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  Premio Ibn Tufayl del Instituto Hispano-Árabe de Cultura
 

Para un mejor conocimiento de DONDE LOS ESPEJOS SE MULTIPLICAN transcribimos a continuación el inicio de uno de los capítulos del libro.

INICIO CAP. VIII: EPITAFIO EN LA TUMBA DE IBN HABIB, EN EL CEMENTERIO DE ALMÓCITA, ALMERÍA:
“ES EL PROPIO SOL EL QUE PERMITE QUE EL SOL SE VEA.”
He entrado en el frío sepulcral de la Gran Tiniebla. Su oscuridad lustrada, luminosa, es la estremecedora luz de la soledad. Definitivamente, he sido excluido. La ternura nunca me ha tocado, y ya nunca me alcanzará. No hay manos que resbalen en mí. Mi cuerpo helado, aterido, es un cuerpo sin caricias. ¿Qué es el amor? ¿Eres tú, Clara? Frotar no es amor. Pero amor sí es frotar. Intentar entrar, aun a empujones, en otro cuerpo, en otra vida. Diluirse en otro yo. Quiero entrar en ti, Clara. Ser tú. Que tú seas yo. Sin muros que nos separen. Sin piel que impida la fusión de la sangre y de la carne. Tu sangre y la mía. Mi cuerpo y el tuyo. Agonizo, Clara. Estremecido en el frío de este helero que me envuelve como un sudario. La negra mortaja de los hambrientos. De quienes hemos mendigado amor. Mi mano, cuenco de pordiosero, se ha acercado a todos los labios. Nací hambriento y no hubo besos para mí. Sólo gritos en los labios. Rechazo en las manos. Y una cruz para morir. La vida me arrojó de su cauce tibio. Ni un solo regazo en qué descansar. Sólo manos muertas y aterida carne. Besos lúgubres de calavera. Amor sin sangre, sin vida ni fuego. Sí, Clara, una cruz sin Dios. Cruz de cementerio. Hierro punzante y helado mármol. Y una flor y yo. Soledad. Helada soledad de niño solo. Y aquel frío intenso. Y este frío negro. Agonizo, Clara. Madre, agonizo. ¿Dónde está el amor?

Anochece. La lluvia, persistente, sigue encharcando el cementerio. Los cipreses, cataratas vegetales, reflejan una luz difusa, espectral. Silencio. Y en el silencio, sobre el monótono timbal de la lluvia, de vez en cuando, el golpe seco, hueco, de la tormenta. Y otra vez el audible, monótono, silencio de la lluvia. Por la avenida principal del cementerio, rambla ahora de agua muerta, estancada, Andrés con la carretilla. Viste la levita y su paso es erguido, solemne. En la carretilla, Clara, la novia, con su traje blanco, de seda. Brazos y piernas agitando el aire con un movido, casi alegre, bamboleo. Andrés silba. La misma canción. Su única canción. Una nana mínima, casi un simple arrullo. Clara y Andrés, los novios, y el cortejo singular de la cabeza de don Elías, vigilante, mirando a uno y otro lado del cementerio con su ojo abierto, desmesurado.

También Mónica, la señora marquesa, abandonó la Gran Mansión. Y Román, el mayordomo, cerró puertas y ventanas, que sólo se abrieron semanas después, cuando camiones de mudanzas se detuvieron ante la verja y, un día tras otro, hombres con maromas y plataformas motorizadas desalojaron parte del contenido de la casa.
Andrés espió la salida de Mónica y el ajetreo de los encargados de la mudanza. ¿Dónde estaba Clara?, ¿cuándo volvería?, pero no obtuvo respuesta. Sólo gritos que le empujaban al otro lado de la calle, donde consumía horas observando a los hombres de los camiones de mudanza.
Luego, polvo, silencio y quietud. La Gran Mansión se convirtió en un cementerio abandonado. Y Andrés dejó de vagar en torno a ella y volvió a sus tumbas y a sus muertos. Pero no a su melancolía de niño excluido. Clara le había dicho que volvería. Y ese retorno era su tesoro. Tenía la certeza de que su esperanza un día se cumpliría.
Animoso, con una canción de cuna que la esperanza extrajo del olvido, Andrés dobló cuidadosamente el traje de novia, dobló también la levita y agrupó cuanto podía ser, aun remotamente, un recuerdo de sus días con Clara. Piedras del jardín de la Gran Mansión , un hueso parecido al que contenía el relicario que la niña le mostró y hasta una araña panzuda, grande como una avellana. Luego, con madera y cinc de viejos féretros, restos de una exhumación, hizo una urna y en ella, urna hermética, perfectamente ajustada, guardó ropa y objetos. Fue al mausoleo de la familia de Clara y allí, en un nicho vacío, depositó el tesoro. No fue un entierro. Simplemente guardó su esperanza donde nadie pudiera quitársela, donde nada pudiera destruirla. La guardó en el cementerio, tras una losa. La guardó en su mundo, en sí mismo, tras la losa de su silencio. Pero el tesoro estaba allí, vivo, esperando el día en que tuviera que ser desenterrado.
La esperanza es una planta diurna. Se alimenta de luz. Es ávida y crece con gran rapidez. En unas horas puede cubrir toda la tierra con sus grandes flores verdes. Pero luego, al llegar la noche, especialmente si es una noche sin luna, la esperanza se encoge y mustía. Los primeros días la luz diurna devuelve a las flores toda cuanta frescura le ha quitado la noche. Pero, transcurridas semanas, las noches se hacen más largas que los días. Y cuando las flores de la esperanza no pueden ser alimentadas, cuando la luz se ha ido, bastan unos pocos meses para que sus pétalos verdes se oscurezcan y languidezcan.
Andrés no podía alimentar su esperanza con la luz de una búsqueda. Ni aun de una búsqueda desesperada. Andrés, un niño, sólo podía esperar. Buscar los caminos por donde Clara podía volver y esperar. Era una esperanza férreamente enraizada. Una esperanza viva, sin posible desesperanza, pero una esperanza que se consumía en la espera, una esperanza estancada, inmóvil, como la de los muertos, sin un nuevo roce, ni siquiera aquella noticia falsa, pero alentadora de que alguien sabía o había oído decir.
Y el niño languidecía. Ya no perseguía saltamontes, ni escarbaba en las tumbas. Miraba al cielo con su mirada fija, intensa, y no veía los pájaros. Miraba al suelo con su mirada fija, intensa, y las lagartijas podían, impunemente, tomar el sol subidas a sus viejos zapatos. No iba a la vivienda, casi chamizo, de Adela ni dormía en casa. Su hogar era el panteón de la familia de Clara. Y allí, un día, lo recogió su padre. El niño tiritaba en los brazos torpes, con vino, de Juan, y sus ojos, muy fijos, miraban intensamente un lugar lejano. Más allá del horizonte terrestre. Más allá, incluso, del horizonte que él, con su esperanzada lejanía, se había trazado.