
Todavía con luces de noche, pero cercano el amanecer, cuando los gritos de relevo de las patrullas romanas anunciaban que no tardarían en ser abiertas las puertas de la ciudad, Abner despertó al Bienamado y a la que había estrujado el mangual, quien, siempre nerviosa, al leve roce de Abner respondió con un respingo y un salto y, de pie, erguida, casi en posición de firmes, sin abrir los ojos, todavía en sueños, recitó en voz alta y de carrerilla los seis primeros versículos del Salterio.
Temiendo una primera tanda de crucifixiones al amanecer, Abner propuso, prudentemente, un alejamiento del Gólgota y de la cruz que habían transportado. Pero el Bienamado se abrazó a la cruz y dijo que antes morir en ella que abandonarla. Y de nada sirvieron las sensatas palabras de Abner explicando que de permanecer allí, junto a la cruz, podrían ser tomados por reos olvidados o quién sabe si por reos que se ofrecen al sacrificio con propio instrumento de ejecución. Pero de nada sirvieron tan sabias palabras y Abner –murmurando Dios sabe qué– decidió entonces desmontar la cruz. Y dio la tablilla al Bienamado, que difícilmente hubiera podido sostener un peso mayor, el travesaño a la que había estrujado el mangual y él cargó con el pesado mástil. Y así, con un supuesto cargamento de madera, aguardaron junto a la Puerta de Benjamín.
Cuando la puerta fue abierta, en efecto, como Abner había temido, cruzó una primera tanda de condenados; pero eso fue todo y no hubo más. Así que Abner –que al ver a los que iban a ser crucificados había cerrado los ojos para mejor dirigir sus rezos de petición de auxilio a Dios –abrió los ojos con un suspiro y propuso al Bienamado dejar los maderos de la cruz en una casa cercana, propiedad de un cristiano de fiar. Pero el Bienamado se agarró a la tablilla y dijo que sólo muerto podrían separarle de la cruz porque, explicó, esa había sido la cruz en la que murió Jesús, el Rabí. Y estas palabras produjeron un extraño efecto. Abner, por su parte, soltó el mástil bruscamente, como si acabara de descubrir que éste era un animal carnicero, y la que había estrujado el mangual, a su vez, se aferró al travesaño con fuerza tal que se hubiera dicho que travesaño y ella eran una misma cosa.
Finalmente, Abner, alegando que lo suyo era más bien cosa de leer, que en eso sí era útil, pero no tanto en otros oficios menores, y que, además, le esperaban en el mercado para traducir al griego una transacción, accedió a dejar el mástil en la casa del Bienamado, pero no más. Y, en efecto, cargó con el mástil, si bien rogando al Bienamado que, por la memoria del propio Rabí Jesús, no dijera en voz alta que la cruz que transportaban era una reliquia de tanto valor. Tanto que sólo tocarla equivalía a ser condenado a morir.
Y Abner, cumpliendo lo ofrecido, dejó el mástil en la penumbra de la habitación del Bienamado, rezó un Padrenuestro y se fue a todo correr. La que había estrujado el mangual, y que ahora estrujaba el travesaño de la cruz, le miró marchar con un cierto desprecio y luego, con esa fe que la caracterizaba, dijo al Bienamado que allí estaba ella para lo que gustase mandar. Y en mala hora dijo eso, porque esa pobre mujer, con más fe que talento, no sabía que esas son palabras que nunca se deben decir. Y menos dirigidas a alguien a quien le brilla el rostro.
Así que, para empezar, el Bienamado le dijo que alumbrara un candil. Y eso lo hizo ella con mucho ánimo y muy dispuesta, pero todo cambió cuando el Bienamado, con el mismo acento reposado, sin una sola inflexión en la voz, le dijo que tenía que ayudarle a sacarse los ojos, a mutilarse el pene y luego tendría que ser ella quien le clavase en la cruz. Y esto se lo dijo el Bienamado al tiempo que sacaba unos enormes clavos del arcón.
La que había estrujado el mangual se negó. Dijo que no. Rotundamente no. Que bien está que un cristiano acabe en la cruz y hasta podía pasar por lo de ayudarle a sacarse los ojos porque, a fin de cuentas, el Rabí lo había dicho –”Si tu ojo te escandaliza, sácatelo”–, así que allá el Bienamado si prefería entrar tuerto o ciego en el Reino de Dios, pero en lo del pene, por ahí no pasaba, que consideraba gran pecado que una doncella, que eso era ella, viera y tocara tan secretas intimidades de hombre. Y no hubo manera de sacarla de ese pensamiento. Así que llegaron a un acuerdo:
–Tú me ayudas en lo demás y lo del pene será cosa mía.
–¡Pero no tendré que tocarlo!
–Ni siquiera verlo. Respetaré tu pudor.
Y el Bienamado calló. Después:
–Por cierto, ¿cómo te llamas?
–Raquel. Pero al hacerme cristiana me he dado otro nombre. Ahora soy Jesusa, aunque también me llaman Manuela, que al parecer es lo mismo.
–Bonito nombre. Que es cosa buena llevar uno de los nombres del Salvador.
Y Manuela contenta:
–¿Verdad que sí?
–Sí, en verdad.
Manuela, ya reconciliada con el Bienamado, apresuró:
–¿Empezamos ya?
–Cuando tú digas.
–No, eso tienes que decirlo tú, que eres tú, Bienamado, quien sabe lo que hay que hacer.
–Tienes razón, Manuela.
–¿Tú crees? Yo sólo sirvo para obedecer.
Y el Bienamado, con voz ungida:
–Los últimos serán los primeros.
–Eso sí. Aunque ya veremos qué ocurre si yo soy la primera.
–No se trata de mandar, Manuela.
–¿Entonces?
–Tendrás el mejor lugar en la mesa del Señor.
–¿Y no son esos los que mandan?
–No en el Cielo , Manuela.
–¿Y en ese caso de qué sirve ser el primero?
Y el Bienamado, con un suspiro:
–¿Qué te parece si dejamos eso?
–Lo que tú digas, Bienamado. Ya sabes que yo estoy aquí para obedecer.
–Sí, Manuela, ya lo has dicho, mujer.
–Y no me importa repetirlo.
–Me doy cuenta, Manuela.
–Que yo soy así. No me importa ser la última.
–Gran cosa esa. Ya te lo he dicho.
–Si es que no sabría ser la primera.
–Humilde que eres, Manuela.
–Quizás tengas razón, porque humilde soy.
–Así nos quiso el Rabí.
–Pues, ya ves, el Rabí hubiera estado contento conmigo. Porque yo obedecer, ¡lo que me manden!
Y el Bienamado, ya impaciente:
–Pues nada, yo te mando y empezamos, ¿verdad?
–Ya sabes, yo a obedecer.
–Lo sé, lo sé, pero no empecemos otra vez.
–¿No has dicho que sí, que empecemos?
Y el Bienamado, cerrando agónico los ojos:
–Déjalo, Manuela. No hables, por favor.
Y Manuela:
–Lo que tú digas. Si quieres que calle, yo callo.
–Pues calla.
–No, si no digo nada. Sólo quería que supieras que yo hago lo que tú mandes.
–Pues saca cuanto hay en el arcón. Así tendrás algo en qué ocuparte.
Y Manuela, sorprendentemente, se dirigió en silencio al arcón, pero al abrirlo y mirar:
–¡Pues anda que no hay cosas aquí!
Y al Bienamado:
–¿Has dicho que las saque todas?
–Eso he dicho.
–Pues nada, todas.
–Y cuando termines, trae el arcón.
–Lo que tú digas.
Pero el Bienamado no dijo nada. Se limitó a situar el travesaño en el suelo de manera tal que le resultara fácil volver a unirlo al mástil. Y en tanto Manuela iba desalojando el arcón con alguna que otra exclamación de sorpresa, la cruz volvió a estar montada y el Bienamado, tras varios intentos fallidos, acabó poniéndola en pie, apoyada en la pared, pero, eso sí, algo inclinada porque la cruz sobrepasaba en altura el techo de la casa.
Manuela llevó el arcón vacío al pie de la cruz y vio al Bienamado con la tablilla en la mano, mirando desolado la cúspide del mástil.