es tan aparatosa como puede parecerte al leer las sesiones que siguen. Y esto porque la terapia actualiza los daños de acuerdo con una escala de estrategias que gradúan y en consecuencia aminoran las descargas catárticas. Y en todo caso, no olvides que esas descargas, por aparatosas que se muestren, son sólo memoria emocional, no comportan, por tanto, la misma intensidad de alteración fisiológica que en su día sufrimos.
Por otro lado, añado que aun cuando este apartado del libro se comprende por sí mismo, no obstante, lo deseable sería que tú, lector, acudieras al Tratado, cuyas explicaciones básicas y amplia casuística de sesiones a distintas personas hacen posible una más profunda comprensión, tanto de este capítulo como de tus propias vivencias ocultas.
1ª SESIÓN
Ante la necesidad de iniciar las sesiones con un hilo de Ariadna que me permitiera introducirme en el laberinto de mis daños, decidí elegir el sentimiento de tristeza que durante años ha teñido mi vida.
Indico una vez más que no soy –nunca he sido– una persona sombría. Muy al contrario, suelo mostrarme con una alegría abierta y hasta contagiosa. Pero yo sé, y lo sé muy bien, que esa alegría es, en gran medida, una compensación a uno de mis CATs.
Por ser ésta la primera sesión de la serie que doy en este libro decidí que la estrategia a utilizar fuera el Descenso al Nivel Inferior de la Pirámide, una estrategia de bajada en edad –desde los doce o siete años hasta unos meses después de nacer– que no suele incidir en el núcleo del daño que se trata de disolver, pero que, al tiempo que no expone a una gran catarsis prematura, permite conocer –mediante símbolos a transformar– los hechos concretos analógicos que han potenciado la patología buscada. En este caso mi tristeza de fondo. Esa tristeza que en mí se manifiesta especialmente como un sentimiento de nostalgia, de melancolía, de pesimismo existencial. He de aclarar que la estrategia elegida pronto dejó paso a escenas más impactantes referidas especialmente a mi nacimiento, y que por ser emocionalmente más impactantes se impusieron por sí mismas.
Es de consignar que por ser yo el creador de Anatheóresis no puedo evitar una cierta actitud crítica ante la forma en que actúa cualquier terapeuta. Razón ésta por la que me mantuve al principio en un estado de IERA no enteramente adecuado, pero esto dejó de ser así en el momento de la sesión –lo indico en el texto transcrito– en que surgieron unas emociones especialmente impactantes. Y esto me llevó a un IERA más profundo.
De manera que, tras recoger yo la sensación de tristeza en la que tratábamos de indagar, Verena Frey, que fue en este caso quien actuó de terapeuta, hizo que profundizara en esa tristeza al tiempo que iniciaba la estrategia elegida.
Y ya dentro de la Pirámide:
Pregunta (Verena): Has entrado en la pirámide, levantas la trampilla que hay en el suelo... ¿La ves? La levantas y bajas. Hay una escalera...
Respuesta (Yo): Sí, es de caracol y hay como cuadros a los lados. Son como los del vía crucis en las iglesias. Jesús va con la cruz y todo eso.
Como es habitual en esta estrategia de Descenso al Nivel
Inferior de la Pirámide, me vivencié en una estancia mal iluminada, un tanto lóbrega, de paredes oscuras en la que, en efecto –por causa de la inducción del terapeuta– había una trampilla en el suelo. La levanté y me encontré bajando una escalera de caracol estrecha y en penumbra que intuí más que vi. Y la escalera descendía hasta profundidades aparentemente insondables.
Pero lo que atrajo mi atención fue las formas vivas que golpeaban mi mirada. Formas enmarcadas en cuadros de gran tamaño que, impactantes, con un efecto de zoom se acercaban y llenaban toda mi mente con figuras de la pasión de Cristo. Y entre ellas, de una forma especial, una de un Cristo Nazareno arrastrando dolorosamente una gran cruz. Un Cristo Nazareno que me miraba fijamente, que me miraba con una terrible mirada de agonizante sufrimiento, como suplicando mi ayuda.
P (Verena): ¿Te da mucha tristeza ese Cristo con la cruz?
R (Yo): Es que no es él, soy yo el que baja con la cruz.
En efecto, la figura era la de Cristo, pero ese Cristo, lo sabía,
lo sentía con un estremecimiento que agitaba mi cuerpo, ese Cristo doliente era yo. Era mi cruz, la cruz de mi pesadumbre.
P: Ya, veamos, ¿has llegado abajo?
Me llenaba un vago sentimiento de soledad. Por la pregunta de Verena, esa pregunta que me empujaba a que siguiera buscando vivencias, que no se compadecía de mi dolor, llegó a mi la mismidad de todo sufrimiento. Eso que puede arrancar a otro palabras de consuelo, pero que nadie puede realmente compartir. Y mi respuesta fue un silencio de resignación.
P: ¿Qué pasa, es muy larga la escalera?
R: No lo sé. No veo el final.
P: ¿No ves el final? ¿Qué ves, oscuridad?
R: Sí, pero veo una luz al final.
Y yo, que he creado esta estrategia, que he creado todas las estrategias anatheoréticas, yo que sé leer ya en casi todos los símbolos que se obtienen en IERA, no pude dejar de sentir-pensar que me encontraba en el interior de un largo conducto de nacimiento. De un nacimiento que sólo podía ser el mío. El sufrimiento es siempre nuestro sufrimiento. Nunca el sufrimiento ajeno, porque aun cuando fuera así, tan sólo podríamos sentirlo si antes lo hubiéramos hecho nuestro.
Verena, experimentada anatheoróloga, se dio cuenta también de que estaba moviéndome en la simbología de mi nacimiento. Por ello:
P: Vamos a ello. Ahora tú...
R. No. Sigo escalera abajo.
Naturalmente, Verena aceptó mi decisión porque era yo quien...
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