Para
un mejor conocimiento de NAZCA A UNA NUEVA
VIDA transcribimos a continuación el inicio de uno de
los capítulos del libro.
INICIO
CAP.: CONOZCA SU GRADO DE
DETERIORO

Puesto que este es un libro práctico que pretende resolver sus
problemas con soluciones técnicas, no limitándose -como tantos
otros- a extenderse en consideraciones teóricas en torno a lo
que debe o no debe hacer, pero sin aportarle la forma de conseguirlo,
empezaré por mostrarle su propia realidad con un simple y rápido
ejercicio.
Porque usted, que tantas veces ha podido contemplar los rostros
tensos, las miradas tristes, los cuerpos acorazados, el humor
irritable de cuantos han compartido su vagón del metro o se
han cruzado en la calle con usted, va a comprobar ahora, en
su propio rostro, en qué medida es uno más -ojalá no lo sea-
en el innumerable conjunto de personas visiblemente estresadas.
EJERCICIO 1: QUÍTESE LA MÁSCARA
Posición
a) De pie delante de un espejo.
Ejercicio
1. Observe la expresión de su rostro en el
espejo. Mírese detenidamente. Quizás es un rostro con vida,
quizás lánguido... Tome conciencia de eso.
2. Deje ahora de mirarse y relaje los músculos
de la cara, deje que se aflojen lentamente, que tomen la forma
que deseen. No interfiera, no haga ningún esfuerzo por reprimirles
ni por ayudarles. Simplemente deje que se expresen por sí mismos.
Y notará que su boca se cierra más o se entreabre, que sus ojos
se adormecen o no, que sus mejillas parecen caer... Y, finalmente,
su rostro ha adquirido otra expresión.
3. Mírese ahora otra vez en el espejo. Observe
su auténtica expresión, la que muestra a los demás cuando olvida
su máscara, en esos momentos en que va distraído: en el metro,
en el autobús...
Nuestra mente, ese simio loco
Si ha hecho usted bien el anterior ejercicio lo más probable
es que se haya encontrado con un rostro tenso primero y triste,
amargado, asustado o perplejo, después; pero, en todo caso,
desprovisto de esa luz que da un estado de plenitud gozosa,
de risueña estabilidad. Ya no digo de plena felicidad, que eso
escapa a nuestro control, digo simplemente que usted no posee
el equilibrio emocional que la naturaleza está dispuesta a darle.
Y no me diga que los otros son quienes le amargan. Que las tormentas
le llegan todas de fuera, de los demás. No es así. Somos nosotros
-y eso lo veremos en la segunda parte de este mismo volumen-
quienes, voluntariamente, nos mantenemos en la trampa de una
cultura alienante. Queremos coches que luego no sabemos dónde
aparcar. Queremos estar en la cúspide de la pirámide social
y profesional y agonizamos intentándolo. Y si lo alcanzamos
vivimos la frustración de haber logrado nuestro nivel de incompetencia,
que es el más frustrante de los niveles. Queremos vivir felices
y confundimos la vida real con los conceptos; así, hablamos
de riqueza, de dinero, y lo buscamos fuera de nuestras aptitudes
y de nuestra vocación. Estamos confusos, tensos, expelemos agresividad,
nos mantenemos a la defensiva. Nuestra mente es un simio loco
que ha perdido su propio árbol y salta y salta sin saber ya
a qué rama agarrarse.
¿Quiere comprobarlo?