
Marcos aprovechó la presencia de Marta en el Concilio para iniciar un acercamiento que le permitiera entrar como amigo y, a poder ser, como confidente en la casa que Marta y María compartían. Una casa que no era ya la de Lázaro porque éste había muerto. Y Marta contó a Marcos ese día en que se conocieron que su hermano Lázaro, sorprendentemente, volvió a encontrarse mal en el mismo instante en que Jesús iniciaba su calvario. Porque Lázaro tuvo su primer vómito mortal justo la noche de la cena de la crucifixión. Y fue, el de Lázaro, un vómito negro, con olor a hígado descompuesto, como si estuviera echando esa víscera hecha papilla por la boca. Y ya no se levantó de la cama. Murió, y eso era todavía más sorprendente, en el mismo instante en que Jesús expiraba en la cruz.
Naturalmente, ese relato, que Marcos no conocía, que en ningún momento había oído de boca de los apóstoles, espoleó todavía más su curiosidad, de manera que, terminado el Concilio, sin pérdida de tiempo, se encaminó a la cercana aldea de Betania y ahora estaba cruzando el umbral de la casa, adinerada casa, que fue de Lázaro, escenario de tantos acontecimientos evangélicos.
Advertida por los criados, Marta salió al encuentro de Marcos, algo realmente insólito en una mujer judía. Pero más insólito todavía era su forma de andar –pasos largos y sueltos –y su forma de vestir: túnica abierta y rostro al aire.
El asombro de Marcos era tanto que Marta bromeó:
–Me conociste de negro y con velo porque no quise arriesgarme a que me lapidaran los cristianos.
Y después, con voz acogedora:
–Estás en tu casa, Marcos.
Y después, con una sonrisa de disculpa:
–Perdona que no te lave los pies, pero ahí tienes agua por si quieres hacerlo.
Marcos contempló a Marta. Una mujer todavía joven, algo gruesa, pero con un cuerpo acogedor, de muelles suavidades que invitaban a un amor relajado.
Y Marcos, con la mirada en los ojos grandes y sinceros de Marta, simplemente dijo:
–Gracias.
Y fue hacia el lebrillo con agua que Marta le había indicado.
–Supongo que compartirás nuestra cena.
Y Marcos:
–Será un placer.
–Entonces perdona que te deje pero es casi ya la hora nona.
En efecto, era ya la hora de la cena, algo por otro lado previsto por Marcos, que había esperado forzar así la invitación que Marta acababa de hacerle. Y ahora a solas, ante el lebrillo, de espaldas a la puerta que daba acceso a la sala principal, confuso por el comportamiento de Marta pero pensando que sus planes se iban cumpliendo porque, a no dudar, en la cena estaría también María...
–¡Hola!
Y este saludo juvenil, despreocupado, cortó el hilo de las reflexiones de Marcos, quien buscó con la mirada el lugar de donde había salido la voz. Y allí, tras él, sonriendo, con el rostro descubierto y el cuerpo provocativamente ceñido por una túnica color carne –carne sobre carne –estaba...
–¿María?
Y María:
–¡Claro! ¡Si no soy Marta es que soy María! Y rió su propia gracia. Después:
–Sé bienvenido, Marcos. Y gracias por tu compañía.
–Todo lo contrario, María. No sabes cuánto agradezco, a ti y a tu hermana, vuestra hospitalidad.
Y después:
–Sabes a lo que vengo, ¿no?
–Sí. Y te advierto que no tendrás gratis la información que buscas. También yo pienso utilizarte.
Y cogiéndole de la mano:
–Ven.
Palma sobre palma, mano con mano, le llevó a la sala contigua. Y Marcos sentía en su mano la calidez de la mano de María. Una mujer, como la otra María, la de Magdala, de una insospechada juventud, y como la otra María también de una extrema naturalidad en su comportamiento ante un hombre, algo que Marcos no podía comprender porque ésta María no era la pecadora de Magdala. No, no lo era, pero como ella tenía también reflejos felinos en los ojos, no verdes, sino azulados, pero embravecidos también, con profundidades de musgo marino. Y Marcos no pudo evitar el pensamiento de que empezaba a conocer cuál era el tipo de mujer que, de forma especial, conmovía el corazón del Rabí. Y tampoco pudo evitar, esta vez con una sonrisa, el pensamiento de que su gusto coincidía con el de Jesús. Porque cierto es que María, ésta María, era más alta y de formas más rotundas que la de Magdala y que su pelo era mucho más atractivo, pero en ese algo que define a una mujer, y que nunca es aquello que los ojos pueden ver, ésta María era muy parecida a la pecadora de Magdala. Porque ambas tenían la misma belleza de lago espeso, de oscuras profundidades, con ese algo podrido que estalla en burbujas en la superficie y esparce aroma acre de vida.
–Siéntate al fuego.
No hacía frío, pero el suave calor de la leña ponía intimidad en la sala. Una sala grande, con larga mesa y sillas de mimbre. También arcones y jarras. Y pieles y esteras. Todo de calidad.
María, que había salido, entró instantes después con Marta. Y con ellas, dos mujeres con vino y comida que fueron dejando en la mesa, y Marta a las mujeres:
–Podéis iros, serviremos nosotras.
Y Marta ofreció frutos secos a Marcos al tiempo que María llenaba con vino tres copas. Una para Marcos, el invitado, y las otras dos... Algo incomprensible, totalmente incomprensible, estaba ocurriendo en el mundo porque Marcos vio a Marta y a María coger cada una una copa y disponerse a beber. Y esto en una habitación en la que estaban tan sólo ellos tres. Y ni Marta ni María se cubrían con el velo. Es más, Marta se había sentado junto a Marcos en actitud despreocupada y María, en un taburete bajo, frente a Marcos, hablaba a éste golpeándole amistosamente una pierna.