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  Recorrido iniciático de una traición bíblica
 

Para un mejor conocimiento de
JUDAS, EL APÓSTOL QUE ESTABA ENAMORADO DE JESÚS transcribimos a continuación el inicio de uno de los capítulos del libro.


    INICIO CAP.: CAPÍTULO XIII
Los brazos enhiestos, cruzados en aspa, se mantuvieron dramáticamente estáticos. Luego, con un gesto brusco, volteando el aspa de los brazos, Pedro lanzó la palabra:
–¡Fue traicionado y murió! ¡Pero ha resucitado!
Y los asambleístas todos, en pie, con los brazos en cruz, unieron las voces en un mismo grito:
–¡Gloria a Jesús, Ungido del Señor!
Y no se dijo Yavé ni tampoco Dios, simplemente Señor. Porque eso fue lo previamente convenido en las sesiones de preparación de la Asamblea Conciliar.
–¡Yavé, no!
Eso lo dijeron los seguidores de Pablo. Y añadieron:
–Tampoco Zeus, naturalmente. En definitiva, nada que quite universalidad al concepto de Dios.
–¡Dios tampoco! –replicaron los seguidores de Pedro.
Y añadieron:
–Porque Dios lleva a un concepto de paganidad.
Y así, tras duros debates que consumieron días y más días, se llegó a una fórmula que consideraron intermedia. Fue, como dijo Demetrio, que era griego ilustrado:
–Sigamos a Aristóteles: siempre la vía media, nunca los extremos.
Y ahí asintieron todos. Porque todos estaban de acuerdo en que no es bueno para el hombre caer en excesos, que exceso es toda actitud extremosa.
Y Pedro aceptó:
–De acuerdo, el nombre oficial será Señor. Ni Yavé ni Dios.
Más arduo fue todavía decidir si a Jesús se le llamaba hijo del Señor, Mesías o Ungido. Y ya desde el primer momento la comisión preparatoria del Concilio, a la que oficialmente se había dado el nombre de Congregación de los Primeros Pasos, desechó lo de hijo del Señor. Y esto por la sencilla razón de que era precisamente eso, la filiación de Jesús con Dios –o con Yavé –lo que tenía que ser definido en el Concilio. Y ya se sabe que en una definición no debe mencionarse lo definido. Esto lo dijo Demetrio también.
Y añadió:
–Más aún: lo que va a ser definido sólo puede considerarse como objeto a definir, obviándose, por tanto, toda mención afirmativa o negativa de dicho objeto. Y si el objeto es, como en este caso, un sujeto, y si, también como en este caso, se trata de definir un atributo conceptual aunque real, si bien con realidad metafísica, intrínseca o extrínsecamente relacionada con ese sujeto, en este caso lo que va a ser definido sólo puede mencionarse como objeto –en este caso sujeto– de argumentación.
Y todos asintieron, pero no todos asintieron con el mismo semblante. Porque los que sólo hablaban arameo, o sea, los de Pedro, estaban viendo que los otros, los que además hablaban griego y latín, o sea, los de Pablo, tenían la ventaja de poder complicar las palabras porque podían decirlas de más maneras y en más idiomas.
Pero con buen o mal semblante lo de hijo del Señor fue desechado. Y fue desechado también lo de Mesías, porque, como dijo Demetrio:
–Esa es palabra que suena a terrorista. Y no es este momento de ir provocando.
Una consideración, esa, no excesivamente brillante en su exposición teniendo en cuenta que era de Demetrio, pero sí lo suficientemente juiciosa para que todos la aceptaran. Así que se decidieron por lo de Ungido, que era palabra poco precisa y que, además, había sido propuesta por los de Pedro y ya era hora de que estos se apuntaran un tanto.
Como dijo Demetrio:
–No se trata de que uno u otro imponga su razón, sino de que sea la razón la que se imponga.
Y esta frase, que dio la vuelta al ruedo cristiano, gustó tanto que a los de los Primeros Pasos se les llamó desde ese día Los Razonables. Pero nada más lejos que eso de la realidad. Y así se vió cuando saltó a la mesa el punto cuarto, el que se refería al protocolo. Que una cosa es ponerse de acuerdo en si Jesús es o no es el Señor y otra muy distinta decidir si soy o no soy yo quien ocupa la silla presidencial. Que sabido es cuánto y cómo discutían los apóstoles en vida de Jesús y ante el propio Jesús por ocupar el primer lugar a su derecha. Así que ahora que Jesús había resucitado, pero que aun así no estaba en la Tierra, ni que decir tiene que poner las posaderas en su silla, que es algo así como ponerlas en el trono del Señor, había desatado una guerra que nunca terminará.
Primero hubo que decidir el idioma oficial del Concilio. Porque si bien es cierto que Jesús era judío y hablaba arameo, también lo es que, de acuerdo con las cifras aportadas por los de Pablo, había más cristianos fuera que dentro de Palestina. Un dato que no alegró precisamente a los de Pedro, porque eso comportaba el peligro de que ellos, los judíos, perdieran la hegemonía de una religión, la cristiana, que consideraban estrictamente suya.
Dejemos a un lado, por su poca ejemplaridad, los improperios y hasta los conatos de agresión física que esas discusiones de protocolo motivaron, y digamos que, finalmente, se llegó a un consenso. Un consenso que, naturalmente, propuso Demetrio, el griego de la vía media:
–Accedemos a que el idioma oficial sea el arameo, pero cuantos oradores acrediten no hablar esa lengua podrán dirigirse a la Asamblea en cualquiera de las otras dos lenguas aceptadas: griego y latín. Naturalmente...
Y Demetrio en este punto tuvo que cortar un conato de pateo por parte de los de Pedro.
–Naturalmente, en ese caso se hará una traducción simultánea al arameo.
Y eso calmó los ánimos.
Demetrio luego, ya solemne:
–Proponemos que la silla presidencial permanezca vacía. Será el símbolo de la presencia viva de Jesús, nuestro Cristo y Señor. Proponemos también que Pedro ocupe la silla de la derecha. Pablo, humildemente, ocupará la de la izquierda, de menor rango. Pero, a cambio, que sea la propia Asamblea Conciliar, el último día, la que decida quién se sienta en la silla de Jesús: si Pedro o Pablo.
Y por ahí, no. Por ahí no entraron los de Pedro. Es más, cuando fueron a Pedro a consultar, éste resolvió pronto el dilema:
– ¿Soy o no soy yo la piedra que dijo Jesús?
Y los de la comisión:
–Es que los de Pablo niegan que Jesús dijera eso de que sobre ti iba a fundar su Iglesia.
Y Felipe, que formaba parte de la comisión:
–Y hasta han hecho un chiste con eso de que Jesús dijera que tú eres piedra.
Y Pedro, molesto:
–Lo conozco... Un chiste francamente malo.
Y Felipe:
–No creas. Igual te lo han contado mal. Verás...
–Déjalo, Felipe. Y dime: ¿es tan importante haber estudiado? Dime: ¿no es la fe la que nos va a salvar?
Y después:
–¿Sabes qué pienso, Felipe?
Y todos atendieron atirantados, como si todos se llamaran Felipe.
–Pienso que Pablo se ha vuelto idiota de tanto estudiar. ¿O crees, Felipe, que es bueno leer todo el día, como hace él?
Y Pedro, ya exaltado:
–¿Dime, Felipe...?
Y todos se atirantaron todavía más para mejor escuchar a Pedro.
–Dime. ¿Una vez, sólo una vez, viste leer a Jesús?
Y Felipe:
–Una vez, sí.
–Bueno..., una vez no cuenta.
Y Felipe:
–De todas maneras, Pedro..., sabes que Jesús conocía de memoria los textos de todos los libros sagrados. Y sabía muchas cosas más que en algún lugar debió leerlas. Yo creo que leía...
Pero Felipe calló. Conocía la vergüenza de Pedro por no saber leer. Y Felipe intentó dar marcha atrás:
–De todas maneras, estoy contigo. Creo que la fe...
Y Pedro, triste:
–No, Felipe. Tienes razón. Pero, ¿tan importante es eso de saber leer?.