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  Recorrido iniciático de una traición bíblica
 

Para un mejor conocimiento de
JUDAS, EL APÓSTOL QUE ESTABA ENAMORADO DE JESÚS transcribimos a continuación el inicio de uno de los capítulos del libro.


    INICIO CAP.: CAPÍTULO II
Haber sido aceptado por el Sanedrín cristiano llenó a Marcos de orgullo. Era el único joven que compartía espacio con los altos dignatarios del Ejército de Cristo. Así llamaba Santiago el Nazirita a los desharrapados que llegaban a él ávidos de palabras de consuelo.
Naturalmente, Marcos ahora espiaba al Bienamado con mayor dedicación y sus informes a Santiago el Nazirita eran tan minuciosos que éste, tras escuchar un tiempo, aburrido ya, le ordenaba dejar el final para otro día. Y como esos finales se iban acumulando y Marcos, cada vez con más insistencia, le perseguía para soltarlos y ponerse al día, Santiago el Nazirita, un tanto asqueado, acabó por ordenarle que se los diera por escrito.
-¿Por escrito?
-Sí. Por escrito.
-¿Y cómo lo hago si no sé escribir?
-Aprende.
-Pero eso es difícil.
-Mejor. Así tardas y yo descanso.
Y Marcos aprendió. Y aprendió con rapidez. Y fue el Bienamado quien le enseñó. Quien, ante la insistencia de Marcos, renunció por un tiempo a sus días de fiebre y, en un rincón de la casa, casi en completa oscuridad, iba dictando a Marcos. Primero fueron las letras, una a una, con sus palotes y sus tortuosas líneas, luego párrafos en los que el Bienamado recordó sus tiempos felices.
-Escribe, Marcos. Y ya sabes, antes de empezar a escribir siempre tienes que trazar una cruz.
-¿Así?
-Muy bien. Y ahora escribe. Y guárdalo, porque algún día, quién sabe...; puede que alguien guste de leerlo.
-Sí, Maestro.
-Pienso que lo primero será decir que cuanto sigue es la palabra de Jesús. No vaya a pensarse que es cosa mía. Y Marcos, solícito:
-¿Lo escribo así?
-Mejor pon: Principio del evangelio de Jesús. Ya sabes, la primera palabra es principio.
-Eso lo sé, Maestro. Lo que no sé es eso de evangelio.
-Significa, Marcos, que el Rabí Jesús trajo palabras de vida.
Y Marcos, que escuchaba con los ojos muy abiertos, permaneció con la mirada fija, como esperando algo más comprensible. Pero ante el silencio del Bienamado:
-¿Pongo eso de palabras de vida?
Y después:
-Si empezamos diciendo cosas así esto no habrá quien lo entienda.
Y el Bienamado, con un punto de impaciencia:
-Mira, Marcos. Por tu empeño en aprender a escribir he decidido aplazar mi enfermedad.Y te aclaro que esta enfermedad que por ti estoy aplazando es algo muy importante. Algo que me urge, Marcos. Asi que házmelo fácil, ¿quieres?
Y Marcos, que tampoco esta vez comprendía:
-Lo que tú digas, Maestro.
-Así, Marcos. Y lo que digo es... Escribe. Según está escrito en el profeta Isaías...
Y Marcos:
-Isaías...
Y el Bienamado:
-Eso que sigue subráyalo, Marcos, que no es cosa mía ni de Jesús. ¿Entendido?
-Sí, Maestro. He aquí que envío delante de ti a mi mensajero...
-mensajero...
-...que preparará tu camino.
-camino..
.
-Lo que sigue sin subrayar, Marcos.
-Lo que sigue sin subrayar, Marcos.
-Sí, Maestro.
-Apareció Juan el Bautista en el desierto predicando el bautismo.
-bautismo.
-Juan, vestido de pelo de camello... Y Marcos, dejando de escribir: ¿Tú conociste a Juan el Bautista, Maestro?
-¿Si le conocí? Con él estuve años en el desierto. Y estaba también Judas.
-¿El Traidor?
-El Rabí dijo que no juzgáramos, Marcos.
-Pero todos le llaman así.
-También dijo el Rabí:
Perdónales, Padre, porque no saben lo que hacen.
-En ese caso no será lo que hacen, sino lo que dicen -corrigió Marcos.
-¡Qué más da! Decir también es hacer. Y hasta pensar. Porque son palabras del Rabí: Yo os digo que todo el que mira a una mujer deseándola ya adulteró con ella en su corazón. En el pensamiento está toda acción, Marcos. Asi nos lo dijo el Rabí.
-¿El Rabí lo sabía todo, Maestro?
-Todo. Un Mesías sabe leer en los corazones.
Y tras un silencio y un suspiro, el Bienamado:
-Sigue escribiendo. Y no importunes tanto.
-Sí, Maestro.
-¿Dónde estábamos, Marcos?
-En el desierto.
-Entonces pon: Por aquellos días vino Jesús de Nazaret de Galilea...
-Galilea...
-...para ser bautizado por Juan en el Jordán.
-Jordán.
Y esta vez fue el Bienamado quien cortó el hilo del dictado:
-¡Qué día aquél, Marcos! No hay oscuridad que pueda borrarlo de mi memoria. Lo veo con la luz que ya no tienen mis ojos. ¡Con qué claridad veo a Juan, el Profeta, sentado al sol naciente, buscando un poco de calor! Le veo abrir el cuero de camello con que se cubría y dejar la sarna de su pellejo al aire. ¡Su pecho era mil nidos de parásitos!
-Sería por la falta de agua.
-Te equivocas, Marcos. Juan era nazirita, como Santiago, el hermano del Rabí. ¿O es que tú también estás ciego y no has visto los piojos que cubren su cuero?
-¿Dijo el Rabí Jesús que amáramos los piojos?
-No es eso, Marcos. Lo que ocurre es que todo nazirita, y más el jefe, que eso es Santiago, no sólo se abstiene de carne y de bebidas fuertes, sino que, además, nunca debe afeitarse ni cortarse el pelo, como tampoco utiliza los baños públicos. Su misión es rezar constantemente por el perdón del pueblo.
Y Marcos, rotundo:
-¡Santiago no reza!
-Sí reza. Pero lo hace en silencio. ¿No has visto que cuando no habla mueve los labios?
-No.
-¿No? Quizás éstos no sean tiempos de rezos. Lo que importa es que aquel día Juan, el Bautista, nos dio la buena nueva. Y ahora escribe, Marcos: Hoy vuestros anhelos se verán cumplidos, nos dijo. Aquel a quien esperábamos está al llegar. Gozaos en él, porque vuestros ojos van a ver al que viene a desatarnos. Y Judas preguntó: ¿Hablas del Mesías, Maestro? Y Juan repuso: Hablo de aquel que fue anunciado y cuya túnica no somos dignos de besar. Y súbitamente Juan, en uno de esos arrebatos con alaridos que le llevaron a ser decapitado, lanzó: ¡Y a ti te digo, ciudad maldita: el que llega hoy pondrá su espada en tu boca y la hundirá en tus entrañas! ¡Morirás de vómito y no habrá bálsamo que alivie tu putrefacción!
El Bienamado acercó el rostro a Marcos:
-¿Me sigues?
-Estoy en lo del vómito.
-Bien. ¡Morirás de vómito y no habrá bálsamo que alivie tu putrefacción!
Volvió a acercar el rostro:
-¿Y ahora?
-Ahora sí. Ya he llegado a putrefacción.
-Sigo. Y entonces Juan, todavía agitado, miró a uno y otro lado del desierto, como buscando a alguien. Y Judas, ávido: Maestro, dime, ¿es realmente quien esperamos? Y el Bautista, esta vez sin gritar: Si esperas a quien ha de llevarte al otro lado del río, él es.
-Y eso del río, ¿qué significa?
-Eso mismo pensamos nosotros porque recuerdo que nos mantuvimos expectantes, con la boca abierta ante Juan,esperando alguna aclaración, pero Judas cortó el hilo con una pregunta.