
He vuelto a la realidad de mi dolor. Y estoy aquí, despierto, de vuelta del Gran Espejo, en la cripta, traspasado por el mástil de mi cruz. Agonizo de rodillas, con las piernas reclinadas, apoyadas en la cabeza que yo he cercenado, y mis ojos se miran en los ojos convulsos de la rata que, atravesada, con el cuerpo rasgado, visibles los intestinos, agoniza también en la cruz. Veo los botones suplicantes de sus fosforescentes ojos. Y mi mirada de Gran Espejo, con aguas aquietadas, sin ondas deformantes, comparten su dolor. Nada espero, nada deseo. Ya no hay muros. Sólo el dolor de una vida perdida. Y este dolor de hierro en mi carne.
Voy a morir. Aquí, en una tumba, sin más compañía que los despojos macabros que mi locura ha convocado. Y vosotras, las ratas. Es justo. Y cuando mi cabeza, desfallecida, caiga, mi boca se ahogará en la podredumbre agusanada de tu cabeza, Adela. O en la pulpa putrefacta de tu cabeza, Elías. Es justo que así sea.
Mi cuerpo arde. Tengo sed. Y sólo cadáveres al pie de mi cruz. ¿Quién humedecerá mis labios? Ni posca tengo. Lo he perdido todo. Sólo mi sangre. La que brota de mi pecho alanceado. Quizá, si pudiera sostenerme sobre los pies, pero no puedo. Tengo que estar así, con las manos aferradas, sujetando el peso de mi cuerpo. Y aquí, solo, sin más compañía que ratas, gusanos y huesos. Soy el más desdichado de los moribundos. Lo veo en mí ahora que soy Gran Espejo. He vivido andando hacia atrás, levantando murallas con las que proteger mis espaldas, me he escindido en mil espejos para vigilar todos mis flancos y me he refugiado en el baluarte de mi locura. Mi miedo necesitaba protegerse. Sentirse a salvo. Seguro. Y me perdí en el laberinto de los pensamientos. Me sacié de razones y sueños. Pero nunca, nunca, me atreví a abrir la puerta de mi sueño perdido. Y nunca estuve solo. Estaba lleno. Rebosaba razones y sueños. Por eso nunca encontré la puerta. Nunca conocí la auténtica, fecunda, soledad. Mi mente era un molinete ebrio. Con las aspas girando y girando, dando tumbos, siempre en el suelo. Girando, pero quietas, sólo absorbiendo.
Desfallezco. Soy un arenal incendiado por un gigantesco sol. Me ahogo de sed. Y en el suelo, bajo mis ojos, un charco de sangre. Y gusanos y ratas beben en él. Es mía. Mi sangre. Y yo no puedo beberla. Mi lengua no alcanza. Voy a morir. Ahora que no hay ya espejos deformantes en mí, ahora, voy a morir. Las ratas muerden los bordes de la herida. Sé que abrirán túneles en mi cuerpo. Y sé que pronto buscarán mis ojos. Moriré como he vivido. Ciego. Mis ojos de mirada fija, intensa en su espanto, han creado una imagen para todo. Necesitaban un porqué. Esto da seguridad. Y he visto sólo mis imágenes, mis razones y sinrazones. Las que, primero, puse en mí y las que luego puse en los demás. No hablaba, me cubría de imágenes. Me aislaba fortificado en falsas razones. Era un espejo que sólo me reflejaba a mí. El espejo deformado de mis deseos y rencores. El yo que me había forjado. Un yo deformado y cómico, como un espejo de feria. Ya no tengo propias imágenes. Puede contemplarte, rata. Y verte a ti. No la rata que veía en ti. Y en mi aceptada agonía puedo ver tu hocico, rosado y blando, que va a perforar mis ojos. Y te comprendo. Yo soy tu comida. Puedes empezar.