
Movido
por las promesas de Santiago el Nazirita, Marcos inició un cerco
de cuervo carroñero en torno al Bienamado. No dejaba de espiarle
un solo instante. Las manos, el temblor de los labios, la dirección
de la mirada, todo, en el Bienamado, podía ser camino que llevara
a cuanto Santiago el Nazirita quería conocer. Pero el Bienamado
restó toda posibilidad a Marcos, porque tras los dos meses de
lucidez, en los que fue capaz de mantener el orden de su dictado,
cayó en un mayor sopor que antes y se mantuvo casi constantemente
enfebrecido sobre las pieles. No sólo ya cuando la luz del día
avivaba los recuerdos, sino también, esta vez, cuando la noche
los ensombrecía. Ya no había noches de luz ni días de sombras
en la larga agonía del Bienamado, ahora todo era, para él, una
bóveda sin estrellas, hecha de raso oscuro, como si el firmamento,
esa gran bolsa que encierra y apresa cuanto existe, se hubiera
dado la vuelta y mostrara tan sólo el tosco, borroso y desordenado
revés de la trama.
Y para desesperación de Marcos, el Bienamado mantenía una casi
completa inmovilidad. Sólo una noche, cuando Santiago el Nazirita,
a instancias de Marcos, visitó al enfermo, éste súbitamente
se levantó y fue hasta el cercano arcón -que sacó del nicho
del muro -y se sentó sobre él. Santiago el Nazirita sólo vio
en el gesto la lógica reacción de un delirio, pero Marcos recordó
las muchas veces que el Bienamado había delatado, con su mirada,
la existencia de algo especialmente valioso en el arcón.
Durante tres días con sus noches Marcos estuvo acechando el
arcón. Lo miraba, tanteaba el trabado de la cerradura, probaba
la resistencia de los clavos de las bisagras, también la dureza
de las cantoneras de metal y se preguntaba cómo abrirlo sin
dejar huellas de la profanación. Sabía que el Bienamado era
envidiado, pero también respetado y que, de no encontrar algo
que justificara su expolio, sería borrado del Sanedrín cristiano
si el Bienamado le acusaba ante el Consejo de los Doce.
Posiblemente Marcos nunca hubiera llegado a conocer el contenido
del arcón de no haberse dado el hecho de que el Bienamado, pasados
esos tres días, exactamente a la semana de haber entrado en
aquel extraño estado de letargia, no hubiera emergido a la vigilia
por unos minutos para decirle que fuera a ver a Judas:
-Debes estar allí antes de la hora sexta.
Marcos recordó la recomendación de Santiago el Nazirita y:
-¿Has dicho que debo encontrarme con Judas?
-Sí, Marcos. Yo no puedo ir, las piernas no me obedecen.
Y Marcos tanteó:
-¿De qué Judas me hablas?
-¿Cuántos Judas conoces?
-Muchos, Maestro.
-Yo sólo conozco a uno: el apóstol.
-¿El Traidor?
-El apóstol. Y no preguntes más.
-Sabes que Judas se ahorcó.
Y Marcos, después:
-Voy a encender fuego. Necesitas alimento.
-No es alimento lo que necesito.
-Llevas muchos días sin comer.
-Comeré luego.
Y Marcos, aviesamente:
-Maestro, es el ayuno el que te hace creer que Judas vive.
-Cuando le veas sabrás que no murió.
Y Marcos:
-¿Cómo sabré que es él si no le conocí?
El Bienamado, con un extraño brillo de inteligencia en los ojos,
miró largamente a Marcos:
-Es preciso, ¿verdad?
- No entiendo...
Un lagrimón rodó por la mejilla del Bienamado:
-Sí me entiendes.
Y se levantó trabajosamente. Después, ayudado por Marcos, fue
hasta un punto de la pared frontera, tanteó en la oscuridad
y, finalmente, un ladrillo cedió. En el hueco estaba la llave
del arcón:
-Toma. Ábrelo.
Marcos cogió la llave con avidez, tanta que se sintió delatado
por sí mismo. Avergonzado, volvió la mirada hacia el Bienamado.
Este le contemplaba con claros signos de indulgencia. Y sólo
entonces Marcos vio que el Bienamado estaba completamente desnudo
ante él. Y se sintió conmovido, también empequeñecido, ante
la majestuosidad de aquel cuerpo demacrado que transpiraba sufrimiento.
Era el cuerpo lacerado, agónico, de alguien que está viviendo
una crucifixión. Y Marcos, piadosamente, con una sonrisa de
disculpa, cogió en sus brazos al Bienamado y lo depositó sobre
las pieles. Después, con la llave en la mano:
-¿Quieres realmente que lo abra?
-Ahora sí, hijo.
Y en la voz del Bienamado había amor. Luego añadió:
-Encontrarás un papiro, cógelo.
En la penumbra de la habitación el interior del arcón era tinieblas.
Y Marcos:
-Encenderé un candil. No veo el papiro.
Con el candil encendido contempló el interior del arcón. El
papiro estaba allí, encima de un manto de fina lana, color púrpura.
Y el manto, para desilusión de Marcos, cubría el resto del contenido
del arcón. -Dáselo a Judas. Dile que ahora soy yo, Juan, quien
pide ayuda.
-¿Juan?
-Repítelo, Marcos.
-Que ahora eres tú, Maestro, quien pide ayuda.
-No te olvides del nombre: Juan. ¿Entiendes? Juan, no Bienamado.
Y ahora, Marcos, encamínate sin pérdida de tiempo a Betania.
Al llegar, toma el camino de Jericó. Síguelo hasta Efraín y
al llegar al cruce que lleva a Siquem encontrarás una posada.
Pregunta allí por Verónica. Ella te llevará hasta Judas.