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  Recorrido iniciático de una traición bíblica
 

Para un mejor conocimiento de
JUDAS, EL APÓSTOL QUE ESTABA ENAMORADO DE JESÚS transcribimos a continuación el inicio de uno de los capítulos del libro.


    INICIO CAP.: CAPÍTULO XV
El aire denso, turbio, de la carpa ahogaba a Marcos. Día a día se le hacía más y más difícil soportar la bruma de ambiciones, rencores y banalidades que espesaba el Concilio y lo llenaba de esa fetidez carroñera que amasan los picos ávidos de vísceras podridas. Por eso, Marcos, arguyendo secretos servicios ante Santiago el Nazirita, auténtico cancerbero de aquella carpa de buitres, aprovechó la semana de reuniones privadas, de disputas con sordina, para ir al encuentro del aire vivificante que se respiraba junto a Judas.
Con pie ligero recorrió, una vez más, el camino a Siquem. Se detuvo en la posada, donde bebió el buen vino de Helbón y donde se embriagó con la mirada de carbón encendido de Verónica. Poco después entraba en el huerto, casi jardín, y se dirigió a la casa. Pero no encontró a Judas. Pensó que estaría con el Bienamado en la cueva donde éste –eso lo sabía por Verónica –estaba incubando una nueva locura. Y encontró la cueva. La encontró porque Judas estaba ante ella, tumbado boca abajo, con la nariz pegada al cáliz de una adelfa.
Y Judas, a Marcos, sin mover la cabeza:
–¿Ya tenéis a quién adorar en la Tierra?
–De momento, no.
Y esta vez sí miró Judas a Marcos:
–¿Es posible que Pedro no haya podido con Pablo?
Y Marcos, tumbándose junto a Judas:
–Pedro nunca vencerá a Pablo. ¿Cómo puede una mula acabar con un tábano?
–En ese caso, ¿qué importa que venza el tábano si un tábano nunca podrá ocupar el lugar de la mula en el establo?
Y Marcos, sonriendo:
–Ni uno ni otro pueden vencer. Mula y tábano están condenados a vivir juntos, atormentándose constantemente.
Y Judas rió:
–Estás aprendiendo con mucha rapidez, Marcos. Empiezas a ser peligroso, ¿no lo sabías?
Y Marcos también rió. Después:
–¿Dónde está el Bienamado?
Y Judas, señalando una barrera de jaras:
–Su cuerpo está ahí detrás, en la cueva. El resto, cualquiera sabe.
Y después:
–Ven.
Judas llevó a Marcos por entre las jaras, surcando frondas; y Marcos iba tras él con la extraña sensación de que estaba braceando en un gran pubis, un pubis arborescente, de áspero vello. Y esa sensación se agrandó, llenándole no obstante de una gran paz, de una paz paralizante, que le llevaba a un deseo de total inmovilidad, cuando, rasgado el pubis de jaras, entró en una estrecha y húmeda oquedad de paredes lisas, casi bituminosas, que le llevó a una cueva de luces fibrosas, acogedoras como un útero.
Y allí, en aquel claustro telúrico, estaba el Bienamado. Desnudo, en actitud fetal, bisbiseando extrañas salmodias y agitando de vez en cuando brazos y piernas, como buscando agua en la que nadar. Y a la tenue luz de la cueva vio Marcos que esa luz era el fulgor de los hilos de luz que surgían del cuerpo del Bienamado. Una luz desflecada, cambiante, que se plegaba y desplegaba en formas y colores de caleidoscopio.
Marcos contempló absorto al Bienamado y después, a Judas, en un susurro:
–¿Lleva mucho tiempo así?
–Desde que llegamos.
Pero Judas impuso silencio y tiró de Marcos. Salieron. Y ya al otro lado del pubis de jaras, a la luz del día, Judas pidió a Marcos que nada dijera de cuanto había visto porque...
–Sólo nosotros dos y Verónica sabemos que algo extraño, totalmente desconocido, le está ocurriendo a Juan. Y no debemos poner en peligro esa transformación que nadie puede prever en qué va a terminar.
Y Marcos:
–¿Y si le lleva a la muerte?
Y Judas, con leves movimientos de cabeza:
–Marcos... Marcos..., ¿cómo puedes creer que la muerte es muerte para quien se devana en luz?
Y Marcos calló. Y en silencio recorrieron el camino que les separaba de la casa de Judas. Ya en ella, bajo el emparrado, aliviando la sed, Marcos, con poca voz, como forzándose a hablar:
–He visto a María, la de Magdala.
–¿Sigue enferma?
–¿Te refieres a esos ataques...?
–Sí.
–Me dijo que todos los días Satanás...
–¿Satanás?
Y Marcos, con más voz:
–¿No se dijo que el Rabí le había expulsado siete demonios?
–Sí, se dijo. Pero yo estaba allí y el Rabí habló de amor, no de demonios.
Se hizo un largo silencio en el que Marcos vio a Judas ensimismado, como mirando hacia dentro.
Y Judas finalmente:
–Sabes Marcos..., nada nos hace más desdichados que el amor.
Y Marcos, protestando:
–¡Pero el amor es alegría!
–¿Has visto a alguien más triste que aquel que ha amado?
Y Marcos, sosteniendo su protesta:
–¡Precisamente porque ha amado, porque ha conocido el amor!
Y Judas, con la mirada vuelta hacia dentro:
–Sí, precisamente porque hemos amado y sabemos, por haber amado, que no sabemos amar.
Y Judas, mirando ahora a Marcos con intensidad:
–Tú te llevaste mis pergaminos, sabes ya cuánto amé a Jesús. Guardaba el polvo que pisaban sus sandalias, el hueso de las aceitunas que había comido, corteza de los árboles en que apoyaba su mano... ¿Sabes por qué me has encontrado antes junto a una planta de adelfas? Porque nunca olvidaré que era una flor en la que él siempre se complacía.