
Toda
mirada era mirada de tinieblas. La noche cubría de extremo a
extremo el desierto. Y Judas sintió un frío de cementerio. Pero
en el horizonte, en un lejano horizonte de arco geométrico,
una tenue cinta de luz anunciaba el día. Y Judas apresuró el
paso. Sabía que no hay lugar a donde ir, pero apresuró el paso.
Y descansando su mirada oscura, la oscura soledad de su vida
toda, en la cinta de estratos de luz, casi corrió. Y comprendió
entonces que no hay otro faro, otra meta, que la luz, quizás
un espejismo de luz, un correr hacia ella, como sabiendo que
la luz, sólo la luz, puede incendiar ese algo que nos lleva
de aquí para allá, que nos mueve y conmueve, que es breve placer
en un constante sufrimiento. El breve placer del olvido del
sufrimiento, cuando éste descansa de sus propios excesos. Y
los pies de Judas corrieron hacia el horizonte, hacia la luz,
buscando ese algo que nadie sabe qué es.
Al principio fue un sol como todos. Un sol naciente, cálido
y acogedor. Y Judas, despojándose de la túnica, le ofrendó el
cuerpo. Fue un gesto inconsciente de adoración. Y con él se
abrieron al sol acacias y cuervos, zarzales y lagartos, sílice
y serpientes. Era el despertar de una vida nueva, recién alumbrada,
que se desperezaba con apetito de vida. Y el sol iba ascendiendo,
poblando soledades, llenando huecos, disolviendo sombras. Y
el silencio de la noche se fue alejando. Y un murmullo, ese
murmullo crujiente de la masa de pan puesta al horno, se fue
extendiendo por el desierto. Dios estaba creando, como todos
los días, el Universo.
Y el calor del sol se hizo, en Judas, calor de piel y calor
de sangre. Había como un bullir en su cuerpo que le distendía,
que le movía a sonrisas y a besos. Y la mente forjó esperanzas
y anhelos. Esperanzas informes, sin cuerpo, pero llenas de luz,
y anhelos de vuelo, de un ascenso a vertiginosos lugares ocultos
que, desdichadamente, requieren alas, no brazos.
Pero Judas, que había escuchado palabras de amor -¿sólo palabras?-,
que había seguido a quien dijo ser el Camino, al recibir los
primeros rayos del sol, al iniciarse un día nuevo. al iniciarse
un nuevo mundo, al ver vencidas las tinieblas de la noche, recordó
que en la tierra, el camino -ese Camino- está donde no hay caminos.
Porque Judas recordaba el día en que, doblado por el dolor,
hecho caña rota, tuvo que enfrentarse a la horca de dos caminos.
Y desde el alivio de la sombra del cedro gigante, con los ojos
fijos en la horca, mantuvo la duda en el aire, hecha sombra
de su sombra.
El camino que descendía llevaba a la Gehenna, donde los hombres
se ahorcan. El otro, a la explanada de los buhoneros, donde
los hombres beben y aman. En la Gehenna estaba el árbol y la
cuerda. En la explanada estaba el cuerpo tibio de Raquel. Y
aquel día eligió el camino que no debía elegir.
Y otro día, antes de aquel día, bajo la sombra del mismo
cedro, decidió elegir el otro camino, el que aquel día de dolor
iba a desechar. Y también eligió el camino que no debía seguir.
Y entendió que elegir es siempre equivocarse, que hay que huir
de las horcas de dos caminos. Porque el camino acertado es siempre
el que nunca conoceremos, aquel que nunca elegimos. Y si un
día, como él, volvemos al mismo cedro y rectificamos el camino,
ya no es el mismo camino que un día no seguimos, porque al cambiar
el tiempo cambia el camino. Por eso ahora Judas sabía ya que
el camino es no tener que elegir, estar donde no hay caminos.
Y en el desierto no hay caminos. Todo es camino. Pero camino
que no se abre en horcas, que permite andar sin elegir, porque
todo es rumbo, la dirección es todas.
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El sol, sorprendentemente,
llevaba horas ya suspendido en el cénit, como olvidado
de sí mismo. ¿O también el sol estaba cansado de recorrer
todos los días, en cada una de sus creaciones, el mismo
camino? ¿O estaba dudando? ¿Trataba de elegir el camino
acertado?.
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