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  Las claves de la enfermedad
 
Para un mejor conocimiento del TRATADO TEÓRICO-PRÁCTICO DE ANATHEÓRESIS transcribimos a continuación el inicio de uno de los capítulos del libro.


    
INICIO CAP. 10: EL MITO DEL MINOTAURO
Casi todos los relatos mitológicos poseen varias versiones. Y es un hecho que la más antigua de esas versiones resulta ser siempre la que mejor expresa la realidad sensorial que los símbolos quieren mostrar. Así que, yendo a la más antigua de las versiones conocidas, explico que el mito del Minotauro se inició en Tiro, ciudad de la que era rey Agenor, hijo del olímpico Poseidón y de la mortal Libia. Y añade la mitología que Agenor desposó a Telefasa y que de esta unión nació Europa, una doncella especialmente hermosa y pura de la que se enamoró -y se enamoró locamente- el propio Zeus.
De manera que el dios, dispuesto a rendir a Europa, se transformó en un toro de blancura inmaculada, en un toro destaca el mito: "blanco cual la nieve y cuyos cuernos eran como la luna en creciente". Y ese hermoso toro -el toro-Zeus- se mostró ante la doncella Europa que jugaba en la arena de una playa de Tiro y mansamente se tumbó a sus pies. Europa, en un principio asustada, acabó por cabalgar al toro que, al tener a tan preciosa carga sobre su lomo, se dirigió rápidamente en dirección al mar y lo cruzó, llegando, así, a Creta, donde -en Gortina, cerca de un manantial y bajo un plátano- se unió a ella. Por cierto que desde entonces, y por designio de Zeus, los plátanos no pierden ya sus hojas.
De esa unión nacieron tres hijos. Y uno de ellos fue Minos, que reinó en Creta a la muerte de Asterión. Pero, para subir al trono de Creta, Minos tuvo antes que convencer a uno de sus dos hermanos -al otro le había desterrado- de que el elegido había sido él. Para ello pidió a Poseidón -dios del mar- que le mandara un toro. Recibir ese toro del dios era la prueba de que el Olimpo aprobaba su reinado. Y, en efecto, Poseidón mandó el toro, "un toro de blancura deslumbrante" destinado a ser sacrificado. Lo que Minos no hizo, porque el toro era tan hermoso y su fuerza era tal que el rey de Creta, admirado, decidió mandarlo al cuidador de sus rebaños para que lo utilizara como reproductor. Al saberlo, Poseidón, a fin de castigar a Minos, no sólo convirtió el manso toro en un peligroso animal, sino que hizo que Pasifae, esposa de Minos, se enamorara del toro y se uniera a él. Y fue de esa unión que surgió el Minotauro. Un monstruo con cuerpo de hombre y cabeza de toro. Un monstruo tan peligroso y, al tiempo, de tan alta estirpe que Minos tuvo que encerrarlo en un palacio. Pero en un palacio cuya construcción encargó a Dédalo. Y éste, que había sido iniciado por la olímpica Atenea en todas las invenciones del arte y de la industria, erigió un palacio en forma de laberinto -El Laberinto de Cnosos, cuyas ruinas todavía pueden verse- del que nadie, tampoco el Minotauro, podía escapar. Del que, por cierto, se escapó Dédalo más tarde, porque Minos le encerró -con su hijo Ícaro- en El Laberinto al conocer que había ayudado a Pasifae a aparearse con el Minotauro. Y de todos es conocida la historia de esa fuga.
Dédalo construyó unas alas para él y otras para su hijo. Unas alas cuyas plumas unió con hilos y cera. Y al disponerse a remontar el vuelo para huir, Dédalo, siempre sabio, dijo a su hijo que no elevara excesivamente el vuelo, porque si lo hacía y se acercaba al sol el calor derretiría la cera de sus alas. Y eso sucedió. Ambos elevaron el vuelo y Dédalo, en todo momento planeando, salvó su vida, pero su hijo, inexperto, exaltado por el júbilo de su ascensión, se acercó al sol y éste derritió la cera que unía las plumas de sus alas. Ícaro, sin alas, cayó al mar, donde se ahogó.
Volviendo al Minotauro, éste, aun encerrado en El Laberinto, seguía siendo un peligro que había que conjurar. De manera que, para apaciguarlo, cada nueve años Minos exigía de sus sometidos súbditos atenienses catorce púberes vírgenes -siete varones y siete hembras- para que el monstruo los devorara. Así que, pasados los años, llegó la tercera demanda de púberes vírgenes por parte de Minos y esta vez Teseo fue con ellos para intentar acabar con el toro de Minos: el Minotauro.
Teseo, al igual que Minos, era hijo de un olímpico -en el caso de Teseo del olímpico Poseidón- y de una mortal: Etra. Y ocurrió que cuando Teseo tenía siete años, encontrándose en Trecén, entró con unos amigos en una sala en la que se encontraba cenando Herakles. Éste se había quitado la piel de león con que se cubría y la había dejado sobre una silla. Así que al entrar Teseo con sus amigos, en la penumbra confundieron la piel con un león vivo, amenazante, y todos los amigos de Teseo salieron corriendo, chillando, asustados, sólo él fue hacia un hacha que había sobre un montón de leña y, cogiéndola, avanzó hacia el supuesto león dispuesto a abatirlo.
Teseo, como Herakles, cubrió también un periplo mitológico de sobrehumanos trabajos. Y entre ellos estuvo el de liberar a los púberes que debían ser devorados por el Minotauro. De manera que Teseo llegó a Creta acompañando a las futuras víctimas. Y con ellas fue encerrado en El Laberinto. Sólo que antes había ocurrido que Ariadna, hija de Minos, se había enamorado de él. Así que, sabiendo ella que por sí mismo nadie podía salir de El Laberinto, pidió ayuda a Dédalo, y éste dio a Ariadna un ovillo de mágico hilo, diciéndole: "Entrégaselo a Teseo y dile que abra la puerta de entrada a El Laberinto, pero que antes ate el cabo suelto del ovillo al dintel. Y que nada tema porque el ovillo, por sí mismo, rodará por el suelo y, tras recorrer tortuosos caminos llenos de recodos, llegará al escondrijo donde se encuentra el Minotauro. Le deberá sorprender cuando duerma, momento en que le agarrará por los cabellos. De esta manera el Minotauro se le someterá y Teseo podrá sacarlo a la luz. Y dile a Teseo que no se preocupe al ir a salir. Será suficiente con que vaya recogiendo hilo y, de esta forma, irá desandando el camino y llegará a la puerta por la que habrá entrado". Y, en efecto, así fue en la versión antigua. Teseo al encontrarse ante el Minotauro no le combatió ni le mató. Por el contrario, el Minotauro, adormilado, al verle se le sometió. No porque fuera Teseo, y tampoco por el solo hecho de que éste, siguiendo los consejos de Dédalo, le tuviera agarrado por la cabellera, sino especialmente porque Teseo, gracias a su hilo mágico -luminoso y de color dorado según algunos autores- era el único que podía liberarlo, era el único que podía llevarlo a la superficie, a la luz.
Así que dice el más antiguo mito del Minotauro que Teseo llegó a Atenas y mostró el Minotauro liberado, pacífico, entre el clamor de júbilo de la multitud. Y así debe entenderse porque así quedó grabada la victoria de Teseo sobre el Minotauro en un friso esculpido en Amicle.
Pero este mito tiene un final aparentemente sorprendente. Teseo había prometido corresponder al amor de Ariadna desposándose con ella una vez sometido el Minotauro. Y, en efecto, tras salvarse y salvar a los catorce púberes, al huir de Creta -a escondidas y por la noche- Teseo se fue acompañado de Ariadna. Y tuvieron sus nupcias carnales en la nave en que huían, pero antes del amanecer Teseo mostró el deseo de descansar en tierra. Por lo que desembarcaron en la isla de Dia, actualmente isla de Naxos. Al amanecer, Ariadna despertó y vio, afligida, que Teseo la había abandonado en la isla.
La versión más antigua de ese mito dice que Teseo aquella noche vio a Dionisio en sueños y que, en el transcurso de esos sueños, Dionisio, amenazante, le exigió le entregara a Ariadna. Poco antes de la aurora, al despertar, Teseo entrevió la flota de Dionisio avanzar en dirección a la isla, de manera que, presa de terror, al parecer en todo momento hechizado por Dionisio, huyó olvidando la promesa que había hecho a Ariadna.
Dionisio recogió a Ariadna en la isla y se casó con ella. Al desposarla, Dionisio colocó sobre la cabeza de Ariadna la corona de Tetis -hecha por el olímpico Efestos con oro color fuego y joyas rojas de la India colocadas en forma de rosas-, Y esa misma corona, más adelante, fue puesta entre los astros por Dionisio, formando la Corona Boreal.

Antes de iniciar la exégesis del mito del Minotauro creo necesario explicar por qué he insistido en la afirmación de que estaba dando la versión más antigua conocida del mito que recoge el, a no dudar, más importante de los trabajos atribuidos a Teseo.
Para eso lo primero será recordar que los mitos son nuestra forma de expresión más temprana. Evidentemente, a cada humano como singularidad y a la humanidad toda como colectividad, la simbología mítica nos llega desde los estratos más profundos y universales de la psique. Es la forma de manifestar la verdad sentida que más se acerca a la Realidad -así, con mayúscula-. Y es lógico que así sea porque la mitología -como ya he indicado- no forma parte de un sistema conceptual, sino de un sistema vital. Es decir, tiene su reino -como sabemos- en los estratos psíquicos más profundos. Los mitos emergen desde el centro mismo de la conciencia global. Por eso no importa indagar si un mito corresponde o no a un hecho real, histórico. El mito es siempre real porque conforma cuanto acaece. Su realidad, en definitiva, es más real -se acerca más a la Realidad- que la realidad histórica. De la misma manera que el molde es siempre más real que lo moldeado (1).
Y dada la explicación que antecede puedo ya exponer que si me inclino siempre por las versiones históricamente más antiguas de cualquier mito, esto es porque esas son las más genuinas. Son las que los humanos ilustrados utilizaron en épocas posteriores como soporte de nuevas versiones, nuevas y adulteradas versiones porque esos humanos ilustrados fueron intentando ajustar los mitos prístinos a las razones del cada vez más poderoso hemisferio beta. Indagar en los relatos mitológicos más antiguos es como retroceder ontogenéticamente en el lenguaje del bebé, es llegar a las primeras impresiones -que en este caso son también expresiones- de un embrión recién engendrado.
Y aclarada la importancia de los mitos primigenios, de los mitos no adulterados -o menos adulterados-, ¿qué intenta decirnos el mito del Minotauro?

Ante todo obsérvese que dos de los protagonistas básicos de este mito son, uno, Minos, hijo de Zeus, y el otro Teseo, hijo de Poseidón, dos dioses olímpicos que simbolizan el fuego, la luz, el primero, y el mar, las oscuras profundidades abisales generadoras de vida, el segundo. O sea, los dos hemisferios cerebrales.
Y téngase en cuenta también que tanto Telefasa como Ariadna son símbolos de luz estelar. Telefasa significa "la que brilla de lejos" y también ella, al igual que Ariadna, fue elevada al rango de constelación celeste.
Y no olvidemos que, si exceptuamos a los humanos, el máximo protagonista del mito es el toro, pero el toro blanco. Y el mito destaca ese aspecto, así como, en el caso del toro-Zeus, la forma de luna creciente de su cornamenta. Símbolos fácilmente identificables puesto que el toro negro, el del cielo inferior, el lunar, el que no posee luz propia, dio cronológicamente paso al toro blanco, al mismo toro lunar pero ya ascendido a la cumbre olímpica de los dioses solares.
Y obsérvese finalmente que ese ascenso desde la oscuridad del Hades hasta la luminosidad de la superficie terrestre alumbrada por el sol, es, por un lado, el paso de los dioses nocturnos lunares a los dioses solares, y, por el otro, es la historia de la filogénesis de la vida: el paso de una vida primitiva, sumergida y subterránea, a la vida visual, solar, de la superficie. Y es, en el mismo sentido filogenético -y también ontogenético, porque la ontogénesis, como ya he indicado, es un resumen de la filogénesis- el ascenso de la frecuencia de los ritmos cerebrales lentos a la frecuencia del ritmo alto de conciencia. O sea, el devenir del ritmo delta a theta, de éstos a alfa y finalmente a beta.
Se hace claro, por tanto, que los CATs, esa topografía energética sumergida por debajo de la línea de flotación del HCI, haya pasado a ser lo que Carl G. Jung denomina la sombra(2). Y sombra en el sentido jungiano, aunque simplificando, es todo aquello que, ya adultos, rechazamos porque no queremos reconocer existe en nosotros. Es aquello que desterramos de la luz de la conciencia y lo llevamos al reino de sombras de lo no consciente. Es, en términos más anatheoréticos, la adulteración de la realidad beta, es la conversión del toro blanco en negro, es devolver el toro solar a la oscuridad de las profundidades abisales. Pero no con el sacrificio ritual que posibilita la liberación de la energía vital del toro y, en consecuencia, la devolución de esa energía al reservorio vital de la totalidad generadora abisal, sino sumergiéndolo entero, vivo, embolsado, manteniendo su carga energética oscura, distorsionadora, contaminante, generadora de tinieblas psíquicas.
Y eso es lo que provoca Pasifae con su cópula. De esa unión no surge un toro ni un humano, surge el híbrido fruto de la animalidad, de la expresión del descenso. Y Minos, responsable del daño, intenta ocultarlo, alejarlo de sí, ignorarlo, encerrándolo en El Laberinto, en ese palacio-laberinto que es la banda theta de la conciencia, esa banda a la que arrojamos nuestros Minotauros-CATs y de la que nada de cuanto allí hemos embolsado, encarcelado, puede salir por sí mismo, pero que, no obstante, está allí y su fuerza es tal que su sola presencia, aun encarcelados en El Laberinto...