INICIO
  Premio Ibn Tufayl del Instituto Hispano-Árabe de Cultura
 

Para un mejor conocimiento de DONDE LOS ESPEJOS SE MULTIPLICAN transcribimos a continuación el inicio de uno de los capítulos del libro.

INICIO CAP. III: LO QUE NOS ACONTECE NO DEJA HUELLA. NOS MARCA LA EMOCIÓN QUE ACOMPAÑA AQUELLO QUE NOS OCURRE
En la noche, la lluvia, inacabable, sigue golpeando la bóveda del panteón. En la cripta, Andrés bebe largamente. Su mirada fija, intensa, se desliza por el ataúd y observa a Clara. Luego, sus manos mueven la carretilla. Y los movimientos, ahora rápidos, resueltos, de su cuerpo proyectan gigantescan sombras que se desvanecen, evasivas, en los oscuros rincones de la caverna sepulcral.

Nada. Nadie. El gran silencio. Sólo oscuridad. Todo ha terminado. Vivo el indecible horror de la absoluta soledad. Esta vez he llegado al légamo del pozo. Es el fondo sepulcral donde reina el vacío. Y todo me hiere porque nada puede llegarme. No hay posible esperanza. Sólo el alivio de la locura. La puerta está cerrada. Y nadie puede llamar. Nada. Nadie. ¿Nadie? ¿Nada? ¿Quién, entonces, golpea a la puerta?

-Vamos, Bronco.
Y el gran lobo, de pelo albino, se afirmó, inmóvil, en el suelo irguiendo sus largas orejas.
El niño acarició la cabeza del perro y con voz ronca, cercana al sollozo:
-Son ricos, ¿sabes? Seguro que te gustará.
Bronco, que esperaba un nuevo juego, agitó impaciente el aire con su larga cola.
-Estarás con ella, ¿entiendes?
Incapaz de entender las razones de Andrés, Bronco, que tenía sus propias razones, se agazapó y saltó tras una mariposa. En su impulso, golpeó contra una lápida. Y Andrés, con su voz ronca, cercana al sollozo:
-¡Eres un perro idiota!

Andrés se mueve febrilmente. Tras la cabeza cárdena, cubierta de vómito y hedor, Andrés desliza sus brazos. Y tira. Los brazos de Clara, blandos, sin fuerza, no siguen el impulso. Y los brazos de Andrés, sin punto de apoyo, resbalan. Los pies, trastabillando, le llevan hasta golpear la pared de nichos y sombras de la cripta.

¡Ahí está, al otro lado, el más pavoroso horror! ¡O la más luminosa esperanza! Algo, alguien, golpea en la nada. Y mis vísceras se ovillan en esta cárcel sepulcral. Voy a vivir de nuevo el espanto de mi soledad en los espejos. Algo, alguien, golpea y yo no puedo abrir. Nunca sabré si tras la puerta está ella. Si es ella, Clara, quien me llama, quien viene a mí. Voy a vivir la pavorosa locura de un muerto que agoniza.

Las manos de Andrés, aferradas a las de Clara, tiran otra vez de ella. Y Clara, con los brazos extendidos, apoya el cuello en la carretilla. Y, en la carretilla, su cabeza, vuelta a un lado, regurgita un hilo negro, fibroso, con coágulos, que añade fetidez al ya irrespirable hedor de la cripta.

Ni un sonido. Sólo mi desesperación. Mis gritos, mis terribles gritos de hombre muerto, aprisionado. Mi cerebro es una celda de alaridos.

La misma sirviente en la misma puerta de servicio:
-¿Y ahora...?
Bronco, recién lavado, con el collar de cuero de sus días de ciudad, ladró amistosamente a la muchacha.
-¡No me digas que esta vez es el perro!
La cabeza de Andrés asintió tímidamente.
-¡Este chaval es un caso! -rió la muchacha.
Y luego, con ternura:
-Pasa. Avisaré a la señora.
Andrés titubeó.
-¿Qué te ocurre?
-¿Está su padre?
-¿El señor?
Y esta vez la muchacha rió profundamente divertida:
-¿Tú también le tienes miedo?
Y apoyando su mano en Andrés, con festivo tono de complicidad:
-Es el tipo más gruñón que he conocido.
Andrés, reconfortado, entró en la casa. Y Bronco olfateó en dirección a la cocina.
-Pórtate bien -tiró de la correa el niño.

La cabeza de Clara bascula en el vacío. Con el cuello apoyado en el borde anterior de la carretilla, trasboca el fétido hilo negro, con coágulos, de su putrefacción. Sus piernas, con las corvas en los bordes laterales, siniestramente abiertas, se bambolean lacias, con trágica oscilación mecánica.

Las manos blancas, suaves, de la niña acariciaron a Bronco y sus ojos sonrieron a Andrés:
-¿Me lo das?
-Sí.
-¿Para mí?
-Sí.
La sonrisa dejó paso a la duda:
-¿Para siempre?
-Sí.
-¿Me lo juras?
-Sí.
-¿Y nunca me lo volverás a pedir?
-No.
Clara, desbordando en alegría, enlazó con sus brazos el cuello de Andrés y llenó sus mejillas de besos. La madre, Mónica, puso orden en la efusión de Clara: