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  Premio Ibn Tufayl del Instituto Hispano-Árabe de Cultura
 

Para un mejor conocimiento de DONDE LOS ESPEJOS SE MULTIPLICAN transcribimos a continuación el inicio de uno de los capítulos del libro.

INICIO CAP. V: EPITAFIO EN LA TUMBA DE IBN HUD, EN EL CEMENTERIO DE TARIFA, CÁDIZ:
"TODOS LOS PENSAMIENTOS SALEN DE TI Y LLEGAN A TI. AHÓRRALES EL VIAJE."
Bajo tierra ocho legiones de insectos necrófagos hierven en el tumulto de un fragor de guerra. No hay paz. Sólo la conquista de paquetes intestinales esparcidos por la explosión de gases, de grasas ácidas por la descomposición, de membranas y huesos, restos de cuerpos que tuvieron otras conquistas. Y Andrés, bajo la lluvia, hierve también en el fragor de su locura. Está exhumando a su madre.

Soy sólo rugosidades. Un simple poro. Un cráter insondable que va ensanchando su boca. Una abertura entre mis ojos por la que estoy entrando. Me fragmento en un torbellino de luces. Todo vibra. Soy el latido de un corazón. Vivo y muero un millón de veces en un instante. Soy el flujo de una vida sin opuestos. El espejo no tiene ya dos caras. No hay luz y sombra. Yo y espejo somos una misma vida-muerte. Todo me penetra y lo penetro todo. Soy reflexión sin reflejarme. Y vivo-muero la amargura del dolor en el gozo. Y la exaltación del gozo en el dolor. ¿He llegado al centro de mí mismo? ¿Dónde no hay dimensiones? ¿En el centro del universo que es mi centro? Y ahora, ¿qué eterna peregrinación me aguarda?

Esta vez las flores eran rosas rojas, tersas, estallantes, las mejores de cinco coronas funerarias que, en el cementerio, aguardaban la llegada de un muerto importante.
Andrés llamó a la puerta de servicio y esperó sonriente, con su gran ramo de rosas rojas, tersas, estallantes, en alto, muy visibles.
Y su sonrisa, de labios rojos, también tersa, se hizo estallante cuando vio que era Clara quien abría la puerta.
-¡Hola!
El saludo de la niña era apagado, casi triste:
-Son para mí, ¿no?
La estallante sonrisa de Andrés se mustió hasta convertirse en un fruncido de labios:
-Sí, claro.
Y la niña cogió el ramo de rosas rojas, tersas, estallantes, y lo dejó a un lado.
-¡Mamá, es Andrés! -gritó.
Y una voz surgió de la lejanía.
-Llévale a la cocina. Tendrá hambre.
Pero la mano de Clara cogió la de Andrés y le llevó al jardín. Andaba en silencio.
-¿Ocurre algo? -preguntó el niño.
-Nos vamos.
-¿Nos vamos?
-No. No nos vamos. ¡Me voy yo!
Los ojos fijos, intensos, de Andrés miraron interrogantes a Clara:
-Te vas, ¿a dónde?
Clara, sin dejar de andar, asestó una patada, llena de furia, a un seto de hortensias:
-No sé. Lejos.
-¿Muy lejos?
-A otra ciudad.
-¿Por qué?
-Mi papá dice que ya no somos tan ricos.
-¿Y ya no dormirás desnuda?
-Según. Todavía soy marquesa.
-¡Claro!
-Además, ¿a qué viene esa tontería?
-Es que yo quería casarme otra vez contigo.
-¿Hoy?
Los ojos fijos, intensos, del niño miraron a Clara esperanzados.
-¡Tú eres idiota!
-¿Por qué? -se dolió Andrés.
-¡Porque lo eres!
-¿Y ya no nos casaremos más?
-¿No te he dicho que me voy?
Y el niño comenzó a comprender:
-Pero, ¿te vas para siempre?
-Hasta que sea mayor.
-¿Por qué?
-No sé... Dice papá que entonces yo heredaré, y que esta casa ya será mía y... ¡Yo qué sé!
-Toda tuya, ¿con el desván? ¿Y ya podremos casarnos todos los días?
Las manos de la niña se aferraron a los brazos de Andrés y un súbito sollozo agitó su cuerpo. Entre balbuceos:
-Ya no veré a mi mamá. Se va con tío Damián.
La mano de Andrés acarició suavemente el pelo rubio, sedoso de Clara.
Luego la niña, sin lágrimas ya:
-Puedes llevarte a Bronco, si quieres.

Las manos de Andrés, ásperas como un terrón, recogen, uno a uno, con cuidado, los fragmentados huesos de una lejana muerte: "¡Madre!" Los apila a un lado. Busca ahora en el barro fermentado. Y saca un cráneo. La mirada fija, intensa, de Andrés, contempla largamente la incompleta calavera. Y sus manos resbalan por ella en una larga caricia. Las órbitas huecas del cráneo, de mirada ciega, espectral, contemplan a Andrés. La lluvia se ha hecho lloro en el cementerio y Andrés estrecha el cráneo de órbitas ciegas contra su pecho: "¡Madre!"

Clara se desprendió de los brazos de Andrés.
-Puedes llevarte a Bronco, si quieres.
Y se dirigió a la casa. Cuando la puerta se cerró tras ella el niño vio, por primera vez, el abismo que se había abierto ante él. Abatido, con lágrimas, se dirigió a la salida del jardín. Bronco, a lo lejos, en la cerca de su caseta, ladró en dirección al niño. Pero Andrés tan sólo oía los ladridos de sus angustiados pensamientos.