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Para un mejor conocimiento
del TRATADO
TEÓRICO-PRÁCTICO DE ANATHEÓRESIS
transcribimos a continuación el inicio de uno de los capítulos
del libro.
INICIO
CAP. 16: LA DIALÉCTICA
ANATHEORÉTICA (DA)
En nuestra cultura de HCI todos creemos saber dialogar. A fin de cuentas nos pasamos el día hablando. Así pues, no es de extrañar que los alumnos -futuros terapeutas- que asisten a los cursos de anatheóresis estén convencidos de que si algo fácil tiene esta terapia es el necesario diálogo a establecer con el paciente.
Craso error. Nada más difícil que establecer un adecuado diálogo anatheorético. Si dialogar -no el simple hablar- es difícil ya cuando se trata de un simple diálogo basado en la sintaxis beta -¿cuántas personas pueden mantener un diálogo socrático?-(1), cuánto más difícil no será si se trata de un diálogo anatheorético, que debe establecerse desde una sintaxis beta a otra theta.
Está claro, por tanto, que la terapia anatheorética comporta un lenguaje que le es propio y lógicamente a ese lenguaje peculiar -como ya he indicado- le corresponde una particular dialéctica.
Aclaro, no obstante, que en anatheóresis la palabra dialéctica está muy lejos de expresar su auténtico sentido etimológico, porque en griego dialéctica significa razonar juntos y si algo hay que hacer en anatheóresis es precisamente no razonar. Así que aceptemos el vocablo dialéctica como expresión de intercambio de información. Si bien en este caso hay que precisar que ese intercambio de información es -como ya he expresado- sumamente peculiar puesto que se establece entre un paciente inducido a ritmos lentos de conciencia y un terapeuta que se mantiene en estado de vigilia, o sea, en el ritmo rápido de conciencia beta. De ahí que la dialéctica de la anatheóresis no resulte fácil a ningún terapeuta.
Por ello, a partir de este capítulo voy a dar valoraciones, orientaciones y estrategias que permitirán a todo futuro anatheorólogo moverse con cierta facilidad por el ámbito, siempre abstruso, de los ritmos lentos de conciencia.
Mantenga en su mente este esquema
Usted sabe que hay una banda de ondas cerebrales bajas -en realidad lentas- que corresponden al HCD y otra banda de ondas altas -en realidad rápidas- que corresponden al HCI y sabe también cuáles son las características de cada una de esas dos bandas, así como conoce también los distintos estadios de percepción, la génesis de los CATs, la estructura topográfica de una biografía oculta, etc. Si tiene todo eso claro, cuando efectúe una terapia le será fácil mantener en su memoria un esquema operativo basado en la metáfora que he dado ya al referirme al mito del Minotauro.
Veamos:
Imagine otra vez que el cerebro es una cinta magnetofónica. Y vuelva a la imagen de que esa cinta magnetofónica está dividida, longitudinalmente, en dos bandas. Y recuerde que la banda inferior de la cinta es la que corresponde a las grabaciones lentas -delta, theta y alfa- en tanto que la banda superior es la que corresponde a las grabaciones rápidas -beta-. O, lo que es lo mismo, la banda inferior es el HCD y la banda superior el HCI. Y no olvide que la topografía de CATs de la banda inferior de esa cinta está -en mayor o menor medida- bloqueada por la banda superior. Así que, en principio y para simplificar, un enfermo es una cinta muy cargada de grabaciones afectivas dolorosas en la banda baja, tantas y de tal intensidad que algunas de ellas han ascendido hasta entrar en la banda alta. Y como la banda alta graba con otra frecuencia, esos picos que le llegan desde abajo son ruidos que la perturban.
De manera que esa cinta -que es el enfermo- llega a su consulta y usted escucha la explicación que le da la banda alta. Naturalmente, la banda alta se explica a su modo -al modo beta-, y como beta no entiende nada de cuanto ocurre en la banda baja esa explicación, que además está afectada por ruidos(2), debe considerarse poco fiable. A lo sumo debe considerarse valiosa en la forma en que ha interpretado los ruidos, o sea, como los manifiesta verbal y somáticamente.
Para mejor entender qué son esos ruidos que perturban el buen funcionamiento de la cinta -de esa cinta que, insisto, es el paciente- el anatheorólogo entra en la banda inferior de la cinta mediante una IERA y establece así un primer diálogo de tanteo. Ese diálogo de tanteo es el test de grandes símbolos (TGS) que más adelante explicaré. Un test que permite al terapeuta tener un mejor conocimiento de esos ruidos que perturban la banda superior de la cinta.
Pero el anatheorólogo sabe que ese test es sólo orientador y sabe también que en ningún momento debe establecer conclusiones previas porque en esa banda inferior de la cinta ocurre, entre otras muchas cosas, que la liberación del ruido más fuerte, doloroso y lastimero -que eso es una catarsis- no corresponde necesariamente a la grabación profunda, en la parte baja de la cinta, que provoca el ruido, sino a esos picos que, si bien forman parte de esa grabación, son sólo eso: picos, simples cumbres, poco más que síntomas, somatizaciones. Pero que por estar dentro de la banda superior de la cinta es lo que se manifiesta más pronto y con más fuerza.
La metáfora que estoy utilizando contiene otros muchos aspectos enriquecedores que el lector irá descubriendo según vaya leyendo los capítulos que siguen, pero aquí, a fin de dar tan sólo un esquema general aprehensible, termino diciendo que, una vez dentro de la banda inferior de la cinta, el anatheorólogo, sesión tras sesión, va escuchando la reproducción de aquellas grabaciones que provocan los ruidos, o sea, de aquellos CATs que provocan la enfermedad. Esto se logra con un cuidado exquisito, porque el terapeuta no sabe cuáles son y, además, esa banda es un laberinto cuyo camino tan sólo conoce la propia banda inferior de la cinta. Y esa banda inferior opone resistencia a ofrecer sus grabaciones, de ahí que el terapeuta deba abrirse camino mediante un diálogo que tiene mucho del arte de la lidia, porque encontrado el Minotauro puede ocurrir que la misma banda inferior -que no olvidemos es el propio paciente dentro de sus propios daños afectivos- muestre su pánico no queriendo torear o prefiera darle la espalda al Minotauro, que es lo que ha estado haciendo durante muchos años, de ahí que ahora esté lleno de ruidos. El diálogo-lidia del terapeuta debe ser, por tanto, sumamente sutil. Y, así, sesión tras sesión -que no suelen ser muchas- el terapeuta va dirigiendo una lidia que hace posible al paciente que vaya lanceando al Minotauro -que vaya disolviendo CATs- mediante un constante acarreo de material de la banda inferior a la banda superior para que en ésta se disuelva. Pero es importante recordar aquí que, como ya he explicado, esa disolución, que es comprensión, no es simple comprensión beta. Es la comprensión que alcanzamos cuando las dos bandas de la cinta están comunicándose armónicamente. Es una comprensión luminosa que nos permite no sólo saber -para eso nos bastaría beta-, sino ser ese conocimiento, haberlo metabolizado. Comprender es transubstanciar. Y eso, en anatheóresis, lo hace la propia naturaleza.
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