
Judas llevó a Marcos a un extremo del huerto, casi al otro lado del lugar en que se encontraba la acacia y, ya allí, con una sonrisa de complicidad, sin más explicaciones, le dejó. Marcos contempló a Judas cómo se alejaba. Le vio desaparecer tras el algarrobo que sombreaba la casa. Y durante un tiempo siguió mirando el algarrobo que había ocultado a Judas. Después miró en dirección al sol. Y el pensamiento le llegó casi instantáneamente: “Dentro de unas dos horas habrá anochecido”. Después, tras un titubeo, contempló una fuente cercana. El agua golpeaba con un rumor cadencioso la base de una pileta de piedra. Y Marcos, que hasta entonces no había pensado en beber, sintió la necesidad de hacerlo. Y bebió. Después volvió a mirar en dirección al cielo, contempló también un cercano seto de flores y... “Y ahora, ¿qué?”, se dijo. Y se sintió perdido en el huerto. Y miró en dirección a la acacia. Pero pensó que si Judas le había dejado tan alejado de ella era porque deseaba fuera el árbol la meta del extraño juego. Además recordó entonces que Judas le había dicho que debía mirarlo todo con ojos nuevos, de niño recién nacido, así que volvió la mirada a una higuera y la contempló. “No tiene higos”, se dijo. Y el hilo sin fin de sus pensamientos aprendidos se fue desovillando: “No es aún tiempo de higos”. Y ese hilo tiró de otro: “El algarrobo, en cambio quizás sí tenga algarrobas” Y sin dar un paso, sintiéndose mejor asentado en el aire de su memoria que en una búsqueda de la realidad del algarrobo: “¿Cómo va a tener fruto si...?” Y el hilo de ese pensamiento se rompió al enhebrar otro: “¿Por qué no voy a la acacia y acabo de una vez?” Pero no se movió. Lo que hizo fue mirar de nuevo en dirección a la casa y sintió esta vez en su rostro la quemazón de un creciente malestar: “¿Cómo he podido aceptar un juego tan estúpido?” Y atirantó las mandíbulas diciéndose que no tenía sentido ir de un lado a otro del huerto mirando como un imbécil. Y Marcos, ya indignado consigo mismo: “Ahora debe estar riéndose de mi”. E imaginó a Judas desde la casa, contemplándole con el rostro contorsionado por las risotadas. Porque, a fin de cuentas, ¿quién era Judas, sino el Traidor? El mismo Rabí había caído en sus redes. “Y ahora se está burlando de mi”. Y en ese instante sintió Marcos una agitada cólera que le empujó a ir hacia la casa, dispuesto a acabar con tanta estupidez. Pero Judas, que estaba sentado plácidamente bajo el emparrado, recibió a Marcos con una sonrisa:
–Te estaba aguardando.
Y con un gesto acogedor:
–Siéntate.
Y después:
–¿Sabes que has tardado más de lo que esperaba?
Y Marcos:
–¿A cuento de qué esa burla?
Judas, por toda respuesta, se limitó a coger una manzana de un cuenco cercano y la ofreció a Marcos. El gesto era suave y había tanta calidez en él que Marcos tomó la manzana.
Y Judas:
–Antes de comértela, ¿te importaría cerrar los ojos y sentirla en tu mano?
Y Marcos, otra vez agitado:
–¿No crees que ya he hecho bastante el imbécil?
–De acuerdo. Pero, dime: ¿cuando has acariciado a una mujer no has cerrado nunca los ojos para mejor sentir la dulzura de su piel?
Y Marcos, turbado:
–¿Qué tiene que ver una manzana con la piel de una mujer?
Y Judas, sonriendo:
–Así opinan las manzanas. Sólo que ellas creen que la piel de una manzana es mucho más excitante que la de una mujer.
–Yo no he dicho eso.
–Sí lo has dicho, aunque opinando como humano, no como manzana.
Y Marcos comprendió, pero:
–¿Qué tiene que ver esto con estar ahí, en el huerto...?
Y Judas:
–¿Por qué no cierras los ojos y acaricias la piel de la manzana?
Y Marcos lo hizo.
–Sin pensar, Marcos..., sin pensar. Cógela con las dos manos. Así, dale la vuelta... suavemente... Si ahora añadieras lo que imaginas cuando acaricias a una mujer... Mejor déjalo, no sea que acabes prefiriendo la manzana.
Y Judas rió. Y Marcos dejó la manzana molesto, sintiéndose otra vez burlado. Pero la risa de Judas fluía espontánea, con claridad de arroyo. ¿Y cómo creer que esa risa, limpia como el agua...?
Pero Judas, que se había levantado, tendía ya la mano a Marcos:
–Ven.
Y le llevó a la higuera:
–Cuando estabas ante ella, ¿has dejado que te hablara o estabas hablando tú?
–¿Con quién iba a hablar si estaba solo?
–Contigo mismo. Nos encanta hablarnos. ¿Y cómo vamos a oír si nos estamos hablando?
Y después, ya en la fuente:
–Si tienes sed, bebe como has hecho antes. Pero si no tienes sed no lo hagas porque beber sin tener sed es sólo buscar una finalidad para dar sentido a la fuente. Y la fuente, créeme, no necesita justificarse para seguir manando. Aunque nadie bebiera en ella, el agua seguiría estando ahí. Como seguirías estando tú aun cuando nadie calmara su sed en ti. La vida tiene sentido por sí misma, Marcos, no por lo que hagas tú.
Judas calló y dejó que el agua resbalara por sus manos. Y sus manos se movieron como acariciando el agua:
–Hazte tú también visible, Marcos. No te quedes ahí detenido, a medio camino de tus actos. ¿Has visto alguna vez el agua detenida en el caño, considerando si es humillante o no dejar la altura de donde sale?
Y Marcos, con gestos torpes, hundió sus manos en el agua. Y el agua acarició, sin detenerse, las manos de Marcos.
–Mira.
Judas mostraba a Marcos una flor roja cercana a la fuente, una flor con pocos pétalos:
–¿La ves? También esa flor de anémona parece esconderse por creer que no es la más hermosa entre cuantas la rodean. ¿Has escuchado su lamento? ¿Le has dicho que es tan hermosa como la rosa que tiene al lado? ¿Le has dicho que su belleza no está en ser una rosa, sino en ser ella misma? ¿O estabas demasiado ocupado contigo?
Judas alargó la mirada hasta un punto situado detrás de Marcos y saludó con una sonrisa. Marcos volvió la cabeza y vió a Verónica que sonreía también.
Y Verónica, sin dejar de sonreír, a Marcos:
–¿Y tú te llamas cristiano?
Y Marcos, turbado:
–¿Cristiano...? ¿Tiene que ver eso con la flor?
–Tiene que ver con Jesús, tu Rabí:
Y Judas:
–Jesús sabía acariciar las flores, pero de él sólo habéis recogido sus tristezas y lamentos.
Y Verónica:
–Yo diría sus graznidos, que también los tenía.
–¿Cómo no iba a tenerlos si ni aun nosotros, sus apóstoles, entendíamos sus palabras?
Y Verónica, aviesa:
–¿Ni siquiera Pedro, el que está ahora fundando una Iglesia?
Y Judas:
–¡Verónica, que Marcos forma parte de esa Iglesia! Además, ¿no recuerdas qué te dijo Jesús el día que acusaste a Juan?
Y Verónica mirando hacia dentro, hacia un pasado que todavía la llenaba:
–Sí. Me dijo que no juzgara. Pero tú sabes que él juzgó muchas veces, y muy duramente.
Y con rabia:
–¿No te juzgó a ti?
Y Judas, con una sorprendente sonrisa de aceptación:
–¡Pero yo soy el Traidor, Verónica! ¡El condenado! ¿Y cómo se me hubiera podido condenar si antes no se me hubiera enjuiciado?
La mirada de Marcos, aturdida, iba de Verónica a Judas y de éste a Verónica, Y la mirada de Judas se cruzó con la de Marcos. Después volvió a Verónica:
–Deja eso, Verónica, que Marcos no puede comprender. Además, estás interrumpiendo mi hora de clase.
Y Verónica, con fingida sumisión:
–¿Puede una mujer asistir a una clase de hombres?