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  Premio Ibn Tufayl del Instituto Hispano-Árabe de Cultura
 

Para un mejor conocimiento de DONDE LOS ESPEJOS SE MULTIPLICAN transcribimos a continuación el inicio de uno de los capítulos del libro.

INICIO CAP. II: ES PREFERIBLE LA MUERTE A ALIMENTAR DESEOS IRREALIZABLES, DE TODAS MANERAS, ESOS DESEOS IRREALIZABLES TE MATARÁN
Las manos de Andrés se deslizan por el cuerpo desnudo de Clara. Tiemblan de espera y gozo. La cripta es un nevero de muerte. Una de las manos de Andrés busca la botella. Bebe. La lluvia, incesante, golpea lúgubre el techo del panteón.

-¿Es tuyo?
-¿Te gusta?
Clara estaba allí, en el cementerio.
-¿Cómo se llama?
Bronco.
La niña acarició a Bronco y éste correteó gozoso en torno a ella.
-Es muy bonito.
Clara estaba allí, en el cementerio.
-¿Has venido a ver un muerto?
-Me lo prometiste.
Y el corazón de Andrés golpeó con fuerza porque Clara estaba allí, en el cementerio.

La mortaja es una flor blanca abierta bajo el cuerpo desnudo, lívido, de Clara. Andrés rasga uno de los picos de lino y, lentamente, con amorosa aplicación, va quitando el polvillo que la muerte ha depositado en las orejas y en la nariz de Clara. Y en sus labios surge un ronco deseo. "Ya sabes que ese día debes ser la más guapa."

Juan, padre de Andrés, con su pasos torpes, traspiés de borracho, avanzaba hacia ellos.
-¡Ven! -urgió Andrés a Clara.
Y se llevó a la niña. Bronco les siguió con su trote alegre, ligero.

Está aquí, otra vez, con su voz metálica, estridente. Ha llegado con su gran espejo. Otra vez aquí mi abominable agonía.

El cuerpo de Clara ha empezado a perder rigidez. Y, súbitamente, su vientre se hincha, hierve. Luego cede con un sordo borboteo. Y en su boca, cárdena, surge un botón espumoso, pútrido, que se convierte en un hilo amarillento, seroso. La cabeza de Andrés, son sus ojos fijos, intensos, cerrados, descansa, con leves temblores de pesadilla, sobre los descoloridos muslos de Clara. Y un penetrante olor acre, de muerte en putrefacción, invade la cripta.

Sólo yo sé cuán afiladas son sus garras. Está ahí, a mi lado, acechando constantemente. Sabe que puedo perder la luz. Y espía los huecos sin luz para desgarrarme.

Entre cipreses y tumbas, bajo un apagado sol de invierno, Andrés llevó a Clara a un pequeño edificio de ladrillos rojos.
-¿Aquí? -se estremeció ella.
Andrés, sólidamente plantado en el suelo, con firmeza de adulto:
-¿Te dan miedo?
El cementerio era el territorio de Andrés, el único lugar donde él se sentía seguro:
-Conmigo no te ocurrirá nada. El cuerpo de la niña, asustado, buscó el de Andrés. Y su brazo le enlazó por el cuello. La sangre golpeaba en el corazón de Andrés. Y su cuerpo se fundió con el de la niña. Y temor y gozo, enlazados, cruzaron la puerta del depósito de cadáveres.

Como siempre, la Presencia me ha llevado a su gruta de abominación y pone su espejo ante mí. Y como todos los días, también hoy he de contemplar el interior de mi rostro. Día tras día he de vivir el agonizante dolor de mis sombras. Dichoso aquél que no ha sido condenado al infierno de huir de su propia oscuridad. El tormento va a empezar. La Presencia está moviendo ya el espejo. Y mi máscara se desvanece.

El olor acre se ha hecho ya nauseabundo. Los intestinos de Clara bullen bajo la piel. Revientan en gorgoteos fétidos que expulsan materias gástricas. La vagina de Clara se ha convertido en una cloaca que expulsa una espuma gris, pestilente. La mirada fija, intensa, de Andrés, velada ahora por el vino, contempla la descomposición del cuerpo de Clara. Y sus manos, trémulas, resbalan por la piel arrastrando, con los dedos, los líquidos encharcados. La lluvia, azotada por el viento, golpea con furia en la aguja del panteón. La luz oscila. Y en la cripta, las sombras se deslizan por hueseras y lápidas.