| Recorrido iniciático de una traición bíblica | ||||||||
-Sí, Maestro. -Apareció Juan el Bautista en el desierto predicando el bautismo. -bautismo. -Juan, vestido de pelo de camello... Y Marcos, dejando de escribir: ¿Tú conociste a Juan el Bautista, Maestro? -¿Si le conocí? Con él estuve años en el desierto. Y estaba también Judas. -¿El Traidor? -El Rabí dijo que no juzgáramos, Marcos. -Pero todos le llaman así. -También dijo el Rabí: Perdónales, Padre, porque no saben lo que hacen. -En ese caso no será lo que hacen, sino lo que dicen -corrigió Marcos. -¡Qué más da! Decir también es hacer. Y hasta pensar. Porque son palabras del Rabí: Yo os digo que todo el que mira a una mujer deseándola ya adulteró con ella en su corazón. En el pensamiento está toda acción, Marcos. Asi nos lo dijo el Rabí. -¿El Rabí lo sabía todo, Maestro? -Todo. Un Mesías sabe leer en los corazones. Y tras un silencio y un suspiro, el Bienamado: -Sigue escribiendo. Y no importunes tanto. -Sí, Maestro. -¿Dónde estábamos, Marcos? -En el desierto. -Entonces pon: Por aquellos días vino Jesús de Nazaret de Galilea... -Galilea... -...para ser bautizado por Juan en el Jordán. -Jordán. Y esta vez fue el Bienamado quien cortó el hilo del dictado: -¡Qué día aquél, Marcos! No hay oscuridad que pueda borrarlo de mi memoria. Lo veo con la luz que ya no tienen mis ojos. ¡Con qué claridad veo a Juan, el Profeta, sentado al sol naciente, buscando un poco de calor! Le veo abrir el cuero de camello con que se cubría y dejar la sarna de su pellejo al aire. ¡Su pecho era mil nidos de parásitos! -Sería por la falta de agua. -Te equivocas, Marcos. Juan era nazirita, como Santiago, el hermano del Rabí. ¿O es que tú también estás ciego y no has visto los piojos que cubren su cuero? -¿Dijo el Rabí Jesús que amáramos los piojos? -No es eso, Marcos. Lo que ocurre es que todo nazirita, y más el jefe, que eso es Santiago, no sólo se abstiene de carne y de bebidas fuertes, sino que, además, nunca debe afeitarse ni cortarse el pelo, como tampoco utiliza los baños públicos. Su misión es rezar constantemente por el perdón del pueblo. Y Marcos, rotundo: -¡Santiago no reza! -Sí reza. Pero lo hace en silencio. ¿No has visto que cuando no habla mueve los labios? -No. -¿No? Quizás éstos no sean tiempos de rezos. Lo que importa es que aquel día Juan, el Bautista, nos dio la buena nueva. Y ahora escribe, Marcos: Hoy vuestros anhelos se verán cumplidos, nos dijo. Aquel a quien esperábamos está al llegar. Gozaos en él, porque vuestros ojos van a ver al que viene a desatarnos. Y Judas preguntó: ¿Hablas del Mesías, Maestro? Y Juan repuso: Hablo de aquel que fue anunciado y cuya túnica no somos dignos de besar. Y súbitamente Juan, en uno de esos arrebatos con alaridos que le llevaron a ser decapitado, lanzó: ¡Y a ti te digo, ciudad maldita: el que llega hoy pondrá su espada en tu boca y la hundirá en tus entrañas! ¡Morirás de vómito y no habrá bálsamo que alivie tu putrefacción! El Bienamado acercó el rostro a Marcos: -¿Me sigues? -Estoy en lo del vómito. -Bien. ¡Morirás de vómito y no habrá bálsamo que alivie tu putrefacción! Volvió a acercar el rostro: -¿Y ahora? -Ahora sí. Ya he llegado a putrefacción. -Sigo. Y entonces Juan, todavía agitado, miró a uno y otro lado del desierto, como buscando a alguien. Y Judas, ávido: Maestro, dime, ¿es realmente quien esperamos? Y el Bautista, esta vez sin gritar: Si esperas a quien ha de llevarte al otro lado del río, él es. -Y eso del río, ¿qué significa? -Eso mismo pensamos nosotros porque recuerdo que nos mantuvimos expectantes, con la boca abierta ante Juan,esperando alguna aclaración, pero Judas cortó el hilo con una pregunta. |
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