
Sólo
luna y fulgor de piel en la penumbra de la habitación donde
el Bienamado, inmóvil, vivía la oscuridad de su aflicción. Iba
a terminar la noche. Y en ese intervalo incierto en que la noche
se aleja de una luz que todavía no ha llegado, cuando el silencio
es muerte y la vida sólo esperanza, el Bienamado abrió los ojos
y -dos ojos de tinieblas en el fulgor de su rostro- oteó en
dirección a una invisible presencia. Como Lázaro en Betania,
también él levantó los brazos y, buscando manos no visibles,
encontró en el aire el apoyo que le permitió dejar el lecho.
Fue un renacimiento lento, de gestos pesados, pausados, como
si el Bienamado, sin más luz que un reflejo de luna y el fulgor
de su rostro, recorriera escondidos nudos que desatar en el
lienzo de tenebrosos sueños que habían sido su mortaja.
Ya de pie, con el cuerpo caído sobre sí mismo, como apoyándose
en algo ajeno, movió la cabeza y buscó. Con las fosas oscuras
de sus ojos fue vagando por suelo y paredes. Y la mirada, sin
luz, quedó al fin prendida en el arcón.
La noche de Jerusalén, suave y tibia, con olor a lecho y sueños,
mantenía todavía encendidas las antorchas de las calles y el
Bienamado, inclinado sobre el arcón, con el rostro cercano a
la tronera, recibió en su fulgor los lejanos destellos del fuego
de las antorchas. Dejó unos instantes que sus ojos, fosas negras,
se bañaran en la lejana luz, buscando entibiar un frío de tinieblas,
y luego, con gestos ya rápidos, codiciosos, fue sacando el contenido
hasta dejar el arcón vacío. Y vacío ya, de nuevo pausadamente,
casi con temor, levantó el fondo falso y cogió un rollo de pergaminos.
Manos trémulas lo acariciaron y la piel de las manos recogió
estremecida el roce de la rugosa piel de los pergaminos. Devolvió
luego al arcón parte de cuanto de él había sacado y, cerrándolo,
se irguió y colgó del cuello el rollo de pergaminos, permaneció
luego unos instantes estático, mirando a lo alto, como esperando
secretas órdenes y, finalmente, esas órdenes debieron llegar
porque, como respondiendo a ellas, el Bienamado inició un rápido
encadenado de abominables actos.
Primero, se ajustó con fuerza la corona de espinas. Y el fulgor
de su rostro se oscureció con la sangre que le brotaba de la
frente. Pero, al tiempo, la oscuridad de sus ojos se encendió,
unos instantes, con la sangre que le brotaba de la frente. Cogió
luego el mangual bífido y se azotó con rabia. Las esquirlas
de plomo abrieron labios rojos en la mortecina piel. Ajustó
finalmente la tablilla -con una leyenda -en la gran cruz que
descansaba ladeada junto a la cama de pieles y veló el renacido
fulgor de su rostro con un paño fino.
Con el cuerpo desnudo, casi transparente, con sólo el fulgor
del rostro cubierto, y cargando la pesada cruz, el Bienamado
salió a la calle. En ese instante un brillo rojizo, de sol todavía
escondido, anunciaba el día. Había ya rumor de pasos
y de voces en la ciudad y había también el ruido del roce de
la cruz que, agónicamente, arrastraba el Bienamado.
Todo empezó con los niños, a éstos se unieron después las mujeres
y a éstas siguieron algunos hombres que no tenían prisa en llegar
a ninguna parte. Y pronto el Bienamado reunió un nutrido cortejo
de curiosos. De niños que buscaban piedras, de mujeres que sonreían
unas, otras no, pero que movían todas la cabeza con un compasivo
gesto, y de hombres que alentaban la crueldad de los niños.
Y entonces, cuando el cortejo de espectadores estaba próximo
a intervenir en la representación, el Bienamado se detuvo y
les miró desde el límite del velo. Fue una mirada larga, como
un saludo, tras la que su mano se tensó sobre el mangual y lo
lanzó, con furia repetida, contra su cuerpo. Las tiras de cuero
con plomo rompieron piel y carne y amasó tejido y sangre.
-¡Está loco! -gritó una mujer.
-¡Detenedle! -suplicó otra.
-¿No veis que disfruta? -rió un hombre.
-¡Baila cabrón! -gritó un niño afinando la puntería.
Y cruzó el aire la primera piedra, afortunadamente pequeña,
sólo un aguijón en el cuerpo del Bienamado. Y éste, erguido
en su lastimosa desnudez, llevó la mano que sostenía el mangual
hasta los pergaminos y, con un golpeteo rítmico sobre ellos,
como golpes de tambor, fue poniendo cadencia a su proclama:
"Tú no eres él.
Y, si no, vente conmigo al desierto. Le verás desnudo, tumbado
en la arena, tostándose al sol. Sus piernas largas, su torso
ajustado, los hombros anchos y esos ojos dulces que ahoga mirar.
Tú no eres él.
Y, si no, vente conmigo al desierto y escucha su voz. Su boca
es leche y sus labios pezones. Le verás bailando bajo la luna
y cantando canciones de amor.
Tú no eres él.
Y, si no, vente conmigo al desierto, vente conmigo Juan. Y deja
tu voz de cuervo, que también hay miel. Y caricias que acunan
y cielos azules y ese rocío de sándalo que desprende su piel.
Tú no eres él.
Y, si no, vente conmigo al desierto, verás que la vida no es
grito ni roble, que es susurro y junco, y que todo lo llena
el amor que me tiene y el amor que le tengo.
Tú no eres él."
La proclama había sido escuchada por el auditorio con un sorprendente,
aunque sonriente, silencio. Y al terminarla el Bienamado -que,
por cierto, llevado por el ritmo acabó casi bailándola- las
risas, estallantes, rompieron el aire.
-Es un loco simpático, ¿verdad? -comentó la mujer que antes
había pedido detuvieran la mano flagelante del Bienamado. Y
añadió a su compañera, una mujer, como ella, enlutada de pies
a cabeza, sólo que esta segunda más gorda, casi obesa:
-Lástima que el pobre ya...
-¡De pie se aguanta! -dijo la enlutada casi obesa abriendo un
camino a la esperanza.
Y el niño, con los aguijones de sus piedras en alto:
-¡Baila cabrón!
-Este niño es imposible -comentó la primera mujer, que era más
alta.
-A ver, es el hijo de Esther, la del mercado. Ella todo el día
con la túnica subida y el niño... -explicó la otra, la casi
obesa.
-¡Así salen! -asintió la primera, la alta.
Y un grupo de hombres:
-Poco ibas a sacarle a ese pellejo, ¿eh, Silas?
Y Silas, el peletero de Betania, con una risotada:
-¿Es que tiene algo de dónde sacar?
-A éste le echa de casa hasta la viuda de su hermano -rió un
tercero.
-¿No te referirás a la viuda del Juan ese del que ha hablado?
-volvió a reír el peletero.
Y todos, y algunos más que se habían unido al grupo, avanzaron
tras el Bienamado que estaba reanudando su vía crucis personal.
Y el Bienamado, en otra esquina, a unos pocos pasos del lugar
de su primera proclama, volvió a detenerse, se volvió a flagelar,
tamborileó de nuevo sobre los pergaminos y otra vez lanzó su
lamento al aire:
"Ámame.
Soy tu perro fiel. Guardaré tus sueños, moveré la cola, saltaré
a tu pecho y lameré tus pies. Tú serás mi dueño, te obedeceré.
Soy tu perro fiel. Ámame.
Soy tu perro fiel. Tenme siempre cerca, atado si quieres, pero
junto a ti. No mires a otros, llévame contigo, no me dejes solo.
Soy tu perro fiel. Ámame.
Soy tu perro fiel. Dame tus caricias, no me dejes nunca, dime
que me quieres, que yo soy tu sombra, sombra de tu sombra. Soy
tu perro fiel. Ámame.
Soy tu perro fiel. Puedes azotarme, dejarme sin agua, pero acéptame.
Deja que te siga, que ladre a los otros, que muera por ti. Soy
tu perro fiel."
Esta vez el Bienamado tuvo un coro de ladridos. Hombres, niños
-excepto el de las piedras, que había ido a por un nuevo cargamento
de ellas- y hasta alguna mujer, unieron sus voces en una divertida
orquestación de la proclama. Y debieron haberse sentido muy
satisfechos de su actuación porque, al terminar el Bienamado
-y, por tanto, al terminar ellos también- esa parte de la representación,
aplaudieron con mucho entusiasmo.
Y una niña recién llegada al grupo:
-Eso que le cuelga, ¿qué es, mamá?
Y su madre:
-Yo no veo nada.
-Eso, mamá.