INICIO
  Las claves de la enfermedad
 
Para un mejor conocimiento del TRATADO TEÓRICO-PRÁCTICO DE ANATHEÓRESIS transcribimos a continuación el inicio de uno de los capítulos del libro.


    
INICIO CAP. 13: ANATHEÓRESIS ES
  COMUNICACIÓN
No insistiré en las formulaciones hasta aquí expuestas en torno a los fundamentos teóricos de la anatheóresis, aquí tan sólo añado que resulta evidente que son formulaciones que pertenecen a un paradigma muy distinto del de la ciencia académica e, incluso, del de la medicina no alopática.
Y queda claro que la primera gran distinción es que la anatheóresis no se apoya en uno u otro hemisferio cerebral. La anatheóresis es una ciencia de ambos hemisferios. Y no sólo es una ciencia de los dos hemisferios, sino que en ningún momento confunde las percepciones que a cada uno corresponden.
Así, no se limita a ser una ciencia reduccionista, incapaz de aceptar otra percepción que la del HCI. Ni limita tampoco su terapéutica a agredir y destruir un supuesto enemigo que es sólo manifestación externa, sintomatología.
Pero, además y sobre todo, no cae en el absurdo de intentar resolver una enfermedad -cuyas raíces están siempre en el HCI- estableciendo un diálogo -habitualmente bélico- de interpretaciones que no puede ir más allá del HCI (1).
Anatheóresis es siempre diálogo, nunca confrontación. La anatheóresis no bombardea gérmenes patógenos, entre otras razones porque esos gérmenes también son nosotros y, además, si se muestran agresivos eso es debido a que nosotros, emocionalmente, les hemos hostigado (2). De manera que en anatheóresis no se mata a nadie. Por el contrario, anatheóresis es comprensión, auténtica comprensión, la comprensión en profundidad que tan sólo puede proporcionar la vivenciación, nunca el recuerdo. Si queremos disolver un CAT inevitablemente debemos comprender qué ocurrió para que ese CAT se originara y potenciara. Y esa comprensión no podemos obtenerla agrediéndole con fármacos ni intoxicando su mensaje con la interpretación, tan sólo podemos disolverlo volviendo al acto que fue origen del CAT y, ya en él, volver a vivir el impacto inicial en plenitud, pero esta vez con el hilo de Ariadna en la mano a fin de que al comprenderlo -y comprender es aceptar- su espoleta de desactive.
Cierto es que al igual que un brazo escayolado durante semanas necesita luego una rehabilitación, también el flujo energético que embalsaba ese CAT desactivado -y, en consecuencia, disuelto- debe ser objeto de una conversión de vectores patológicos (CVP) que devuelva al río energético la fluidez que había perdido.
El HCD, que no necesita finalidades para justificarse, sabe muy bien que todo acontecimiento tiene su razón de ser en el mismo acontecimiento. Así, sabe que la Vida se explica por sí misma y que, por tanto, la Vida tiene su máxima ley en seguir viviendo. Hasta tal punto que el único empeño de la Vida es que ninguno de los ríos de su flujo energético se detenga o pierda su cauce. Si una u otra cosa ocurre, eso es enfermedad (3). Y la Vida entonces intenta equilibrar de nuevo, armonizar otra vez, ese flujo vital. Y este esfuerzo por compensar, por equilibrar, por armonizar, que es un proceso de curación -aunque no necesariamente de curación por sí mismo- lo consideramos enfermedad porque provoca sufrimiento. Y nuestra respuesta es oponernos al sufrimiento, golpearlo, intentar alejarlo, con lo que alejamos el mensaje de su posible curación y agravamos la enfermedad. Porque la Vida, que quiere vivir, y quiere vivir armonizada, feliz, no crucificada, si no escuchamos su mensaje nos lo repite una y otra vez, en forma de distintas y cada vez más graves somatizaciones. Es su forma de hablar a nuestra sordera con cada vez más intensidad de voz, hasta llegar a la desarmonía definitiva del grito, que es la muerte. La anatheóresis, por el contrario, escucha a la Vida y, porque la escucha, sabe que es preciso rearmonizar, que no basta con compensar, que compensar es sólo un arreglo, algo no adecuado. La anatheóresis hunde su comprensión hasta las raíces de toda descompensación y, aceptando y facilitando el diálogo, ayuda a restablecer la armonía vital. No abre nuevos cauces compensatorios al flujo vital ni crea nuevos embalses energéticos a fin de equilibrar los que nos están enfermando. La anatheóresis sabe que esas serían soluciones espurias, por eso devuelve al río energético su armonía, su cauce originario.