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  Recorrido iniciático de una traición bíblica
 

Para un mejor conocimiento de
JUDAS, EL APÓSTOL QUE ESTABA ENAMORADO DE JESÚS transcribimos a continuación el inicio de uno de los capítulos del libro.


    INICIO CAP.: CAPÍTULO XVIII
Una y otra vez Marcos pidió ver a José de Arimatea. Y una y otra vez ese propósito topaba contra una pared de corteses negativas. Y cierto es que José, el de Arimatea, debía haber alcanzado ya la provecta edad de casi noventa años, con lo que podía ser cierto que, como decían las notas que respondían a sus peticiones de verle, no estuviera ya en condiciones de recibir a nadie. Pero cierto era también que desde hacía años, casi desde el mismo día en que Jesús fue enterrado en la sepultura que él había dispuesto, José se había ido distanciando de los restantes seguidores de Jesús, y nadie sabía ya qué opinaba del creciente movimiento cristiano.
Y Marcos estaba convencido ya de que nunca podría entrevistarse con José cuando le llegó una nota firmada por Zadok, el hijo primogénito del de Arimatea. Y en ella le ofrecía la posibilidad de que mantuviera una breve charla con su padre. Una charla -decía la nota- en la que, a no dudar, hablarían de las conclusiones del ya terminado concilio cristiano, unas conclusiones que, aun consideradas secretas, estaba convencido no dudaría Marcos en ofrecer una copia a su padre, el hombre que había recogido en sus brazos el cuerpo muerto de Jesús.
Y Marcos comprendió. Y si bien es cierto que en un principio dudó porque consideraba eso una traición, después, tras sus primeras dudas, llegó a la convicción de que las conclusiones del Concilio eran tan irrelevantes que no tenía sentido perder esa entrevista por mantenerlas en secreto. De manera que accedió.
El palacio de los Arimatea, que era el de José, cabeza del clan, estaba situado en la parte antigua de Jerusalén. En la parte baja de la ciudad, pero por encima de ella, porque había sido construido sobre un promontorio. Era el palacio antiguo de una estirpe que procedía en línea sucesoria directa del propio rey David. Y ese palacio, de una gran riqueza arquitectónica, había sido todavía mucho más enriquecido por José de Arimatea, un hábil negociante que había amasado una incalculable fortuna con transacciones que estaban muy lejos de la necesaria transparencia no ya de un cristiano, sino de un simple comerciante. Porque, aún en vida de Jesús, a José de Arimatea los zelotes le seguían acusando de haberse enriquecido proporcionando a Poncio Pilato la piedra necesaria para la construcción del acueducto que, no hay que olvidar, fue pagado con el dinero del Templo, el llamado Carbonan, del que Pilatos se apropió. Una expoliación que fue, precisamente, el detonador que puso en pie de guerra a casi toda Palestina. Rebelión, por otra parte, sofocada con toda clase de brutalidades por Roma. Que nadie olvidaba los miles de muertos con cráneo abierto, cráneos apaleados que ofrecían, generosos, una cocción agusanada de sesos a los pájaros.
Y José de Arimatea era ya entonces asesor del Sanedrín judío, de alguna manera formaba parte de esta máxima cámara del Gobierno judío y de ahí que nadie comprendiera su amistad con Roma, ni los intereses mercantiles que, por encima de los de su país, mantenía en común con los romanos. Tampoco entendía nadie, todo hay que decirlo, la amistad que el Rabí de Galilea profesaba a José de Arimatea. Porque se daba el caso de que entre los apóstoles había varios zelotes, que zelotes eran, entre otros, Simón y Judas. Y los zelotes eran precisamente los grandes enemigos de Roma y de cuantos con ella colaboraban.
Todo eso volvió a la memoria de Marcos en tanto, conducido por Zadok, cruzaba patios y salas, estancias todas con una decoración de estatuas, murales, tapices y vitrinas con armas y menaje de oro y pedrería que iba más allá del más refinado de los lujos.
Finalmente, Zadok abrió una puerta de doble hoja y dejó que Marcos entrara. Era una habitación orientada al Este, con amplios y luminosos ventanales, y lujosamente decorada al estilo helénico. En una cama baja, mezcla de triclinio y litera, con el cuerpo ligeramente levantado, se encontraba un hombre ya anciano, de mirada lejana, que parecía contemplar paisajes sin luz. De su boca pendía un delgado, casi sutil, hilo de baba transparente. Baba limpia, de hombre rico, bien alimentado y constantemente lavado.
Y Zadok:
-Este es Marcos. El evangelista del que te he hablado. Y José de Arimatea, volviendo de sus oscuros paisajes, miró detenidamente a Marcos, con una mirada de ojos casi translúcidos, sin color ya, como gastados por las muchas miradas de una larga vida. Finalmente, tras una pausa de miradas, la boca del anciano dijo simplemente:
-Bien.
Marcos dio a José la copia del acta con las conclusiones del Concilio y éste las mantuvo un tiempo ante sus ojos, leyendo, o como si leyera, que ni un solo movimiento de su rostro delataba se estuviera siquiera dando cuenta de que tenía el pergamino en las manos, ante los ojos. Finalmente, José lo dio a Zadok y éste, tras cogerlo, a Marcos:
-Volveré pronto. Y salió.
Marcos sabía que Zadok no tardaría en volver, por lo que inició una charla directa, casi de formulario:
-¿Has leído? El Rabí Jesús ya es Dios.
Pero esto no pareció incitar al anciano que, con sus ojos translúcidos, miraba fijamente hacia Marcos, pero no a Marcos. Y éste, intentando ya provocar al anciano:
-Al Rabí le ha salido bien el complot, ¿verdad? ¡Ya es Dios! Y el anciano entonces inició un suave borbolleo que fue creciendo hasta terminar en un vómito de amarillos gargajos que fue vertiendo, espasmódicamente, en un sampedro de plata. Y con la garganta libre, al parecer, de los obstáculos que antes le impedían hablar, se limitó a decir:
-Astuto el Rabí. Y Marcos, aprovechando lo que le parecía locuacidad en el anciano:
-Pero, ¿crees que era Dios?
Y el anciano volvió al borbolleo y Marcos, solícito, le acercó el sampedro. Y el anciano José, al final, después de gargajear:
-Gracias. Y Marcos comprendió que su solicitud le había hecho perder una respuesta, así que cuando volvió a preguntar ¿crees que el Rabí era Dios?, y el anciano José inició un nuevo borbolleo, esperó pacientemente hasta el final, sin ayudarle. Y así fue como el...