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  Recorrido iniciático de una traición bíblica
 

Para un mejor conocimiento de
JUDAS, EL APÓSTOL QUE ESTABA ENAMORADO DE JESÚS transcribimos a continuación el inicio de uno de los capítulos del libro.


    INICIO CAP.: CAPÍTULO XI
En un intento, no siempre logrado, de burlar la vigilancia romana y del Sanedrín judío, los apóstoles iban trasladando sus campamentos de un lugar a otro de Palestina. Y esta vez Marcos fue advertido de que las carpas iban a levantarse en la explanada de los buhoneros, donde el bullicio de prostitutas y mercaderes ahogaba todo ruido de palabras. Un bullicio, esta vez, especialmente necesario porque se acercaba la fiesta de los Tabernáculos y en esos días festivos, de jolgorio judío y permisividad romana, se había previsto celebrar la primera asamblea del Sanedrín cristiano. Lo que podría considerarse el primer concilio y, a no dudar, el más importante puesto que se trataba de estructurar una doctrina y un culto que unificaran todas las iglesias, ahora tan sólo unidas por la tradición oral y por el evangelio de Marcos.
Se esperaba, por tanto, la llegada de prácticamente todos los obispos y de forma especial se esperaba la llegada de Pablo, el llamado Advenedizo. Y la expectación era general no sólo porque en ese primer concilio se iba a decidir la divinidad de Jesús, sino especialmente porque todos sabían que la discusión pública en torno a cómo y en qué medida Jesús era Dios no iba a ser una discusión teológica, sino el último asalto de un largo combate entre Pedro y Pablo por ocupar el trono de Cristo en la Tierra.
Los ánimos estaban, por tanto, tensos, de manera que cuando Marcos llegó, Santiago el Nazirita, que iba con ceño torvo de un lugar a otro, ejerciendo con eficiencia su cargo de Jefe de la Seguridad del Sanedrín cristiano, recibió a aquel con una retahíla de reproches:
–¿Crees, porque eres escriba, que puedes desaparecer sin decirme a dónde has ido? ¿No sabes que aquí se te necesita? ¿Quién, si no, va a redactar las actas? Además...
Pero Marcos, que no era ya el niño que un día su madre dejó en casa del Bienamado:
–Creí que tu servicio era más eficaz. ¿Cómo es posible que tus hombres no sepan qué he estado haciendo?
Y Santiago el Nazirita le contempló mirando más hacia sí mismo que hacia Marcos, y luego:
–Sí..., tienes razón. Ya va siendo hora de que empiece a espiar a mis espías.
Y añadió, con voz de insulto:
–Porque, a fin de cuentas, ¿qué es un espía sino un traidor?
Y Marcos, con una sonrisa:
–Tengo entendido que tú eres el jefe de todos los espías.
Y Santiago el Nazirita, encajando el golpe, sonrió. Pero luego, mirando fijamente a Marcos:
–Dime, ¿vas a esperar a que muera o piensas que estás ya en condiciones de ocupar mi cargo?
Y Marcos, que no era ya aquel niño porque ahora hablaba casi ya con las acacias y había visto la luz en el rostro del Bienamado:
–Creo que eres el mejor jefe de espías, así que no te preocupes, te confirmaré en el cargo cuando logre echar a Pedro.
Y esta vez Santiago el Nazirita rió de buena gana, rió con grandes carcajadas, desencajando su boca de sucios dientes y removiéndose la enmarañada barba con sus manos de mugre:
–¿Eso es todo?
–Sí, eso es todo.
Y ese fue el informe de Marcos, aquel niño que no lo era ya. Después se fue en busca de Pedro.
Cruzó por entre tiendas de prostitutas y tenderetes de buhoneros y entró en el recinto de los camelleros. Allí, entremezcladas con las tiendas de éstos, habían levantado las suyas los cristianos. Y entre todas destacaba una que no era de saco ni de lona, sino de finas pieles adobadas. Era la tienda de Pedro y Marcos entró. Vio a Mateo, a Felipe y a Andrés. Estaban hablando con gran excitación, tanta que no oyeron el saludo de Marcos. Y éste, por un momento, se mantuvo a un lado. Justo el tiempo que tardó Pedro en entrar, al que parecía habían advertido de la presencia de Marcos. Y, sorprendentemente, Pedro abrazó varias veces a Marcos al tiempo que, muy feliz:
–Al fin, hijo. No sabes cuántas veces he preguntado por ti. Me tenías preocupado.
Y tras una pausa, con una gran sonrisa:
–Supongo que te alegrará saber que te hemos nombrado Secretario de la Asamblea. Un cargo importante en verdad. ¿No lo crees tú así?
Marcos, que en los últimos días había contemplado el más variado repertorio de prodigios, se dijo que el que estaba viendo ahora los superaba todos. Porque no podía comprender cómo el rudo Pedro, el de las frases toscas y cortantes, era capaz de hablar con la untuosa suavidad con que lo hacía. Y se dijo que el analfabeto Pedro debía estar muy necesitado de dar una buena imagen ante Pablo cuando intentaba atraerle con tanta amabilidad.
Y Pedro:
–Ven, hijo.
Y le llevó hasta el grupo de los otros tres apóstoles que seguían discutiendo acaloradamente, ajenos a todo cuanto ocurría a su alrededor.
Y Pedro dijo:
–¿Vais a seguir graznando todo el día?
Y Felipe, dolido:
–Estamos en lo de si es o no es igual que el Padre.
–¿Y esto es importante?
Andrés, entonces:
–¡Claro que lo es! ¿No sabes que este va a ser el argumento de Pablo?
–¡Ah, bueno! En ese caso podéis seguir, pero contadle todo esto a Marcos conviene que lo sepa.
Y Pedro, con otro abrazo a Marcos:
–Échales una mano. Tú has escrito el Evangelio y sabes de estas cosas –y se fue.
Felipe, entonces:
–Verás. Tú llevas poco tiempo con nosotros y posiblemente no sepas que el Rabí Jesús nos ha dejado una muy ardua herencia. Porque la verdad es que no hablaba mucho con nosotros. Decía que le resultaba agotador contarnos una y otra vez la misma cosa.
Y justificándose:
–No tenía en cuenta que nosotros, a fin de cuentas, sólo somos hombres. ¿Cómo íbamos a entender todas esas cosas que contaba de su Padre?
Y Tomás:
–De las que además no ofrecía pruebas. Él hablaba y había que creerle porque lo decía él.
Y ya excitado, a Andrés:
–¿Te acuerdas de aquel día que estábamos los tres comiendo en Cafarnaúm y yo le dije: “Rabí, que ayer dijiste que eras hijo del hombre, ¿por qué has dicho hoy que eres hijo de Dios?” Y me contestó que me dejara de preguntas idiotas y siguiera comiendo. ¿Te acuerdas?
Y Andrés:
–¡No seas bestia, Tomás! Ya sabes que una vez tenía que decir una cosa y otras veces otra, que el Sanedrín estaba siempre atento a sus palabras para ver si le podía prender.
Y Tomás, rotundo:
–Entonces, ¿qué tiene de raro que no le entendiéramos? ¡Si no nos explicaba por qué unas veces decía una cosa y otras veces otra!
Y luego, tras un silencio:
–¿O sí lo explicaba?
Y el mismo Tomás se respondió dolido:
–Porque no me negaréis que hablaba más con Judas que con nosotros. Precisamente con Judas, que sabía era quien iba a traicionarle. ¡A ver cómo se explica esto! Porque yo, si sé que alguien me va a traicionar...
Y Felipe:
–Quizás no lo sabía.
Y Tomás:
–Entonces, ¿era Dios o no era Dios?
Y Andrés:
–¡Claro que lo era!
Y Tomás:
–¡Pues ya me explicaréis!
Y Andrés:
–Me tienes harto, Tomás, con tus dudas. Que no comprendo cómo el Rabí te eligió.
Y Tomás, irónico:
–Si era Dios sabía muy bien lo que hacía, ¿no?
Y Andrés:
–¿Es que vas a negar que era Dios?
Felipe llevó a Marcos a un lado:
–Como puedes ver, la Asamblea no va a ser fácil. Especialmente por eso de la divinidad de Jesús. Y no ya por decidir si era o no era Dios, que en eso estamos casi todos de acuerdo, porque si Jesús no hubiera sido Dios, ¿qué sentido tendría nuestra Iglesia, la que estamos fundando? Así que, como ves, eso no es problema. También Pablo está de acuerdo en que Jesús era Dios. Lo realmente difícil va a ser decidir ahora en qué medida es Dios. ¡Porque no vamos a darle a Yavé otro Dios! ¿Cómo va a haber dos dioses? En ese caso, ¿cuál de los dos sería más Dios? ¿Comprendes?
Y Marcos iba comprendiendo, pero no lo que Felipe pretendía.
–Así que no queda otra solución que decir que Jesús es Yavé. A fin de cuentas, todos recordamos que el mismo Rabí dijo que el Padre y él eran una misma cosa.
Y Marcos:
–¿Lo dijo realmente?
–Bueno, la verdad es que yo no estaba. Y ni siquiera sé quién lo oyó. Pero tú eres joven, Marcos, y no sabes todavía que las verdades no son verdades por sí mismas, sino porque se tienen por tales. Así que no vamos a decir ahora que Jesús no dijo lo que todo el mundo está de acuerdo en que sí dijo.
Y Felipe, con un suspiro:
–Y no entremos en sutilezas, que bastantes problemas tenemos ya. Porque, a ver, ¿cómo refutamos a Pablo esas cosas de que el Hijo es como el Padre, pero que por ser Hijo ya no es igual, aunque sí lo es..., que no hay quien lo entienda?
Y Marcos, que sí entendía:
–Entonces, el problema es Pablo.
–¿Y quién si no? ¿Quién ha empezado con esas simplezas? Todos estábamos de acuerdo en que, de alguna manera, Jesús era Dios, así que no había razón para complicar lo que estaba claro.
Y Felipe, contrariado:
–Pero como Pablo ha estudiado y sabe de todo, y como quiere lo que quiere, se ha sacado de la manga lo del hijo de Dios que es y no es Dios para quitarle a Pedro el primado. Y claro está que eso no lo podemos consentir. Así que Marcos, por favor, tú que sabes leer y escribir, vete pensando ya qué inventamos para echarle otra vez a provincias y que nos deje en paz.
Marcos, que tenía grandes deseos de conocer a Pablo, del que tanto había oído hablar, aprovechó la ocasión:
–Para inventar algo tendré antes que saber cuáles son los argumentos de Pablo. ¿Podría verle?.