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Para un mejor conocimiento de JUDAS,
EL APÓSTOL QUE ESTABA ENAMORADO DE JESÚS
transcribimos a continuación el inicio de uno de los capítulos
del libro.
INICIO
CAP.: CAPÍTULO XXI
Marcos, en su intento por deshacer los nudos de la trama que le impedía conocer la auténtica vida del Rabí de Galilea, se iba encontrando, perplejo, ante una urdimbre que se le mostraba cada vez más enmarañada. Si tiraba de un hilo, éste se destejía en otros muchos, y si intentaba alisar un pliegue, abierto el pliegue surgían otros muchos nudos. Así que Marcos, ya desalentado, se dijo que tan sólo le quedaba mirar la trama desde el otro lado. Porque Marcos había estado dentro de la malla, conviviendo con los apóstoles, y también en la periferia de casi todos los nudos, hablando con testigos ahora alejados de aquellos acontecimientos pero que seguían todavía, en mayor o menor medida, prendidos en Jesús. Tan sólo le quedaba, pues, ver la red desde fuera, contemplándola desde la orilla de quienes mataron al Rabí.
La otra orilla en este caso iba a ser Caifás. Evidentemente, el personaje más adecuado hubiera sido Anás, pero éste había muerto hacía ya muchos años y tan sólo quedaba, entre los grandes personajes de la otra orilla, el yerno de Anás, el hombre que, a fin de cuentas, facilitó a Anás la cruz en la que éste quería fuera trabado el cuerpo de Jesús.
Caifás fue destituido de su cargo de Sumo Sacerdote un año después de la ejecución de Jesús y se decía que esa ejecución -una auténtica chapuza legal- había sido la causa de su caída. Pero fuera o no ésa la causa, sí era cierto que Caifás desde entonces no había vuelto a ocupar cargos importantes de Gobierno. Simplemente, se retiró a una hacienda cercana a la aldea de Hebrón y allí fue envejeciendo junto a sus olivos, aparentemente alejado de toda actividad política.
Y a Hebrón encaminó Marcos sus pasos. Llevaba una carta con el sello de José de Arimatea. Lógicamente, una carta que, utilizando el papiro sustraído en el palacio de los Arimatea, había escrito él mismo y en la que José pedía a Caifás recibiera al joven Marcos, hombre de toda confianza. Y Caifás le recibió. Cierto es que tardó dos días en recibirle, pero le recibió.
-Mi señor te espera.
Y Marcos y sirviente cruzaron un campo de olivos en dirección a una casona de piedra -con blasón heráldico- que se encontraba en la parte más alta de la hacienda. Y el criado dejó a Marcos en el vestíbulo de la casona. Una casona que distaba mucho del lujo del palacio de José de Arimatea, pero que distaba todavía más de las humildes casas de cualquier aldea de Palestina.
Y un hombre ya anciano, algo inclinado, pero de paso firme y fuerte voz fue hasta Marcos y preguntó:
-¿Marcos?
-Sí.
-Sé bienvenido.
Y después:
-Si no te importa, es la hora de mi paseo. Podemos hablar andando.
Y sonriendo:
-Además, ¿no eres tú de los que buscan la luz? y Marcos, prestándose al juego:
-Sólo las lombrices no buscan la luz.
Caifás rió. Y después:
-Amigo Marcos, el mismo Dios que te ha dado a ti la vida ha dado vida a las lombrices. Y, además, estamos destinados a ser comida de lombrices, así que... Pero, andemos.
Y dejaron la penumbra del vestíbulo. Y ya en la luz, camino de una solana situada tras la casona, Marcos espió a Caifás. Y vio, sorprendido, que en aquel rostro grave no había dureza, sino una dulzura de águila amansada. Y cierto es que los ojos, más tarde lo comprobaría, podían ser aún los ojos excéntricos del ave rapaz, pero en aquel instante no sólo los ojos, sino todo Caifás -un hombre alto y robusto- tenía un algo de pingüino recién salido de una piscina. Quizá era su forma de andar un tanto pesada, con las manos unidas en la espalda. O quizá su gran nariz judía, que semejaba una quilla abriendo surcos en el aire. Una nariz, por otro lado, que -recordó Marcos- tenía fama de un gran olfato político. El mismo Pedro un día recordó que de Caifás se decía que tenía un suplemento de cerebro en la nariz y de ahí que supiera orientarse tan bien con el simple olfato.
-¿Ves este olivo, Marcos?
La voz de Caifás sacó a Marcos de sus pensamientos. Y vio que aquél apuntaba con el rostro -aun cuando parecía lo estaba haciendo con la nariz- un olivo viejo, insidiosamente retorcido.
-¿Lo ves?
-Sí, claro.
-Dime, ¿no es esta la imagen que todos tenéis de mí?
-¿Todos?
-Todos, sí. Los que han estado conmigo y los que estáis contra mí. Todos.
Y Marcos decidió ocultarse en la luz, decir la verdad, porque sólo la verdad podía, en el mejor de los casos, desnudar a aquel hombre que imaginó parapetado tras todas las historias de la Historia.
Y Marcos:
-Si quieres la verdad, sólo Anás, tu suegro, tiene peor fama que tú.
Y Caifás rió, y su risa era abierta, sin defensas. Después:
-Se explica que así sea. Recuerda que mi suegro era jorobado y que las jorobas, salvo que sean de dromedario, nunca inspiran confianza.
Después:
-Es cierto que yo puedo ser retorcido como este olivo. Y lo he sido muchas veces. Pero espero me creas si te digo que nunca me ha gustado serlo. Cansa mucho, ¿sabes? Retorcerse es ahogarse. Pero lo he hecho por Palestina, por esta tierra que también es tuya. Aunque cada vez es menos nuestra, a pesar de tanto esfuerzo. Y de tantas traiciones como ha habido que cometer para mantenerla en pie. Roma es fuerte, amigo Marcos. Y hay que saber cómo inquietarla. Un poco aquí, otro poco allá, ceder luego ... Pero de eso ya hablaremos. Ahora quiero pedirte que intentemos engañarnos lo menos posible. Por ejemplo, yo no te he recibido porque trajeras una carta que sé perfectamente no es de José de Arimatea. Te he recibido, después de comprobar la falsedad de la carta, porque sé quién eres.
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