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Para un mejor conocimiento de JUDAS,
EL APÓSTOL QUE ESTABA ENAMORADO DE JESÚS
transcribimos a continuación el inicio de uno de los capítulos
del libro.
INICIO
CAP.: CAPÍTULO XX
El Bienamado no estaba en la cueva y la cueva ahora, sin el Bienamado, era un útero frío y oscuro, como de mujer estéril. Y Marcos, que conservaba todavía en la retina de su memoria la aflicción de Verónica, una aflicción que era también frío y oscuridad, se ovilló allí, en aquel útero telúrico, y lloró, lloró por cuantos como él, como Verónica, como María de Magdala, como las hermanas de Lázaro..., por cuantos estaban destinados a buscar en un laberinto donde encontrar no es encontrarse.
Fueron horas y horas incubando dolor y era noche ya cuando Marcos, dejando la cueva, se encaminó a la casa de Judas. Pero nadie había en ella. Buscó en el huerto y, finalmente, descubrió a Judas sentado al pie de la acacia, hecho sombra en la sombra de la acacia.
Y Judas:
–No le encontrarás.
–¿Se ha ido?
–No. Se ha guardado la luz.
–¿Guardado?
–Sí. Aunque le vieras, no le reconocerías.
Marcos no entendía, y Judas:
–Ahora vuelve a ser como tú y como yo. Pero no es como nosotros ni es igual a como él era. Ahora forma parte ya de aquellos que han sabido engendrarse a sí mismos. Así que no está aquí aunque esté aquí.
Y en este punto Judas esbozó una sonrisa que era aflicción:
– Sabes que Jesús también decía esto, que era de aquí pero que no pertenecía a aquí.
Y prolongando la sonrisa que era aflicción:
–¡Son locos peligrosos, Marcos!
Y Marcos, que tras su encuentro con Verónica, anhelaba descansar en la luz del Bienamado:
–Es posible. ¡Pero deseo tanto verle!
Y Judas, con voz suave, acogedora:
–Lo sé. Pero te va a ser muy difícil. Aunque al irse me dijo que pronto, muy pronto, él y yo nos veríamos en Jerusalén. Que teníamos algo que hacer allí. Pero no quiso decirme qué.
Marcos descansó la espalda en la acacia y volvió a su tristeza. Verónica estaba aún presente, hecha fantasma en su memoria. Entonces:
–Judas...
–¿Sí?
–He hablado con Verónica. ¿Qué hicisteis con ella?
Judas miró a Marcos y:
–¿Qué fue lo que hicimos?
–Tú lo sabes.
–Y quieres que te lo diga.
–Sí. Pero recuerda que necesito la verdad.
Y Judas, esta vez sonriendo, sin aflicción:
–¿La verdad? ¿Qué verdad? ¿La de antes o la de ahora?
Y Marcos, tajante:
–¡Simplemente la verdad!
Y Judas, con su sonrisa, que era ahora de extrañeza:
–¿Todavía crees, Marcos, que cada verdad es una y sola? ¿Realmente lo crees?
Y Marcos, empecinado:
–La verdad sólo puede ser una.
–No para los humanos. ¿O no has comprendido todavía que cada persona tiene su verdad? Y que esa verdad, la de cada persona, cambia de día en día.
–Entonces, ¿cómo creer a nadie?
–Cree que la verdad que cada uno te da es su verdad, sólo su verdad no la tuya, y que es su verdad en ese instante, no en otro. Con eso basta.
–¡Pero tú creíste que Jesús tenía la Verdad!
Hubo un silencio y Marcos vio a Judas inclinar la cabeza, como doblada por pensamientos todavía grávidos. Y sin levantar la cabeza, con vehemencia, casi con rabia:
–Tú has leído mis pergaminos, Marcos. Y conoces el amor que le tuve. ¿Cómo no iba a creer en sus palabras? En las buenas y en las malas. En las que eran amor para mi y en las que, por ser amor para otros, yo veía desprecio. Le amé demasiado, Marcos. Dejé de ser yo para ser él. Y en eso sí fui traidor. Nunca hay que ser otro. Ni palabras de otro. Ni verdades de otro.
Y después, volviendo la mirada a Marcos:
–Pero eso fue antes. Por eso he preguntado cuál de mis verdades querías conocer.
Y Marcos:
–¿No crees ya en Jesús?
–Le sigo escuchando en el recuerdo. Pero ya no soy él. Y a veces pienso que si un día fui él, eso fue porque nunca había sido yo.
Y tras un silencio:
–¿No será, Marcos, que aquellos que viven para los demás, aquellos que se entregan totalmente a otros, no será que eso se debe a que no tienen vida propia? ¿No será que esos, en lugar de darse están llenando el vacío de su vida con la vida de otros?
Y Marcos:
–¿Intentas decir que el Rabí Jesús estaba vacío, que carecía de propia vida?
–Intento decir que era yo quien estaba vacío. Por eso quise hacerme él. Por eso quería retenerle. Yo entonces, Marcos, era una jaula que buscaba pájaros que apresar. ¿Te acuerdas que eso dijo la tablilla el día que fuimos a buscar al Bienamado?
Y Marcos, rápido:
–¿Y fue para apresarle que utilizaste la ficha marcada?
Judas miró a Marcos y rió quedamente:
–Muy hábil, Marcos. Tú a lo tuyo, ¿verdad?
Y después:
–Te lo diré. ¿Has jugado al tablero romano?
–Un juego complicado.
–Sí, eso creo ahora, aunque entonces creí que mi jugada era muy sencilla.
Y tras un silencio, explicando:
–Supongo que tú conoces el tablero romano sencillo, el que se juega en la calle. Pero quienes hemos combatido con las armas...
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