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  Las claves de la enfermedad
 
Para un mejor conocimiento del TRATADO TEÓRICO-PRÁCTICO DE ANATHEÓRESIS transcribimos a continuación el inicio de uno de los capítulos del libro.


    
INICIO CAP. 6: EL PROCESO ANALÓGICO DE
IDENTIFICACIÓN
La identificación ha sido objeto de complejas y oscuras consideraciones en todo sistema psicológico. Y en todo momento se ha tratado la identificación como un proceso psíquico poco menos que patológico por el solo hecho de producirse.
Para la anatheóresis los procesos de identificación no tan sólo no son patológicos, sino que son totalmente naturales, totalmente inevitables y necesarios, lo que no impide que puedan establecerse identificaciones patológicas.
Sabemos que en los cuatro primeros estadios de percepción el cerebro procesa la información de forma analógica. Y toda vez que sabemos ya qué es analogía, añadiré tan sólo que todo proceso analógico se enmarca dentro de dos principios prácticos: el principio de imitación (1) y el principio de contagio (2).
El principio de imitación puede ser formulado así: Todos podemos producir aquello que deseamos imitándolo.
Y el de contagio -también por resonancia o por simpatía-: Las cosas que han estado en contacto y han dejado de estarlo continúan teniendo una con respecto a la otra la misma influencia que si su contacto persistiera. O sea, que podemos influir desde lejos sobre toda persona, animal o cosa de la que tengamos algo.
No debe, por tanto, extrañarnos que todo nuevo ser en proceso de gestación reaccione por imitación. Así, si recibe un impacto agradable intenta imitar una y otra vez aquello a lo que ese impacto emocional va asociado para seguirse gratificando. Y esa imitación puede ser un determinado gesto, emitir un sonido, etc. Y ya de una manera más clara y directa, en el estadio infantil el niño imita a sus padres puesto que su yo en formación -el yo sabemos ya que es un producto del hemisferio beta- no tiene otra manera de afirmarse que buscar patrones analógicos de conducta.
Por otro lado, creo casi innecesario hablar del principio de contagio a una cultura como la nuestra que todavía intenta la magia de hacerse dios ingiriendo el cuerpo de Cristo. Bien entendido que el canibalismo -salvo casos de hambre extrema- es siempre analógico. Cuando un selvático se come los pies de alguien que era muy veloz -amigo fallecido o enemigo apresado- lo que intenta es lograr que sus pies sean tan veloces como los que se ha comido. A nosotros no nos basta eso, nosotros más que ser veloces queremos ser dioses, por eso ingerimos el cuerpo entero del que es tenido por hijo de Dios. Y no lo ingerimos de forma simbólica -que eso sí tendría sentido y es como debe entenderse fue instituido ese rito-, sino que ingerimos el cuerpo vivo, con sangre y carne -eso dice la Iglesia Católica- tras la transubstanciación del vino y del pan.
A escala menor, cuando somos niños, vestimos las prendas o retenemos los objetos de todo aquel o de todo aquello que queremos incorporar o retenemos los objetos de todo aquel o de todo aquello cuya presencia a nuestro lado queremos prolongar. Por eso, siempre de acuerdo con la imaginería dinámica de las ondas theta -una imaginería subjetiva y simbólica- , el principio de imitación hace posible que un niño vea en su oso de peluche un oso de verdad. Y si ese objeto pertenece a su madre lo aprecia todavía más, porque no sólo tiene un oso de verdad, sino que, por el principio de contagio, tiene también a su madre al tener el oso de peluche. y por ese mismo principio de contagio rechaza a su madre cuando, molesto con ella, tira o golpea el oso de peluche.
No creo necesario extenderme aquí explicando algo que es obvio y que es sólo la forma en que procesamos la información en el estadio de vida perinatal. Porque todo proceso analógico es un proceso de identificación. Ahora bien, este proceso, que es consubstancial con la forma en que el niño procesa la información, puede, evidentemente, ser fuente de patologías.

Un proceso de crecimiento natural es que el niño se identifique con sus padres. Y no sólo es natural, sino también inevitable, puesto que ese niño sabe -y lo sabe con su afectivo y absorbente estado theta- que sin sus padres no podría sobrevivir. Y además de ser natural e inevitable es saludable, puesto que la identificación va estructurando su yo y le da estabilidad y seguridad emocional.
El problema no es el proceso de identificación, el problema -siempre- son los padres. O, si se prefiere, el estado beta predominante en los padres que intenta imponer una educación que es no sólo ajena, sino perjudicial, al estado básicamente theta del niño. Y esto es válido en todos los sentidos. No dudo en afirmar que nunca un niño -actuando como tal niño, o sea, en su estado básicamente theta- es causa de daños psíquicos en otro niño. Dos estados theta no entran jamás en conflicto patológico. Un auténtico conflicto procede siempre de una respuesta beta a una demanda theta.
El problema no es, por tanto, la identificación, el problema surge cuando no hay personas con las que el niño pueda identificarse, o bien cuando, habiendo personas, éstas -especialmente los padres- son incapaces de comprender las demandas y actitudes theta del niño. En ambos casos -y esos dos casos incluyen todas las formas de pésima educación beta- el niño no sólo crecerá con identificaciones patológicas, sino que -especialmente en el primer caso, cuando no hay personas con las que el niño pueda identificarse-, ya púber, seguirá buscando identificaciones, lo que le llevará a establecer identificaciones espurias(3). Y no importa con quién se identifique, aun cuando sea con el propio Jesucristo, será siempre una identificación espuria porque, llegada la pubertad, toda identificación, no importa de qué tipo, indica una carencia no resuelta, indica una merma del yo, indica, en definitiva, la existencia de CATs altamente energéticos.
El estado beta maduro, sin interferencias de CAT, es elección, no necesidad. La necesidad, la compulsión, es patología. Y patología es -por citar un hecho más que frecuente- buscar a nuestra madre o a nuestro padre en todas las personas, de uno u otro sexo. Y eso precisamente por no haber tenido, afectivamente, a nuestra madre o a nuestro padre, o a ninguno de los dos(4).

El proceso de formación del yo se inicia en el cuarto estadio de percepción (EP4). Y ese yo no puede madurar adecuadamente si no establece correctas identificaciones. Y esto, indudablemente, es muy difícil -yo diría que imposible- en nuestra cultura occidental.
El proceso de maduración del yo puede tener su metáfora en un proyectil que debe impactar en un blanco gratificante que no sabemos qué es ni dónde está. ¿Y cómo dar solución a este problema que es, precisamente, el más importante de cuantos nos atañen puesto que comporta la adecuada formación de nuestro yo?
Ante todo deberíamos despojarnos de nuestra identificación con el estado beta que es el que nos hace creer que somos la especie elegida por Dios, que estamos poco menos que destinados a dominar el cosmos y a convertir en protoplasma humano el universo todo.
Una vez aceptáramos eso, comprenderíamos que Dios también ama a los virus. ¡Y de qué manera los ama aunque no tengan ondas beta! Y despojados ya del orgullo de ser algo excepcional, comprenderíamos también que nuestra inteligencia no es la inteligencia de los dioses, sino una oscura inteligencia que goza, eso sí, de la capacidad de razonar. Pero que esa capacidad no es la Inteligencia y que no sólo no lo es, sino que somos un producto más de la matriz terrestre -o, si se prefiere, de la matriz cósmica- y que, por ser un producto más, surgimos de la tierra como surge un champiñón, y que por el hecho de que sepamos fabricar bombas termonucleares eso no significa que seamos más importantes que un champiñón, significa, simplemente, que somos estructuras vitales con mayor complejidad. Y si tenemos alguna inteligencia, la tenemos por delegación, porque lo inteligente -lo realmente inteligente- es la Inteligencia, eso que crea y da la vida, llámese Naturaleza o llámese Dios.
Aceptado cuanto antecede -y algunas cosas más- tendremos que aceptar que la Inteligencia sabe más de nosotros -o sea, de ella misma- que cuanto nosotros conocemos de nosotros mismos, y deberemos aceptar también que preguntarse, por ejemplo: ¿qué he venido a hacer a este mundo?, es una pregunta que corresponde al HCI y que, por tanto, es una pregunta inadecuada, porque ante una pregunta beta tan sólo puede haber una respuesta beta, o sea, una respuesta parcial, inevitablemente discursiva y estereotipada. Y eso sin tener en cuenta que nuestra biografía oculta, además, adulterará esa respuesta que ya por sí misma es falsa por ser la respuesta unidimensional que corresponde al reduccionismo causal.
La respuesta más sencilla -que sólo la sencillez nos da verdades- es que venimos a vivir. ¿Acaso la vida no es en sí misma una finalidad? ¿No es una finalidad sentirnos plenos, vivos? Y sentirse vivo en ningún caso es acumular conceptos. El concepto es una realidad virtual del hemisferio beta que lo único que puede darnos -ya lo hemos visto- es ríos en los que nunca nos podremos bañar(5).

Nuestra vida en beta es una nave que teme adentrarse en el mar, por ello está casi constantemente amarrada, a resguardo tras los farallones del puerto, y cuando navega lo hace sólo si antes nos hemos protegido del miedo estableciendo el rumbo y el destino. Así que poco importa si la naturaleza nos ha dotado con la mejor nave porque el miedo, que nos lleva a buscar seguridad, a aferrarnos a lo conocido, a protegernos del futuro, nos mantiene en el puerto. Y cuando nos adentramos en el mar es para ir a un sitio preestablecido por una ruta ya trazada. ¿Y quién puede así descubrir ese lugar maravilloso que nadie sabe dónde está, pero que existe y nos está aguardando? ¿Y quién puede disfrutar así del viaje, del único y auténtico viaje que es nuestra vida?
Y de la misma manera, sujetos a nuestros miedos, tampoco dejamos a nuestros hijos que encuentren su propio rumbo y su propia vida. El desprecio con que el hemisferio beta contempla al hemisferio theta impide a los padres comprender los procesos mentales de sus hijos. Y ese mismo desprecio, unido a una cultura científica causal y, por ello, también prepotente, provoca nuevos daños a ese niño al nacer. Y, finalmente, los padres imponen principios, normas y conductas dictados en todo momento por el ritmo beta.