
El Gran Espejo, negro, tenebroso, ha aquietado sus aguas y de su poblado abismo de sueños abominables asciende a la superficie la imagen de una cripta en la que un personaje abyecto amontona despojos de cadáveres. El hombre, ahora en primer plano en el Gran Espejo, inicia el infame rito de una boda sacrílega. Arranca un desgarrón de carne de la cabeza que tiene ante él y lo muestra a las ratas. Y una rata, llenando el Gran Espejo, come la carne que la mano le ofrece. Una ofrenda inicua, blasfema. ¿De qué horror ha sido extraído ese hombre? Sus ojos fijos, intensos, se estremecen enloquecidos en sus órbitas. Sus manos grandes y oscuras como glebas, crispadas, se cierran en dos puños tensos, amenazantes. Su cuerpo, inquieto, oscila, barrido por el aquilón, sobre unas piernas firmes, vigorosas, que, extrañamente, parecen no poderle sostener.
Y yo aquí, ante el Gran Espejo, espectador obligado de un horror que me es ajeno. ¿Por qué? ¿Es eso el juicio? ¿Una insistente película de terror con la que acabamos identificándonos? Porque yo, también yo me vislumbro dando de comer a las ratas. Y río en una cripta, entre despojos roídos, enmohecidos, de cuerpos ajenos. ¿Soy yo ese ser abominable que me muestra el Gran Espejo? ¿Yo? ¿O hay alguien que escribe historias y, en mi afán por ser, por existir, me he apropiado de la vida de uno de los personajes de esas historias? Pero eso supondría mi preexistencia. Que había un yo, mi yo, que se apropiaba de otro. No, alguien ha condensado el polvo de mil galaxias y ha formado un núcleo consistente al que ha dado un nombre. Y lo que existe es el núcleo que aísla y el nombre que singulariza, yo no. No, no hay un yo y una historia. Si hay un yo, no puede ser otro yo que el Yo de todas las historias. Pero, entonces, si no existo, si no soy ni el borrador de una historia, ni una simple frase equivocada, ni siquiera una letra, ¿por qué está ahí ahora esa mano que da de comer a esa cabeza agusanada? Yo recuerdo esa mano, la he tenido en mí, ha sido el instrumento de mi violencia y, con ella, he buscado caricias. Y la cabeza eres tú, Adela. ¿Tampoco tú has existido? ¿No ha existido tu dolor? Has muerto en mis brazos, he sentido en mi cuerpo tus latidos de pájaro, asustado primero y luego esperanzado. ¿Y no has existido? Y si has existido, si hemos trenzado juntos una misma historia de terror y soledad, ¿por qué ahora no te siento? ¿Por qué tan lejana?
Soy yo, sí, un yo que no entiendo, pero que ahí está, en el Gran Espejo, como un sueño ordenado, con el papel pautado del espacio y el tiempo, pero sin sangre ni carne, sin el hervor de una emoción, un yo que ahí está, en el Gran Espejo, empujando mi mano. Y mi mano, impulsada por esa fuerza a la que no puede sustraerse, coge ahora la mano encharcada de Clara. ¿Clara? ¿Quién eres, Clara? Sorprendentemente tú ahora, aquí, en esta lejanía de espejo frío, sin el ardor de la sangre, eres una extraña. Tú, sea lo que fuere ese tú de tu yo, has sido siempre una desconocida para mí. Yo, con mis pensamientos, con mis anhelos, que llevaban tu nombre, pero que no eran tú, te escribí para mí. Y ahora, en el Gran Espejo, tu imagen tiene contornos difuminados. No es consistente. Adela, una historia que yo no escribí, en la que casi ni pensamientos puse, es más sólida que tú. Quizá porque ella me escribió a mí. Ella se dio a mí. Y tú no. ¿Nos hacemos sólidos, persistentes, con lo que nos dan o con lo que damos, Clara? ¿O es que tú no estabas en mi historia? Quizás, Clara, el que escribe todas las historias en la mía no te incluyó a ti. Pero ahora, en la cripta, mi mano, ajena a cuanto está ocurriendo aquí, ante el Gran Espejo, ha cogido la tuya. Y veo los labios del hombre, ¿mis labios?, moverse buscando una respuesta en ti. Y el hombre, ¿yo?, te mira expectante. Y no ve las sombras que le cercan.
¿Qué ocurre? ¿Soy yo el Gran Espejo? He recordado las sombras y éstas, como prendidas en el hilo del pensamiento, no antes ni después, al tiempo, ¿o la imagen es el pensamiento?...