INICIO
  Recorrido iniciático de una traición bíblica
 

Para un mejor conocimiento de
JUDAS, EL APÓSTOL QUE ESTABA ENAMORADO DE JESÚS transcribimos a continuación el inicio de uno de los capítulos del libro.


    INICIO CAP.: CAPÍTULO IV
Sólo luna y fulgor de piel en la penumbra de la habitación donde el Bienamado, inmóvil, vivía la oscuridad de su aflicción. Iba a terminar la noche. Y en ese intervalo incierto en que la noche se aleja de una luz que todavía no ha llegado, cuando el silencio es muerte y la vida sólo esperanza, el Bienamado abrió los ojos y -dos ojos de tinieblas en el fulgor de su rostro- oteó en dirección a una invisible presencia. Como Lázaro en Betania, también él levantó los brazos y, buscando manos no visibles, encontró en el aire el apoyo que le permitió dejar el lecho. Fue un renacimiento lento, de gestos pesados, pausados, como si el Bienamado, sin más luz que un reflejo de luna y el fulgor de su rostro, recorriera escondidos nudos que desatar en el lienzo de tenebrosos sueños que habían sido su mortaja.
Ya de pie, con el cuerpo caído sobre sí mismo, como apoyándose en algo ajeno, movió la cabeza y buscó. Con las fosas oscuras de sus ojos fue vagando por suelo y paredes. Y la mirada, sin luz, quedó al fin prendida en el arcón.
La noche de Jerusalén, suave y tibia, con olor a lecho y sueños, mantenía todavía encendidas las antorchas de las calles y el Bienamado, inclinado sobre el arcón, con el rostro cercano a la tronera, recibió en su fulgor los lejanos destellos del fuego de las antorchas. Dejó unos instantes que sus ojos, fosas negras, se bañaran en la lejana luz, buscando entibiar un frío de tinieblas, y luego, con gestos ya rápidos, codiciosos, fue sacando el contenido hasta dejar el arcón vacío. Y vacío ya, de nuevo pausadamente, casi con temor, levantó el fondo falso y cogió un rollo de pergaminos. Manos trémulas lo acariciaron y la piel de las manos recogió estremecida el roce de la rugosa piel de los pergaminos. Devolvió luego al arcón parte de cuanto de él había sacado y, cerrándolo, se irguió y colgó del cuello el rollo de pergaminos, permaneció luego unos instantes estático, mirando a lo alto, como esperando secretas órdenes y, finalmente, esas órdenes debieron llegar porque, como respondiendo a ellas, el Bienamado inició un rápido encadenado de abominables actos.
Primero, se ajustó con fuerza la corona de espinas. Y el fulgor de su rostro se oscureció con la sangre que le brotaba de la frente. Pero, al tiempo, la oscuridad de sus ojos se encendió, unos instantes, con la sangre que le brotaba de la frente. Cogió luego el mangual bífido y se azotó con rabia. Las esquirlas de plomo abrieron labios rojos en la mortecina piel. Ajustó finalmente la tablilla -con una leyenda -en la gran cruz que descansaba ladeada junto a la cama de pieles y veló el renacido fulgor de su rostro con un paño fino.
Con el cuerpo desnudo, casi transparente, con sólo el fulgor del rostro cubierto, y cargando la pesada cruz, el Bienamado salió a la calle. En ese instante un brillo rojizo, de sol todavía escondido, anunciaba el día. Había ya rumor de pasos y de voces en la ciudad y había también el ruido del roce de la cruz que, agónicamente, arrastraba el Bienamado.
Todo empezó con los niños, a éstos se unieron después las mujeres y a éstas siguieron algunos hombres que no tenían prisa en llegar a ninguna parte. Y pronto el Bienamado reunió un nutrido cortejo de curiosos. De niños que buscaban piedras, de mujeres que sonreían unas, otras no, pero que movían todas la cabeza con un compasivo gesto, y de hombres que alentaban la crueldad de los niños.
Y entonces, cuando el cortejo de espectadores estaba próximo a intervenir en la representación, el Bienamado se detuvo y les miró desde el límite del velo. Fue una mirada larga, como un saludo, tras la que su mano se tensó sobre el mangual y lo lanzó, con furia repetida, contra su cuerpo. Las tiras de cuero con plomo rompieron piel y carne y amasó tejido y sangre.
-¡Está loco! -gritó una mujer.
-¡Detenedle! -suplicó otra.
-¿No veis que disfruta? -rió un hombre.
-¡Baila cabrón! -gritó un niño afinando la puntería.
Y cruzó el aire la primera piedra, afortunadamente pequeña, sólo un aguijón en el cuerpo del Bienamado. Y éste, erguido en su lastimosa desnudez, llevó la mano que sostenía el mangual hasta los pergaminos y, con un golpeteo rítmico sobre ellos, como golpes de tambor, fue poniendo cadencia a su proclama:
"Tú no eres él.
Y, si no, vente conmigo al desierto. Le verás desnudo, tumbado en la arena, tostándose al sol. Sus piernas largas, su torso ajustado, los hombros anchos y esos ojos dulces que ahoga mirar.
Tú no eres él.
Y, si no, vente conmigo al desierto y escucha su voz. Su boca es leche y sus labios pezones. Le verás bailando bajo la luna y cantando canciones de amor.
Tú no eres él.
Y, si no, vente conmigo al desierto, vente conmigo Juan. Y deja tu voz de cuervo, que también hay miel. Y caricias que acunan y cielos azules y ese rocío de sándalo que desprende su piel.
Tú no eres él.
Y, si no, vente conmigo al desierto, verás que la vida no es grito ni roble, que es susurro y junco, y que todo lo llena el amor que me tiene y el amor que le tengo.
Tú no eres él."

La proclama había sido escuchada por el auditorio con un sorprendente, aunque sonriente, silencio. Y al terminarla el Bienamado -que, por cierto, llevado por el ritmo acabó casi bailándola- las risas, estallantes, rompieron el aire.
-Es un loco simpático, ¿verdad? -comentó la mujer que antes había pedido detuvieran la mano flagelante del Bienamado. Y añadió a su compañera, una mujer, como ella, enlutada de pies a cabeza, sólo que esta segunda más gorda, casi obesa:
-Lástima que el pobre ya...
-¡De pie se aguanta! -dijo la enlutada casi obesa abriendo un camino a la esperanza.
Y el niño, con los aguijones de sus piedras en alto:
-¡Baila cabrón!
-Este niño es imposible -comentó la primera mujer, que era más alta.
-A ver, es el hijo de Esther, la del mercado. Ella todo el día con la túnica subida y el niño... -explicó la otra, la casi obesa.
-¡Así salen! -asintió la primera, la alta.
Y un grupo de hombres:
-Poco ibas a sacarle a ese pellejo, ¿eh, Silas?
Y Silas, el peletero de Betania, con una risotada:
-¿Es que tiene algo de dónde sacar?
-A éste le echa de casa hasta la viuda de su hermano -rió un tercero.
-¿No te referirás a la viuda del Juan ese del que ha hablado? -volvió a reír el peletero.
Y todos, y algunos más que se habían unido al grupo, avanzaron tras el Bienamado que estaba reanudando su vía crucis personal. Y el Bienamado, en otra esquina, a unos pocos pasos del lugar de su primera proclama, volvió a detenerse, se volvió a flagelar, tamborileó de nuevo sobre los pergaminos y otra vez lanzó su lamento al aire:
"Ámame.
Soy tu perro fiel. Guardaré tus sueños, moveré la cola, saltaré a tu pecho y lameré tus pies. Tú serás mi dueño, te obedeceré. Soy tu perro fiel. Ámame.
Soy tu perro fiel. Tenme siempre cerca, atado si quieres, pero junto a ti. No mires a otros, llévame contigo, no me dejes solo. Soy tu perro fiel. Ámame.
Soy tu perro fiel. Dame tus caricias, no me dejes nunca, dime que me quieres, que yo soy tu sombra, sombra de tu sombra. Soy tu perro fiel. Ámame.
Soy tu perro fiel. Puedes azotarme, dejarme sin agua, pero acéptame. Deja que te siga, que ladre a los otros, que muera por ti. Soy tu perro fiel."

Esta vez el Bienamado tuvo un coro de ladridos. Hombres, niños -excepto el de las piedras, que había ido a por un nuevo cargamento de ellas- y hasta alguna mujer, unieron sus voces en una divertida orquestación de la proclama. Y debieron haberse sentido muy satisfechos de su actuación porque, al terminar el Bienamado -y, por tanto, al terminar ellos también- esa parte de la representación, aplaudieron con mucho entusiasmo.
Y una niña recién llegada al grupo:
-Eso que le cuelga, ¿qué es, mamá?
Y su madre:
-Yo no veo nada.
-Eso, mamá.