
Las
manos de Andrés se deslizan por el cuerpo desnudo de Clara.
Tiemblan de espera y gozo. La cripta es un nevero de muerte.
Una de las manos de Andrés busca la botella. Bebe. La lluvia,
incesante, golpea lúgubre el techo del panteón.
-¿Es tuyo?
-¿Te gusta?
Clara estaba allí, en el cementerio.
-¿Cómo se llama?
Bronco.
La niña acarició a Bronco y éste correteó gozoso en torno a
ella.
-Es muy bonito.
Clara estaba allí, en el cementerio.
-¿Has venido a ver un muerto?
-Me lo prometiste.
Y el corazón de Andrés golpeó con fuerza porque Clara estaba
allí, en el cementerio.
La mortaja es una flor blanca abierta bajo el cuerpo desnudo,
lívido, de Clara. Andrés rasga uno de los picos de lino y, lentamente,
con amorosa aplicación, va quitando el polvillo que la muerte
ha depositado en las orejas y en la nariz de Clara. Y en sus
labios surge un ronco deseo. "Ya sabes que ese día debes ser
la más guapa."
Juan, padre de Andrés, con su pasos torpes, traspiés de borracho,
avanzaba hacia ellos.
-¡Ven! -urgió Andrés a Clara.
Y se llevó a la niña. Bronco les siguió con su trote alegre,
ligero.
Está aquí, otra vez, con su voz metálica, estridente. Ha llegado
con su gran espejo. Otra vez aquí mi abominable agonía.
El cuerpo de Clara ha empezado a perder rigidez. Y, súbitamente,
su vientre se hincha, hierve. Luego cede con un sordo borboteo.
Y en su boca, cárdena, surge un botón espumoso, pútrido, que
se convierte en un hilo amarillento, seroso. La cabeza de Andrés,
son sus ojos fijos, intensos, cerrados, descansa, con leves
temblores de pesadilla, sobre los descoloridos muslos de Clara.
Y un penetrante olor acre, de muerte en putrefacción, invade
la cripta.
Sólo yo sé cuán afiladas son sus garras. Está ahí, a mi lado,
acechando constantemente. Sabe que puedo perder la luz. Y espía
los huecos sin luz para desgarrarme.
Entre cipreses y tumbas, bajo un apagado sol de invierno, Andrés
llevó a Clara a un pequeño edificio de ladrillos rojos.
-¿Aquí? -se estremeció ella.
Andrés, sólidamente plantado en el suelo, con firmeza de adulto:
-¿Te dan miedo?
El cementerio era el territorio de Andrés, el único lugar donde
él se sentía seguro:
-Conmigo no te ocurrirá nada. El cuerpo de la niña, asustado,
buscó el de Andrés. Y su brazo le enlazó por el cuello. La sangre
golpeaba en el corazón de Andrés. Y su cuerpo se fundió con
el de la niña. Y temor y gozo, enlazados, cruzaron la puerta
del depósito de cadáveres.
Como siempre, la Presencia me ha llevado a su gruta de abominación
y pone su espejo ante mí. Y como todos los días, también hoy
he de contemplar el interior de mi rostro. Día tras día he de
vivir el agonizante dolor de mis sombras. Dichoso aquél que
no ha sido condenado al infierno de huir de su propia oscuridad.
El tormento va a empezar. La Presencia está moviendo ya el espejo.
Y mi máscara se desvanece.
El olor acre se ha hecho ya nauseabundo. Los intestinos de Clara
bullen bajo la piel. Revientan en gorgoteos fétidos que expulsan
materias gástricas. La vagina de Clara se ha convertido en una
cloaca que expulsa una espuma gris, pestilente. La mirada fija,
intensa, de Andrés, velada ahora por el vino, contempla la descomposición
del cuerpo de Clara. Y sus manos, trémulas, resbalan por la
piel arrastrando, con los dedos, los líquidos encharcados. La
lluvia, azotada por el viento, golpea con furia en la aguja
del panteón. La luz oscila. Y en la cripta, las sombras se deslizan
por hueseras y lápidas.