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  Recorrido iniciático de una traición bíblica
 

Para un mejor conocimiento de
JUDAS, EL APÓSTOL QUE ESTABA ENAMORADO DE JESÚS transcribimos a continuación el inicio de uno de los capítulos del libro.


    INICIO CAP.: CAPÍTULO X
Estremecidos, Judas y Marcos corrieron hacia la cruz.
–¡Hay que sacarle de ahí –gritó Marcos.
Y Judas:
–Busquemos algo con qué desprenderle.
Pero ni uno ni otro se movió. Ambos permanecieron inmóviles ante la cruz contemplando absortos al Bienamado, quien, con los torbellinos de sus fosforescencias mirando a lo alto, expresaba en su rostro un cúmulo de deleites.
Manuela se había levantado y Judas:
–¿Qué ha ocurrido?
Y Manuela, agitada:
–¡Es el Bienamado, un santo!
Y Marcos:
–¡Sabemos quien es!
–Un santo, ¿verdad?
Y Judas a Marcos:
–Debe estar transtornada.
Y Marcos:
–Voy a buscar algo con qué desprenderle.
Y salió. Judas volvió a mirar fija, intensamente, al Bienamado. Buscaba una explicación a la existencia de esas dos puertas de luz fosforescente. Pero no debió encontrarla. Luego paseó mirada y manos por el rollo de pergaminos, por el contenido de la bolsa de piel adobada, por los restos de líquido esclerótico, por la daga... y entonces movió la cabeza con un ligero balanceo. Había comprendido. Y volvió a contemplar al Bienamado, quien, en aquel instante:
–Mujer, ahí tienes a tu hijo.
Y tras una pausa:
–Hijo, ahí tienes a tu madre.
Judas vio que no había dolor en la voz ni en el cuerpo del Bienamado. Y vio también que éste no estaba muriendo, sino que iba a nacer.
Y Manuela, en su agitación:
–Un santo, ¿verdad?
–Más que un santo.
–¿Más?
Y Judas, que seguía hablándose:
–Sí, más.
Y después, tomando ya conciencia de la presencia de Manuela:
–¿Quién eres tú?
Y Manuela, en su agitación, sin pausas:
–Una cristiana, me llamo Jesusa, o Manuela, como prefieras.
–¿Quién le ha crucificado?
–Yo, yo... él me dijo: Manuela clava, y yo... con una piedra, ¿sabes? Y luego yo subí la cruz, yo sola..., ¿por qué?
Y Marcos, que había entrado con unas grandes tenazas, a Judas:
–Ayúdame, voy a bajarle.
Y Judas:
–Espera. No corre peligro.
Y a Manuela:
–Cuéntanoslo todo. Sin olvidar nada.
–¿Sois apóstoles también?
Y Judas:
–Algo así, no te preocupes.
–En ese caso...
Y Marcos, impaciente:
–¿No sería mejor bajarle ahora mismo?
–No. Déjale que llegue hasta el final.
Y Marcos, con la cólera de quien no comprende:
–¿Dejarle que muera?
Y en ese instante, el Bienamado, con voz gozosa:
–Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?
Y Judas a Marcos:
–¿Comprendes ahora?
Y Marcos, tras un silencio:
–Quizás..., pero...
–Créeme, su vida no corre peligro. Y no sería bueno para él bajarle ahora.
Y volvió a Manuela:
–Dinos cuanto ha ocurrido.
Y Manuela, con su agitación y grandes gestos:
–Nada, ¿qué va a ocurrir?, que le encontramos tirado en la calle y el pobre iba desnudo, y entonces le recogimos, pero como había que leer esto...
Y Marcos:
–¿Esto? ¿Qué es ésto?
–Esto.
Y Manuela señaló el rollo de pergaminos:
–Son unas oraciones muy raras, la verdad, muy raras...
Y Marcos cogió el rollo y se acercó a la luz.
–Pues Abner las leía y yo le azotaba, y...
Y Judas:
–¿Azotabas a Abner? ¿Quién es Abner?
Y Manuela, con su agitación sin pausas y sus grandes gestos:
–No, a Abner, no, Abner es que sabe leer, y leía, y yo azotaba al Bienamado, que yo soy cristiana y tengo que obedecer, ¿no?, y así íbamos por la calle hasta que nos detuvieron los romanos, y...
–¿Los romanos? ¿Os dejaron libres?
–Nos pusieron guardia para que no nos molestaran y pudiéramos ir tranquilos, rezando por la calle.
–¿Estás segura?
–¿No sabes que el Bienamado es un santo y puede hacer milagros?
Judas no pudo evitar una sonrisa:
–¿Te das cuenta de que ese milagro ni Jesús, el Rabí, pudo hacerlo?
Y Manuela, molesta:
–¿Seguro que eres cristiano? ¿Cómo te llamas, a ver?
–Mejor no te digo el nombre.
–Pues yo no te cuento más, ni una palabra más.
–De acuerdo. Me llamo Judas.
–¿El hermano de Jesús, el Judas nacido también de María, pero no ya ungido como su hermano?
–No. El otro.
–¿El otro?
–Sí. El otro.
Y Manuela, que se había quedado pensativa, al fin:
–¿El Traidor? ¿El que fue y dijo a los romanos yo os entrego a Jesús y fue con los soldados y le dio un beso en la mejilla?
–Ese, Manuela, exactamente ese.
Y, con una leve risa, añadió:
–Que ese seré siempre ya para todos.
–¿Y esto te da risa?
Luego, con un bamboleo de cabeza que era un movimiento de reproche:
–¿Y qué haces ahora aquí?, ¿tú no estabas muerto, que eso dicen por ahí?
–Sigo muerto, Manuela. Pero hay tanto muerto como yo por ahí, andando...
–¡Dios santo, cómo se ve que eres el malo de los doce! ¿Y a qué vienes ahora, a traicionar al Bienamado, que es un santo, que tú puedes verlo, aquí con la luz del Señor?
Y en ese instante, con una gran risotada, el Bienamado:
–¡En tus manos encomiendo mi espíritu!
Y dejó caer la cabeza a un lado. Y así quedó, pero no con los ojos cerrados, que los ojos del Bienamado eran ya dos vanos de luz sin batientes.
Marcos que, junto al candil, seguía leyendo el rollo de pergaminos, miró a Judas. Y éste:
–Ahora, sí. Ya podemos bajarle.
Pero Marcos:
–Esta no es la letra del Bienamado. Es la del papiro. No entiendo...
Y Judas:
–Lo entenderás. Pero ahora ven. Bajemos al Bienamado.
Suavemente depositaron la cruz en el suelo. Manuela, solícita, ayudaba, pero, eso sí, pidiendo continuamente confirmaciones:
–¿La dejo ya?
–No, todavía no.
–¿Hacia ese lado?
–Sí, hacia ese lado.
–¿Junto a la pared?
–Eso, junto a la pared.
–¿Le sujeto el brazo?
–Espera.
–Pero luego se lo sujeto, ¿no?.