
El decurión Rufo llevó a los judíos apresados ante el centurión Opsio.
–Rufo, me tienes harto –se quejó el centurión.
Y añadió irritado:
–¿No sabes que dentro de unas horas tengo que entregar el informe de abastecimiento?
Rufo, el decurión, intentó disculparse:
–Mi centurión, son cristianos y estaban alterando el órden público.
Y Opsio:
–¿Pero alterando mucho o poco?
–Iban con una cruz y leyeron una proclama, mi centurión.
Y Opsio:
–¿Subversiva?
–Sí, mi centurión.
Y Opsio, interesado:
–¿Otra vez lo de ese rey judío?
–No, mi centurión. Reivindicaban la homosexualidad. Por lo visto a los cristianos les gusta eso.
Unos pies enormes movieron lentamente los más de ciento veinte kilos que mal conformaban el cuerpo de Opsio y la cabeza de Opsio, incomprensiblemente pequeña, totalmente desproporcionada, osciló resignada ante la de Rufo, que se mantenía erguido sobre un cuerpo marcial.
Y Opsio, finalmente, tras varios cabeceos:
–¿Y tú me has pedido ir conmigo a Roma? ¡Provinciano, que eres un provinciano!
Y súbitamente furioso:
–¿Qué pasa con los maricas? ¿Te molestan?
Y Opsio, desentendiéndose de Rufo y de los judíos apresados volvió lentamente, sobre sus enormes pies, al triclinio.
Y Opsio, a su ayudante, que en una mesa próxima mantenía la actitud de escribir:
–A ver, ¿dónde estábamos?
Y el ayudante:
–En los cuarenta sacos de cebollas.
–¿Y qué decimos?
–Eso tú, centurión.
–¡Eso yo! ¡Eso yo! ¿Es que no sabes decir otra cosa? ¿Por qué tengo que saberlo todo yo? ¡A ver! ¿Por qué?
–Tú eres el centurión, no yo.
Y Opsio, con el cuerpo casi fuera del triclinio:
–Y como soy el centurión puedo hacer que te corten la lengua, ¿no es así?
Y el ayudante, tranquilo, casi distraído:
–No.
Y Opsio, golpeando el brazo del triclinio:
–¿Que no?
Y el ayudante repitiendo aburrido:
–No, porque mi tía segunda es amiga de una amiga de Livia, la mujer de Calígula, el Emperador. Y ni Livia ni Calígula te tienen un especial cariño. La prueba es que te han destinado aquí y yo ya he escrito para que mi tía diga a su amiga que le diga a Livia que me nombre ayudante del Procurador. Y éste ha dado ya por anticipado su aprobación. ¿Estamos?
Y Opsio, más tranquilo, como si esa hubiera sido una buena explicación:
–Estamos.
Y luego:
–¿Pero qué digo de las cebollas?
Y Rufo, que esperaba pacientemente órdenes de su superior:
–Mi centurión, puedes decir que se han evaporado con el calor. No hay que olvidar que para llegar aquí tenían que cruzar el desierto.
Opsio, esta vez, miró casi dulcemente a Rufo y luego, con su inevitable lentitud fue hasta donde Rufo estaba y:
–¿Tú tienes una tía segunda amiga de Livia, la mujer del Emperador?
–No, mi centurión.
–Bien.
Y Opsio se meció suavemente sobre sus enormes pies. Después:
–Querrás hacerme un favor, ¿verdad?
Y Rufo:
–¡A tus órdenes, mi centurión!
Y Opsio:
–Verás, tú te sientas aquí y me vas explicando lo de las cebollas. Y luego hablamos de las lentejas y también de las pasas de Corinto, ¿eh?
–¿Y los cristianos?
–¿Qué cristianos, Rufo?
–Esos, los maricas.
Y Opsio, pacientemente:
–Rufo, amigo mío, no querrás que pierda otro día con otro informe explicando la historia de estos maricas. ¿Verdad que no?
Y Rufo, muy digno:
–Mi centurión, yo cumplo órdenes.
Y Opsio:
–Muy bien. Pues mira vas a coger a estos...
Estos estaban divididos en dos grupos. Los cristianos y los no cristianos. Y ambos grupos habían nombrado ya un representante para hablar con Opsio. Y el representante de los no cristianos, un hombre con mucha nariz, adelantó un paso y dijo de un tirón:
–Señor. Nosotros no somos como esos. Simplemente íbamos camino de casa cuando al ver a esos actuar, como les creímos actores griegos...
Y el centurión, apoyado en sus enormes pies, oscilando suavemente, como meciéndose:
–¿Seguro que no sois maricas?
–Lo juramos, señor.
Y Opsio, enérgico:
–¡Entonces largaos! ¡Vamos!
Y el grupo de curiosos no cristianos salió a toda velocidad. Y Opsio, mirando a Rufo con una sonrisa:
–¿Lo ves? Ya me he ahorrado medio informe. Y teniendo en cuenta que esos otros tienen el mismo gusto que el Procurador...
Pero Rufo, cuadrándose:
–Mi centurión, en la cruz habían clavado una tablilla reconociendo como rey a ese Jesús, el que crucificamos.
–Eso es delito de subversión –sentenció con una sonrisa ladina el ayudante.
–Veamos... Hay que dar siempre una oportunidad al reo. ¿Les has preguntado si son cristianos? ¿Tienes su confesión?
Y Rufo:
–No, mi centurión.
Y Opsio:
– En ese caso...
Y Rufo:
–Nunca preguntamos, mi centurión. Los crucificamos y ya está.
Y Opsio, esta vez fuera de sí:
–¡Pero ahora, estúpido, te necesito para redactar el informe! Y si te entretienes con estos, ¿qué hago yo? ¿No entiendes que tengo que llevar esta mierda de informe al Procurador antes de la primera guardia?
–Entonces..., mi centurión, ¿les pregunto si son cristianos?
– Eso. Y como dirán que no, dejas que se vayan y empezamos a trabajar en lo nuestro. ¿De acuerdo?
Y Opsio, lentamente, asegurando cada paso de sus enormes pies, volvió al triclinio, cogió un higo seco de una mesita cercana, lo tragó casi sin masticar y eructó.
Y Rufo:
–¡A ver! ¿El jefe?
Todos miraron en dirección al Bienamado. Y Rufo, extrañado:
–¿Ese?
Y la que estrujaba el mangual, adelantando un paso:
–Sí, ese. ¿Ocurre algo?
–No. Nada.
Y a media voz:
–Debí imaginarlo. ¡Con ese velo!
Y ya en voz alta al Bienamado:
–Dime, ¿sois cristianos?
El Bienamado miró con sus ojos de sombra, con sus desolados ojos a Rufo y emitió unos sonidos casi inaudibles.
Y Rufo:
–¿Qué dice?
La anciana pegó el oído a la boca del Bienamado y éste volvió a emitir sonidos como de gorgoteo.