
Con
paso vacilante, locura y vino, Andrés entra en la casa. Comedor
y alcoba son una misma pieza. La mesa, el aparador, un viejo
sillón y la antigua cama, alta como un túmulo nupcial. En la
mesa, moscas pegadas a los platos con restos de comida. En el
aparador, moscas en los jarrones de cementerio con agua agusanada.
En el sillón, moscas sobrevolando costras de suciedad. En la
cama, moscas sobre vómito de dolor y vino. En toda la casa,
el rancio y fétido hedor de la soledad. Y Andrés deja a Clara
en el viejo sillón. Clara, desmadejada, con la cabeza bamboleando,
los ojos entreabiertos y su mirada vacía, de pupilas dilatadas,
observa mesa, cama y aparador. Su cabeza, finalmente, deja de
mecerse y los ojos entreabiertos, de mirada vacía, inmóvil,
quedan fijos en dirección a Andrés. Las moscas succionan en
el hilo negro, fétido, que surge, denso, con coágulos amarillos,
de la boca muerta.
Cuando el niño dejó la capilla, y con la capilla la Gran Mansión,
Bronco se quedó en ella, con Clara. Y ahora, transcurrida una
semana, Andrés aprovechó la ausencia, por él espiada, de don
Elías, para volver a la Gran Mansión.
Con su mirada fija, intensa, recorrió, complacido, su camisa
nueva y su mano estrechó con fuerza el ramo de pensamientos,
apagados, casi en agonía, que, ¿por qué ningún rico había ido
al cementerio?, había cogido de los jarrones del pabellón de
nichos.
Y la misma sirviente, con su sonrisa inacabable y su divertida
mirada:
-¡Hombre! ¡Aquí está!
Y Andrés, ahogado en latidos:
-Buenos días.
El ramo de flores agonizantes quedó ante los ojos de la muchacha.
-¿Son para Clara o las llevas a enterrar?
La mirada fija, intensa, de Andrés se veló.
-Pues es verdad... Se me había olvidado quién es tu padre.
Y en un intento por hacerse perdonar:
-¿Has visto al perro?
En ese instante, como una exhalación, Bronco, surgiendo de la
casa, saltó alegre sobre el niño, lavándole la cara a lametones.
Y las flores cayeron con una lluvia de pétalos descoloridos.
Clara, que había salido tras Bronco, se bañó en la lluvia de
pétalos:
-¿Eran para mí?
Y Clara sonrió a Andrés y le besó en la mejilla.
-Gracias. Son muy bonitas.
Y Andrés, con una solitaria y desvanecida flor en la mano, estático
en su felicidad, ofreció a la niña una larga y paralizada sonrisa.
"Toma, hace frío." Andrés abre la boca muerta de Clara y, apartando
vómito y moscas, introduce en ella el cuello de la botella.
Vino y vómito se deslizan por el pecho de Clara.
Ha vuelto mi imagen. Otra vez la luz que me refleja. Aquí, en
el ángulo de dos espejos. ¿Qué soy ahora? Nunca más lejos de
mí que aquí, viéndome por fuera desde fuera. La oscuridad era
dolor, pero yo era. Sólido, férreamente anclado a mi infierno.
En un infierno que era yo. Pero aquí, en el engaño de los espejos,
¿qué soy aquí? Por que sé que el infierno no está fuera de mí.
Y sé que fuera de mí no hay más que reflejos. Sólo la alucinación
de las imágenes. Fuera de mí ni aun la esperanza existe. Aquí,
con la luz de los espejos, la esperanza es sólo creer en ella.
Vivir el engaño cambiante de su existencia. Y sufrir la desesperanza
de toda esperanza. La luz de los espejos no refleja la verdad,
simplemente oculta la gusanera de nuestra realidad. La oscuridad
duele más, pero en ella no hay reflejos y allí estamos cara
a cara con nuestra realidad.
Las manos de Andrés tiran con fuerza de uno de los cajones de
aparador. Ya abierto, buscan en él. Son manos toscas, ásperas
manos de enterrador. Del cajón, en las torpes manos de vino
de Andrés, surge un vestido blanco, transparente. Un sucio,
polvoriento, vestido de novia. "¿Te acuerdas?" Y Andrés muestra,
con una sonrisa, el vestido a Clara. "Es el tuyo." Lo acaricia.
"Fui a buscarlo cuando tú no estabas." Andrés coge la mano de
Clara. "Toca. Suave, ¿no?". La mano de Clara, inerte, esponjosa,
recorre la seda del vestido.
Hasta ese día, para Andrés, ser rico había significado tan solo
un mayor cortejo fúnebre y una mejor tumba. Pero cuando Clara,
sigilosamente, dio vuelta a la llave y abrió la puerta del desván,
Andrés supo que ser rico significaba también poseer no sólo
cuanto se deseara, sino, además, tener cosas ni siquiera imaginadas.
Ser rico era, en definitiva, poseer aquel desván, con sus mil
objetos polvorientos y sus cofres y armarios repletos de sorpresas.
-Mira -dijo la niña.
Andrés había abierto, aún más, algunas de las contraventanas
y su mirada fija, intensa, contemplaba ahora, absorta, los objetos
que llenaban el enorme desván. Libros, armas y armaduras, colchonetas
de deporte, bicicletas, no una, sino varias bicicletas, mecedoras,
un sofá, sillones, un esqueleto, ¿qué hacía allí un esqueleto?,
que además estaba de pie, colgado de un saliente, animales disecados...
-¿Me oyes?
Andrés suspendió el inventario de tanta maravilla y fue hasta
la niña:
-¿Todo esto es tuyo?
-Mi padre dice que este desván es un cementerio.
-¿Un cementerio? -se extrañó el niño.
Con ensimismada aplicación Andrés lava a Clara con una toalla
mojada. Una y otra vez retira de las fosas nasales de la muerta
el hilo espeso, fétido, que no cesa de manar. Recorre luego
las lívidas mejillas. Y lentamente, con extremo cuidado, recorre
los labios ensangrentados de la herida del cuello. La toalla
ha vuelto al rostro de Clara: "Tienes que ser la más guapa."
-Mira.
Y Andrés miró en la dirección del dedo de la niña.
-¿La ves? ¡Come moscas!
Era grande como una avellana y colgaba de un hilo que brillaba
con reflejos plateados.
-¿Tú qué crees? ¿Es venenosa?
Con una sonrisa súbita el niño empujó a Clara hacia la araña:
-¡Te come! ¡Auuum...!
La niña, empavorecida, se aferró a los brazos y luego al cuerpo
de Andrés:
-¡Bestia!
Andrés sonreía. Y la niña, abrazada a él, sin enfado:
-¿A ti no te asusta?
Andrés, sin temor, adelantó la mano y dejó que la araña se posara
en ella. A unos pasos de Andrés la niña miraba tensa, con sus
grandes ojos agrandados. Y Andrés cerró la mano y la araña estalló
en ella:
-¿Ves?
La niña contempló el aplastado cuerpo de la araña en la mano
del niño:
-¡Qué asco!
Andrés, lentamente, con la lenta seguridad de quien se sabe
admirado, se limpió la mano en el terciopelo polvoriento de
un viejo sillón.
La niña acarició la mano aún húmeda de Andrés y mirando con
sus ojos grandes, agrandados:
-¡Eres muy valiente!
-Bueno... -quitó importancia él.
Con ahínco, Andrés restriega las manchas oscuras que salpican
la cara de la muerta. La cabeza se mece trágicamente, y los
ojos, entreabiertos, con su mirada vacía, de pupilas dilatadas,
ruedan en sus órbitas. El cristal de las córneas se ha hecho
vidrio oscuro, opaco.
Oscuridad y luz. ¿Sólo eso? ¿No hay una puerta que se abra a
otro lugar? Y si ese lugar existe, ¿cuál es su realidad? ¿Otra
abominación de sombras? ¿O el engaño de otros espejos? Y tú,
Clara, ¿en qué mundo estás? En este mundo de espejos mi vida
nunca pudo ser tu vida. Y ahora, entre sombras, ¿tú muerte puede
ser mi muerte?