
Cuando
Marcos -poco más que un niño- entró en la casa sus ojos se agrandaron
buscando luz en la penumbra. Y su mano aferró con fuerza la
mano de su madre.
En un rincón, una sombra gemía sobre un lecho de pieles. La
mujer llevó al hijo hasta el rincón y susurró a la sombra:
-En un vuelo estoy aquí con Santiago el Nazirita. Entretanto
él cuidará de ti.
Y, sin más, la mujer salió y Marcos permaneció allí, junto a
la sombra.
Los ojos de Marcos, agrandados, fueron disipando tinieblas y,
sin miedo, con curiosidad, contemplaron al hombre que había
sido sombra. No era viejo, pero sí era vejez. Era un rostro
afilado y terroso bajo un sudor frío y sucio que desaguaba en
la boca tras recorrer un laberinto de surcos.
Marcos dejó al hombre, que seguía sumido en su sueño de fiebre,
y buscó por la casa. Nada. O casi nada. Leña y dos cuencos con
agua en el zaguán y una extraña cruz y una túnica de estameña
en la estancia. Ni más casa ni más cosas. Excepto el arcón que
Marcos no vio porque era tinieblas en un hueco del muro junto
a la cama.
Cuando la madre y Santiago el Nazirita entraron, ya de noche,
Marcos dormía en el lecho de pieles del hombre y éste, con un
cuenco de barro en las manos, bebía en un rincón, acurrucado.
-¿Fuiste a verle? -interrogó Santiago el Nazirita.
El hombre levantó la cabeza y pausadamente:
-Sí..., le vi.
Santiago el Nazirita se movió inquieto por la habitación. Y
sus ojos, en la penumbra, se encontraron con la mirada atenta
de la mujer.
-Gracias, Sara. Yo hablaré con Marcos.
Y la mujer salió en silencio.
Santiago el Nazirita, alto y corpulento, elástico como un gladiador,
aferró al hombre que había sido sombra y, desde su altura:
-¿Hablaste con él?
El hombre, con más vejez pero no más viejo que Santiago el Nazirita,
tensó el cuerpo afiebrado y apartó las manos que le aprisionaban:
-María, que alumbró al Rabí, te alumbró a ti también, Santiago.
Y es por eso que te respeto. No porque compartas la dignidad
de Pedro.
Luego, dolorido:
-Y tú, ¿por qué me espías, por qué no respetas el amor que él
me tuvo?
-También a mi me amó. Tú lo has dicho: el Rabí y yo nacimos
de una misma sangre.
-El Rabí nos amó a todos, Santiago, pero yo seré siempre el
Bienamado. ¿Por qué, si no, todos habéis olvidado mi nombre
y para todos soy sólo eso ya: el Bienamado?
-Precisamente por ese amor que te tuvo y nos tuvo hicimos un
juramento que debes cumplir. Recuerda que el Traidor no existe.
Y el Bienamado, en voz baja:
-Sí existe.
-Hemos dicho al mundo que se ahorcó. ¿Lo recuerdas?
-Pero existe.
Y Santiago el Nazirita, con el puño al aire:
-Si me hubierais dejado... Si Pedro, que también le traicionó
con su cobardía, no hubiera absuelto a Judas al absolverse a
sí mismo...
La mano rugosa del Bienamado, desmayada esta vez, se posó sobre
el puño convulso y, con reproche: -¿Eres tú el hermano del Rabí?
¿Uno de los dos que han de conducirnos?
Santiago el Nazirita se aflojó:
-¿Conduciros? ¿A dónde? Él habló de paz y la paz nos está destruyendo.
¿Cómo evitar que Vespasiano nos descubra y crucifique si hay
que dar testimonio y poner luego la otra mejilla? ¿Cómo? ¿Tú
lo sabes?
-No. Yo, no. Pero sí sé, y quiero que sepas tú, que no añado
preocupación a tus preocupaciones. Siempre he sido fiel al juramento,
nunca he hablado con Judas. Siempre, como ayer, me he limitado
a contemplarle desde la colina.
La mirada de Santiago el Nazirita buscó los ojos del Bienamado.
Unos ojos opacos, sin luz, como sombras de ojos:
-Dime, ¿qué tiene el cubil de Judas que vas a él una y otra
vez como una alimaña? ¿Por qué? ¿No fuiste tú el vencedor? ¿No
fue a ti a quien amó?
-Quizás.
-¿Quizás? ¿Negarás que entre los dos fuiste tú el elegido?
-Sí, fui yo. Yo fui el Bienamado -y un gran dolor se deslizó
por entre esas palabras.
Pero el dolor no llegó a Santiago el Nazirita, porque Santiago
el Nazirita tenía su propio dolor:
-¿Por qué no me amó a mí? ¡Yo era su hermano!
Y Santiago, el soldado, la fortaleza tras la que se amparaban
los naziritas cristianos, mostró la debilidad de las lágrimas.
El sueño agitó a Marcos en el lecho y el Bienamado enlazó a
Santiago el Nazirita por los hombros y le sacó de la penumbra
de la habitación para llevarle a la oscuridad del zaguán. Y
allí, hombro a hombro, acuclillados, el Bienamado habló:
-Tú no sabes lo duro que es haber sido el Bienamado. Ese amor,
Santiago, fue una locura. Tú no puedes saber hasta qué punto
un amor así es una espada. Mata. Destruye y hace que destruyas.
-Pero tú...
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-¿Has visto mis ojos? Si
pudieras verlos desde dentro, como los veo yo, sabrías
que son dos tumbas selladas. Él, que fue nuestra luz,
me dejó a mí a oscuras. Desde aquel día, desde
aquel beso, la luz se ha ido alejando. Antes yo tenía
dos ventanas abiertas. Todo era claridad. Hasta que...
Ahora aquellas ventanas son sólo penumbra. Y pronto,
muy pronto, serán tiniebla.
-Deberías salir a la luz. ¿Por qué vives sólo de noche?
-¿También tú crees que la luz está fuera de nosotros,
que nos llega desde más allá de los ojos? La luz es
los propios ojos, Santiago. No abrimos los ojos al sol,
el sol es sólo el espejo que refleja nuestra luz. Como
espejos son el día y la noche. Y yo ahora...
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