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Para un mejor conocimiento de TÚ Y TU ESPEJO transcribimos a continuación el inicio de uno de los capítulos del libro.


    
I. A MODO DE RECORDATORIO
¿CONOCES A TU HIJO? Y TÚ, ¿TE CONOCES?
Cierto es que reconoces a tu hijo, que eres capaz de identificarlo dentro de un grupo de niños por lejos que tú estés. Y admito también que sabes cuando está triste y cuando alegre. Y hasta tienes una idea válida de sus reacciones y forma de ser. Pero todo esto, e incluso algo más, no es conocer a tu hijo. Tampoco es entenderle. Y mucho menos comprenderle. ¿Cómo vas a comprenderle si ni siquiera llegas a entenderte a ti mismo, a ti misma? ¿Sabes tú por qué en un determinado momento y ante una determinada persona reaccionas de una determinada manera? ¿Conoces la razón de tus preferencias? ¿Puedes presumir de conocer tus motivaciones más profundas? ¿De aceptarte plenamente, que esto es comprenderse?
Si tú, padre –o tú, madre– tan poco sabes de ti mismo, si tantas veces te sorprenden tus propias reacciones, que son las de tu mundo externo e interno, ¿cómo puedes afirmar que conoces a tu hijo, que habita en un mundo que no es el tuyo?
Tú, madre, aun habiendo albergado a tu hijo nueve meses en tu claustro y aun cuando él ha sido tú todo ese tiempo, aun así, aun habiendo compartido las mismas sensaciones y sentimientos, él, en ciertos aspectos, ha sido tú de una manera distinta a como tú eres, porque ambos vivíais dentro de una distinta percepción y tu realidad era la suya, pero no la vivía como tú. Vivíais en la misma casa –en el mismo cuerpo– , os llegaban los mismos impactos emocionales, pero tú podías discernir y, por tanto, alcanzar la comprensión de esos impactos. Él, por el contrario, se limitaba a sufrir o a gozar –y a almacenar– esos impactos, incapaz de discernirlos, de razonarlos.
Y ahora, cuando tu hijo discierne ya, él ha dejado su antigua casa –la casa que tú eras– y si tiene más de siete años vive en gran medida en tu misma percepción, pero en otra casa –en su propia casa–, al otro lado de la calle –a veces en una casa enfrentada a la tuya– porque su realidad, la realidad de sus razones, aun siendo tu misma realidad perceptiva, ha pasado a ser su realidad, una realidad distinta a la tuya.
¿Y por qué ese vacío sin puente que obliga a mirar desde distinto lado, desde distinta realidad, a padres y a hijos? ¿Por qué esos dos universos biológicos que desde la propia realidad no pueden reconocer la realidad ajena? Y lo que es peor, ¿qué hace que uno y otros –hijo y padres, aunque más padres que hijo– pugnen por imponer su realidad a la distinta realidad del otro?

Los cerebros de tu hijo

No voy a abrumarte con datos científicos. Si deseas una más amplia información genérica de este capítulo –y de cuantos integran este libro– puedes acudir a mi Tratado Teórico-Práctico de Anatheóresis, al que en lo sucesivo me referiré con el simple nombre de Tratado, aquí tan sólo te recordaré –este apartado es un simple recordatorio de los aspectos básicos del Tratado– que tu hijo, al igual que tú, ha vivido múltiples formas de percibir la realidad –y, por tanto, también de gozarla y de sufrirla– desde el momento en que fue un óvulo fecundado, un cigoto, hasta este momento, en que está viviendo su infancia. No olvides que en el claustro materno –dentro de ti– tu hijo ha estado reproduciendo –en su proceso ontogénico– las etapas básicas de la filogenia de la especie humana. O sea, tu hijo ha sido célula primigenia al iniciar su ciclo vital, pez en el agua amniótica y, a grandes rasgos, pasó a ser reptil; y así seguirá evolucionando –en una creciente complejidad cerebral– hasta alcanzar, entre los 7 a 12 años, la calidad del cerebro llamado humano.
Dicho a la manera del fisiólogo Paul McLean: Nuestro cerebro inicial es básicamente reptiliano, O sea, un cerebro totalmente espacial, basado en los movimientos de acercamiento y alejamiento, de ataque y huida.
Cubriendo este primer cerebro surge después el cerebro límbico, que se inició con los mamíferos primitivos y es en este segundo cerebro donde se gestan las emociones intensas, singularmente vívidas. Es el cerebro afectivo que hace posible la vida social. Un tercer cerebro surgió con los mamíferos evolucionados, un cerebro que, al desarrollarse, hizo posible el neocórtex. O sea, el cerebro que nos distingue como especie humana.
Precisando más –a fin de poder mejor comprender hasta que punto no nos comunicamos adecuadamente con nuestros hijos– diré que la ontogenia –nuestra evolución como humanos desde el cigoto hasta la vejez– se basa fundamentalmente en la maduración de la actividad de las ondas eléctricas cerebrales. Especialmente en su frecuencia, o sea, en la cada vez mayor rapidez de las mismas. De manera que tras un periodo inicial de simple memoria celular, esas ondas inician su actividad con una frecuencia no muy superior a la de la respuesta plana, formando innumerables estados de conciencia. O sea, formas de ver la realidad. Innumerables formas que pueden reducirse a cuatro. El bloque de las llamadas ondas delta, en el que el nonato vive en la amnesia que caracteriza nuestro sueño profundo sin ensueños.Y cuyo ritmo cerebral va desde los 0,2 a los 4 Hz (hertzios o ciclos por segundo). El bloque theta –de 4 a 8 Hz–, que se caracteriza por su gran emotividad y creatividad. El ritmo alfa –de los 8 a los 14 Hz–, que es como una tierra de nadie, en la que reina la paz y la tranquilidad. Es el estado en que nos encontramos al relajarnos. Y finalmente, en un salto altamente cualitativo, el ritmo beta –de los 14 a los 33 y hasta 50 Hz–, que es el que corresponde al estado de vigilia. Un estado de percepción que rompe la subjetividad en que vivimos en los anteriores ritmos para darnos a conocer que hay algo fuera y que esto que está fuera -por no ser nosotros- es amenazante.


Tu mundo y los mundos de tu hijo

En el transcurso de ese proceso de maduración –o de mayor complejidad– cerebral que va viviendo tu hijo desde que es un simple óvulo fecundado hay un momento –hacia los dos años– en que empiezan a mostrarse las citadas ondas beta. Y este ritmo beta se irá haciendo ya más y más maduro hasta alcanzar el cénit de su madurez cuando el niño cumple entre los siete y doce años. Y cuando esto ocurre el cerebro de tu hijo queda configurado en un doble cerebro lateralizado. Un extraño cerebro cuya configuración básica tan sólo compartimos con gorilas, orangutanes y, según otros investigadores, con chimpancés y con algunas aves.
Pero, ¿qué es un cerebro lateralizado? Simplemente que, a grandes rasgos –grandes rasgos que iré matizando–, el hemisferio cerebral derecho (HCD) percibe –y en consecuencia procesa la información– de acuerdo con cuanto caracteriza las ondas lentas o bajas (delta, theta y alfa), en tanto que el hemisferio cerebral izquierdo (HCI) acoge las del ritmo beta. Son dos cerebros no sólo distintos –el HCD rige la parte izquierda del cuerpo y el HCI la parte derecha–, sino que incluso se combaten entre sí. Son dos mundos enfrentados. Dos formas, en definitiva, de ver la realidad. Así:

El esquema que antecede nos muestra que nuestro problema como adultos no es ya la dualidad causal que caracteriza al HCI, sino la terrible dualidad entre esos dos hemisferios cerebrales. De manera que en nosotros el cerebro del nonato, el del niño y el del adulto siguen vivos, pero, aunque enfrentados, configuran un universo global que le es propio. Porque en el adulto los distintos ritmos cerebrales no son excluyentes, pueden predominar unos sobre otros, pero todos, en todo momento, se están manifestando.
Pero no olvidemos que el cigoto, el embrión, el feto y el bebé en la fase preverbal carecen prácticamente de ondas beta y que los niños de menos de siete años las poseen, pero no todavía maduras. Y que, por tanto, si nosotros, los adultos, con un ritmo beta maduro podemos discernir –eso que se considera razonar– esta es una facultad de la que carecen los primeros –del cigoto hasta la época preverbal– y que sólo la poseen en formación los segundos: desde la época preverbal hasta los siete a doce años. Y esto significa también que vosotros –madre y padre– debéis tener muy claro que vuestro mundo no es el de vuestro hijo. Y no sólo no lo es, sino que el mundo de vuestro hijo va cambiando según sea la fase de percepción en que se encuentra. No es adecuado, por tanto –y esto lo veremos en los capítulos que siguen– intentar que un niño razone. Si tu hijo te dice que está viendo un oso, ¿por qué no le preguntas cómo es ese oso, en lugar de barrenarte la sien indicando que ese chaval está loco? ¿Quién te ha dicho que tu hijo no ve un oso si tenemos en cuenta que su mundo perceptual es tan real –o tan poco real– como el tuyo?
Y si incomprensible te resulta el mundo infantil de tu hijo, ¿qué decir de tu comprensión de los mundos en que habitó tu hijo durante su gestación?. Una ignorancia que importaría poco si no fuera porque tu incomprensión de esos mundos fue lo que motivó que tu hijo haya podido ser, o sea quizás ahora, un niño emocional o físicamente enfermo. Que este volumen dejaría de tener sentido si fuera un libro más de consejos beta. Este libro –y eso es lo que me ha llevado a escribirlo– es un intento de prevenir los daños que los padres, inconscientemente, infligimos a nuestros hijos ya antes de nacer. Y esos daños, en gran medida, son los que conforman su posterior carácter e incluso enfermedades. Y esto es algo que se te hará muy claro al leer las páginas de este libro.
Pero antes, y en un primer esbozo tan sólo orientativo, ¿en qué mundos vive tu hijo en su fase de vida gestante?

El extraño mundo embrionario y fetal de tu bebé

En las experiencias anatheoréticas se observa que en la gestación de un bebé –desde el cigoto hasta un tiempo después de haber nacido– la percepción de ese bebé sufre una evolución que va desde una conciencia global, todavía no estructurada en ritmos debido a la carencia de un adecuado sistema neural, hasta un alto estado de conciencia theta.
Esta conclusión viene justificada por el hecho de que en la práctica terapéutica anatheorética la percepción del embrión, y también la del feto en maduración, se manifiestan con un lenguaje altamente arquetípico, como si embrión y feto, aunque éste en menor medida, estuvieran todavía unidos a una conciencia global, holística. Luego, a medida que el feto va ganando semanas y la estructura neural va madurando, cuantitativa y cualitativamente, ese lenguaje arquetípico –cuya sintaxis muestra una gran riqueza de símbolos mitológicos primigenios– se va enriqueciendo con experiencias que corresponden ya a las características básicas del ritmo theta, o sea, una impactante emotividad con imágenes analógicas fácilmente convertibles en los hechos concretos que se esconden tras esas analogías.
Puesto que sabemos –lo he explicado ya– que la ontogenia del bebé intrauterino es una síntesis del proceso filogenético de la vida no debe extrañarnos que la anatheóresis nos muestre esos cambios de percepción que a nivel enumerativo –extraído de la práctica de la terapia anatheorética– pueden sintetizarse así:
EP1: Este primer estadio de percepción corresponde a la fase inicial embrionaria. Se caracteriza por una percepción global, mandálica, en la que predominan las vivencias arquetípicas primigenias. Corresponde a un estado altamente onírico en el que el embrión está totalmente abierto a los impulsos que le llegan desde su madre. Y no olvidemos que nuestra salud –y salud es inteligencia y belleza– depende de los impactos mentales y emocionales que un día nos llegaron.
EP2: El segundo estadio de percepción incluye la época de madurez embrionaria y también los inicios de la época fetal, en la que el cerebro muestra ya una estructura con pliegues. Este estadio corresponde a una percepción simbólica ya estructurada mitológicamente. Sigue siendo una percepción sin yo, sin focalización, abierta a todos los impactos, especialmente a los emotivos procedentes de la madre, con la que se mantiene –como en el primer estadio– en una simbiosis total. Y hay que tener en cuenta que simbiosis no significa que el cerebro del bebé sea el de la madre, sino la existencia ya de dos cerebros, cada uno de ellos con capacidad para recibir y almacenar información, sólo que en ese trasvase de información el sistema nervioso del bebé sigue siendo básicamente receptivo, con una receptividad subjetiva que globaliza todo impacto como si el impacto fuera él. Así, el bebé recibe en su sistema nervioso, en sus células, en su cuerpo, todo cuanto emotivamente la madre lleva escrito y cuanto la madre, emotivamente, va escribiendo en su mente.
EP3: El tercer y último estadio intrauterino de percepción se inicia entre el cuarto y sexto mes, en un momento en que el bebé posee un cerebro totalmente estructurado neuralmente y momento –ya en el sexto mes– en que el bebé prácticamente podría sobrevivir si naciera. En este estadio que –siempre a efectos descriptivos– podemos extender hasta el nacimiento e, incluso, hasta la época preverbal, la percepción se caracteriza por los ya indicados altos trenes de ondas theta. Una percepción, por tanto, que seguirá siendo altamente analógica, pero en la que la conciencia muestra ya una notoria focalización. En este estadio la simbología arquetípica empieza a teñirse de connotaciones emocionales concretas. Así el arquetipo amor puede ser ya, en este estadio, un claro sentimiento de abandono, de rechazo, si en anteriores estadios el bebé se ha sentido no deseado.
EP4: Este estadio de percepción es el que corresponde a la época preadolescente, fase en la que el niño inicia la difícil conquista del ritmo beta. Es la fase de formación del yo, la terrible fase en que, como veremos, el niño, ya herido por los impactos emocionales traumáticos intrauterinos que le han llegado de la madre, va potenciando las carencias que pondrán dolor y enfermedad en su vida, especialmente en su vida de adulto.

¿Es real la realidad?

Los adultos, focalizados ya en el ritmo beta –el de vigilia–, vivimos como si no hubiera más forma de percibir que ésta. Cualquier otra la consideramos poco menos que un estado patológico de conciencia. Porque, hay que ver, que sueños tan absurdos tenemos. Y los niños, esos pingüinos exigentes, ¿cuándo se comportarán como personas mayores, que eso es lo adecuado?
Y lógicamente para nosotros no hay más realidad que la realidad de la vigilia. Esa sí que es real, porque una mesa se puede tocar y un perfume oler y una fruta gustar. Todo es real, tangible. Todo ocupa un lugar en el espacio y, ¿acaso no hay un ayer y un hoy y hasta un mañana? Y sufrimos y gozamos y nos emocionamos...
Pero, dime, ¿es que no hay gozo y dolor en un sueño? ¿Es que no sentimos –con sentimiento de tacto– lo que soñamos? La pregunta es: si no despertáramos, si toda la vida fuera soñar, ¿no sería esto la realidad? Y si hubiera un estado de percepción –de conciencia– que nos llevara a estar más despiertos que en el actual estado nuestro de vigilia, ¿no pasaría este último a la categoría de simple sueño? ¿Y cuál sería nuestra realidad entonces?
Suponte que limitamos la percepción a la sola facultad de ver. Y supuesto esto, suponte ahora que tus ojos son dos cámaras de rayos X. Y mira ahora a tu adorada pareja, ese maravilloso ser físicamente tan perfecto como un Adonis o como una Venus. ¿Y qué ves? Un esqueleto. Maravilloso, eso sí. Tan maravilloso que podría excitarte la sola visión del hueso pubis. Maravilloso, sí, pero un esqueleto. ¿Y no considerarías loco a quien te dijera que la realidad de ese ser tan maravilloso no es más que un amasijo de huesos?
¿Y si tus ojos fueran microscopios? La realidad dependería de la capacidad de aumento de tus ojos–microscopio.
¿Y si tu visión correspondiera a la de una cámara de niebla? En este caso tu mundo sería una siniestra oscuridad que de vez en cuando surcaría e iluminaría eso que llamamos un electrón.
No lo dudes, lo que tu llamas realidad es la realidad de tu percepción, no la Realidad, así con mayúscula. Si bien es cierto que tú vives esa realidad como si fuera la Realidad. Porque cierto es que tú no eres como te ves, pero si te rompes una pierna, aun siendo esa pierna simple percepción, la verdad es que duele. Y mucho.
Pues bien, piensa en tu hijo. Y sigue leyendo porque volveré en otro apartado, con más datos, a descubrir sus muchos mundos, totalmente reales para él –en que ha vivido y en los que ahora vive– antes de llegar al tuyo. Cigoto, embrión, feto... Planta, pez, reptil... Pero sea cual fuere en cada momento su realidad, lo cierto es que desde que es un óvulo fecundado tiene ya su mundo. O mejor, es un mundo, porque para él –con su percepción subjetiva– el mundo empieza y termina en él mismo. En un él mismo cuyo horizonte, inicialmente global, sin horizonte, se encoge hasta hacerse horizonte-útero y, extendiéndose ya, pasa a ser universo-cuerpo y de ahí a universo-entorno cercano –que en el caso de la tribu amazónica auca con la que conviví era horizonte-selva– y así hasta nuestro horizonte-universo galáctico. Porque lo que se expande no es el espacio externo, se expande nuestra percepción. Nosotros somos el Big Bang.
Así que, madre, eso que llevas –o llevaste o vas a llevar– dentro de ti no es un tumor benigno que un día extirparás con unas contracciones. Es un ser vivo. Alguien que –como más adelante explicaré– sufre y enferma contigo y por ti. Si bien no debes olvidar que, aun siendo un ser con vida, su vida no es igual a la tuya. Es una vida no sólo subjetiva, sino también –y especialmente– onírica, con distintos tonos de sueño, pero una vida sumamente vulnerable, terriblemente abierta, sin posible defensa, a los impactos emocionales dolorosos.

Comprende a tu hijo

¿Empiezas a entender ahora por qué te he preguntado si conoces a tu hijo?
Desdichadamente nosotros, los adultos, hemos sacralizado esas ondas beta que, con su capacidad de razonamiento, nos distinguen de los restantes seres del planeta. Y en nuestra soberbia no podemos aceptar que nuestro hijo se comporte a su manera infantil, tan irracionalmente. Menos todavía aceptar que cultivamos poco más que una planta, un pez o un reptil en la matriz. Y juzgamos a nuestros hijos con la sacrosanta medida beta. Los queremos serios, inteligentes –entendiendo por inteligencia la del HCI–, pensativos... Los queremos adultos cuando ellos están en otros ritmos cerebrales. Y les exigimos lo que no pueden darnos. Están al otro lado de un río que nos separa. Nosotros, los adultos, hemos olvidado ya esos otros mundos, esas otras realidades.
Aunque yo podría decirte que sí puedes volver, en gran medida, a esas otras realidades, que eso es lo que posibilita la inducción al estado IERA que caracteriza a Anatheóresis. Pero prefiero que lo veas en toda su impresionante profundidad en otro apartado de este libro. Ahora mejor es que simplemente tomes conciencia de que si bien es verdad que tú eres ya otro ser, terriblemente alejado perceptivamente del ser que ahora es tu hijo –esté en su fase intrauterina o en la infancia– eso no impide que sí puedas comprenderle. Bien entendido que comprender no es entender.
En Anatheóresis, para una mayor claridad de conceptos, yo distingo entre entender y comprender. Considero que entender es razonar, es discernir. Una facultad beta. O sea, lo que ahora yo estoy haciendo al explicar las distintas formas de realidad en que vive tu hijo en su crecimiento ontogénico. Y si aceptamos que entender es simplemente captar el sentido de mis frases, entonces sí, lo has entendido, pero sigues sin entender en el sentido de plenitud que doy a esta palabra, porque sigues viviendo en la dualidad beta, de vigilia. Sigues fuera de tu hijo. Y tu hijo ciertamente es un problema, pero no es un problema matemático que basta entenderlo para resolverlo.
Para entender realmente a tu hijo no basta con leer cuanto estoy escribiendo, es preciso más. Es preciso hacerte él y esto no es ya entender, sino comprender, porque sólo empatizando con tu hijo, utilizando la afectividad, podrás no ser él, pero sí identificarte plenamente con él, sentirle, vivirle, que tu hijo no es un problema matemático, sino un sentimiento vivo. Un ser altamente emocional y creativo. Un ser theta.
En un tiempo alquímico, en que se sabía distinguir entre entender y comprender, el conocimiento era sabiduría porque se entendía que de nada servía hacer puentes si, al hacerlos, uno al tiempo no se hacía puente. Y eso era el Pontífice, el que se hacía puente para que los demás pudieran cruzar en él, por él y con él al otro lado del río de la vida, para llevarlos, uniendo las dos orillas, de lo terreno a lo celeste. Ahora los pontífices ya no se hacen puente, ahora son simples ingenieros que hacen puentes. Conocen, pero no metabolizan ese conocimiento. No generan sabiduría. Entienden pero no comprenden.
Comprender es aprehender, abrazar por todos los lados, hacer nuestro lo otro. Y alguien considerado cínico por su capacidad de comprender –ese alguien que fue Oscar Wilde– dijo ya que todo cuanto se comprende, aun lo más abominable, pasa a ser aceptado.
Así que tú si no comprendes a tu hijo no sabrás cómo tratarle. Pero si, por el contrario, a la comprensión añades el entendimiento, si al amor añades conocimiento, entonces si sabrás tratarle. Y sabrás tratarle con plenitud porque tus dos cerebros no sólo estarán con él, sino que estarán también en él.

Primeras pautas de conocimiento para poder llegar a comprender a tu hijo

Aun cuando –como he explicado– son muchas las formas de percepción –con sus respectivos mundos– que toda persona vive desde que es concebido hasta los siete a doce años, en que posee ya ondas beta maduras, lo cierto es que, a efectos prácticos, todas esas formas de percepción pueden resumirse en dos grandes bloques y en dos estadios de vida.
Los dos grandes bloques son los que corresponden a los ya descritos dos hemisferios cerebrales. El derecho (HCD), regido por las ondas lentas (delta, theta y alfa), y cuya característica básica la da el ritmo theta; y el izquierdo (HCI), regido por las ondas rápidas (beta)
En cuanto a los estadios de percepción, destaco una vez más que en la fase intrauterina –desde el cigoto hasta el nacimiento e, incluso en gran medida, hasta la época preverbal– el predominio perceptivo corresponde a las ondas lentas, en tanto que a partir del nacimiento y hasta los siete a doce años las ondas beta, en maduración, van marcando una infancia cada vez más cercana a un predominio de las ondas rápidas maduras que caracterizan la edad adulta.
Preciso que esos dos bloques y esos dos estadios de percepción son un reduccionismo necesario para la mejor comprensión de este libro, una división, en definitiva, que permite, sin errores, comprender el mundo de nuestros hijos. Si bien no debemos olvidar que los estadios de percepción y el comportamiento de los ritmos cerebrales son tan múltiples como variados.
Si vamos a los dos bloques de percepción que he descrito en páginas anteriores –los que corresponden al HCI y al HCD– puede comprobarse que las características básicas de uno y otro hemisferio cerebral son no tan sólo distintas, sino prácticamente opuestas. Nos encontramos, por tanto, con un bebé en gestación que –con los matices que ya he descrito al referirme en páginas anteriores a los tres primeros estadios de percepción (EP1 a EP3)– vive en un mundo subjetivo, de manera que el mundo es él y todo cuanto le llega, que no siente le llega de un lugar ajeno a él. Pero lo que más importa es que su percepción es analógica y también altamente emocional.
La analogía –a la que volveré más adelante– establece las relaciones por semejanza formal. En el mundo de la analogía una gota de agua del Océano es como –y ese como ha de entenderse que es semejante, no idéntica– a todo el Océano. Y el idioma theta –o sea, el idioma analógico– es la mitología. Un idioma estructurado con símbolos primigenios y en consecuencia holístico, es un idioma-imagen que establece sus relaciones por resonancia formal. Y que basa sus motivaciones en reacciones fundamentalmente emocionales. Es la fuente de la magia imitativa. Lo igual resuena –para bien o para mal– con lo igual. De ahí que la brujería utilizara una muñeca lo más parecida a la persona que se quería maleficiar.
Creo innecesario añadir que el mundo theta se nutre de hechos concretos. En él no hay abstracciones, no hay árboles conceptuales, árboles que no dan fruto ni sombra. Papá y mamá son algo concreto, no simples entelequias. Y el conocimiento es intuitivo, global. Un golpe emocional, no razones. Con una ética basada en la supervivencia, nunca sujeta a modas. Y por ser su mundo emocional, es cualitativo. El amor no se mide, el amor simplemente es amor o no lo es. Y theta es un mundo sin tiempo. El bebé no vive nueve meses en el claustro materno. El bebé nonato vive una vida entera hasta morir a esa vida al surgir al mundo beta. Por eso nacer no es sólo salir del útero, es saber que se ha salido de él.
Y esto último es precisamente lo que caracteriza el mundo de la percepción beta: la objetividad. En el hemisferio cerebral izquierdo (HCI) no hay ya una sola totalidad que lo llena todo, como ocurre en el HCD, en el izquierdo esa totalidad se ha escindido y hay ya un dentro y un fuera, un yo y unos otros y, lógicamente, también una causa y un efecto.
Todo proceso perceptivo del HCI es, por tanto, causal. Hay siempre una causa con su consiguiente efecto. Algo que, insisto, no ocurre en el HCD, donde a un acontecimiento simplemente le sigue otro, pero sin línea argumental. Sin razones que intenten justificar el acontecimiento consiguiente como efecto necesario del acontecimiento antecedente.
Y siguiendo lo expuesto en mi Tratado, donde el lector puede encontrar explicaciones más completas y casuística en IERA de cuanto afirmo aquí, añado que el HCI procesa la información dualmente, de forma bipolar, y establece sus postulados mediante un proceso de comparación y contraste entre opuestos. Un proceso que es precisamente lo que consideramos razonar. Y como este proceso saca conclusiones de las proposiciones que contrasta, razonar es también, siempre, enjuiciar. Un enjuiciamiento que por su radicalidad bipolar comporta no sólo una conclusión, sino también una exclusión. Porque elegir entre dos extremos presupone inevitablemente excluir uno de ellos. Y excluir es condenar. Es echar fuera. Todo juicio, por tanto, comporta considerar algo o a alguien culpable por el solo hecho de haber considerado algo o a alguien inocente. Y echar fuera es la forma de ejecutar el castigo. Eso hacemos con la enfermedad. Somatizarla es haberla condenado e intentar echarla fuera del cuerpo.
Razonar es un ejercicio mental libre, no sujeto a los propios contenidos emocionales. Razonar es un ejercicio de ideación que no compromete al yo. Razonar es situarnos fuera de nosotros mismos. Razonar es objetividad. Podemos, por tanto, sustraer de un grupo de objetos concretos determinados aspectos que los singularizan y de entre estos coger tan sólo aquellos aspectos que les son comunes. Un mecanismo con el que conseguimos crear entes ficticios que sólo existen en nuestro mundo mental. Son entes ficticios que identificamos con una explicación que fija sus límites y los distingue de las restantes abstracciones. Esto es definir. Y definir es crear un concepto, algo totalmente mental, que, por ser mental, adquiere validez universal. Así, un árbol concreto nunca es, a nuestros sentidos, igual a otro árbol concreto. El concepto árbol, por el contrario, es válido para todos los humanos. Lo que ocurre es que el árbol concreto da frutos que podemos comer. En cambio, nadie hasta ahora ha podido alimentarse de los frutos de un árbol abstracto, conceptual.
La moral es otro producto de la dualidad. Es el contraste entre lo que consideramos adecuado y lo que consideramos inadecuado. O sea, entre lo bueno y lo malo. Sólo que por tratarse de conceptos, cada persona o etnia puede juzgar el bien y el mal desde una distinta polaridad. Una polaridad que, indudablemente, identifica siempre el bien con el propio yo. O sea, bueno es aquello que es –o creo es– adecuado para mí. Y malo lo contrario. No es de extrañar que haya casi tantos conceptos de la moralidad como personas. Y que la moral cambie cuando cambian los conceptos sobre los que se sustenta.
El razonamiento no nos da el hecho concreto, sino la interpretación mental de ese hecho. La razón, que es juicio, no sentimiento, evalúa libremente las partes en que ha escindido el todo y luego las reelabora dándoles nueva valoración. En definitiva, establece una conclusión personal que casi siempre es de tipo moral. Y quien así procede –que somos todos– no suele darse cuenta de que esa interpretación que considera objetiva ha sido, de hecho, dictada por las líneas rectoras de su cultura personal y social y por las adicciones emotivas profundas que han escrito el guión de daños del que es víctima, guión que inevitablemente interpreta en todos sus actos.
Por eso recordar no es volver a vivir una experiencia, sino el hijo bastardo de ese bastardo que es la razón. Recordar es volver a llevar a la conciencia la interpretación, no el hecho. Y así es porque necesitamos la presencia constante de la interpretación. Sólo con ella podemos mantener constantemente compensadas nuestras carencias. No hay que olvidar que sobrevivir es un continuo compensar, un continuo arreglo. Algo que el HCD no puede hacer. Este hemisferio cerebral emocional vivencia. O sea, vuelve a vivir el pasado tal cual lo sintió.
Todo proceso dual es discursivo, se limita a moverse constantemente en la línea unidimensional de la causalidad. Algo surge y algo muere. En todo proceso bipolar siempre hay un principio y un fin. Y a ese fin, que es sólo un espejismo de la percepción beta, le damos el valor de finalidad. Y así podemos entregar la vida por una finalidad que es sólo un concepto. Al igual que al discurrir, al creer que existe un principio y un fin, caemos en la trampa de otro concepto: el argumento. Cuando la vida –no la interpretación que nosotros damos a nuestra propia vida– es algo que simplemente está y sigue estando, sin finalidades ni valoraciones morales. O sea, sin argumento.
Por su carácter dual, y por tanto discursivo, el HCI no unifica –lo que sí hace el HCD, que es holístico, multidimensional–, sino que disgrega, escinde, separa y, en definitiva, analiza. De ahí que sea cuantitativo y de ahí también que con ese hemisferio haya surgido al mundo no sólo la verbalización fonética, que se compone de unidades abstractas, sino también, y sobre todo, el concepto tiempo. Porque si algo tiene principio –o sea, nace– y discurre luego por la línea –o sea, mundo unidimensional, reductivo– que lleva al concepto extinción –que es llevar el polo vida a su opuesto la no vida, eso que llamamos muerte– se nos hace evidente que en ese discurrir vamos dejando una estela detrás –el pasado–, al tiempo que nos vamos enfrentando a la parte de línea –o de vida– que tenemos delante: el futuro.
Como puede verse, a grandes rasgos –o sea, sin entrar en los matices de los distintos estadios de percepción, que eso haré más adelante– la realidad del HCD, el mundo, por tanto, en que viven nuestros bebés, es muy distinta, de la realidad del mundo del HCI adulto. Como ambos lo son también de ese mundo confuso, de crecientes ondas beta, en que viven nuestros hijos en el transcurso de su infancia. Y sabido esto, qué duda cabe que se hace evidente que sólo la comprensión de esos mundos, con sus realidades, puede hacer posible que tú –básicamente HCI– y tu hijo –básicamente HCD– dejéis de una vez por todas la guerra en que estáis empeñados –cada uno empeñado a llevar al otro a su mundo– para iniciar una nueva vida en armonía. Capaz de enriqueceros en salud, inteligencia y belleza a vosotros y, especialmente, a vuestro hijo.