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Para
un mejor conocimiento de TÚ Y TU ESPEJO transcribimos a continuación el inicio de
uno de los capítulos del libro.
I. A MODO DE RECORDATORIO
¿POR QUÉ SOMOS ASÍ? Y NUESTRAS ENFERMEDADES
Toda vez que el proceso evolutivo ontogénico –el de nuestra vida individual– es un resumen del proceso evolutivo filogenético –el de la vida en general– nada de extraño tiene que consideremos, en nosotros, única válida –y casi única existente– la estructura perceptiva del HCI, que no sólo es la de más reciente adquisición, sino que es también la que nos permite el dominio de las otras formas de vida existentes en nuestro planeta. Y así, nos autodenominamos animales racionales en un intento por dejar claro que si bien es cierto que todavía estamos sujetos a ciertas fuerzas instintivas y emocionales, eso no impide que las hayamos superado con la adquisión de la sacrosanta facultad de razonar. Y consideramos primitivos –o mejor, salvajes– a aquellos semejantes nuestros –semejantes, a nuestro entender, tan sólo por su similar estructura formal– que viven todavía con metodologías perceptivas ajenas a los dictados de esa explosión del conocimiento –llamado científico– que supuso el Siglo de las Luces.
Y cierto es que la irrupción en su día y la explosión y predominio, ya más reciente, del neocórtex en nuestro cerebro ha sido lo que nos permite ver la luz fuera de nosotros, pero eso no debe llevarnos a olvidar que la luz que vemos fuera estaba –y sigue estando– dentro de nosotros, en el cerebro límbico. Lo que importa, por tanto, no es sacralizar una luz al precio de demonizar la otra, sino de comprender que una y otra –que son la misma luz, si bien procesando de distinta forma la información– deben ser armonizadas, sincronizadas, para que nuestra comprensión se ajuste más y mejor a nuestra propia realidad. Y esto sin olvidar que, además de ser –ya adultos– un cerebro escindido en dos, hemos sido antes –como hemos visto– ese mismo doble cerebro en formación. Insisto, en formación desde nuestra perspectiva beta.
Cómo se estructuran nuestros daños
Para una mejor comprensión del resto del libro, vuelvo aquí a los aspectos básicos del capítulo del Tratado en que explico las causas profundas de la enfermedad. En ese capítulo del Tratado insisto en el proceso de percepción que corresponde a cada uno de los cuatro primeros estadios perceptivos que, resumidos, ya he explicado. Y que, generalizando, indico son los estados perceptivos que corresponden básicamente al HCD. O sea, que desde el cigoto hasta aproximadamente el inicio de la época verbal las ondas cerebrales que predominan son las altamente emocionales del ritmo theta.
En EP1, concretamente, nos encontramos con un embrión que, dado su estado ya descrito de conciencia global, se muestra altamente receptivo y sin defensas ante cualquier impacto emocional, sea ese impacto gratificante o traumático. Además, ese embrión, se encuentra en simbiosis mimética completa con su madre, de manera que todo impacto emocional que goza o sufre la madre es un impacto emocional que impacta también en el embrión. Y no importa que ese impacto lo genere la propia madre o le llegue desde otra persona, lo que importa es que la placenta materna lo transmite al embrión, a un embrión que va cargando impactos y que un día, cuando se desprenda de la placenta, se los llevará consigo a pesar de no ser suyos.
Supongamos que la madre al saberse embarazada rechaza a ese hijo no deseado y que durante su gestación lo sigue –en mayor o menor medida– rechazando; supongamos que una madre embarazada vive en la depresión o con gran estrés; supongamos que una madre gestante es víctima de una pérdida –enfermedad grave o muerte de un ser querido– que le provoca un continuado estado de tristeza, supongamos un matrimonio desavenido con constantes peleas... Supongamos cualquiera de esas muchas posibles causas generadoras de una emotividad negativa y nos encontraremos ya con un embrión emocionalmente impactado
traumáticamente. Con un embrión que ha sido objeto de un impacto analógico traumático (IAT).
Supongamos ahora que a un primer IAT, por ejemplo al que fonéticamente podemos denominar un sentimiento de “no haber sido aceptados”, pero que en este estadio primero (EP1) nos impacta con un sentimiento puramente reptiliano de retroceso, de no poder avanzar, de ser abatidos, aniquilados, supongamos, insisto, que ese IAT se mantiene por parte de la madre y que a él se añade, por ejemplo –ya en los estadios dos o tres (EP2 o EP3)– la enfermedad de un hermano del nonato, lo que es causa en la madre de una entrega emocional casi total a ese hermano, lo que lleva a ser causa, asimismo, de un sentimiento de abandono en el bebé gestante. En este caso –o en cualquier otro analógicamente similar– el IAT inicial, ahora energéticamente potenciado por el nuevo IAT analógico, estructura un cúmulo analógico traumático (CAT) que incide ya en la estructura de la incipiente individuación del nonato.
Naturalmente, aquí abrevio el proceso de formación de los CATs toda vez que los impactos analógicos que los integran son prácticamente continuados. Y no procedentes tan sólo de la ignorancia que los padres tienen de la etiología profunda de las enfermedades, sino también del conocimiento que a veces cree tener la medicina de esa etiología. Así, ya en EP3, en el nacimiento, una sedación o anestesia excesiva de la madre gestante puede producir –y suele producir– la no asistencia de la madre al feto, lo que este traduce en lo que –ya en palabra fonética beta– puede denominarse abandono.
La topografía oculta de nuestra personalidad
Y de esta manera, impacto traumático tras impacto traumático, el bebé surge a la vida con una topografía de daños –también de posibles gratificaciones si en la gestación ha habido impactos placenteros para el bebé– que condiciona su futura personalidad y también sus futuras enfermedades. Entendiendo aquí y en lo sucesivo el término personalidad en su sentido amplio caracterológico de forma de ser, estar, sentir, reaccionar, etc. Con lo que la enfermedad pasa a ser una componente de la personalidad.
Los CATs son cargas energéticas emocionales que a la manera de una bombona de gas –en la que el gas forma una sola unidad aun cuando la bombona haya sido cargada en distintos momentos– los daños se manifiestan en una concreta y personal topografía analógica de daños traumáticos (CATs) y de gratificaciones (CAGs), en la que, consecuentemente, las cimas, valles y simas de esa topografía son pocas toda vez que cada IAT o IAG (impacto analógico traumático o gratificante) se une con su IAT o IAG analógico.
Concretamente, los daños sufridos en los tres primeros estadios de percepción, las sensaciones primero y las emociones después, son eso, simples sensaciones y emociones sin nombre, de manera que casi todo se reduce a impactos gratificantes o traumáticos, de bienestar o de dolor, de vida o de muerte. Sólo después, ya en el cuarto estadio de percepción (EP4), cuando van adquiriendo
primacía las ondas del ritmo beta, solo entonces la fonética va segregando y dando nombres a esos impactos según sus matices y hablamos de abandono, de rechazo, de no haber sido amados, términos todos ellos sinónimos de un mismo CAT de fondo.
Al llegar a los siete a doce años, con unas ondas beta ya maduras, el niño surge a una nueva metodología de percepción, la del HCI. Y ya sabemos, por un lado, que este hemisferio estructura la percepción de la realidad de manera casi totalmente distinta a como lo hace el HCD, de manera que el cerebro en formación –cuando era sólo reptiliano o altamente HCD– surge a la pubertad con una caracterología que es ya dolor acumulado, un dolor que en principio, somatizado o no como tal, es ya enfermedad. Así que no debe extrañarnos que el HCI presione sobre el HCD, intentando mantenerlo confinado e ignorado tras una tierra de nadie que es el ritmo alfa. Y de esta forma el HCI sella, en lo posible, lo que denomino biografía oculta (BO). O sea, el estrato donde el HCI encierra la topografía de daños acumulados especialmente en el transcurso de los tres primeros estadios de percepción (de EP1 a EP3), toda vez que EP4 es más ya una consolidación de esos daños que etiología de nuevos CATs.
Biografía oculta (BO) y enfermedad
Ahora bien, en esa biografía oculta, que es ya la topografía de nuestra personalidad –en el sentido amplio ya indicado– puede haber CATs energéticamente tan cargados que estén surgiendo en la banda del HCI, mostrándose ya como enfermedad visible. Si bien puede ocurrir también que haya otras cimas próximas a surgir a esa superficie –psíquica o somática– que es toda enfermedad. Y que, habiendo sido sólo estructuras de la personalidad, pasen a ser lo que se denomina enfermedad en el momento en que, ya adultos, un acontecimiento traumático analógico añada el plus de carga necesario para que somaticen, para que crucen la tierra de nadie, y se manifiesten como enfermedad.
En todo caso –y esto y cuanto antecede tiene su más amplia explicación en el Tratado– nuestra vida es, ya adultos, un continuo combate por parte del HCI por contener –e incluso negar– el HCD, cuando éste es –como veremos– el que condiciona los actos del HCI, todos esos actos que creemos ejercer libremente y por propia voluntad.
Precisamente Anatheóresis, que es una terapia perceptiva de liberación, no intenta resolver los daños potenciando el HCI, ni tampoco sajando órganos o ejecutando bacterias –que es lo habitual y, por otro lado, no pocas veces lo necesario–, sino llevando al paciente a la biografía oculta (BO) para que vivencie los CATs que condicionan y enferman su vida y, vivenciados, los lleve –en una sincronización cerebral en fase– a la banda de ondas beta a fin de que ésta –que es ya capaz de discernir– los comprenda y acepte. Y ya comprendidos y aceptados, se disuelvan. De manera que el foco profundo, la raíz emocional de la enfermedad, desaparece.
Naturalmente, eso presupone, por un lado, la utilización por el terapeuta de una técnica de relajación profunda –sin pérdida de conciencia– que he estructurado y denomino IERA (inducción al estado regresivo anatheorético) y, por otro lado, una dialéctica especial en la comunicación terapeuta-paciente, estando el paciente en IERA. He estructurado también unas estrategias y tácticas muy concretas a cumplir en las sesiones, la necesidad, asimismo, aunque no en todos los casos, de convertir los vectores patológicos, etc. Una vez más remito al Tratado a quienes estén interesados en la terapéutica anatheorética.
LA CÁRCEL PERCEPTIVA
El texto que antecede –ese texto que considero el tramo de lectura árida por el que inevitablemente has tenido que transitar si quieres conocer y conocerte– te muestra, a grandes rasgos, que todos vivimos encerrados en la cárcel de nuestra percepción. La que corresponde al estadio perceptivo de crecimiento en que nos encontremos. O sea, a los meses de gestación –nacimiento incluido– en lo que se refiere al nonato y a la edad cronológica una vez nacidos.
Pero nos muestra también que si bien todo ser existente –no sólo humano– tiene un umbral de percepción que le limita, que conforma la estructura perceptiva de su especie, asimismo, dentro de esa cárcel específica, existen en el humano –y seguramente en otras especies neuralmente evolucionadas como los mamíferos superiores– otras limitaciones que son eso que yo he denominado CATs. Porque toda persona encarcelada no está circunscrita tan sólo a los muros de la cárcel senso-neuronal que caracteriza su especie en cada uno de sus estadios de percepción, sino también –y eso son sus CATs– a la configuración y condiciones de habitabilidad de la celda que dentro de la cárcel-percepción él –con la ayuda de los demás, especialmente de sus padres– se ha construido. En definitiva, hay una percepción humana de adulto que consideramos es la percepción de nuestra especie, sin tener en cuenta los anteriores perceptivos que he descrito. Y sin tener especialmente en cuenta que esos estadios se van distorsionando desde el cigoto hasta la adultez y que se muestran ya fosilizados en su distorsión patológica en el adulto.
Desdichadamente no tenemos en cuenta esa
metamorfosis
perceptiva y consideramos, por un lado, que la percepción que corresponde a nuestra especie es tan sólo la del adulto. O sea, que la única realidad es la realidad objetiva del HCI, sin tener en cuenta las realidades de los anteriores estadios perceptivos. Y considerando todavía menos existentes esos CATs que vivimos como un impulso del destino, como algo que nos es impuesto por invencibles deidades exteriores.
De ahí que vosotros, madre y padre, consideréis poco menos que un simple proceso de formación, cuando no un estado mórbido, el que comprende los distintos estadios de percepción de vuestro hijo. Y de ahí que, desde su concepción, le tratéis desde vuestra percepción adulta, sin identificaros, en lo posible, con su mente de nonato, de bebé o de niño. Porque vosotros consideráis que tan sólo hay una realidad, la vuestra; y no sólo la vuestra como adultos, sino incluso la vuestra con vuestros CATs, y tratáis de que vuestro hijo se identifique con vosotros. Porque vosotros, con vuestra mente repleta de valores absolutos, os consideráis poco menos que dioses y ya sabemos que los dioses son los portadores de la Verdad , de esa Verdad que debe imponerse a los humanos. En este caso a esos humanos bajitos a los que es tan fácil poder imponer –en nombre de la paternidad– nuestras propias adultas aberraciones.
No, no hay una Verdad, ni una Realidad, ni un Comportamiento Válido, hay verdades y realidades perceptivas que llevan a distintas formas de ser y estar.
A fin de una mejor comprensión de cuanto antecede expongo en las páginas que siguen, primero, mi vida descrita desde el hemisferio cerebral del adulto. O sea, eso que consideramos es nuestra única vida y que es sólo una forma de percibir. Luego, trascribiré algunas de las sesiones de Anatheóresis en las que tú, lector, podrás contemplar aspectos de mi vida en el transcurso de mis primeros estadios de percepción. Será otra realidad, no la realidad imperante de una percepción lógica, objetiva y razonada, sino la percepción subjetiva, analógica y emocional de mis estadios de nonato, perinato e infancia. Y con esas sesiones, aparte hacérsete claro cómo se formaron los que han sido –y en parte siguen siendo– mis CATs, comprobarás también, en capítulos sucesivos, por qué soy como soy. Y se hará evidente también por qué tú eres como eres. Y, lo que es peor, por qué intentas que tu hijo sea lo que quizás no deba ser.
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