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  Recorrido iniciático de una traición bíblica
 

Para un mejor conocimiento de
JUDAS, EL APÓSTOL QUE ESTABA ENAMORADO DE JESÚS transcribimos a continuación el inicio de uno de los capítulos del libro.


    INICIO CAP.: CAPÍTULO XII
Marcos, más interesado en la investigación que había decidido iniciar en torno a la vida del Rabí Jesús que en los preparativos de un concilio que, sabía ya, no tenía otro fin que enaltecer a un ganador y denostar a un perdedor, se dirigió a la tienda de María de Magdala.
Por Felipe que, embarullado en sus reflexiones teológicas, buscaba constantes aclaraciones en Marcos, éste pudo conocer que María de Magdala había instalado su tienda de adivinadora a un lado de la explanada de los buhoneros, junto a la quebrada de Abaddon.
Marcos sabía que un día Jesús liberó a María de siete demonios que la atormentaban. Y sabía también que la pecadora María, hechizada por el Rabí, dejó el prostíbulo que regentaba para integrarse en el grupo de mujeres que cuidaban de él. Unas, viendo en Jesús al hijo que hubieran querido engendrar y, otras, viendo en el Rabí al hombre que hubieran querido les engendrara hijos. Pero lo que Marcos no sabía era en qué medida María, aquella joven de Magdala, un día meretriz de fama y ahora sibila de desharrapados, había alcanzado su anhelo de ser elegida entre todas.
En todo caso, acabó diciéndose Marcos, María puede contar muchas cosas; y con este pensamiento entró en la tienda. Y no vio a nadie en ella. Pero sí vio que era la tienda pobre de una mujer que vive sola, y que ha sido abandonada por todos o que a todos ella ha abandonado. Y este pensamiento aumentó la curiosidad de Marcos por la antigua pecadora. Y se dijo que, de momento, no se daría a conocer. Quizás así podría alcanzar las heces de una mujer que sabía levantaría muros al conocer quien era él.
Y Marcos se sentó y esperó. Pero la espera no fue larga. No había tenido tiempo todavía de explorar con la mirada el escaso, casi inexistente, mobiliario, cuando entró una mujer que cargaba un pesado cántaro.
Y la mujer:
–¿Te manda alguien?
Y Marcos:
–La curiosidad.
–Eso a todos.
Y después:
–Siéntate.
Y Marcos se sentó sobre la piel que ella le había indicado. María, ahora de espaldas a Marcos, estaba llenando con agua un recipiente de barro. Y Marcos pudo contemplarla sin disimulos.
Se cubría con una túnica negra, una de esas largas túnicas de luto que quitaba todo atractivo a la mujer judía. Pero aun bajo la defensa de ese horrendo ropón, Marcos adivinó la gracilidad casi infantil de un cuerpo delgado, menudo, pero lleno de atractivo. Era un cuerpo repleto de energía, que irradiaba una fuerza envolvente, embriagadora. Y Marcos lamentó no poder contemplar en todo su esplendor, totalmente desnudo, ese cuerpo que debió ser el que inició al Rabí en el amor. Pero más lamentó todavía que la mujer ocultara el rostro tras un velo también negro y que sólo mostrara sus ojos, unos ojos grandes, de verdes aguas turmalinas.
La mujer ahora, con el recipiente de agua en una mano y un frasco de aceite de sésamo en la otra, avanzaba hacia las pieles situadas frente a aquellas sobre las que se había sentado Marcos. Y éste, al verla avanzar, sinuosa, con un aroma de movimientos frescos, sorprendentemente juveniles, se preguntó si realmente estaba ante María, la mujer procedente de Magdala que hacía ya quince años había llorado ante la cruz la muerte del Rabí. Por eso, cuando ella se sentó:
–Quiero que sea María, la de Magdala, quien profetice. ¿Eres tú?
–Yo soy.
Y ella después:
–Pregunta por pregunta: ¿Quién eres tú?
–He venido a que adivines, no a explicarte.
–Yo no leo en la mente, leo en los corazones. Me llega el dolor, no las palabras.
–En ese caso, dime si la mujer que amo guarda por mi el amor que yo por ella siento.
Y María, con la mirada fija en los ojos de Marcos:
–Extraña pregunta.
–¿Extraña?
Y María, al tiempo que vertía unas gotas de aceite de sésamo en el agua:
–A los hombres sólo les preocupa tener a la mujer, hacerla suya, no, como tú, saber si la mujer que están poseyendo les ama o no.
–He oído decir que tu experiencia es larga en amor.
–Has oído bien.
Y Marcos, quitando emoción a la voz:
–He oído también que te han amado grandes hombres.
–¿Grandes? ¿Qué hombre es grande?
Y Marcos, como quien habla por hablar:
–No sé... Dicen que hasta el Rabí de Galilea, aquel al que algunos tienen por Mesías...
Y María, con su mirada de turmalina engarfiada en los ojos de Marcos:
–Eres cristiano, ¿verdad?
Pero bajando la mirada, despreocupándose de Marcos:
–¡Y eso qué importa ya!
Y María movió ligeramente el recipiente y contempló las formas que las gotas de sésamo iban tomando:
–Mira. Esos hilos que se estrechan no hablan de un amor o desamor de mujer. Tú buscas otras cosas. Es otro el amor que te preocupa. Y esas gotas en cruz...
Movió el recipiente:
–Míralas abrazarse y separarse. También yo he conocido eso. Y desde entonces nunca he visto el aceite formar una cruz.
María levantó la mirada y volvió a engarfiarla en Marcos:
–Escucha. Hagamos un pacto. Yo seré sincera contigo y tú vas a serlo conmigo. ¿Quieres?
–Quiero.
–Bien. ¿Quién eres?
–Me llamo Marcos. Y dicen que soy cristiano.
–¿Dicen?
–Sí, dicen. Esta es mi respuesta sincera.
–De acuerdo. ¿Y qué buscas aquí?
–Te busco a ti.
–Nadie me busca ya.
–Yo sí.
–¿Por qué?
–Porque busco la verdad.
Marcos oyó la risa burlona de María.
–¿A qué esa risa?
–Que has venido a buscar la verdad donde, dicen, está la mayor embustera. ¿No has hablado todavía de mi con alguno de los apóstoles?
–No.
–Pues ve y habla. Pregunta por mi a Pedro. O mejor, a Santiago el Nazirita.
Y con rabia:
–¡A ese hijo de Satanás!
–¡Santiago es hermano del Rabí, María!
–Precisamente. Y no me explico que de una misma madre hayan nacido dos hijos tan distintos.
–¿Qué te ha hecho Santiago?
–No mucho más que los otros. ¿O no conoces qué es para ellos una mujer? ¡Para ellos un cerdo es más que una mujer! Tú eres hombre, tienes que saberlo, Pero Santiago, además, fue quien metió a Verónica en mi casa. Porque sabía que Verónica se lo iba a llevar. ¡Esa hija de perra!
Los ojos de María, antes verde turmalina y ahora casi rubí, mostraban todo el fuego de su tormento.
Y Marcos, suavemente:
–Le amaste mucho, ¿verdad?
Y María, volviendo a la turmalina profunda de sus ojos, buscando defensas otra vez:
– Por qué ese empeño en el amor que tuve al Rabí?
Y Marcos, abriéndose totalmente:
–Te he dicho que soy Marcos, pero no sé si sabes que soy el Marcos que ha escrito ese evangelio en el que ahora creen los cristianos. ¿Lo has leído tú?
–Yo no sé leer. Y aun cuando supiera, no tengo ningún interés en las mentiras de los cristianos.
Y Marcos, sonriendo:
–Nos vamos a entender, porque yo tampoco creo en ellas.
Y María, ágil:
–¡Pero las escribes! –Las escribí. Y ahora quiero borrarlas escribiendo la verdad.