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Para un mejor
conocimiento de NAZCA A UNA NUEVA VIDA
transcribimos a continuación el inicio del último capítulo
del libro.
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CAP.: AQUÍ Y AHORA. NO HAY MAÑANA
Vivimos en la era del estrés porque buscamos seguridad y como la seguridad no existe, no podemos poseerla en nuestra vida diaria, en nuestro aquí y ahora. Por eso, siempre inseguros, inevitablemente inseguros, proyectamos nuestro deseo de seguridad en un hipotético mañana. Y, así, vivimos en el futuro. Pero el futuro no existe. No hay mañana. Sólo hay aquí y ahora, de manera que, de futuro en futuro, de anhelo en anhelo, de ansiedad y angustia en ansiedad y angustia, llegamos al aquí y ahora del momento de nuestra muerte, un momento del que sólo puede aliviarnos un mañana de supuesta vida feliz en el otro mundo. Pero tampoco de eso estamos seguros y nuestra muerte es la triste muerte de todo cobarde, de quien rehuye la realidad.
¿Por qué ese anhelo de seguridad sobre cualquier otro sentimiento?
De hecho, lo que llamamos seguridad es básicamente búsqueda de placer. He explicado ya que nuestro cerebro proyecta un mundo dual, un mundo hecho de sombras y luz, de cumbres y abismos, de vida y muerte, de ayer y mañana y también de placer y sufrimiento. De hecho, si esos opuestos se trascienden o armonizan se comprueba que no existen, dejan de serlo, pero nosotros, las débiles criaturas de este valle de lágrimas, vivimos intensamente esa realidad mental. Nosotros gozamos con el placer y agonizamos con el sufrimiento. Y nuestro mecanismo de respuesta es identificarnos con uno de los opuestos e intentar eliminar el otro, aquello que creemos se opone a nosotros. Buscamos el placer y queremos prolongarlo eternamente y pensamos que eso será posible si eliminamos el sufrimiento. Pero el dolor sigue ahí, en nosotros y en el mundo, porque la realidad está hecha de placerdolor, no de placer-dolor y menos todavía de placer/dolor. Seguridad es, pues, esa búsqueda quimérica de vivir sólo en el placer, en un placer continuado, sin fin. Eso que llamamos cielo. Porque lo otro, el sufrimiento, el opuesto, lo hemos condenado y, porque no nos gusta, lo hemos encerrado en las cárceles del infierno.
Pero el sufrimiento, a pesar de todos nuestros intentos, sigue en nosotros, nos sigue atormentando, así que hoy penamos, pero mañana –nos decimos– ese mañana sin fecha fija, lograremos ser felices, nuestra vida se mostrará firme, segura, en la abundancia de todos los placeres. Porque mañana ya no tendré, como ahora, la amenaza de la pobreza, y habré conjurado también una penosa vejez, mañana seré importante y gozaré del prestigio que ahora no tengo, y alcanzaré también esa maravillosa madurez que caracteriza a los grandes hombres y tendré una casa y un yate y también hijos maravillosos y..., todo lo mejor del mundo. Todo aquello que puede hacer feliz, totalmente feliz, a un hombre, porque habré resuelto todos los problemas, habré taponado todas las grietas de mi fortaleza, tendré un perfecto control sobre cuanto me amenaza y me sentiré totalmente seguro. Nadie podrá abatirme, nadie podrá humillarme, nadie podrá quitarme esa gran felicidad.
Lo malo es que para tener dinero mañana, hoy tengo que trabajar más, y para que pueda llegar a ese futuro joven y saludable, ahora tengo que sacrificar mil cosas, entre otras mi dieta, y para ser famoso tengo que alimentar mi ambición, tengo que destruir a otros unas veces y humillarme otras, y tengo también que esforzarme, y todo eso –y mil cosas más– hacen que aquí y ahora, que es la única realidad, tenga más dolor y sufrimiento que si no persiguiera la seguridad.
Una seguridad, por otro lado, que nadie puede asegurarme. Porque el trabajo no asegura el éxito económico, los sacrificios corporales no aseguran que no vaya a enfermar e, incluso, a morir joven, y escribir mil libros tampoco asegura que vayan a darme el más alto galardón literario. Porque, créame, eso que llamamos seguridad es sólo un concepto. Ya sabe, algo así como copular con las medidas de Miss o Mister Mundo. Porque a fin de cuentas, aun cuando consiguiera éxito, dinero, fama y todos los logros del mundo, usted seguiría penando, porque usted está creando un mecanismo de búsqueda de más y más placer que, haga lo que haga, siempre le devorará. ¿De qué sirve planificar la posibilidad de comer la semana próxima si realmente no vamos a disfrutar cuando llegue el momento?
Por otro lado, a no dudar conoce ya la historia de aquel príncipe que para defender de los ladrones su creciente riqueza fue erigiendo muros y más muros, hasta que, próximo a morir, se dio cuenta de que había estado viviendo en una agonizante defensa de la nunca asegurada defensa de sus bienes. Unos bienes en los que había delegado la seguridad de su vida y que, a fuerza de defenderlos, de rodearlos de muros, había acabado creándose la más dolorosa de las cárceles.
En definitiva, ese deseo de seguridad es sólo un debiera . Y como todo debiera , choca dolorosamente contra los hechos. En este caso contra el hecho concreto de que la vida es flujo, cambio. Inmovilizar ese flujo que es la vida no es obtener seguridad, es dejar de vivir. Usted no puede vivir mañana, usted tan sólo puede vivir en el continuo presente de aquí y ahora.
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