
El sueño de Andrés ha sido breve, agitado. Gemidos, gritos y murmullos. Y un nombre: “¡Madre!” Abre los ojos estremecido. Y su mirada fija, intensa, busca caminos en la penumbra de la cripta. Las ratas hociquean a Andrés. Y Andrés, con brazos y piernas, en el suelo, espanta a las ratas. Bebe. Y se levanta. Su mirada fija, intensa, con estremecimientos de pupila, orientada ya en la penumbra del subterráneo, contempla las osamentas. Y con un movimiento repentino, como despertando de un largo olvido, busca la salida.
He roto el cubo de espejos que me ataba. Ya no reflejo todos los lados de mi cuerpo, de mi vida. No veo mi espalda. Ahora los mil fragmentos del cubo de espejos rotos sólo reflejan mi rostro. Ya no hay puertas en las que entrar. Sólo puertas por las que salir. Una sola dirección. El camino que forman los fragmentos alineados. Un camino de espejos que llega al infinito. Un infinito sin retorno. Nada detrás. Sin reverso ni pasado. Y tú, Clara, en algún lugar del camino. No importa cuán lejos estés. Lo que importa es que tengo un camino. Un camino recto, con lindes, geométricamente delineado, en el que no me puedo perder. Y mi dirección es ir. Sólo ir. Por este camino de puertas para salir es imposible volver.
Las noches de Andrés fueron noches de sueños agitados. De día, al filo del amanecer, con retazos todavía de noche en la tierra, abría la pesada puerta de hierro del cementerio y corría en dirección a la Gran Mansión.
Fueron días de larga y tensa vigilancia. Espiaba cuanto ocurría en la mansión esperando el resquicio que le permitiera hablar, o simplemente despedir a Clara. Interminables días que compartía con Macario.
Y el día llegó. Llegó a media mañana y de forma casi sigilosa. Primero salió el mayordomo y miró a ambos lados de la ancha avenida. Poco después, ante la puerta de la Gran Mansión , se detuvo un coche negro, limpio, reluciente. El mayordomo entró en la casa y segundos después, sola, salió Clara. El niño adelantó unos pocos pasos y saludó a la niña con la mano. Clara le vio y fue hacia un lado de la verja de la casa. Andrés, de una carrera, cruzó la calle y luego, hurtando el cuerpo a la posible presencia del mayordomo, llegó hasta la niña:
–¿Te vas?
–Sí. Ahora.
Inquieta, la niña fue hasta la esquina de la verja y miró en dirección a la puerta de la mansión. Andrés la siguió.
–¡Te van a ver! –advirtió Clara.
–¿Cuándo vuelves?
–No sé.
–¿Va también tu primo?
–¿Qué primo?
–El que se ha casado contigo.
Pero la niña miraba intrigada la camisa de Andrés:
–¿Por qué se mueve?
La mano del niño tanteó en el pecho, bajo la camisa, y:
–Toma.
Los apresurados latidos del pequeño gorrión golpearon la mano de Clara.
–Se llama Macario.
Los ojos grandes de Clara, fascinados, contemplaban el agitado aleteo del pájaro:
–¿Me lo puedo llevar?
–Claro.
La niña, agradecida, besó la mejilla de Andrés. Y nerviosa:
–Me tengo que ir.
–Cuando vuelvas, ¿jugaremos?
Pero no hubo respuesta. Clara había visto a su padre junto al coche y, atemorizada, corrió hacia él. Y Andrés sintió en su cuerpo la mirada airada del hombre.
Con su mirada fija, intensa, Andrés, desde la esquina, contempló tenso cómo la mano del hombre golpeaba la mano de la niña hasta que el pájaro cayó. Luego, de un empujón, la metió en el coche. Y el coche arrancó.
La mano de Andrés cogió suavemente el pequeño gorrión que aleteaba en el suelo. Y acunando el pájaro, lo acarició. El gorrión miró a Andrés con su único ojo indemne. Un ojo grande, redondo. Era el ojo interrogante de un pájaro que, recién nacido, iba a morir. Con un último estertor en su redondo mirada, el gorrión quedó quieto, flojo, en la mano hecha cuna del niño. Y Andrés, con lágrimas, guardó el pájaro en su pecho:
–¡Macario!
Con la carretilla, y en la carretilla gladiolos y herramientas, Andrés se dirige a su vivienda. El sol, que ha cruzado el cenit, sigue oculto tras un velo denso, oscuro, de nubes. La lluvia, interminable, golpea el desierto cementerio. Y Andrés, bajo el agua, con paso torpe, cruza a unos metros del panteón de Clara. Inesperadamente, del panteón, demudado, surge don Elías. Y su mirada, dilatada, encuentra a Andrés. Abriéndose paso bajo la lluvia, golpeando tumbas y flores en su carrera, alcanza a Andrés y le aferra por un brazo. Andrés, locura y vino, hasta entonces ajeno a la presencia del hombre, busca con su mirada fija, intensa, la mano que ha detenido su paso. Y su mirada fija, intensa, con estremecimientos de pupila, se encuentra con una mirada húmeda y rígida, dolor, espanto y cólera: “¿Dónde está mi hija?” El rostro de Andrés se contrae en un gesto de desprecio.