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  Recorrido iniciático de una traición bíblica
 

Para un mejor conocimiento de
JUDAS, EL APÓSTOL QUE ESTABA ENAMORADO DE JESÚS transcribimos a continuación el inicio de uno de los capítulos del libro.


    INICIO CAP.: CAPÍTULO V
Verónica condujo a Marcos a lo alto de una cercana colina. Y ya allí, señalando en dirección a un estrecho valle de torrentera:
-¿Ves la casa?
-Sí.
-Estará en ella o trabajando en el huerto.
Y Marcos:
-¿Tú no vienes?
-Ahora, no. Luego...; luego, sí.
Y su mirada, ahora más profunda, más intensa, como aventada, quedó un tiempo fija en los ojos de Marcos.
Finalmente:
-Si no es el Bienamado quien te manda, vuelve a Jerusalén. Deja a Judas en paz.
Y ya sonriendo:
-Aunque no sé por qué me preocupo por él. Mejor debería preocuparme por ti.
Y se fue.
Marcos la miró alejarse: erguida, ágil, pegada al aire, como abriendo moldes que se cerraban con fuerza en torno a ella. Y Marcos sintió también el deseo de ser molde, de ser sólo brazos que se cierran en torno a ella. Porque en ella había algo, un indefinible pero aprehensible algo, que llegaba hasta él con la fuerza de un rumor de cálidos gemidos. Era olor y sabor a fruta madura, ese algo de fruto fragante, terso, que pide le demos los labios.
Un muro de higueras de pala escondió a Verónica y Marcos, alejándola del pensamiento, se dio la vuelta y contempló detenidamente el estrecho valle, poco más que una torrentera, que se extendía en alargada garganta. La casa que le había indicado Verónica era un conjunto de dos cubos de piedra y barro que se prolongaban en un corral de techo de paja. Una palmera y dos algarrobos sombreaban la casa, cuya entrada se adivinaba tras un denso emparrado. El huerto, en torno a la casa, cercado, era más un jardín que un huerto. Abundaban las flores y todo era armónico, sorprendentemente armónico, en aquel huerto que -y Marcos no pudo evitar un estremecimiento- pertenecía a Judas, el Traidor. Y con el eco de ese estremecimiento, con un opresivo vacío en el pecho, Marcos se encaminó al huerto. El camino, inexistente, obligaba a buscar surcos formados por pies que, Marcos volvió a decirse, debían ser los pies de Judas. Tuvo que sortear arbustos espinosos, muros naturales, barrancos y andar y desandar bajo un sol que se acercaba a la hora quinta. Y recordó que debía estar con Judas antes de la hora sexta.
Judas no estaba en el huerto y Marcos se encaminó a la casa. Se encontraba ya a unos pasos de la puerta cuando, posiblemente advertido por el ruido de pisadas, asomó un hombre.
Y Marcos, agitado:
-¡Me ha traído Verónica!
El hombre sonreía.
-¡Desde la posada...!
La sonrisa se abrió más.
-¡Él me manda, el Bienamado!
Ahora no sólo los labios, también los ojos del hombre sonreían.
-¡Me dijo: "Tú dile Juan..., no se te olvide"!
La risa estaba llegando ya a los labios del hombre.
-¡Y yo, Marcos..., ese es mi nombre...!
Y la risa estalló:
-De acuerdo. Yo me llamo Judas.
Y mirando regocijado a Marcos:
-¿Por qué será que os cuesta tanto decir mi nombre?
Y ya grave:
-Los cristianos no dejáis nunca de condenar, ¿no es cierto?
Marcos buscó una respuesta, pero Judas:
-Entra. Estaba comiendo.
Y Marcos entró. El aposento era amplio y fresco. Y estaba sorprendentemente limpio. Las paredes encaladas espejeaban en la penumbra y esteras y pieles se amontonaban en las esquinas. Judas acercó un escabel a la mesa baja en que había estado comiendo y, con un gesto, invitó a Marcos a sentarse. Después:
-¿Has comido?
-No.
-Compartamos, entonces.
Y ante el esbozo de gesto de Marcos:
-Te lo ruego, eres mi huésped.
Y añadió:
-Lo es todo aquel que llega aquí. Amigo o enemigo.
Y Marcos protestó:
-No vengo como enemigo.
Judas miró fijamente a Marcos:
-¿Tú sabes cuándo eres amigo y cuándo enemigo? ¿No depende eso del resultado de tus actos y del juicio de otros?
Marcos calló. Y Judas le sirvió un guiso de lentejas y le sirvió vino también, el mismo vino de Helbón que le había dado Verónica. Sobre la mesa, en recipientes de barro cocido, frutos y frutas. Y Marcos, sorprendido de que Judas no le invitara a lavarse las manos, miró por la habitación y vio un lebrillo, en el que se las lavó.
Comieron en silencio. Y era un silencio acogedor, como hecho de palabras cálidas. Y Marcos, penetrado ya por esa paz, abandonado a ella, vio que el aire parecía estancarse junto a Judas, como si se adormeciera sobre su piel. Y vio que Judas era un hombre de la edad del Bienamado, pero no aviejado como éste, sino de aspecto sumamente juvenil. A Judas le ocurría lo que a Verónica. Había una extraña fuerza en todos sus movimientos, una sorprendente armonía, como si al levantar un brazo o mover la mano esos gestos no fueran sólo gestos de brazo o de mano; era como si el aire, todo el entorno, se moviera al tiempo que brazo y mano. Y vio que era, sí, un hombre delgado, pero que su rostro, afinado también, no era el rostro esquivo, huidizo, del que se hablaba. Era el rostro quieto y sereno del águila. Y Marcos, confuso, se preguntaba si era posible que aquel hombre, que respondía a la imagen que él tenía de Jesús, el Rabí, pudiera ser Judas, el Traidor.
Y fue en ese instante, poco después de la hora quinta, cuando el sol, horizontal a la parra, entrando por alguna tronera de hojas, lanzó un rayo denso, como polvo de oro, que auroleó la cabeza de Judas. De hecho no había nada misterioso en eso. Las hojas, móviles y apretadas, suelen jugar a comprimir la luz, a fragmentarla en dardos de polvo refulgente. Pero, aun así, Marcos permaneció unos segundos con la comida a medio camino de la boca, suspendida en el aire, sintiendo que cuanto estaba contemplando, esa piel translúcida, esos ojos que parecían mirar siempre hacia arriba, ese rostro con paz extrema y, sobre todo, la forma en que la luz se intensificaba al tocar a Judas, la forma en que la luz vibraba al rodearle, todo eso que tenía ante sus ojos se decía y sentía que no era explicable, con ser natural, con poder ser cotidiano.
Y Judas:
-¿No comes?
-Sí, claro.
Y Marcos llevó la comida a la boca. Luego, sin saber qué le empujaba a esa confidencia:
-¿Sabes...? Al Bienamado le surge luz del rostro. Es como un fulgor...
Y Judas, divertido:
-El Bienamado tiene un problema, Marcos. Cree, como tú, que la realidad es la verdad.
-¿La realidad?
-Sí, lo que vemos y tocamos.
- Pero..., si lo vemos y lo tocamos...
- Es real, sí. Pero la realidad, y más la que llamamos prodigio, es sólo el resultado de nuestros pensamientos. Eso que el Rabí llamó fe.
-¿Y no hay que tener fe?
-Simplemente no hay que confundir la realidad con la verdad. La verdad nada tiene que ver con el pensamiento.
-No te entiendo. ¿Quieres decir que lo del Bienamado no es un prodigio?
Y Judas suavemente:
-¿Un prodigio o un milagro? Debes distinguir, porque todo es prodigio y nada es milagro.
Y Judas, con complicidad:
-Puesto que la luz que aquí llega te transtorna, terminemos de comer fuera. Ven.
Y se sentaron bajo el parral. Judas entonces:
-Contempla esa adelfa, Marcos. Contémplala en silencio. Mírala. Y dime: ¿no es un prodigio? Y este algarrobo, ¿no lo es? ¿Y el sol? ¿Y tú?