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Para un mejor conocimiento de TÚ Y TU ESPEJO transcribimos a continuación el inicio de uno de los capítulos del libro.


    
II. MI VIDA EN BETA
DEL NACIMIENTO Y MIS ANCESTROS
Un día supe que al bautizarme me pusieron de nombre Joaquín y que a este nombre, por aquello del padrino y del santo del día, añadieron los de Enrique y Elogio. Y también supe que mis apellidos eran Grau Martínez. Luego me dijeron que mi madre me había nacido –aun cuando más adelante se verá que al final no fue ella quien empujó– en Tarragona capital, que es un lugar de otro lugar lSlamado Cataluña, que a su vez está dentro de una porción de mapa que denominan España, y que ahora ya dicen forma parte de Europa, si bien Europa, a su vez, forma parte... Total, que me nacieron en uno de los cientos de miles de millones de fragmentos siderales que integran eso llamado Universo.
En cuanto al día en que me nacieron, la verdad es que poco puedo afirmar, porque quienes debieron precisarlo nunca antes ellos se aclararon para dejármelo claro a mí. Y esto porque, al parecer –sólo al parecer– mi padre me registró en el juzgado un día después de haber nacido. Con lo que no puedo afirmar a ciencia cierta si me nacieron el día 11 o el día 12, eso sí –por lo menos eso sí me dijeron – fue en el mes de abril del año gregoriano 1928.
Como tú, lector, más adelante podrás constatar difícilmente puedo escribir una autobiografía cuando auto significa por mí mismo y va a quedar claro que yo nada tuve que ver con mi concepción y que no sólo mi yo no es mío, sino que, además, tras somatizarme mis padres mi cerebro –si es que puedo llamarlo mío– mantiene –en estado beta– el más absoluto silencio con respecto a mi gestación y primeros años de vida. Así que ésta no es una auténtica autobiografía. Y tampoco es unas memorias que, como más adelante también se verá, la memoria no es recuerdo. El recuerdo es tan sólo la memoria objetiva beta; o sea, una memoria compensada.
De manera que ahí va mi vida en beta, la vida recordada y oída que hoy, en vigilia, entiendo fue la que viví. Y de hecho es la vida de cuyo recuerdo me nutro y que doy por mía. Aun cuando yo sepa –y tú, lector, verás– ésta es sólo mi vida especular. La vida de hechos objetivados que refleja mi espejo beta. Así que empiezo y en el espejo de mis recuerdos surge algo tan obvio como que yo tuve padres –hecho obvio pero que me veo obligado a constatar en nuestros tiempos clónicos de cruces entre chimpancé y oveja– y que mi padre, además de llamarse Joaquín Grau Rimbau, nació también en Tarragona, si bien él dos años antes del siglo XX. En cuanto a mi madre, nacida en Ciudad Real con el siglo XX, se llamaba Emilia Martínez Castillo.
Con cierta seguridad puedo afirmar también que mi madre llegó a Tarragona a los cuatro años de edad, debido esto a que fue adoptada por un tío paterno, de nombre Eleuterio, que, Ayudante de Obras Públicas, fue trasladado a Tarragona, donde ejercía también de profesor de matemáticas en el Instituto de Enseñanza Media.
Es de destacar que ese tío paterno, surgido a la vida –según tengo oído– dentro de una saga de panaderos, profesó de monje y poco después, a la vista de la poca santidad reinante en la Orden –desconozco que orden monacal era– colgó los hábitos y se proclamó librepensador. Sólo que, a no dudar, debió ser más pensador que libre porque cuando llegó a Tarragona lo hizo acompañado de mi madre y de una mujer –mi bien recordada tía Catalina– que, procedente de la pobreza y de la calle, mi tío presentaba diciendo que era su hermana. Y sólo mi madre, entonces una niña, conocía ese secreto concubinato, un secreto que tenía que mantener ante las preguntas curiosas de las antecesoras de las actuales lectoras de nuestras revistas del corazón.
En cuanto a mis abuelos maternos, poco sé de ellos, salvo que él, José Martínez, era profesor de dibujo del Instituto de Enseñanza Media de Ciudad Real y gran amador. Dicen que para lograr sus presas se servía de su habilidad pictórica, especialmente como retratista de desnudos. Para lo que, lógicamente, necesitaba modelos jóvenes y de formas armónicas. Lástima que mi abuela le espantara las modelos. Lo que hacía de una manera contundente, porque se dice que los vecinos de aquella Ciudad Real de principios del siglo XX vieron más de una vez a mi abuela perseguir a mi abuelo por la calle blandiendo tras él una media llena de tierra a modo de porra. Bueno pues, aun así mi abuelo le hizo más de dieciséis hijos a mi abuela. Y no es que yo quiera presumir de antepasados, pero lo que es, es.
Y en cuanto a Gumersinda Castillo –que éste era el nombre de mi abuela materna–, ¿qué decir de ella? Simplemente consignar que se dice dirigía unos un tanto diabólicos aquelarres. En todo caso que duda cabe que más de una vez clavó sus agujas de ganchillo en las efigies en cera de las modelos de mi abuelo.
En cuanto a los abuelos paternos poco puedo decir de mi abuela, Raimunda Rimbau, a la que vi muy poco, y las pocas veces que la vi estaba sumida en un tranquilizante baño de alcohol. De apariencia frágil, mi abuela paterna –que procedía de una familia un día adinerada pero que había perdido la fortuna en los casinos– todo evidencia que en los últimos años de su vida buscó en el alcohol –entonces no había psicofármacos el olvido de sus muchas frustraciones. Y la mayor de ellas, al parecer, fue su propio marido.
Indudablemente en esta biografía en beta mi abuelo paterno –Joaquín Grau– merece una mención especial. En primer lugar porque fue el abuelo con el que conviví toda vez que, aparte ser mi padrino, vivía en casa, con mis padres, y también porque fue un personaje singular. Tan singular que –se verá– en mi biografía oculta lo tengo sacralizado.
Empezaré diciendo que mi abuelo paterno era barrenador y dinamitero. Y además analfabeto. Pero no un analfabeto cualquiera, sino alguien que lo tiene tan claro que reprendía a su hijo mayor, mi padre, porque cometía la estupidez de querer estudiar.
Si a lo anterior añado que mi abuelo era alto, atlético, guapo, valiente, que a modo de pan acompañaba la comida con un mazo de guindillas, que además por la mañana, en ayunas, mataba el gusanillo –eso decía él, aun cuando yo más bien creo que lo asesinaba– con un no pequeño vaso de aguardiente y unos dientes de ajo, y que no se ajustaba el pantalón con un cinturón sino con una larguísima y muy ancha faja negra en la que luego –entre una vuelta y otra de faja– guardaba la petaca, un encendedor de mecha y vaya usted a saber cuantas cosas más que aumentaban sus encantos y se añadían a sus dones, nada tiene de extraño que en Tarragona el Ximo –mi padre era el Quimet– fuera ese ser prodigioso que había horadado con su barrena y hecho saltar por los aires, dinamitándola, media ciudad. O sea, que si alguien se ha cargado media Tarraco, efigies de César Augusto incluidas, éste fue mi abuelo.
Pero más impresionante era para mí escuchar a las mujeres –ya ancianas– cómo había logrado mi abuelo enamorarlas. Porque si mi abuelo materno iba de pintor, mi abuelo paterno ni eso necesitaba. Según revelaciones públicas de esas mujeres un día seducidas o de esas otras que desearon serlo –revelaciones que mi abuelo modestamente acallaba– éste no sólo mataba alimañas estrechándolas contra el pecho, sino que era el terror de los mozos ennoviados de la zona pueblerina del entorno de Tortosa –ciudad donde había nacido y vivió su juventud– porque todo noviazgo naufragaba o seguía, pero con recónditos deterioros, si el Ximo ponía su empeño en ello.
Era toda una leyenda. Con decir que en uno de sus petardazos se casi autovoló una pierna y anduvo once kilómetros con parte de esa pierna colgando, sólo medio remendada, hasta encontrar al médico más cercano. Y aún le veo, le veo ahora en el recuerdo, en el pasillo de la casa paterna enseñándome a andar marcialmente. Porque mi abuelo guardaba un muy buen recuerdo de su servicio militar. Y ahí está en el recuerdo con su pata coja –que así quedó– marcándome a mí –a un niño que casi acababa de aprender a andar– el paso un día marcial que formaba parte de sus gratos recuerdos. Y de los míos, porque, analfabeto o no, amador a destajo o no, buen marido o no, era mi amigo y confidente. Y además, valiente. Le recuerdo acercándose a una víbora –¿víbora o simple culebra?, pero eso que le importa a un niño– que dormitaba en un bancal y súbitamente cogerla de la cola, voltearla, y hacer que la cabeza de la serpiente estallara contra las piedras del bancal. Fue hombre de una gran vitalidad. Murió cumplidos los ochenta y cuatro años, tras vencer las adversidades y carencias de la guerra civil y tras haber superado varias agresiones hemipléjicas.
Mi padre, en cambio, por aquello de imitar siendo distinto, aun siendo alto y fornido se inclinó por una heroicidad de esfuerzo personal. Con su trabajo desde niño –duro trabajo de apilar ladrillos– y sin más aliento que el suyo propio fue alcanzando metas hasta titularse Intendente Mercantil y, al tiempo, alcanzó un alto estatus y colmados bienes de fortuna. Y, lo que es más importante, los alcanzó no quitando, sino compartiendo y dando.
Mi padre era serio, poco hablador, pero permisivo. De una permisividad de hombre bueno, de una bondad natural, no basada en creencias religiosas, creencias en las que creía muy poco. Corajudo cuando convenía –y colérico súbito cuando no convenía– mi padre, no obstante, vivía un temor visible: la muerte. Valga como apunte de ese temor neurótico que un día, un día de verano en Tarragona, en que él iba apresurado, agitado por llegar a un destino que desconozco –tenía yo entonces poco más de seis años y recuerdo más lo contado que lo visto–, ese día carraspeó y escupió, y al mirar el pañuelo vio que su mucosidad era un tanto rojiza. Razón más que suficiente para que mi padre se fuera a ver al médico –supongo que a nuestro médico habitual– quien, no menos neurótico que mi padre, dijo sospechar que se trataba de tisis. Y eso fue suficiente para que mi padre se fuera a “morir” al pueblo de Santes Creus. Y allí tuvimos que irnos todos. El se encerró en una habitación, que mantuvo permanentemente a oscuras, sin levantarse de la cama, y sólo aceptaba comer pan con tomate. Y no atendía a razones. Estaba claro que él iba a morir. Y estaba claro también que la dueña de la casa que mi padre alquiló como última morada en este mundo, mujer que mantenía una cierta familiaridad con mi madre, no entendía nada. O mejor, lo que entendía –y decía a voces– era que mi padre, ese hombre tan sano, con esos colores, lo que ocurría es que era un gandul. Y por eso se pasaba el día en la cama sin querer dar golpe. La verdad es que los familiares y amigos visitaban a mi padre. Intentaban convencerle de que estaba sano. Y también médicos amigos intentaron levantarle el ánimo, pero todo era inútil. Él iba a morir, así que, por favor, que le dejaran en paz. Y nada de caldos de gallina, sólo pan con tomate. Y así pasaron treinta días –dicen que treinta días, ni uno más ni uno menos– y el día treinta y uno mi padre, súbitamente y vaya usted a saber en cumplimiento de que voz interior, se levantó, cómo Lázaro, del túmulo mortuorio, dijo que ya no se moría y así, tan ricamente, nos volvimos a Tarragona.
Y el caso es que más tarde le vi morir. Le vi agonizar y vi su miedo. Tenía yo diecisiete años y aún me veo allí, sentado en la cama, comprobando angustiado como el frío iba ascendiendo por su cuerpo en tanto él deliraba. Mi padre murió en la Semana Santa del año 1945. Tenía cuarenta y siete años. Su entierro, por multitudinario, aún sigue siendo recordado por muchos en Tarragona. En cuanto a mi madre –Emilia Martínez Castillo–, baja y rellenita, era una belleza morena, de ojos oscuros, ingeniosa, con ingenio manchego, parlanchina y frívola. Esa era su máscara porque, en realidad, era una mujer que encerraba una gran tristeza. Pero esto sólo lo he comprendido luego. De niño y de adolescente sólo veía en ella la mujer más permisiva del mundo. Más que permisiva, daba la impresión de que deseaba ver en nosotros, sus hijos, la realización de una vida un tanto libertina que ella nunca tuvo y que nunca se permitió tener. Porque, viuda a los cuarenta y cinco años, siguió toda su vida –murió a los setenta y dos años– siendo totalmente fiel al recuerdo de mi padre.
Y cómo no comprender esa añoranza de vida no vivida en mi madre si se tiene en cuenta que fue excluida del afecto materno y paterno para ser entregada a su tío, ese librepensador de biblioteca que nunca dejó fuera sola con un chico por la calle. El noviazgo de mi madre con mi padre fue, durante casi cuatro años, el chiste del día en Tarragona. Mi madre vivía en el número ocho de la calle Fortuny, en un segundo piso, y para hablar con mi padre ella tenía que hacerlo desde el balcón. Naturalmente, mi padre lanzaba sus requiebros desde la calle, a gritos. Y naturalmente también, mi padre pasó a ser el personaje más popular del barrio. Todos los vecinos le saludaban. Y preguntaban que tal iban sus relaciones con la Emilia. Y tenía tiempo para hablar con todos los vecinos porque no todos los días dejaban a mi madre salir al balcón y esos días sin Julieta mi padre, que nunca escaló balcones, se limitaba a pasear la calle, en impaciente y al final frustrada espera.
Ciertamente mi padre no era sólo popular en aquella Tarragona provinciana, de no más de veinte mil habitantes, por ser el Romeo de una Julieta manchega, sino también por sus intervenciones en los actos lúdicos del Orfeón Tarraconense, hasta el punto de ser intérprete destacado –dicen que el primer actor– del elenco teatral del Orfeón. Y dicen también que sus actuaciones eran merecedoras del más dilatado aplauso. Lástima que su carrera se viera truncada por una mala digestión. Ocurrió en la escena del sofá, haciendo mi padre de Don Juan Tenorio. Y lo que ocurrió –según dicen– fue que cuando estaba en lo de “no es verdad ángel de amor...” su expresión pasó del trance amoroso que estaba viviendo a la de contener un vómito que finalmente cayó, largo y con buen chorro sobre Doña Inés. No es de extrañar, por tanto, que de Don Juan frustrado aceptara pasar a Romeo de acera.
Mi madre fue, sí, una mujer contradictoria, una mujer que durante años tuvo que dormir con la luz encendida para ahuyentar sus miedos nocturnos y que, no obstante, durante el día daba muestras de una desafiante valentía.
¿Cobardes? ¿Valientes? Nadie es héroe de novela. Nadie tiene un solo perfil. Mi padre, el hombre que se acobardó ante un esputo coloreado, me consta que afrontó decenas de veces las más atemorizantes agresiones en plena guerra. Y mi madre, la de la luz disipando tinieblas nocturnas –una luz de pocos vatios, cierto es– afrontó la pobreza en que nos sumió la muerte de mi padre con una entereza ejemplar.

Mi hermano, el de Caminos, Canales y Puertos

Mis padres tuvieron cuatro hijos. Por este orden: Eleuterio, yo, Herminia y Jorge. De mis hermanos menores poco puedo y quiero decir. Puedo decir poco porque le llevo siete años a mi hermana y ocho a mi hermano menor. Y esto significa que su órbita vital no giró ya psicológicamente en torno a mi. Y no quiero porque están vivos y son ellos quienes tienen que dar fe de sus vivencias si desean hacerlo. Pero sí tengo que hablar de mi hermano mayor. De sí mismo y de él con respecto a mí.
Mi hermano Eleuterio, tres años mayor que yo –nació en el año 1925– fue bautizado con tan peculiar nombre en la Tarragona de entonces debido a que así lo pidió su padrino, el tío que prohijó a mi madre. Aunque lo pidió añadiendo que si bien es cierto que ver cumplido ese deseo le haría muy feliz, cierto era también que comprendía que era un nombre tan poco habitual que aceptaría de buena gana que mis padres no quisieran estigmatizar con él a su hijo primogénito.
El tío Eleuterio llevaba ya muchos años gravemente enfermo del corazón, era evidente que su muerte estaba muy cercana y era evidente también que mi hermano había pasado a ser en su mente ese hijo que nunca había tenido. Así que mi hermano no sólo se llamó Eleuterio, sino que mi madre lo trajo a este mundo en casa de mi tío y pasó ya a ser también poco menos que hijo de su padrino. Por poco tiempo, cierto es, porque el tío Eleuterio murió en el mes de enero del año 1927, poco más de un año después de haber nacido mi hermano.
Pero ese tiempo fue suficiente para que el tío Eleuterio hiciera polvo mi vida. Sí, la mía. No la de mi hermano. El tío Eleuterio, con haber alcanzado un elevado status intelectual vivía, no obstante, la frustración de no haber llegado a ser Ingeniero de Caminos, Canales y Puertos. De manera que, aún no nato mi hermano, cuando estaba todavía en sus labores de ir conformando el feto que era, mi tío ya retenía a mi madre para darle al niño clases de matemáticas superiores. Cosas de librepensadores rebotados de un convento, pero cosas que funcionan, desdichadamente para mí. Muy desdichadamente porque esas clases siguieron y se prolongaron cuando mi hermano nació. Y dicen que mi hermano, bebé, estaba muy quieto, sumamente atento a las explicaciones que el tío Eleuterio le daba utilizando una enorme pizarra que conozco en todos sus desconchados porque la heredamos.