
El Bienamado abrió los ojos allá por la hora nona. Estaba en una habitación alumbrada por un candil de varias mechas y rodeado de sombras que, arrodilladas en torno a la cama de esteras y pieles, rezaban en voz baja. Intentó moverse y el dolor de su cuerpo lastimado le arrancó un agónico gemido. Rápidamente una de las sombras se levantó y fue hasta él. Los demás elevaron sus voces, como si la eficacia de sus rezos fuera tan sólo un problema de volumen.
–¿Quieres agua?
Era la mujer que se estrujaba las manos y que ahora estrujaba el cuerpo tullido del Bienamado a fuerza de solicitud.
Y volvió a preguntar:
–¿Quieres agua?
El Bienamado, entre brumas de dolor, comprobó que, bajo una camisa de lino, su cuerpo estaba casi enteramente cubierto por emplastos.
Y otra vez:
–¿Quieres agua?
Y las manos del Bienamado, que buscaban aire, que se abrían paso bajo la cobija, camino del rostro, comprobaron también que seguía velado.
Y una vez más:
–¿Quieres agua?
La anciana retiró a la que se estrujaba las manos y ocupó su lugar:
–Sabíamos que eras un santo, pero ahora hemos visto el milagro.
Y el Bienamado, que había retomado un hilo de voz, pidió:
–Agua.
Pero la anciana, ensimismada en su propia emoción:
–Eres tan grande como el Mesías. Tienes el sol en tu rostro.
Y el Bienamado:
–Agua, por favor.
Un hombre retiró a la anciana:
–No debemos fatigarle.
Y con voz suave, al Bienamado:
–Un poco de agua te haría bien, ¿no crees?
Y el Bienamado, agotado ya, sin hilo de voz, cerró los ojos y dejó que la fiebre oscureciera su sed.
La que se estrujaba las manos volvió junto al Bienamado. Y preguntó al hombre:
–¿Quiere agua?
Y el hombre:
–No. Déjale. Está durmiendo.
Los rezos volvieron a ser murmullo. Pero no tardaron en elevar su volumen otra vez porque el Bienamado, que en el breve sueño había embalsado voz, casi gritó:
–¡Agua!
Y la que se estrujaba las manos, nerviosa pero feliz:
–¡Lo veis, quiere agua!
Y permaneció estática, en el gozo de haber adivinado antes que nadie qué quería el Bienamado. Y repitió:
–¡Os dais cuenta! ¡Quería agua!
Y con júbilo:
–¡Es un santo!
Afortunadamente, otra mujer, esta de gestos decididos, llevó al Bienamado un cuenco de barro con agua. Y el Bienamado bebió glotonamente. Después, la misma mujer, que parecía menos prendida que los demás en la santidad del Bienamado, obligó a éste a tragarse el caldo espeso de un resto de potaje. Y el Bienamado, que sólo vomitó parte del abyecto guiso, sintió que la vida volvía a él. Poco después se erguía sobre las pieles y explicó a todos lo que Dios le exigía. Y tuvo que explicarlo dos veces más tras otros tantos breves sueños porque no parecían comprenderle:
–Tengo que llegar al Gólgota, donde el Rabí fue crucificado.
Y hasta ahí todo parecía claro, pero seguía luego:
–Como yo no puedo, uno de vosotros tiene que azotarme. Y también me gustaría que me ayudaseis a llevar la cruz. ¿Lo habéis entendido ahora?
No, no lo habían entendido.
Y el Bienamado, ya exigente:
–Uno de vosotros, el que sepa leer...
Y un hombre grueso, de semblante grave, adelantó unos pasos:
–Me llamo Abner, Bienamado. Soy alfarero y puedo leer varias palabras de corrido, sin equivocarme.
—Bien. Tú, Abner, si la hermana anciana ya no puede oírme, tendrás que leer en estos pergaminos. Pero con adecuado orden. Yo te explicaré.
Y el Bienamado dio a Abner el rollo de pergaminos que colgaba de su cuello:
–Si coges el candil...
Y Abner lo cogió.
–... puedes ver que hay números. Así que tú no tienes más que leer el texto del número que corresponda. Que para tu orden te digo que va a ser el ocho. Y cuida esos pergaminos; son muy valiosos. ¿Estamos?
Abner sí estaba, y también la anciana, pero lo de los azotes... Y el Bienamado se dirigió a la que se estrujaba las manos:
–Hazlo tu, hermana. A ellos les falta fe.
–¡Sí! ¡Yo creo en tí, Bienamado!
Y con los ojos encendidos fue hasta el mangual, lo cogió y se situó junto al Bienamado.
Y Abner:
–Si os parece podemos empezar aquí. Así ensayamos. ¿Opinas como yo, Bienamado?
–Sí, hermano.
Y el Bienamado, trabajosamente, ayudado por Abner, se puso en pie. Y la que se estrujaba las manos, y que ahora estrujaba el mangual, no esperó a más: lanzó con furia las esquirlas de plomo que remataban las tiras de cuero contra la espalda del Bienamado, que ahora protegía la camisa de lino. Y éste se dobló con un gemido. Y el mangual volvió a caer. Y cayó una tercera vez. Entonces el hombre que había atendido al Bienamado en la cama: