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Para un mejor conocimiento
del TRATADO
TEÓRICO-PRÁCTICO DE ANATHEÓRESIS
transcribimos a continuación el inicio de uno de los capítulos
del libro.
INICIO
CAP. 1: JANO BIFRONTE
A
pesar de que son muchos ya los investigadores científicos que
-con sus avanzadas y, en muchos casos, comprobadas teorías-
están demoliendo las bases del paradigma newtoniano-cartesiano
de la ciencia mecanicista, ésta sigue, no obstante, vigente
en una sociedad que por confundir seguridad con conocimientos
sigue husmeando rastros que cree van a llevarle a encontrar
verdades absolutas. No es de extrañar, por tanto, que la ciencia
convencional, nuestra ciencia universitaria -la que hemos aceptado
está destinada a servir esas verdades absolutas a la sociedad-,
siga afirmando que no hay más que una forma válida de percepción:
el estado de vigilia, que es el estado habitual de conciencia.
O sea, el estado de percepción sacralizado por nuestra ciencia
convencional, el de las verdades absolutas. Y que cualquier
otra forma de percibir no es sino un estado de conciencia alterado.
O sea, una forma patológica de procesar la información.
No voy a extenderme a las razones que llevaron a Newton a concebir
el universo como la obra de un excelso relojero, ni voy a extenderme
tampoco a las razones que llevaron a Descartes a postular que
el dualismo mente-materia era una realidad absoluta, que uno
y otro lado de esa dualidad tenía vida propia e independiente.
Baste decir que, al margen la gratitud que debemos a esas dos
mentes que un día fueron vanguardia de la ciencia, ni el universo
es un mecanismo de relojería ni la mente es ajena a la materia.
Eso suponiendo que exista materia, porque todo evidencia que
sólo hay Conciencia. Y que si las formas de percepción -o sea,
las formas de ver y sentir la Realidad- son innumerables eso
se debe a que los planos de conciencia, o sea, la forma de percibir
la Conciencia -o las formas en que la Conciencia se percibe
a sí misma-, son también innumerables. O lo que es lo mismo,
no hay un solo ni concreto estado de conciencia válido, sino
innumerables planos válidos de realidad. Válidos y reales dentro
de su propio plano, pero que ninguno de ellos es la Realidad.
Para percibir la Realidad -esa realidad que consideramos absoluta
y que solemos denominar Dios- deberíamos de ser capaces de alcanzar
la comprensión de la conciencia toda, en su única y mandálica
plenitud. Y eso es algo que nuestros órganos de percepción están
muy lejos de alcanzar.
De manera que si algo importa es desechar la visión dual cartesiana
como única forma de percepción y no buscar, por tanto, realidades
absolutas. Por el contrario, debemos comprender que todos los
estados de percepción son estados de conciencia. O sea, estados
que ven de forma distinta esa denominada conciencia global.
Por que no hay un estado real y válido -el llamado estado habitual
o de vigilia- y otros alterados o patológicos -los restantes
estados-, sino distintas formas, todas ellas válidas, de acercarnos
a la Realidad. Todas ellas válidas pero que insisto que son
todas, incluso el estado de vigilia, tan sólo distintas formas
de la hipotética, pero inaprensible, Realidad.
Pero, ¿qué ha ocurrido para que la ciencia mecanicista, hasta
ahora sacralizada, haya empezado a ser fuertemente cuestionada?
Los procesos cerebrales siguen siendo una incógnita casi total
para la ciencia. Pero hay algo que sí podemos afirmar. Y ese
algo es los cuatro grandes planos de frecuencias de ondas eléctricas
cerebrales que nos muestra un electroencefalógrafo (EEG). He
escrito: que nos muestra un electroencefalógrafo. Quede claro,
por tanto, que esa realidad es la realidad de un instrumento
electrónico y que si bien es cierto que esos cuatro planos de
frecuencia pueden ser constatados objetivamente, eso no significa
que los planos de conciencia sean sólo cuatro.
Lo que se hace con el EEG es situar el punto de partida de la
actividad vital justo por encima de una línea que corresponde
a la respuesta plana. O sea, justo por encima de una línea -a
la que se da un valor cero- en que consideramos que una persona
está muerta porque las ondas eléctricas cerebrales no muestran
actividad en la pantalla del EEG.
A partir de esa línea cero observamos que la vida, en su proceso
filogenético, ha ido aumentando la frecuencia de las ondas cerebrales
según iba acumulando mayor complejidad. Así, de un inicial ritmo
cerebral -o estado de conciencia- que simplemente debió superar
en una fracción de Hz. lo que consideramos respuesta plana hemos
llegado -en la especie humana adulta- a una frecuencia que alcanza
35 y más Hz.
Y esa banda de ritmos cerebrales que va desde poco más de la
respuesta plana hasta 35 y más Hz. es la que el EEG divide en
cuatro grandes grupos o estados de conciencia.
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