
En
la noche, la lluvia, inacabable, sigue golpeando la bóveda del
panteón. En la cripta, Andrés bebe largamente. Su mirada fija,
intensa, se desliza por el ataúd y observa a Clara. Luego, sus
manos mueven la carretilla. Y los movimientos, ahora rápidos,
resueltos, de su cuerpo proyectan gigantescan sombras que se
desvanecen, evasivas, en los oscuros rincones de la caverna
sepulcral.
Nada. Nadie. El gran silencio. Sólo oscuridad. Todo ha terminado.
Vivo el indecible horror de la absoluta soledad. Esta vez he
llegado al légamo del pozo. Es el fondo sepulcral donde reina
el vacío. Y todo me hiere porque nada puede llegarme. No hay
posible esperanza. Sólo el alivio de la locura. La puerta está
cerrada. Y nadie puede llamar. Nada. Nadie. ¿Nadie? ¿Nada? ¿Quién,
entonces, golpea a la puerta?
-Vamos, Bronco.
Y el gran lobo, de pelo albino, se afirmó, inmóvil, en el suelo
irguiendo sus largas orejas.
El niño acarició la cabeza del perro y con voz ronca, cercana
al sollozo:
-Son ricos, ¿sabes? Seguro que te gustará.
Bronco, que esperaba un nuevo juego, agitó impaciente el aire
con su larga cola.
-Estarás con ella, ¿entiendes?
Incapaz de entender las razones de Andrés, Bronco, que tenía
sus propias razones, se agazapó y saltó tras una mariposa. En
su impulso, golpeó contra una lápida. Y Andrés, con su voz ronca,
cercana al sollozo:
-¡Eres un perro idiota!
Andrés se mueve febrilmente. Tras la cabeza cárdena, cubierta
de vómito y hedor, Andrés desliza sus brazos. Y tira. Los brazos
de Clara, blandos, sin fuerza, no siguen el impulso. Y los brazos
de Andrés, sin punto de apoyo, resbalan. Los pies, trastabillando,
le llevan hasta golpear la pared de nichos y sombras de la cripta.
¡Ahí está, al otro lado, el más pavoroso horror! ¡O la más luminosa
esperanza! Algo, alguien, golpea en la nada. Y mis vísceras
se ovillan en esta cárcel sepulcral. Voy a vivir de nuevo el
espanto de mi soledad en los espejos. Algo, alguien, golpea
y yo no puedo abrir. Nunca sabré si tras la puerta está ella.
Si es ella, Clara, quien me llama, quien viene a mí. Voy a vivir
la pavorosa locura de un muerto que agoniza.
Las manos de Andrés, aferradas a las de Clara, tiran otra vez
de ella. Y Clara, con los brazos extendidos, apoya el cuello
en la carretilla. Y, en la carretilla, su cabeza, vuelta a un
lado, regurgita un hilo negro, fibroso, con coágulos, que añade
fetidez al ya irrespirable hedor de la cripta.
Ni un sonido. Sólo mi desesperación. Mis gritos, mis terribles
gritos de hombre muerto, aprisionado. Mi cerebro es una celda
de alaridos.
La misma sirviente en la misma puerta de servicio:
-¿Y ahora...?
Bronco, recién lavado, con el collar de cuero de sus días de
ciudad, ladró amistosamente a la muchacha.
-¡No me digas que esta vez es el perro!
La cabeza de Andrés asintió tímidamente.
-¡Este chaval es un caso! -rió la muchacha.
Y luego, con ternura:
-Pasa. Avisaré a la señora.
Andrés titubeó.
-¿Qué te ocurre?
-¿Está su padre?
-¿El señor?
Y esta vez la muchacha rió profundamente divertida:
-¿Tú también le tienes miedo?
Y apoyando su mano en Andrés, con festivo tono de complicidad:
-Es el tipo más gruñón que he conocido.
Andrés, reconfortado, entró en la casa. Y Bronco olfateó en
dirección a la cocina.
-Pórtate bien -tiró de la correa el niño.
La cabeza de Clara bascula en el vacío. Con el cuello apoyado
en el borde anterior de la carretilla, trasboca el fétido hilo
negro, con coágulos, de su putrefacción. Sus piernas, con las
corvas en los bordes laterales, siniestramente abiertas, se
bambolean lacias, con trágica oscilación mecánica.
Las manos blancas, suaves, de la niña acariciaron a Bronco y
sus ojos sonrieron a Andrés:
-¿Me lo das?
-Sí.
-¿Para mí?
-Sí.
La sonrisa dejó paso a la duda:
-¿Para siempre?
-Sí.
-¿Me lo juras?
-Sí.
-¿Y nunca me lo volverás a pedir?
-No.
Clara, desbordando en alegría, enlazó con sus brazos el cuello
de Andrés y llenó sus mejillas de besos. La madre, Mónica, puso
orden en la efusión de Clara: