| Las claves de la enfermedad | ||||||
Una línea, o sea, una dimensión: longitud. En un extremo surge la Vida. Y la Vida discurre hacia el futuro dejando un pasado, hasta que llega al otro extremo y desaparece en la Nada, en la No Vida, en la Muerte. Así es nuestra ciencia de adultos, una ciencia reduccionista que acepta como Real lo que es sólo una forma de ver la Realidad. Y esta forma dual nos dice -en contra de todo sentimiento, que anhela vivir eternamente- que sólo hay un punto inicial Vida y otro punto final Muerte. Y la línea en cuyos extremos están esos dos puntos puede prolongarse cuanto se quiera, pero esos dos puntos nunca se encontrarán. Así que nacemos y, al final, nos pudrimos. Y esto es todo. ¿Pero es así? ¿Sólo así? ¿No hay otra forma de razonar? Claro que la hay. Y más ajustada a nuestra realidad espacial. Porque nuestra realidad espacial, la de todo cuanto existe en nuestro mundo, no es una realidad de una sola dimensión, sino que todo tiene tres dimensiones. Todo es largo, ancho y alto. Así que lo lógico sería que nuestro pensamiento se estructurara teniendo en cuenta esas tres dimensiones. ¿Y qué ocurriría entonces? Para facilitar la comprensión de lo que ocurriría supongamos un mundo de dos dimensiones: largo y ancho, o sea, una superficie que puede ser un círculo. Y vean:
La Vida no recorre ya la línea unidimensional del diámetro, sino la de dos dimensiones de la circunferencia y en ese recorrido se va degradando hasta alcanzar la muerte entrópica. Pero en este caso no hay ya un punto final, no hay ya el vacío definitivo de la Muerte, sino que la circunferencia de la Vida sigue, y al entrar en ese punto llamado Muerte lo que ocurre es que entra en una fase de neguentropía. O sea, la Vida ha pasado de un mundo material dinámico -esto que ahora entendemos es la Vida- a la quietud, a lo que ahora entendemos es la Muerte, o sea, a la igualación entrópica, para iniciar, sin interrupción alguna, el recorrido inverso que nos lleva esta vez de la quietud energética -Muerte- al dinamismo físico: Vida. Tendríamos, por tanto, una vida circular con eterno retorno; tendríamos reencarnación, solo que cada círculo vital se compondría de dos medios: uno material, denso -nuestro mundo físico- y otro más energético, más sutil -¿el llamado mundo espiritual?-. Y nuestra estructura se modificaría de acuerdo con el medio. Ahora bien, si a esas dos dimensiones de una superficie le añadimos la necesaria tercera dimensión, la altura, el decurso Vida-Muerte pasa a ser helicoidal. Es el Eterno Retorno, cuyos ciclos vitales pasan a ser en ese caso un ascenso o un descenso. Si es que puede hablarse de ascenso y descenso en un universo esférico. Digamos mejor que la Vida, unas veces material -o más densa- y otras veces espiritual -o menos densa-, recorre una y otra vez un camino circular con eterno retorno, pero que ese camino circular con ser siempre eso, circular, no recorre siempre el mismo camino. ¿Podemos decir que vamos explorando la esfera, recorriendo todos los caminos del Cosmos, de la Vida, del Conocimiento, en un constante devenir de vidas? Ante este razonamiento tridimensional es posible que algún lector con anhelo de vida eterna opine que acabo de demostrar la existencia cierta de vidas pasadas y futuras. Pero nada más lejos de la realidad. A lo sumo he mostrado -no demostrado- que los actuales planteamientos en torno a la supervivencia y a la reencarnación son muy simplistas. Y he mostrado también, al tiempo, que la anatheóresis es una terapia que comporta una forma más clara de sentir y razonar. Y que al igual que no debemos aceptar sin más el anhelo de vida del HCD, tampoco debemos aceptar sin más el reduccionismo científico de nuestro HCI. Que debemos aceptar ese reduccionismo simplemente como lo que es, como una forma más de percibir la Realidad. O sea, de percibir una realidad que no es la Realidad. Y, si no, sigamos. El estado beta -esto lo he explicado ya- es segregador. Así, si yo trazo una línea recta en esta página, la página queda dividida en dos: surgen un lado y otro lado en la página. Y si trazo dos líneas rectas paralelas, la página queda dividida en tres partes. Y, así, puedo ir troceando la página y convertir lo que era uno en dos, en tres, en cuatro... Y puedo hacer lo mismo trazando semicircunferencias, con lo que tendré divisiones más complejas, puesto que los lados serán ya distintos: unos cóncavos y los otros convexos. Y puedo trazar circunferencias y circunscribir en ellas otras circunferencias... Este es el juego del HCI, un hemisferio cerebral que puede referirse a mi hígado como algo independiente, con vida propia, cuando la realidad es que ni el hígado puede vivir sin la totalidad de mi cuerpo, ni la totalidad de mi cuerpo puede vivir sin hígado. Pues bien, conocida ya la capacidad de segregación del hemisferio beta, supongamos ahora una raya que divide una línea y supongamos también que esa raya es la memoria. En este caso con esa línea que es la memoria acabo de crear el tiempo. Porque en un momento dado -al igual que una raya divide una línea en dos- la memoria deja atrás y llama pasado a lo que mantiene dentro de su conciencia como recuerdo, y llama futuro lo que todavía no ha entrado en su conciencia y que, por tanto, es algo que todavía no ha convertido en recuerdo. O sea, hay una muerte -aunque viva en la conciencia gracias a la memoria- llamada pasado y hay una vida -todavía no vivida, no concienciada- llamada futuro. Y por este mismo mecanismo toda rotura en nuestra vida comporta una pequeña muerte. Por ejemplo, antes y después de nuestra adolescencia, antes y después de la desaparición de un ser querido, antes y después de un cambio en la forma de enfocar la vida. Estas y otras, muchas más, como el dormir y el estar despierto, son muertes, pero muertes pequeñas porque guardamos memoria -aun cuando sólo sea parcial- de acontecimientos que corresponden al pasado, a lo que dejamos detrás de cada una de las rayas que va dividiendo nuestra vida. De lo que aún entendemos como Vida -no vidas- porque el recuerdo mantiene una percepción que, aun siendo parcial, es unitaria. Pero hay muertes grandes y esas muertes son aquello de lo que, por un lado, no guardamos recuerdo y, por el otro, percibimos como pasado. Así, muerte grande es -como ya hemos visto- dejar el mundo intrauterino, porque es algo que ya ha ocurrido -o sea, que vemos desde el futuro y, por tanto, es algo que ya no nos puede ocurrir- y porque al nacer perdemos todo recuerdo de nuestra vida en el claustro materno. Y muerte grande es también, por las mismas razones, dejar encerrado en el olvido, sin memoria -como ocurre a veces- el mundo theta de la vida perinatal. Pero hay una muerte más terrible, una muerte definitiva, eso que llamamos Muerte porque es algo que situamos en el futuro, que todavía no nos ha ocurrido y de lo que no podemos tener conciencia previa. Una muerte que, por otro lado, no se distingue de las otras muertes grandes salvo en su situación en el tiempo, porque el feto antes de nacer también debió ver como muerte definitiva su nacimiento, puesto que nacer era un futuro, un futuro del que nada podía conocer previamente, salvo, como nosotros ahora de la Muerte, signos e intuiciones, pero signos e intuiciones que no nos aportan certeza. Indudablemente, esa imposibilidad de concienciar plenamente un lugar y tiempo más allá del lugar y tiempo en que un cuerpo se pudre, de análoga manera a como un hermano gemelo nacido en segundo lugar ve desaparecer a su hermano sin saber a dónde va, es tan terriblemente doloroso que no es de extrañar sean tantas las personas que buscan el consuelo de una terapia regresiva a vidas anteriores. Porque aceptar como cierta esa regresión a vidas anteriores es tanto como ver nuestra muerte actual desde una vida posterior. Es entender que si hay rayas que en el pasado han ido seccionándonos en vidas, esto equivale a que las rayas siguen, que nos esperan nuevos segmentos de vida. Y, así, la Muerte deja de ser una muerte definitiva, la Muerte, a lo sumo, pasa a ser una muerte grande. Y no nos damos cuenta de que esa forma de procesar la información, esa forma de proyectar el pasado conocido a un futuro por conocer, es tan solo la forma dual en que percibe el HCI. Así que este razonamiento tampoco nos sirve, porque sabemos ya que el tiempo -esas rayas que dividen líneas- tan sólo existe en el HCI. De manera que si queremos razonar con más amplitud en torno a la posible supervivencia de la vida -de una supervivencia en la que nuestra vida sigue siendo el yo que ahora somos- entonces debemos entender que toda vida anterior y posterior forma parte de nuestra vida actual, de la de ahora -sin tiempo ni rayas divisorias-, una vida que se compondría de nuestras vidas de antes, de la de ahora y de las futuras, o sea, una sola extensión, un presente sin fin. Pero, ¿es así? ¿O prefiere, lector, que sigamos razonando? Aunque... ¿para qué? El sentimiento de supervivencia forma parte de la fenomenología perceptiva del HCI, de ahí que ningún razonamiento puede probarnos su veracidad o no veracidad, de la misma manera que todas las teologías jamás podrán explicarnos eso que llamamos Dios. En este punto nos encontramos, por tanto, con que tenemos que volver al principio, a los estados regresivos, no a la creencia en la reencarnación que da por cierto lo no probado, sino a las experiencias regresivas para intentar un acercamiento a la veracidad o no de vidas pasadas y futuras, al margen de que se entiendan así o como una sola vida con un presente eterno, sólo que vividas como segmentos de vida debido a la desmemoria que supondría el paso de una vida a otra. Una aclaración: Es posible que usted, lector, se pregunte el porqué de mi digresión en torno a un intento de razonar la existencia o no de vidas anteriores. Una digresión, por otro lado, aparentemente innecesaria puesto que vuelvo al principio de este capítulo, o sea, a retomar las experiencias regresivas como posible vía explicativa de esas otras posibles vidas. La razón es que he comprobado una generalizada tendencia en nuestra cultura a aceptar cuantas explicaciones se dan en torno a la existencia de vidas anteriores, así como a considerar toda experiencia anatheorética de vida anterior como demostración de la veracidad de las mismas. De ahí que me haya extendido en razonamientos que nada prueban -los razonamientos nunca prueban nada por sí mismos- para volver ahora a la vía experimental de los ritmos lentos que es, en definitiva, la que aquí importa. Aclarado cuanto antecede, que no es, sino, una vez más una muestra de la necesidad de tener en todo momento presente que no podemos probar la realidad de un determinado estado de conciencia con las leyes perceptivas de otro estado de conciencia, porque cada estado de conciencia tiene sus propias leyes y ninguna de esas leyes es la Ley, aclarado esto vuelvo a la única forma en que podemos vislumbrar la realidad o no de vidas anteriores. La vía son los estados lentos de conciencia, o sea, los estados regresivos, que son los que nos han llevado al conocimiento de supuestos o reales casos de vidas anteriores. De manera que debemos volver a las experiencias en estados regresivos para, así, obtener un material que luego utilizaremos como elemento probatorio de si ese material responde o no a una realidad. Y esto es lo que hemos hecho algunos investigadores (3). En lo que a mí respecta, imposible dar aquí a los futuros terapeutas de mi técnica anatheorética cuantas objeciones podría aportar alertándoles en contra de la utilización clínica de las vidas anteriores, siempre, naturalmente, que las utilicen considerándolas verdaderas. Y eso porque las objeciones son tantas que resulta imposible extenderme en ellas, así que me limitaré a exponer cuanto, en torno a vidas anteriores, he comprobado tras mis muchos años de investigación y de práctica clínica. Aclaro que en anatheóresis la objeción tantas veces planteada -y tan justificadamente planteada- de que es el terapeuta quien, al utilizar la hipnosis profunda, lleva al paciente -en hipnosis- a aceptar como vida anterior lo que está narrando, es una objeción no válida, porque en anatheóresis no hay hipnosis profunda, sino un estado de relajación theta -el estado IERA- en el que el paciente es consciente de cuanto dice, sólo que no dice necesariamente lo que opina es verdad en beta. O lo que en beta necesita creer es verdad a fin de compensar sus miedos. Vuelvo a mis conclusiones: Al efectuar una regresión a un tiempo anterior a la vida actual lo corriente es que el paciente me narre una historia que reproduce -con imágenes analógicas- las emociones de los hechos concretos que en esta vida han sido causa de sus CATs. Lo corriente, por tanto, es que las vidas anteriores sean sólo la traducción en símbolos del daño real, un daño real que hemos sufrido en nuestra vida actual. Y esto es algo que -como veremos en los capítulos dedicados a la práctica de la anatheóresis- puede sernos muy útil al efectuar una terapia. Debo destacar que esas imágenes analógicas -al igual que ocurre con el ensueño- son una protección al tiempo que proporcionan una cierta liberación al yo. Porque de la misma manera que el ensueño burla la aduana de la frontera beta con su lenguaje simbólico, que beta desconoce, de la misma manera también las imágenes simbólicas -y por tanto analógicas- de una supuesta vida anterior nos muestran contenidos traumáticos que el paciente se resiste a revelar, aun estando inducido a ritmos bajos de conciencia. Así, una niña que ha sido violada por su padre se resistirá, por un lado, a revelar ese hecho que, probablemente, habrá quedado enterrado en la banda theta, pero, por el otro, puesto que la naturaleza busca siempre el equilibrio psíquico, aprovechará esa supuesta vida anterior para liberar este CAT en forma simbólica. Es de destacar que, como sabemos ya, el HCD no es cuantitativo, de ahí que todo terapeuta al valorar en el paciente un CAT no debe hacerlo bajo el punto de vista jerárquico que nos dicta el HCI. Así, una violación puede no ser tan traumática para una niña como que su madre le prohibiera jugar con su muñeca preferida. En el HCD no cuentan los juicios de valor, sino -como ya he explicado- las intensidades afectivas. Aun cuando sí es cierto que los juicios de valor -en las épocas ya postverbales- van prefigurando y dando intensidad a los CATs. Debido esto a las imposiciones beta de la cultura adulta. En anatheóresis la experiencia me dice que toda historia de vida anterior es: o bien una analogía muy concreta de un daño real ocurrido al paciente en esta vida, o bien una proyección generalizada y dramatizada -una especie de mitología personal- de la afectividad enferma y dolorida que aqueja al paciente. Lo que ocurre es que los terapeutas reencarnacionistas, por el simple hecho de basar su terapia en la creencia de que los daños proceden siempre de vidas anteriores, llevan al paciente sólo y directamente -así como mediante órdenes en hipnosis profunda- a vidas anteriores. Naturalmente, se encuentran con dramatizaciones analógicas que responden -simbólicamente- al daño real. Pero ellos no buscan el daño ocurrido en esta vida que esas analogías reencarnacionistas enmascaran. Por el contrario, dan a esas analogías el carácter de hechos reales, sólo que ocurridos en otras vidas. Y así creen haber resuelto un CAT cuando lo único que han hecho ha sido atrapar una sombra. No han sido pocos los pacientes que han llegado a mi consulta tras una terapia reencarnacionista. Naturalmente, de acuerdo con lo que había vivenciado o simplemente visualizado en la terapia reencarnacionista, creían saber qué había ocurrido en una de sus vidas anteriores para que ahora, en esta vida, hubieran enfermado. Sólo que, a pesar de saberlo -eso creían porque así lo habían visualizado o vivenciado y, además, el terapeuta lo había dado por cierto-(4), a pesar de ello seguían con sus dolencias. Lógicamente, en este caso -aunque en torno a esto me extenderé al explicar la práctica de la anatheóresis- hay que llevar de nuevo al paciente a esas vidas anteriores y, utilizando las analogías de esas vidas anteriores, buscar los hechos ocurridos en esta vida, en la actual, hechos que esas analogías están camuflando. He comprobado que una vez disipados los CATs que enfermaban a un paciente éste suele dar vidas anteriores con contenidos emocionales cercanos a los de la conciencia global. O sea, la historia que narran es más mitológica, más propia de un inconsciente colectivo. Y en el caso de que sigan dando narraciones analógicas cercanas a la fonética beta, un hecho es cierto: si se les vuelve a llevar a una vida anterior que ya han narrado, el texto que dan ya no es el mismo. Lo que prueba -aconsejo al lector que lea la Nota del Capítulo 18- que la emoción ha cambiado y, en consecuencia, ha cambiado también la explicación de la vida anterior que entonces la emoción le había dictado. Lo malo de la terapia reencarnacionista es que sus terapeutas suelen rastrear las vidas anteriores sólo una vez. Y si la rastrean dos o más veces, lo hacen sin haber antes resuelto los CATs del paciente, con lo que la historia que dan sigue siendo similar a la anterior. Sólo similar, porque el paciente en estos casos siempre cambia matices. Eso que los reencarnacionistas consideran nuevos datos. Puedo afirmar que conozco la bibliografía de los rastreadores serios de vidas anteriores. Sé, por tanto, que las vidas anteriores -o esa vida única, continuada y quizás eterna que he postulado como hipótesis- muestran a veces signos de credibilidad, pero sé también que, por el solo hecho de que el hemisferio derecho no conoce el tiempo y es con este cerebro derecho con el que percibimos las vidas anteriores, sé que resulta difícil llegar a discernir si me duele en esta vida el cuello porque en una vida anterior fui ahorcado o si vivencia que en una vida anterior fui ahorcado porque ahora, en esta vida, me está doliendo el cuello. Aunque puedo afirmar que lo corriente, por demostrable, es esto último. En todo caso, la anatheóresis no tiene como finalidad demostrar la veracidad o no veracidad de la supervivencia en cualquiera de sus formas, la anatheóresis es aquí, en este libro, una terapia y, como terapia, sí puedo afirmar que las vidas anteriores utilizadas como estrategia -esto lo veremos en los capítulos dedicados a la práctica de la anatheóresis- es sumamente valiosa. Pero, en cambio, opino que puede ser nefasta cuando la terapia regresiva se basa en ella y sólo en ella como es el caso de la terapia reencarnacionista (5). |
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