
Bajo
tierra ocho legiones de insectos necrófagos hierven en el tumulto
de un fragor de guerra. No hay paz. Sólo la conquista de paquetes
intestinales esparcidos por la explosión de gases, de grasas
ácidas por la descomposición, de membranas y huesos, restos
de cuerpos que tuvieron otras conquistas. Y Andrés, bajo la
lluvia, hierve también en el fragor de su locura. Está exhumando
a su madre.
Soy sólo rugosidades. Un simple poro. Un cráter insondable que
va ensanchando su boca. Una abertura entre mis ojos por la que
estoy entrando. Me fragmento en un torbellino de luces. Todo
vibra. Soy el latido de un corazón. Vivo y muero un millón de
veces en un instante. Soy el flujo de una vida sin opuestos.
El espejo no tiene ya dos caras. No hay luz y sombra. Yo y espejo
somos una misma vida-muerte. Todo me penetra y lo penetro todo.
Soy reflexión sin reflejarme. Y vivo-muero la amargura del dolor
en el gozo. Y la exaltación del gozo en el dolor. ¿He llegado
al centro de mí mismo? ¿Dónde no hay dimensiones? ¿En el centro
del universo que es mi centro? Y ahora, ¿qué eterna peregrinación
me aguarda?
Esta vez las flores eran rosas rojas, tersas, estallantes, las
mejores de cinco coronas funerarias que, en el cementerio, aguardaban
la llegada de un muerto importante.
Andrés llamó a la puerta de servicio y esperó sonriente, con
su gran ramo de rosas rojas, tersas, estallantes, en alto, muy
visibles.
Y su sonrisa, de labios rojos, también tersa, se hizo estallante
cuando vio que era Clara quien abría la puerta.
-¡Hola!
El saludo de la niña era apagado, casi triste:
-Son para mí, ¿no?
La estallante sonrisa de Andrés se mustió hasta convertirse
en un fruncido de labios:
-Sí, claro.
Y la niña cogió el ramo de rosas rojas, tersas, estallantes,
y lo dejó a un lado.
-¡Mamá, es Andrés! -gritó.
Y una voz surgió de la lejanía.
-Llévale a la cocina. Tendrá hambre.
Pero la mano de Clara cogió la de Andrés y le llevó al jardín.
Andaba en silencio.
-¿Ocurre algo? -preguntó el niño.
-Nos vamos.
-¿Nos vamos?
-No. No nos vamos. ¡Me voy yo!
Los ojos fijos, intensos, de Andrés miraron interrogantes a
Clara:
-Te vas, ¿a dónde?
Clara, sin dejar de andar, asestó una patada, llena de furia,
a un seto de hortensias:
-No sé. Lejos.
-¿Muy lejos?
-A otra ciudad.
-¿Por qué?
-Mi papá dice que ya no somos tan ricos.
-¿Y ya no dormirás desnuda?
-Según. Todavía soy marquesa.
-¡Claro!
-Además, ¿a qué viene esa tontería?
-Es que yo quería casarme otra vez contigo.
-¿Hoy?
Los ojos fijos, intensos, del niño miraron a Clara esperanzados.
-¡Tú eres idiota!
-¿Por qué? -se dolió Andrés.
-¡Porque lo eres!
-¿Y ya no nos casaremos más?
-¿No te he dicho que me voy?
Y el niño comenzó a comprender:
-Pero, ¿te vas para siempre?
-Hasta que sea mayor.
-¿Por qué?
-No sé... Dice papá que entonces yo heredaré, y que esta casa
ya será mía y... ¡Yo qué sé!
-Toda tuya, ¿con el desván? ¿Y ya podremos casarnos todos los
días?
Las manos de la niña se aferraron a los brazos de Andrés y un
súbito sollozo agitó su cuerpo. Entre balbuceos:
-Ya no veré a mi mamá. Se va con tío Damián.
La mano de Andrés acarició suavemente el pelo rubio, sedoso
de Clara.
Luego la niña, sin lágrimas ya:
-Puedes llevarte a Bronco, si quieres.
Las manos de Andrés, ásperas como un terrón, recogen, uno a
uno, con cuidado, los fragmentados huesos de una lejana muerte:
"¡Madre!" Los apila a un lado. Busca ahora en el barro fermentado.
Y saca un cráneo. La mirada fija, intensa, de Andrés, contempla
largamente la incompleta calavera. Y sus manos resbalan por
ella en una larga caricia. Las órbitas huecas del cráneo, de
mirada ciega, espectral, contemplan a Andrés. La lluvia se ha
hecho lloro en el cementerio y Andrés estrecha el cráneo de
órbitas ciegas contra su pecho: "¡Madre!"
Clara se desprendió de los brazos de Andrés.
-Puedes llevarte a Bronco, si quieres.
Y se dirigió a la casa. Cuando la puerta se cerró tras ella
el niño vio, por primera vez, el abismo que se había abierto
ante él. Abatido, con lágrimas, se dirigió a la salida del jardín.
Bronco, a lo lejos, en la cerca de su caseta, ladró en dirección
al niño. Pero Andrés tan sólo oía los ladridos de sus angustiados
pensamientos.