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  Las claves de la enfermedad
 
Para un mejor conocimiento del TRATADO TEÓRICO-PRÁCTICO DE ANATHEÓRESIS transcribimos a continuación el inicio de uno de los capítulos del libro.


    
INICIO CAP. 17: LA TÉCNICA DEL PROYECTOR CINEMATOGRÁFICO
En la introducción he indicado ya que el contenido de este libro no es una lucubración más o menos coherente de algo que puede o no ser una realidad. En absoluto, el contenido de este libro es la explicación de un conjunto de experiencias que durante décadas han ido mostrando su eficacia terapéutica. Unas experiencias que -por referirse a la banda de percepción no habitual de nuestra conciencia- resultan muy difíciles de explicar con los fonemas de la banda habitual, que es la de vigilia, la banda de conciencia que ahora me veo obligado a utilizar al escribir. Así pues, aquí, en esta segunda parte del libro, donde estoy exponiendo la práctica de la anatheóresis, debería decir que la mejor forma de comprender esta terapéutica -y por tanto de saber también cómo surgen y se manifiestan las imágenes- es experimentando una sesión -por lo menos una sesión- como paciente. Sólo así se puede comprender en profundidad lo que aquí estoy explicando.
Y dicho ya cuanto antecede -en este mi intento de explicar con palabras lo que no las tiene-, indico que al terminar la IERA el paciente se encuentra en un estado de conciencia en el que no necesita ni debe hacer esfuerzo mental alguno para vivenciar imágenes. El paciente siente y vive la impresión de que en su mente -o en su cerebro, si usted, lector, prefiere este término más mecanicista- se aloja un proyector de cine que actúa por sí mismo. Y debe ser así. En ningún momento el paciente debe forzar las imágenes. Esto supondría perder el estado de conciencia theta que permite vivenciar.

La textura onírica de las imágenes

La impresión es que las primeras imágenes que se vivencian -puede que inicialmente sólo se visualicen- poseen una textura onírica. Y es lógico que así sea -aun cuando el sueño es otra cosa- porque en ambos casos -en IERA y en la ensoñación- nos encontramos en la banda subjetiva de los ritmos lentos.
Esas imágenes, que inicialmente pueden ser simbólicas y nos sugieren el mundo de los sueños, a los pocos minutos -cuando eso ocurre y no son nítidas desde el primer momento-- se han hecho ya claras y energéticas. Así, aun cuando en anatheóresis el paciente nunca pierde la conciencia, no obstante acaba quedando prendido en las imágenes, especialmente cuando la visualización pasa a ser vivenciación y surgen nítidos, emocionalmente estallantes, los hechos concretos que han originado nuestra enfermedad.

Haga cine con anatheóresis

Por otro lado, si utilizo la metáfora de un proyector de cine esto tiene su razón de ser en que, en efecto, el foco que desde nuestro cerebro proyecta a nuestro cerebro las imágenes anatheoréticas puede ser utilizado por el terapeuta cual si fuera un auténtico proyector de cine. O sea, puede ampliar el campo de visión, puede efectuar un zoom, puede iluminar más la escena, puede hacer tomas de una persona o lugar desde distintos ángulos, puede quitar máscaras (l), puede incluso utilizar la técnica de visión extrauterina, etc.
Este proyector, en definitiva, puede hacerlo todo, y lo hace por sí mismo, aunque también el terapeuta puede sugerirlo. No olvidemos que el HCD es el país de las maravillas de Lewis Carroll.

El efecto pantalla espontáneo

Es importante no olvidar que ese proyector -que es la propia mente- suele intentar protegerse mostrando las imágenes como algo que está fuera de nosotros. O sea, como si las estuviéramos viendo en una pantalla, desde el patio de butacas. Intenta, en definitiva, que visualicemos, no que vivenciemos. Para vivenciar es preciso que estemos dentro de la pantalla, integrados -sin pantalla- en la historia que allí acaece.
He explicado ya que el HCI, al objetivar consigue situar fuera de nosotros nuestros sufrimientos. De hecho, todo evidencia que la función básica de ese hemisferio es precisamente eso, distanciarnos de cuanto nos daña. De ahí que su función sea crear un espacio externo, así como crear el tiempo, la interpretación, el concepto... En definitiva, cuanto de una u otra manera nos segrega de nosotros mismos, porque en realidad no hay problema que no sea y no esté en nosotros. Es lógico, por tanto, que cuando en la terapia el paciente vivencia un impacto abreactivo excesivo el HCD recurra de forma espontánea al efecto pantalla. O sea, ceda el paso a una de las formas analgésicas de percibir del HCI. Porque, en definitiva, todas ellas llevan a la objetivación, aun cuando no todas ellas supongan la creación de un dentro y un fuera en el espacio. Así, efecto pantalla es que el paciente se vea virtualmente, o sea, en una pantalla, pero lo es también que se vea fuera del tiempo en que ocurrieron los hechos -el paciente empieza a hablar en pasado-, así como lo es no ver el rostro de una imagen que puede impactarle, o ver una imagen con un rostro distinto al que le corresponde -esto es un desplazamiento analógico-, y lo es también recurrir a los símbolos, o encontrarnos con escenas de una supuesta vida anterior...
Los recursos de la mente para no enfrentarse a una realidad dolorosa son numerosos. He aquí algunos de ellos:

El efecto pantalla inducido

Evidentemente, el efecto pantalla es una resistencia psicológica que el terapeuta tiene que vencer. Pero en otros casos el terapeuta puede utilizar también en beneficio propio ese efecto pantalla (2).
Así, cuando un paciente se resiste a dar un hecho concreto -ese hecho concreto doloroso del que el paciente no tiene recuerdo pero que es un acontecimiento nuclear o casi nuclear y que es, por tanto, el acontecimiento cuya vivenciación puede llevarle a liberarse del CAT que le está enfermando-, en un caso así el anatheorólogo, a fin de vencer esa resistencia, puede sugerir recursos pantalla: llevarle a una vida anterior, sumergirle en el mundo de los símbolos, etc. De esta manera, por un lado, el paciente va entrando en ligeras abreacciones que disipan parte de la energía que impide podamos acceder al núcleo -al hecho concreto más energético- que alimenta el CAT que no conseguimos pueda vivenciar el paciente. Y, por el otro, nos va mostrando ya el paciente -si bien sólo visualizándolo- el hecho concreto que no puede vivenciar o, en el peor de los casos, una proyección analógica de ese hecho concreto altamente doloroso. O sea, altamente patológico. Y, así, debilitado ya el CAT con la disipación de parte de su energía y conociendo ya el paciente las imágenes que no puede vivenciar --o, en el peor de los casos, intuyéndolas ya el anatheorólogo por las proyecciones analógicas que el paciente visualiza- resulta relativamente fácil lograr que el paciente llegue a vivenciar esas imágenes.