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Para un mejor conocimiento
del TRATADO
TEÓRICO-PRÁCTICO DE ANATHEÓRESIS
transcribimos a continuación el inicio de uno de los capítulos
del libro.
INICIO
CAP. 7:
EN EL MUNDO DE LOS
ARQUETIPOS
Cuando en 1973 fundamos la Sociedad Española de Parapsicología, entre otras, iniciamos una serie de investigaciones en torno a las llamadas sintonizaciones. Eran ésas, en aquel tiempo, experiencias pioneras de un gran valor para la mejor comprensión de los procesos de percepción extrasensorial (ESP)(l).
A partir de esas sintonizaciones iniciales en las que el sujeto inducido solía identificarse con el personaje evocado -o sea, hablaba como si fuera el personaje evocado, si bien con aspectos distintos de lo que suele ser un fenómeno de mediumnidad-, ya investigando por mi cuenta fui cambiando aspectos básicos de la experimentación. Así, dejé la investigación de los fenómenos de retrocognición(2) y de precognición(3) y, sobre todo, abandoné la inducción a hipnosis profunda y utilicé mis inducciones a 4 Hz., frecuencia en la que el sujeto de experimentación se mantiene en un estado de simple relajación. Aunque, eso sí, con alta capacidad de evocación emotiva y alta capacidad creativa.
Esos cambios en la experimentación, que me aportaron conocimientos especialmente útiles para encontrar soluciones a determinados aspectos prácticos de la terapia anatheorética, me dieron a conocer también que la sintonización tenía su más valioso campo de investigación en el numinoso (4) mundo de los arquetipos.
Concretamente -ya en los inicios de esa nueva etapa de investigación en solitario- me encontré con que utilizando los arquetipos como elemento de identificación era frecuente la obtención de estados de expansión de conciencia que llevaban al sujeto de experimentación -en este caso al paciente dentro de la terapia anatheorética- a cumbres místicas con manifestaciones, muchas veces, de casi insoportables éxtasis. Insoportables por su alto grado de gratificación en forma de amor, dulzura, luz... Era una auténtica fusión del sujeto con el Universo, con la Totalidad.
Junto a esas manifestaciones con alto contenido de trascendencia fui comprobando también que la sintonización con grandes arquetipos liberadores y de sanación podía ser especialmente útil en determinados momentos de la terapia.
Fue a partir de esas experiencias, en las que el arquetipo se mostraba libre y altamente creativo, así como especialmente valioso como liberador de CATs, cuando me vi obligado a dar a este tipo de sintonizaciones el nombre de Percepción Global Inducida (PGI), puesto que dentro de la anatheóresis, y de acuerdo con mi clasificación de tipos de percepción, la sintonización con arquetipos -especialmente con arquetipos taumatúrgicos, todos ellos portadores de luz- parece responder a la percepción que es propia de la conciencia global de los estadios embrionario y fetal.
Debo aclarar aquí que en anatheóresis no se trata de investigar la veracidad o no de los acontecimientos que la mitología o la historia atribuye a los arquetipos, se trata simplemente de que el terapeuta puede evocarlos -siempre que el paciente lo acepte y desee- ya sea para romper un bloqueo de CATs que el paciente no puede vivenciar por sí mismo, ya sea para obtener, en un determinado momento, una necesaria, por terapéutica, gratificación mística, ya sea para poder culminar la abreacción curativa anatheorética con una expansión de conciencia que no sólo disipa todo resto de adherencia patológica, sino que, además, dota al paciente de una nueva forma -más lúcida y elevada- de ver la vida.
La psicología transpersonal considera que el estado místico es el estado cumbre dentro de los estados modificados de conciencia, que es ese estado el que nos une a la Totalidad de manera que ese estado, por sí mismo, es la mejor terapia(5).
Desde hace muchos años ya la práctica de la terapia anatheorética me permite respaldar esa aseveración de la psicología transpersonal. En efecto, esos estados son altamente terapéuticos, sólo que esos estados, desdichadamente, no todos los pacientes pueden alcanzarlos. Quienes los viven son personas ya suficientemente armonizadas, sin graves patologías. Y esto hasta tal punto que -como se verá en el Capítulo 36- he creado una estrategia práctica que se basa en este principio. Con ella puede culminarse más pronto y mejor la terapia anatheorética. Y con ella también puede saberse quién está debidamente armonizado o no, porque en ningún caso un paciente con CATs actualizados puede alcanzar la experiencia liberadora a que lleva la estrategia que explico en ese capítulo.
Es de destacar, asimismo, que los arquetipos -ese algo que nos anima y conforma, y que por sí mismos son un principio generador y sustentador altamente afectivo y con expresión simbólica- mantienen siempre sus características al manifestarse, pero como su manifestación es a través de nuestra conciencia personal, esos contenidos que les son propios -y que son los mismos para toda la especie humana- se manifiestan a nuestra conciencia teñidos y modificados por nuestros CATs.
Insisto en que el símbolo es el grafismo-imagen con que se expresa el HCD, un grafismo-imagen, por tanto, que proyecta los contenidos de nuestra conciencia preverbal, unos contenidos altamente emotivos y analógicos que -como hemos visto en el caso expuesto- manifiestan su capacidad generativa global a través de nuestros contenidos personales. Así, Jesucristo, nuestro símbolo del Arquetipo Amor y Luz, puede ser la luz de los lagos -el Cristo del Monte Tabor- o la cruz del sufrimiento terrestre -el Cristo del Monte Calvario-, según sean nuestros contenidos personales, o sea, los CAGs y CATs que nos conforman.
Lógicamente, eso es especialmente válido a nivel colectivo, puesto que el arquetipo, por expresar un contenido de conciencia no individual, por pertenecer a la globalidad de nuestras conciencias, proyecta las analogías de la especie. Y puede proyectar también una analogía cultural. Así, por un lado, por ejemplo, nuestro símbolo cristiano es el Cristo crucificado y lo es porque nosotros, sujetos a nuestros sufrimientos, es eso lo que proyectamos y, por el otro, nos aferramos a ese símbolo manteniendo de esta forma nuestra crucifixión.
La Iglesia lo sabe y ésta ha sido siempre su fuerza. Como he escrito ya, si impongo un símbolo dominaré el mundo. Si impongo el símbolo de la cruz, lograré que todos se sientan crucificados. Y es fácil convencer a un crucificado de que él ha sido el causante, de que él es el culpable, de su propio dolor. Pero hay también un Cristo luminoso en el Monte Tabor. ¿Por qué no nos aferramos, pues, a la imagen luminosa de Cristo? ¿Por qué no abrimos las iglesias y dejamos que la luz de Cristo entre y las ilumine? ¿Por qué le mantenemos en la oscuridad de las criptas, en las irredentas tinieblas de una muerte de madero y clavos?
En anatheóresis no hay Iglesia, no hay dogmas, no hay crucifixión. Anatheóresis es dejar la cruz y subir a la luz. Es saber que no hay Armagedón en el que luchar, porque no hay dualidad, no hay hijos de las tinieblas y hijos de la luz.
Los arquetipos están ahí, en nuestra conciencia, porque están en la Conciencia. Y podemos evocarlos, pero no debemos olvidar nunca que la percepción global no es verbalización. No se trata, por tanto, de evocar, por ejemplo, la imagen de Jesucristo para mantener con él una charla que puede ser, incluso, instructiva, pero eso no es prístino, eso no es anatheóresis, eso es, a lo sumo, una experiencia de posible mediumnidad.
En anatheóresis esas experiencias de percepción global mantienen siempre un grafismo-imagen analógico con contenidos de alta simbología.
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