
Y los ojos de carbón encendido de Verónica centellearon:
–¿Por qué quieres saber? Si hablo, si lo digo todo, ¿qué le quedará al recuerdo que sea suyo, sólo suyo?
Marcos que, cada vez más confuso, esperaba fuera Verónica quien desvelara la verdad del infame complot sospechado por María, la de Lázaro –y en cierta medida confirmado por José de Arimatea–, había dejado Jerusalén al atardecer y ahora, entrada la noche, estaba ante Verónica, en la posada, solos.
Y Verónica:
–¿No prefieres conocer qué le está ocurriendo al Bienamado, tú Rabí?
Y Marcos, rotundo:
–¡Lo sé!
–No, no lo sabes. El Bienamado está perdiendo la luz. Está volviendo a ser quien era.
Marcos sintió el impulso de correr hacia la cueva-útero donde había visto al Bienamado devanarse en luz, pero sabía que era caer en la trampa que le estaba tendiendo Verónica. Por eso Marcos le devolvió el envite lanzando su mejor carta:
–María, la de Lázaro, insinuó que Jesús le había prometido unirse a ella tras ser liberado de la cruz.
Y el carbón de los ojos de Verónica incendió las penumbras
–¡Mientes!
–¿También miento si te recuerdo que Jesús era de María de Magdala y tú se lo quitaste?
Ya no había incendio, sólo risa en los ojos de Verónica:
–Pero, estúpido, ¿cómo crees que consigue una mujer su hombre, sino quitándoselo a otra mujer?
Y Marcos, asediando
–¡Pero María, la de Magdala, había concebido un hijo de Jesús!
Esta vez Verónica encaró a Marcos con una mirada oscura y:
–De acuerdo. Tú ganas.
Y tras un silencio:
–Yo no fui la clase de prostituta que crees. Yo formaba parte de la comunidad zelote. Y tú sabes que los zelotes comparten sus bienes, también sus mujeres.
Y Marcos, disculpando:
–Pero sólo para engendrar en bien de la comunidad.
–Así es, sólo para engendrar nuevos zelotes destinados a morir para liberar Palestina, sólo para eso. ¡Así aman los zelotes! ¡Así nos prostituyen!
–¿Y Jesús?
En vuelo corto, temblorosas, las manos de Verónica se plegaron hasta quedar ocultas en el halda oscura de su vestido. Y su voz:
–De Jesús yo sólo sé que le amé.
Las manos volvieron al jarro y aliviaron una súbita sed. Después:
–¿Por qué no preguntas a Judas? ¿Nadie te ha dicho que Judas era sobrino del otro Judas, el Galileo, el gran libertador zelote de Palestina?
–¿Sobrino?
Y Verónica, devolviendo las manos a la oscuridad:
–¿Quién crees que acogió a quién?
Y lenta, pausadamente, añadió:
–En un principio Judas era más que Jesús.
Hubo un silencio. Después, la voz de Verónica volvió:
–Cuando Judas conoció a Jesús, en el desierto, Judas era ya el Mesías por todos aceptado. También por los esenios. Por eso Judas estaba ayunando con Juan el Esenio, a quien tú conoces por Juan el Bautista.
Y la voz de Marcos, ahogada:
–¡Entonces...!
Y la voz de Verónica, burlona:
–¿Entonces?
Y la voz de Marcos, queda, hablando a la propia voz:
–¿Por qué el Mesías fue Jesús?
Y la voz de Verónica, resuelta:
–¡Por amor! ¡Por amor cedió Judas a Jesús el cetro de Mesías! ¡Por amor, Marcos! ¿O no eres capaz de entender eso?
Sin voz, en silencio, Marcos se levantó y fue hasta una tinaja. Llenó de nuevo la jarra. Su confusión era ahora mayor. Volvió a la mesa y llenó los vasos. Bebió. Y el vino de Helbón, áspero y dulce al tiempo, le llevó, extrañamente, a una nimiedad. Y no quiso quedarse con la duda:
–¿Era vino de Helbón el de las bodas de Canaá?
Y Verónica, con una sonrisa:
–Lo era. El mejor que nunca he bebido.
–¿Estuviste allí?
–Me mandó Santiago el Nazirita. Ya entonces Santiago lo espiaba todo. Hasta a su hermano. Y yo estaba a sus órdenes, como ahora lo estás tú.
Y Marcos, rotundo:
–¡Ya no!
Y Verónica con una luz de burla en los ojos:
–¿Lo sabe él?
–No, todavía no. Pero dentro de mi he roto ya con todos ellos.
Y Verónica,suavemente:
–Sé que es verdad.
Se hizo un silencio largo. Y en silencio bebieron hasta dejar sin vino la jarra. Y Marcos la volvió a llenar. Después:
–Entonces Jesús..., un zelote...
Y después, cortando otro silencio:
–¿Sólo un zelote, Verónica?
Y la respuesta, en voz queda:
–¿Qué es ser sólo un zelote, Marcos?
–Poco más que combatir a las legiones romanas. Y en su caso, supongo que ser Mesías.
–¿Y ocurrió eso? ¿Le vio alguien ciñendo una espada? ¿No decidió ir a la cruz cuando le habían aceptado como Mesías?
Y la voz de Marcos, otra vez confusa:
–Entonces... –No lo sé. ¿Cómo saber quién fue Jesús? Vivía entre zelotes, les mandaba... Pero vivía también entre publicanos.