| |
Para un mejor conocimiento
del TRATADO
TEÓRICO-PRÁCTICO DE ANATHEÓRESIS
transcribimos a continuación el inicio de uno de los capítulos
del libro.
INICIO
CAP. 8:
LA GUERRA DE LOS DOS
HEMISFERIOS
Sabemos ya que en los cuatro primeros EP percibimos de forma distinta que un adulto y he anticipado también que esa distinta forma en que percibe un adulto es la razón que motiva que el niño sufra constantes agresiones por parte de padres y educadores. Pero, ¿cuál es el mecanismo que motiva que esas agresiones se conviertan en potenciales patologías?
Para dar respuesta a esta pregunta debemos volver a los estadios de percepción:
En EP1, como ya he explicado, el embrión está totalmente abierto biológicamente a la madre, de ahí que el mundo mental, emotivo y sensorial de la madre pase a nutrir y modificar el cosmos arquetípico del embrión. Y éste nada puede hacer para evitar esas agresiones maternas puesto que su mundo de percepción global ha quedado apresado en el cosmos-útero. Es un universo-totalidad que empieza a formar, por condensación, un universo-individualidad.
En EP2 ese universo individual, ya más condensado, pero que sigue simbióticamente unido a la madre, empieza a sentir los impactos -en todo momento emotivos- más focalizados y de forma más personal. Y esto se debe a que el feto, con un sistema nervioso ya más especializado, posee un cierto sentido de su propia identidad, si bien esa identidad debe sentirla como un algo identificado con un lugar-espacio. Por otro lado, en este segundo estadio el embrión maduro y el feto incipiente poseen ya, debido a su mayor sufrimiento por mayor sensibilidad, la capacidad de defenderse. Y esa capacidad todo evidencia que, a nivel físico, se limita al avance, retroceso y contracciones corporales de los primeros reptiles. Y también con una representación mental -seguramente de baja intensidad onírica- que los CAGs y los CATs expresan con una sintaxis mitológica.
En EP3 el feto, y después, en fase más avanzada, el bebé recién nacido e incluso el bebé preverbal, están fuertemente sujetos a la alta creatividad y a la alta emotividad del estado theta. Son bebés terriblemente receptivos a los impactos emocionales que les llegan de la madre y también desde el exterior de su mundo intrauterino. Y nada pueden hacer para evitarlos puesto que en su mundo de subjetividades todo cuanto ocurre tiene lugar en su espacio-individualidad. Se mantienen todavía en un ensueño mitológico. Si bien los símbolos de su mitología son ya analogías cada vez más cercanas a sus experiencias individuales. Pero son sólo eso, analogías, si bien son analogías altamente energéticas, cebadas con la carga explosiva de la emotividad que las ha generado. Y que nada pueden hacer feto y bebé para desactivarlas, porque -como ocurre en los dos anteriores estadios de percepción- ese feto, primero, y ese bebé, después, no pueden discernir y, por tanto, no pueden comprender las causas que las han originado. Si eso pudieran, si pudieran discernir, feto y bebé -y también el embrión en EP1 y EP2- sabrían que esos impactos emocionales, aunque dolorosos, no les pertenecen y pondrían objetividad entre la madre o entre el exterior y ellos. Pero la carencia de ondas beta impide esa capacidad de discernimiento -discernir es razonar, es objetivar, es segregar, es distinguir entre una cosa y otra- y el embrión y el feto, primero, y el bebé, después, son incapaces de eso. Causa ésta por la que en este tercer estadio no poseen otra defensa que su gran capacidad creativa analógica. Si bien -como ya he indicado- su sintaxis mitológica ahora es ya más personal, los símbolos empiezan a mostrarse con características más domésticas, carentes de la globalidad de los estadios de percepción 1 y 2.
Finalmente, en EP4 el niño se encuentra con un mundo nuevo -el de percepción beta- que le es totalmente extraño y al que debe ajustarse. Por otro lado, ese ajuste le resulta sumamente doloroso puesto que, por un lado, conciencia el mundo con su percepción todavía altamente theta, y, por el otro, sus padres le imponen el mundo beta, un mundo de normas morales, repleto de prohibiciones y castigos, un mundo de gravedad bovina que entra en colisión con el gratificante mundo lúdico( 1) de las ondas lentas de conciencia. Y el niño, que sigue sin comprender, que es todavía incapaz de discernir, no entiende el mundo beta que tratan de imponerle. Un mundo frío, un mundo de trabajo y de responsabilidades, un mundo terriblemente doloroso, no porque el mundo de las ondas beta sea necesariamente así, sino porque nosotros hemos sacralizado los aspectos más dolientes de ese mundo que opinamos es el auténtico mundo, el mundo en el que inevitablemente debemos vivir. ¿Y qué le ocurre al niño en ese cuarto estadio de percepción con el que se ve obligado a identificarse a pesar de que es un mundo totalmente ajeno al suyo?
Veámoslo recorriendo una vez más el largo viaje ontogénico que debe cubrir todo cigoto hasta surgir a la luz de una vida extrauterina.
Teniendo en cuenta que todo impacto -sea gratificante o traumático (2)- debe ser sentido como nuestro para que nos conmocione, es evidente que los impactos que sufrimos en los dos primeros estadios de percepción -en los que la conciencia es global- no pueden ser aprehendidos como daños a nuestro yo. Tan sólo podemos sufrirlos como impactos generalizados, como configuración de un medio que, a su vez, configura nuestra maduración embrionaria y fetal. Son impactos que se almacenan en nuestro sistema nervioso o, si se prefiere, en nuestra memoria celular. Son impactos que, en definitiva, quedan fijos en nuestro cuerpo y lo van tiñendo y configurando con sus cargas emotivas.
Lógicamente, en esos dos primeros estadios lo que más nos daña son los contenidos afectivos del mundo mental de nuestra madre. Así, una madre que al conocer que ha quedado embarazada acoge esta noticia con desagrado y mantiene una actitud de rechazo hacia el embrión que ya alberga, esa madre -aun cuando ni siquiera intente abortar- está ya creando una situación de rechazo, de segregación, está ya marcando a fuego en su futuro hijo un IAT que pasará a ser núcleo de un futuro y terriblemente energético CAT. El matiz y dirección que ese CAT tome más adelante dependerá ya -como veremos- de los gestos, actitudes y palabras que acompañen a las futuras cargas traumáticas análogas a ese IAT inicial.
Así, pues, en esos dos primeros estadios de percepción acumulamos ya IAGs e IATs que van configurando nuestra biografía sensorial. Pero es en el tercer estadio de percepción -especialmente en los últimos meses de gestación, en el acto de nacer y en el primer mes después del nacimiento- cuando el bebé sufre los mayores impactos traumáticos. En este estadio -lo hemos visto ya en los capítulos anteriores- el bebé sufre, entre otros muchos daños, la opresión de un útero que no puede ya contenerle que, finalmente, lo rechaza y empuja a nacer, o sea, a la muerte, la agonía también de ese tránsito de extinción que es el canal vaginal y el encuentro con un mundo nuevo, totalmente desconocido para el bebé, que lo recibe con castigos, algunos de ellos poco menos que infernales. Y el bebé, que sufre todo eso y mucho más, es un bebé que posee una alta emotividad theta, una emotividad suprasensible que -a no ser por la compensación endorfínica- dudo pudiera surgir vivo a la luz del mundo beta. Porque ese bebé sigue sin poder discernir, sigue sin comprender nada de cuanto le está ocurriendo y, así, ayudado por su alta capacidad creativa theta, va recibiendo y formando nuevos IATs y va, sobre todo, potenciando -mineralizando- todos sus IATs, formando, en definitiva, los CATs, esas cargas terriblemente energéticas que van configurando ya su topografía biográfica. Que van configurando también al niño que será, porque el bebé es y el niño será la biografía resultante de los CAGs y de los CATs que le han nutrido.
Hemos visto ya que el embrión, primero, el feto, después, y el niño preverbal, finalmente, poseen estructuras de conciencia sumamente receptivas, aunque con una receptividad distinta de acuerdo con su percepción no theta o con una menor o mayor percepción theta, pero hemos visto también que en esos estadios no hay prácticamente percepción beta. De ahí que todas esas estructuras de conciencia se expresen con el lenguaje que les es propio. O sea, con analogías simbólicas. Pero esto cambia cuando el niño entra en el cuarto estadio de percepción.
En EP4 el niño inicia su andadura por el mundo beta. Titubeando, primero, y más seguro, después. Es un cambio gigantesco. Una auténtica metamorfosis. Las ondas theta van quedando relegadas, el HCD va dejando de ser el protagonista de nuestra vida y la energía que este hemisferio va perdiendo empieza a nutrir con más y más fuerza las estructuras de percepción del HCI. Esto es algo totalmente comprobado. Y el niño verbaliza ya. Su lenguaje ha dejado de ser la ensoñación simbólica, la vida casi vegetal o, por lo menos, acuática de los dos primeros estadios, tampoco es ya -aunque lo sigue siendo en parte- la simbología analógica del tercer estadio, como tampoco es -por lo menos en su totalidad- el balbuceo del lloro con el que intentaba comunicarse en la fase preverbal. Ahora establece ya un diálogo de gestos, de actitudes y de fonemas que nos hechizan y que hechizan también al propio niño, un diálogo que es simple imitación del mundo de los adultos, de un mundo que los adultos consideran es la más gloriosa cumbre a alcanzar. Y esos gestos, esas actitudes y esas palabras, van configurando, van dando nombre y dirección, a los CATs del niño. Porque la verdad es que en ese cuarto estadio de percepción el niño sigue sin discernir. Por ejemplo, un niño encuentra placer acariciándose los genitales, pero resulta que eso que para él -para su mundo theta- es placentero, para el mundo beta de sus padres es terriblemente dañino, sumamente peligroso y hasta pecaminoso. Pero, ¿qué es eso de pecaminoso para un niño?
Los padres -nuestros inevitables verdugos a causa de su estupidez de adultos con CATs- intentan, con castigos, obligar al niño a que acepte un mundo marcado por creencias morales que es sólo la proyección de los propios daños del adulto. No es el mundo ético que el niño puede comprender, no es el mundo natural y lúdico que el niño lleva dentro, es simplemente un compendio de patologías llevadas por el hemisferio beta a los catecismos, a los reglamentos de conducta pública y a los manuales de urbanidad (3). Y, así, el HCD entra en colisión con el HCI. Porque los padres no comprenden -tampoco disciernen aun teniendo ondas beta-, y al no comprender el mundo theta imponen el mundo beta como único válido. No hay armonización. Hay continuas agresiones por parte de los adultos, lo que provoca que los CATs vayan acumulando más y más energía. Y esos CATs pasan a configurarse en una topografía de cumbres que ascienden y ascienden buscando un cielo donde estallar. Y esas cumbres -a veces auténticos everest- se van conformando -como explicaré- en estructuras analógicas.
|
|