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  Premio Ibn Tufayl del Instituto Hispano-Árabe de Cultura
 

Para un mejor conocimiento de DONDE LOS ESPEJOS SE MULTIPLICAN transcribimos a continuación el inicio de uno de los capítulos del libro.

INICIO CAP. IX: EPITAFIO EN LA TUMBA DE IBN HANI, EN EL CEMENTERIO DE ZUBIA, GRANADA:
“EL HACHA ES UN INSTRUMENTO NOBLE. CON SU FILO, QUE CORTA LEÑA Y CUELLOS, AHUYENTAMOS EL FRÍO DE NUESTRAS VIDAS .”
Sueño en mis sueños y no sé si vivo o estoy muerto. ¿Lo sabes tú, Clara? ¿También tú crees vivir? ¿También yo me creo muerto? Los pensamientos, Clara, están más allá de la vida y de la muerte. Si no, ¿cómo podría haber juicio? Y aquí está, a unos pasos de mí, a sólo unos pasos, la pavorosa sala del Gran Juicio. Pero el juicio, ¿cuándo es? Cayó el hacha y la cabeza de mi padre rodó, la pisoteé en el suelo y la sangre estalló en mi pie. Entonces, en aquel instante, ¿me juzgaron el hacha, los pies, la sangre? ¿O es ahora cuando la sangre de mi padre se levantará contra mí? La mataste tú, padre. Por eso te maté yo a ti. Y la enterraste en una esquina olvidada del cementerio. Sin más lápida que la tierra pisada, anónima. Fui yo, padre, quien, muerto tú, levanté la tierra en túmulo, sembré flores y clavé una cruz. Una cruz funeraria, de hierro forjado, punzante como la mirada de un ojo que agoniza. ¿Y también entonces me juzgaron túmulo, flores y cruz? ¿O es ahora cuando una voz rasgará las tinieblas y me premiará con sus bendiciones? ¿No será que el juicio es doble? ¿Que yo me he juzgado ya y que ahora, este otro juicio, será sólo el recuerdo cuidadoso, minucioso, de esos juicios que ya han sido, de esos juicios que el horror ha enterrado en el olvido? En todo caso, ¡qué importa! Aun cuando todavía estuviera vivo, he muerto ya. Estoy muerto de angustia y soledad. Solo con mis pensamientos. Y muerto o vivo, no hay más vida que la interminable, eterna, agonía de mis pensamientos, de mi soledad, de mis pensamientos en soledad. Y son ellos, mis pensamientos, los que van a ser juzgados. ¿Mis pensamientos? ¿Me pertenecen realmente? ¿Mis pensamientos son míos? ¿O me llegaron como llega la lluvia? ¿O fue algo o alguien que me penetró y los puso en mí, como se impone el semen en una violación? En este caso, que ese algo o alguien sea juzgado. Yo soy inocente, como lo es el perro que cierra el hacha de sus dientes en el cuello de su presa. Y mi soledad, ¿quién puede juzgarla? La soledad es aislamiento, exclusión, ¿y quién puede juzgar a un náufrago si antes no le ha auxiliado? El cerco de la soledad está más allá del juicio. Es ya condena. Y yo, extrañamente, soy un condenado que va a ser juzgado.

En el cementerio, junto a la tumba de su madre, Andrés miró al cielo y en su mirada fija, intensa, rugía la tormenta de un universo en colisión. Dejó que la mirada fija, intensa, resbalara hacia la tierra y recorrió, lentamente, los muros que le cercaban. Y por primera vez comprendió que la vida le había rechazado, que era sólo un muerto entre muertos. Soberano en la soledad, excesivamente viva por muerta, de su isla de sepulcros.
Y Andrés, con su mirada fija, intensa, descansando en sus ásperas manos, vio el muro de su terrosa piel y los mil féretros y cruces funerarias que anidaban en sus vísceras. Estaba muerto y sólo en la muerte podía encontrar sus anhelos de vida.
Con su mirada fija, intensa, recorriendo el pasado de sus anhelos, sintió en los poros de su dolor que Clara sólo había sido suya en el cementerio. Fuera del recinto de la muerte, en el mundo de la vida, él había sido tan solo un eco de ella.
Y entonces su mirada fija, intensa, abriéndose a una nueva vida, a la misma muerte, descubrió que era soberano en su territorio, donde su voluntad era ley, y que su mundo abarcaba todos los mundos porque, si bien limitado por los muros de su reducido cementerio, todo cuando estaba fuera acabaría, inexorablemente, por ir a él.
La mirada fija, intensa, de Andrés volvió al cielo y la tormenta de un universo en colisión se extinguió con un alarido final que agrupó los fragmentos siderales rotos. Y, así, Andrés dejó su vida muerta y, dando la vuelta al espejo, se miró en el reverso hecho anverso de una muerte viva.

Por la avenida del cementerio, bajo la lluvia, con la sonrisa inmóvil y la canción, Andrés y la carretilla. En la carretilla el cuerpo muerto, rígido, de don Elías, botellas, velas y comida. Queso, cordero y pan. Y el agua de la lluvia y la sangre del cuerpo muerto, decapitado. Queso, sangre y agua. Cordero, sangre y agua. Pan, sangre y agua. Y en los labios de Andrés la sonrisa inmóvil y la canción. En sus ojos de mirada fija, la lejanía del olvido. El hombre sin cabeza, don Elías, dirige sus piernas, erguidas, tensas como la mirada de un centinela, a los ojos de Andrés. Y Andrés, que ha vuelto de la lejanía del olvido, detiene la carretilla. Con ira en la boca, “¡tú nunca dejas de molestar!”. Sujeta con las manos el cuerpo muerto y su pie golpea las piernas rígidas. Un chasquido casi metálico, de huesos rotos, y las piernas se doblan. Los pies, lúgubremente libres, caídos, sacuden ahora el agua de la rambla.

Andrés nunca salió ya del cementerio. Fue un muerto más entre los muertos. Un cadáver no enterrado que, por extraños designios, andaba, bebía y enloquecía a este lado del espejo. Moviéndose como un centinela, de un lado a otro, ante la puerta del más allá, aguardando impaciente a cuantos llegaban rígidos, con el cuerpo inmóvil y la boca amordazada, porque sabía que un día, que intuía cercano, rígida, inmóvil y amordazada, inerme ante él, llegaría Clara. Y él la recibiría en su reino, y la sentaría a su lado, soberana consorte de un imperio ilimitado y eterno.