
La mano de Andrés lleva la cuchara hasta la garganta de la muerta. Con una contracción de gases, Clara escupe sopa y grumos de vísceras coaguladas. Y con el vómito de vísceras, un vaho fétido, agusanado. “¿No tienes hambre?” Junto a la cama, en la carretilla, el cuerpo del hombre. La mandíbula caída, un gesto de estupor, y el ojo incólume abierto, interrogante. Las moscas llenan su boca y ojo abierto. Clara, con un nuevo estallido de sus tejidos en putrefacción, ha devuelto otra cucharada de sopa, a la que ha unido vómito. Y Andrés cree comprender y acepta: “Sí, la boda primero.” En la carretilla, el hombre, don Elías, está levantando una pierna. Ha iniciado la rigidez cadavérica. Andrés le mira con sus ojos fijos, intensos, y coge el hacha.
Espejos oscuros me asedian. Su luz de azogue me ciega. Desprenden el brumoso brillo de las tinieblas. Y desciendo. Caigo por un tobogán de aristas afiladas que laceran mi carne. Gimo. Y sé que nunca cesará ya mi tormento. Aquí, en este mundo de tinieblas cambiantes, no hay un lugar, un tiempo ni un dolor. El dolor con lugar y tiempo es sufrimiento de ahora y aquí. Algo sólido, un enemigo con rostro. La furia de un combate y la esperanza de ganarlo. Y la certeza de su temporalidad. Aquí, en este mundo sin intermitencias ni pautas, sin caminos, ni conceptos de caminos, aquí, donde no hay aquí ni ahora, donde las tinieblas deslumbran, donde los ojos ven aunque no miren, donde nada es ni está, porque todo es un continuo fluir cambiante, aquí no es posible huir ni combatir. Aquí no cambia el dolor, aquí golpea siempre el mismo sufrimiento. Es un golpe único, interminable. Que sé será eterno porque todos los dolores están en él. Y porque mi cuerpo, cambiante, va siendo todos los cuerpos recibiendo todo el dolor. Soy una herida que, infatigablemente, en una transformación continuada, va adoptando la forma de todas las heridas. Lo único fijo es el sufrimiento de sus labios sangrantes, insistentemente golpeados. Y caigo. Me rasgo en las afiladas aristas. Desciendo hacia el fondo de tinieblas luminosas. Y una esperanza se abre paso en mí. Si en el otro mundo todo era reflejos, imágenes muertas. Si allí no había puertas, si todo era tormento y celda. Si hay locura en la razón, ¿por qué aquí, en este mundo espectral, de sombras en continua mudanza, donde reina la ensoñación, donde la locura es ley, donde todo es sinrazón, por qué aquí, en el mundo de los sueños, no he de encontrar la razón de mi locura, de toda enajenación?
El hacha cae con fuerza. Y el cuello del hombre, que descansa en el borde de la carretilla, se dobla blando al golpe del hacha. La carretilla oscila. Y los huesos rotos del cuello del hombre crujen con un sonido lúgubre. Andrés, con una contracción de ira en la boca y con furia en las manos, golpea de nuevo. Y en el cuello del hombre se abren dos largos labios rojos, como una gran flor funeraria. La cabeza del hombre, caída, asida a sólo medio cuello, es un péndulo macabro que mide el tiempo de su venganza. El hacha vuelve a caer y la cabeza, con un grito de tráquea astillada, rueda por el suelo. Del cuello seccionado fluye un hilo espeso de sangre estancada, muerta. Andrés coge la cabeza por el cabello y la levanta a la altura de su mirada fija, intensa, con temblores de pupila: “¡Cabrón de mierda!” La cabeza mira a Andrés con su ojo incólume, desmesurado, impertérrito.
Volvió a la Gran Mansión y llamó a la puerta de servicio, como cuando Clara estaba en la casa. En las manos, un apretado haz de lirios. Entre los grandes pétalos blancos, tersos, los ojos de mirada fija, intensa, ahora asustada, de Andrés.
En la puerta, la joven sirviente de anteriores veces:
–¿No te dijo que se iba?
–Sí.
La muchacha, con burlona complicidad, le guiñó un ojo:
–Y ahora quieres ligar conmigo, ¿no?
–No. Quiero ver a la señora.
Y esta vez la muchacha le miró intrigada:
–¿Estás seguro?
–Sí.
–Oye, ¿y para qué quieres verla?
–Quiero verla.
–Sí, hombre, ya te he oído, pero...
–Quiero verla.
–¡Joder, ya vale! ¡Anda pasa! ¡Y dame las flores!
Andrés entró en el pequeño vestíbulo y esperó. La muchacha, con los lirios en las manos, mirando intrigada al niño, se adentró en la casa. Minutos después estaba de nuevo ante Andrés:
–¡Pues sí, te recibe! ¡Ahora, tú verás qué la dices!
Y antes de dejarle ante la marquesa:
–¿De verdad que no quieres contármelo?
El niño denegó con la cabeza. Y la muchacha, con voz apagada:
–Pues eres un poco cabrón, ¿sabes?
Mónica, la señora marquesa, miró al niño por encima de las gafas:
–Te llamas Andrés, ¿no?
Y dejó el libro que tenía en las manos:
–¿Vienes a pedirme algo?
Andrés, en un susurro:
–Sí, señora.
–Tienes hambre, ¿verdad?