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  Recorrido iniciático de una traición bíblica
 

Para un mejor conocimiento de
JUDAS, EL APÓSTOL QUE ESTABA ENAMORADO DE JESÚS transcribimos a continuación el inicio de uno de los capítulos del libro.


    INICIO CAP.: CAPÍTULO XVI
Fue una semana de turbulentas reuniones entre los apóstoles de Pedro y los discípulos de Pablo, pero finalmente todos aceptaron que Pedro ostentaría una primacía espiritual, sólo espiritual, que no debía suponer un poder real sobre las iglesias fundadas por Pablo y sus discípulos. Y todos aceptaron también que nadie se sentaría en la silla que estaba presidiendo el Concilio. Y que esa silla, en la que reposaba el espíritu de Jesús, permanecería seis meses en las manos de Pedro y otros seis en las de Pablo, en tanto llegaba el fin de los tiempos, ese fin próximo en el que Jesús, rodeado de toda magnificencia, volvería a la Tierra para juzgar a vivos y a muertos. Un juicio que todos, tanto los de Pedro como los de Pablo, estaban convencidos lo ejercería Jesús, ya Dios, físicamente, sentado en esa silla que había pasado a ser símbolo de la divinidad. Y que todos, por cierto, querían besar porque entendían que besar la silla era besar el propio espíritu de Dios.
Y, así, aparentemente reconciliados, pero desafiándose con el rencor de quienes saben han logrado tan sólo una tregua, Pedro y Pablo convinieron en reanudar las sesiones públicas del Concilio, porque ambos sabían que careciendo la Iglesia de Cristo de un soberano único y por todos aceptado, la autoridad debía delegarse a una clara definición de dogmas. Sólo así se evitarían escisiones en tanto Pedro, por un lado, y Pablo, por otro, estudiaban ya una nueva estrategia por ocupar el poder. Un poder acrecentado por una silla especialmente idolatrada.
Y allí estaba ahora Demetrio, en el estrado de los oradores, golpeando repetidamente el aire con la mano para dar mayor contundencia a sus palabras:
–De manera, hermanos, que si sólo el Padre no es causado, eso significa que Jesús, en cuanto Dios, es causado, pero no causante, porque Dios no nace por Jesús, que nace por sí mismo, sin mujer ni cópula, en tanto que Jesús tiene dos nacimientos pero no es causa. O sea, nace por un lado de Dios y, por el otro, de María. Pero eso no significa que Dios copule con María, sino que quien engendra a Jesús es el Espíritu de Dios. Pero sin cópula, hermanos, que la cópula no es cosa de Dios. Por eso Jesús es Dios en cuanto engendrado por el Espíritu y es hombre en cuanto engendrado por mujer. Y entre la mujer y Dios está el ángel. De manera que nos quedan dos cuestiones a dilucidar. La primera, qué pasó entre el ángel y María. Por eso hemos llamado a María a declarar. No por otra causa que por conocer, con todo detalle, el origen humano de Jesús. Y como eso nos lo dirá María, veamos ahora la otra cuestión.
Pedro removió las posaderas en la silla de asiento bajo y, tras cruzar las piernas buscando una posición más cómoda, miró a Pablo con rencor.
Y en voz baja:
–A ese, ¿de dónde lo has sacado?
Y Pablo, muy digno:
–¿Ese? No conozco a nadie que se llame ese.
Pero ya ese, o sea, Demetrio, estaba trenzando aire con las manos:
–Si el Espíritu ha engendrado a Jesús, ¿es el Espíritu el padre de Jesús aquí en la Tierra y allá en el Cielo? Porque si el espíritu es el Padre, eso significa que el Espíritu de Dios es tanto como Dios. Y en este caso habría dos Dios. Y, además, los dos Padre. O sea, los dos fecundadores. Y eso no es cosa de razón, porque, al igual que hemos dicho que no puede haber dos Dios, tampoco puede haber salido el Hijo de la cópula de esos dos Dios. Que eso sería tanto como aceptar que un hombre puede fecundar a otro hombre, cosa imposible porque todos sabemos que la mujer, aun siendo inferior, es necesaria para que todo fecundador pueda engendrar. Así que aquí se nos plantea un grave problema teológico. Un problema realmente grave que yo resolvería con una fórmula de vía intermedia. O sea, diciendo que Dios sigue siendo Dios, que eso no lo podemos cambiar, pero aún aceptando que Dios es Dios y nada más que Dios, de manera que es uno y no tres en substancia, eso no significa que no pueda ser más de uno en manifestación. Porque, veamos: ¿acaso Dios no puede hacer lo que quiera, que para eso es Dios? Pues bien, partiendo de esta premisa nadie puede negarnos que Dios, porque así lo ha decidido, y no debemos ser nosotros quienes se lo discutamos, utiliza tres personas para manifestarse: la suya, que es la del Padre; la de Jesús, que es la del Hijo; y la de la Paloma, que es la del Espíritu Santo. Y así Dios es uno y es tres al mismo tiempo. Porque Dios es Jesús, aunque Jesús no sea totalmente Dios, lo mismo que Dios es la Paloma, aunque la Paloma no es totalmente Dios. Y de eso se deduce, asimismo, que si bien Jesús es Dios y la Paloma es también Dios, aun así Jesús no es la Paloma, ni la Paloma es Jesús. Pero en cambio, el Padre sí es Jesús y sí es la Paloma. A pesar de que Jesús y la Paloma...
Y en este punto Pedro se levantó y a Demetrio:
–De acuerdo. Totalmente de acuerdo.
Pero Demetrio, a gritos:
–¡Exijo que se me deje exponer la conclusión!
Y Pedro:
–¡Tienes un minuto!
Y Demetrio:
–Muy bien. Voy a resumir. Y digo: en cuanto a Jesús en su naturaleza humana propongo una conclusión tras escuchar a María. Y en cuanto a Jesús hijo de Dios, propongo que se acepte que si Dios es la fuente de la que mana toda agua, Jesús es el río, y la Paloma, o sea, el Espíritu Santo, el agua. Porque está claro que sin cauce, la fuente, por más que manase eternamente siempre perdería su agua. Así que yo digo: Jesús es Dios, pero lo es en el sentido de que no es la causa, pero sí el cauce de la divinidad.
Y como eso de la fuente y el cauce sí lo habían entendido los asambleístas, Demetrio fue despedido con grandes aplausos. Hasta Tomás aplaudió. Y Pedro, por su parte, sabiendo que ninguno de sus apóstoles era capaz de oscurecer la retórica de Demetrio, se levantó y:
–Hermanos, ha llegado el momento. Vamos a decidir si Jesús es o no es Yavé. Y también vamos a decidir si es Yavé de la forma en que lo ha expuesto Demetrio. O sea, lo del cauce.
Y dirigiéndose a Pablo: