La terapéutica anatheóresis es tan distinta de las restantes terapéuticas que a nadie puede extrañar exija a quien vaya a ejercerla rasgos y aptitudes muy distintos también de los que exigen las otras medicinas. Veamos, pues, con afirmaciones y consideraciones, cuál debe ser, en sus aspectos básicos, el perfil de un buen anatheorólogo.
Creatividad
Aun cuando en algunos de los capítulos que siguen expongo posibles estrategias útiles para una mejor DA, lo cierto es que esas estrategias no pueden garantizar un adecuado y terapéutico diálogo con el paciente si el anatheorólogo no posee un alto grado de creatividad.
Sabemos que la anatheóresis es una terapia del HCD y sabemos bien que ese hemisferio cerebral no define, ni clasifica, ni enjuicia, o sea, que en anatheóresis no pueden haber clasificaciones patológicas preestablecidas.Y esto porque ante nosotros no hay una enfermedad a diagnosticar. La anatheóresis no reduce el enfermo a un diagnóstico. En anatheóresis tenemos siempre un paciente integral y totalmente abierto a su propio dolor. Un paciente, además, que ignora qué imágenes va a vivenciar en lERA. Imágenes que pocas veces son las esperadas.
¿Y qué hacer ante un diálogo en lERA -expresado con imágenes y emociones- que casi siempre nos sorprende? Un diálogo ante el que no debemos reflexionar, sino mantenerlo vivo y eficaz con un constante ejercicio de creatividad.
Aconsejo al lector que vuelva a leer el Capítulo 16, en el que trato de la dialéctica anatheorética. Si lo hace le resultará evidente que Anatheóresis es creatividad. Y que de poco sirven los títulos oficiales que estructuran y prefijan el conocimiento de acuerdo con rígidos compartimentos beta.
La necesaria empatía
Es de destacar que en la práctica de la anatheóresis muy pocas veces surge un problema de transferencia en el sentido que a esta palabra da Freud. No es fácil, por tanto, que el paciente vea en el terapeuta a su padre o a su madre. Y que, en consecuencia, no haga sino mantener el drama patológico que le aqueja sólo que interpretado no por los auténticos protagonistas -el padre o la madre-, sino por un personaje -el terapeuta- al que el paciente transfiere ese rol.
En anatheóresis, a diferencia de las restantes terapias -incluido el psicoanálisis-, no hay un terapeuta que entiende -he escrito entiende, no comprende- al paciente y luego intenta que el paciente se entienda a sí mismo, en anatheóresis -por utilizar la inducción al estado regresivo anatheorético (IERA)- es el paciente el que se comprende a sí mismo. Y por sí mismo. Obsérvese que esta vez sí he escrito comprende, y no he utilizado la palabra entiende.
En esas condiciones, en las que el paciente es quien se comprende por sí mismo, y que, además, se comprende vivenciando, volviendo a la emoción que le ha enfermado, resulta difícil que transfiera -en el sentido freudiano- un personaje de su drama al terapeuta. Pero en anatheóresis sí hay también una transferencia, una necesaria transferencia que no es la freudiana.
He explicado ya que la anatheóresis es una terapéutica en la que la empatía enfermo-anatheorólogo juega un papel fundamental. Y es lógico que así sea puesto que es una terapéutica emocional. Así, pues, ya en la primera sesión el paciente debe sentirse en rapport afectivo con el anatheorólogo. O sea, éste debe haber transmitido al paciente los signos no sólo de haberle aceptado, sino también de que va a luchar con él, y más todavía: que está dispuesto a comprender -o sea, a asumir por empatía- todos sus sufrimientos.
Y así es. Esa empatía es una resonancia que permite al anatheorólogo vibrar con la misma nota emocional -positiva o negativa- en que vibra el paciente. Y, así, esa sinfonía -que suele ser una sinfonía dolorosa- la asume el anatheorólogo.
Pero que nadie se asuste. Un anatheorólogo es poco más que el símbolo de ese cordero que asumió los errores del mundo. Y no hay una cruz y unos clavos que taladren la carne del anatheorólogo, aunque sí hay, a veces, noches con pesadillas que no nos pertenecen.
Pero puede ocurrir que por más que el anatheorólogo se empeñe en empatizar con el paciente tal empeño resulte vano. Y esto por la sencilla razón de que puede darse la circunstancia de que el terapeuta proyecte un signo que incida analógicamente en uno de los CATs básicos del paciente. Puede ser el caso de un terapeuta cuyo timbre de voz es análogo al de la persona que ha motivado el CAT que aflige al paciente. Éste, evidentemente, no es consciente de ello, y el terapeuta no puede evitar poseer el timbre de voz que daña a aquél, pero sí puede evitar éste proseguir una terapia que difícilmente llevaría al paciente a su curación. Y esto por la sencilla razón de que en lugar de establecerse el rapport empático necesario entre terapeuta y paciente, éste puede llegar a sentir un autentico rechazo de aquél, lo que a la larga, inevitablemente, llevará a que el terapeuta acabe rechazando también al paciente.
Para consuelo de anatheorólogos indico que esas analogías negativas se dan muy pocas veces. Lo corriente es que si el rechazo llega esto sea por causas que evidencian auténticas negligencias -cuando no falta de ética- en el terapeuta.
¿Hombre o mujer?
No creo que la humanidad deba ser contemplada desde la óptica del sexo. Ni siquiera desde la óptica de las características que se atribuyen a cada uno de los sexos. Y no lo creo porque no creo en definiciones.
Conozco hombres con mucha más sensibilidad de la que se suele atribuir a las mujeres. Y sé -no conozco, sé- que el sexo fuerte no son los hombres, por más que éstos se lo atribuyan cuantas veces se definen a sí mismos. El sexo fuerte son las mujeres. En definitiva, la diferencia entre un hombre y una mujer se reduce a casi sólo un problema de anatomía. Y no es poco, evidentemente. Pero es poco más que eso.
En anatheóresis ese problema del sexo del terapeuta tan sólo deben plantearlo los pacientes. Y, en efecto, éstos, debido a los hechos concretos que han originado sus CATs, o a la sintomatología de esos mismos CATs, exigen a veces que el anatheorólogo sea de uno u otro sexo. Porque lógico es que un hombre aquejado de problemas sexuales cuya raíz está en un complejo de Edipo y que, además, se manifiesta en una impotencia, prefiera un terapeuta hombre a un terapeuta mujer...