En la práctica de la anatheóresis es muy importante no caer en la trampa de la dualidad del HCI. He explicado ya que no hay opuestos. Y añado aquí que nada más nefasto -especialmente para un niño- que esa absurda educación religiosa que impone verdades absolutas y que exige amores absolutamente angélicos.
De la expansión-totalidad a la contracción-yo singularidad
El amor no es dual. No hay una manifestación amor con valor absoluto. Aun cuando cierto es que hay un sentimiento de amor global que parece cercano a lo que intentamos expresar cuando hablamos del amor absoluto. Pero ese amor global, oceánico, de casi total fusión, ¿es acaso el sentimiento de amor auténtico, el que hemos de considerar antonomásico? ¿O hemos de entender que a cada estado perceptivo le corresponde una y distinta forma de expresar el amor?
No olvidemos, como ya he explicado, que el cigoto es una manifestación de condensación. Con el cigoto la conciencia global inicia su materialización, su singularización, su estructuración material y terrena. No nacemos en y al cielo, nacemos en y a la tierra. De ahí que si bien es cierto que el embrión sigue manteniendo un estado oceánico, de experiencia perceptiva global, su ascenso hacia una estructura fetal no es la pérdida de la identidad, sino todo lo contrario: es la toma de conciencia de una identidad que busca su yo. En definitiva, nuestra llegada a este mundo es una manifestación de caída, de descenso. Vamos dejando el reino de la expansión-totalidad para irnos adentrando más y más en el reino de la contracción-yo singularidad.
Verdad es -como ya he indicado- que de no acumular CATs, de evolucionar hacia la singularidad que supone nacer a este mundo -un mundo que en beta percibimos material, denso- sin acumular daños, cierto es que en este caso -y de ser esto posible- este proceso no tendría por qué ser valorado como caída, como degradación. A fin de cuentas, contraponer el Cielo a la Tierra, contraponer el Ascenso al Descenso, contraponer a Jesucristo a Luzbel, es una falsa antinomia. Es simple cambio de focalización perceptiva(l).
Insisto, por tanto, en que en la práctica de la anatheóresis lo que importa es que no caigamos en los conceptos, por elevados que éstos parezcan ser. Y que caigamos todavía menos en su valoración moral. Así pues, todo anatheorólogo deberá desechar las verdades absolutas, que no son sino el resultado de identificaciones con aspectos de uno de los dos extremos de la bipolaridad. Y no importa que esa verdad absoluta sea el amor crístico. Porque a fin de cuentas eso del amor crístico es sólo un concepto. Lo que cuenta es simplemente dar de comer al hambriento. Lo que cuenta es el hecho concreto, no su interpretación por moralmente elevada que ésta sea.
Olvidemos, por tanto, las grandes palabras y tengamos en cuenta, eso sí, que nacer a esta vida es iniciar un arco que se eleva impulsado por la necesaria estructuración de un yo, un arco que al llegar a su cenit inicia un descenso en el que el yo -según sean los CATs que lo configuren- se aferra a sí mismo o empieza a disolverse. Y que en cada uno de los estadios vitales de esa semicircunferencia -semicircunferencia porque desde nuestra perspectiva tan sólo podemos conocer una de las mitades del círculo completo-, en cada uno de sus estadios vitales, repito, la percepción es distinta. Y, así, en EP5 el yo impone un amor singularizado, un amor yoísta -casi siempre egoísta- que en nada puede parecerse al sentimiento global, de totalidad, de EP1 (2).
El gran CAT
La emoción negativa inicial generadora de todos los IATs es el miedo. Un miedo generalizado, de conciencia global, que es sólo miedo a no ser, a ser cazados y comidos. Que ni miedo a la muerte es, porque la muerte es un concepto, algo que no corresponde a ese primer estadio de percepción.
Ahora bien, con ser siempre el miedo a la muerte el simple miedo a dejar de ser esa identidad que va estructurando su yo -o que en EP5 lo ha estructurado ya, lo que equivale a que se ha identificado plenamente con él-, con ser eso y sólo eso, se percibe, no obstante, de muy distintas maneras y con muy distintos matices de acuerdo con el estadio perceptivo en que nos encontremos.
Así, el miedo global a la muerte del primer estadio de percepción será la sensación de que dejamos de existir como individualidad o, para expresarlo de forma más sencilla, será la sensación de que desaparecemos.
En un estadio de percepción segundo o tercero la simbología va poniendo fauces oscuras a ese algo llamado muerte que nos come. Son las fauces oscuras del Hades, ese estómago de ácidos hirvientes, ardientes, infernales, que nos devuelve al caos fecal.
Ya en las postrimerías del tercer estadio de percepción y de forma especial en el cuarto sabemos que el gesto y la palabra fragmenta el miedo global inicial -difuso, quizás onírico- en una constelación múltiple, pero, a la vez, más energética, más beta, más focalizada en cada uno de esos fragmentos. Así, el miedo seguirá siendo miedo a no ser, pero será también miedo a que nos abandonen, y quizás miedo a la oscuridad, y posiblemente también miedo a la autoridad, y es posible que, asimismo, miedo al éxito... De hecho, los múltiples tipos de miedo que podemos sufrir siguen siendo el mismo miedo inicial a la muerte, si bien expresado de distintas maneras, bajo distintos aspectos.
El falso amor de los CATs
Si tenemos en cuenta que las carencias afectivas son causa de los núcleos traumáticos -de los IATs- que van a iniciar el proceso de atracción de otras cargas afectivas analógicas traumáticas hasta formar un CAT, no es difícil conocer qué adultos sufren graves carencias afectivas. Si una persona suficientemente liberada de CATs puede sentirse completa en sí misma y, en consecuencia, puede manifestar su afectividad sin buscar dependencias, dejando que los demás sean como son, la persona con carencias afectivas en los estadios iniciales de percepción, ésa, por el contrario, no puede sobrevivir si sus carencias afectivas no son atendidas por los demás. Y esas exigencias, qué duda cabe, las reclama en nombre del amor. Sólo que ese amor suyo no es amor. Es el falso -por patológico- amor de quien no lo ha tenido, de quien busca tan sólo llenar sus…